«Gran cosa es vivir en obediencia, estar bajo un superior y no disponer de sí mismo.»
Continuando con esta apasionante lectura del Kempis, nos encontramos esta vez con un capítulo que exige una lectura más lenta de lo habitual. Algunas de sus expresiones pertenecen claramente al mundo religioso en el que vivió Tomás de Kempis y pueden sonar duras a nuestros oídos. Sin embargo, debajo de ese lenguaje aparece una pregunta que atraviesa toda vida cristiana: ¿qué sucede con mi libertad cuando la voluntad de otro se cruza con la mía?Mientras las cosas suceden aproximadamente como queremos, resulta difícil descubrir hasta qué punto estamos apegados a nuestro propio parecer. La contradicción revela mucho. Basta que una decisión tome otro rumbo para que aparezca dentro de nosotros una resistencia que quizá desconocíamos.
Kempis entra precisamente allí.
La obediencia de la que habla tiene una dimensión exterior, propia de la vida comunitaria y religiosa, pero su raíz espiritual es mucho más profunda. Está relacionada con nuestra capacidad de entregar la propia voluntad sin perder por ello nuestra condición de personas libres.
Aquí aparece una paradoja profundamente cristiana: la voluntad alcanza una forma muy alta de libertad cuando es capaz de entregarse por amor.
La dificultad de ceder
Kempis sabe que solemos sentirnos más cómodos con quienes comparten nuestro pensamiento. La coincidencia produce una sensación agradable de seguridad. El problema comienza cuando identificamos demasiado fácilmente nuestra mirada con la realidad misma.
Por eso escribe:
«¿Quién es tan sabio que pueda conocer perfectamente todas las cosas?»
Esta pregunta podría acompañarnos durante mucho tiempo.
Hay una humildad intelectual que nace cuando aceptamos sinceramente que nuestra mirada siempre tiene un límite. Incluso después de haber pensado seriamente una cuestión, todavía puede existir una dimensión que no hemos percibido. Reconocerlo no debilita la inteligencia. La vuelve más verdadera. Algo cambia interiormente cuando dejamos abierta esa posibilidad. La palabra del otro puede entonces alcanzarnos porque ya no la recibimos únicamente desde la necesidad de defender nuestra posición.
Y esto toca directamente la obediencia.
Obedecer implica alguna vez permitir que una decisión que no nació de nosotros entre realmente en nuestra vida. El problema espiritual comienza cuando nuestra paz depende de que prevalezca nuestro parecer. Entonces la voluntad propia empieza a ocupar demasiado espacio.
Cristo y la voluntad del Padre
Para comprender cristianamente la obediencia necesitamos mirar a Jesús.
San Pablo escribe:
«Se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8).
La obediencia de Cristo pertenece al misterio de su relación filial con el Padre. En el Evangelio de Juan aparece una expresión extraordinaria:
«Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34).
«Mi alimento»
La imagen merece ser contemplada con detenimiento.
El alimento sostiene la vida desde dentro. Cuando Jesús habla de este modo, nos permite vislumbrar hasta qué profundidad su existencia humana está orientada hacia el Padre. La voluntad del Padre atraviesa su vida porque Jesús vive como Hijo. Por eso la obediencia cristiana encuentra su sentido más profundo en la filiación. Solamente puede comprenderse plenamente desde una relación en la que existe confianza. Y esta relación alcanza una hondura estremecedora en Getsemaní:
«Padre, si querés, alejá de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).
Jesús dice «mi voluntad».
Conviene detenerse aquí. La humanidad de Cristo es verdadera. Ante la proximidad de la Pasión aparece un querer humano que experimenta el peso de aquello que se acerca. Jesús lleva ese querer delante del Padre. La obediencia acontece dentro de esa relación. Por eso Getsemaní impide imaginar la obediencia cristiana como una desaparición de la voluntad personal. Cristo entrega al Padre una voluntad humana que permanece plenamente humana. La Gracia tampoco destruye nuestra voluntad. La sana hasta hacerla capaz de entregarse.
Cuando obedecer cuesta
Quizá aquí el capítulo de Kempis se vuelva especialmente cercano. Podemos aceptar exteriormente una decisión y descubrir que interiormente seguimos luchando con ella. Algo dentro continúa volviendo sobre lo sucedido. Eso también puede entrar en la oración. No necesitamos fingir delante de Dios una conformidad que todavía no existe. Hay momentos en que una oración profundamente sincera consiste simplemente en decir:
«Señor, esto me cuesta.»
Getsemaní nos permite hablar así. Jesús no ocultó al Padre la angustia de su humanidad. La llevó hacia Él. Quizá nosotros también tengamos que aprender esa forma de oración. La obediencia puede necesitar tiempo para descender desde una aceptación exterior hasta una verdadera entrega interior.
Y Dios sabe esperar ese proceso.
Hay consentimientos que maduran lentamente. En algún momento, aquello que inicialmente aceptamos con dificultad puede convertirse en una entrega más profunda:
«Padre, lo pongo en tus manos.»
Cuando eso ocurre, algo dentro nuestro se vuelve más libre.
La obediencia y la conciencia
La tradición católica permite comprender aquí algo decisivo. La obediencia humana nunca convierte a una autoridad creada en absoluto. Dios continúa siendo el término último de la conciencia. Por eso la verdadera obediencia requiere una persona interiormente despierta. La conciencia necesita formarse en la verdad y permanecer abierta a Dios. Desde allí puede comprenderse la dignidad de una obediencia auténticamente cristiana. Quien obedece sigue siendo responsable de su acto. Precisamente por eso puede ofrecerlo. La entrega posee valor espiritual porque hay libertad en ella.
Aquí aparece algo que Kempis conoce muy bien: a veces creemos que ser libres consiste en conseguir que se haga nuestra voluntad. Sin embargo, cuando nuestra paz depende permanentemente de ello, empezamos a quedar prisioneros de nuestro propio querer.
La contradicción se vuelve entonces insoportable.
En cambio, cuando el corazón aprende a ceder allí donde puede hacerlo rectamente, descubre un espacio interior que antes desconocía. La libertad comienza a respirar de otra manera.
Cuando la paz parece estar en otra parte
Kempis advierte también acerca de una ilusión muy humana: imaginar que encontraríamos finalmente la paz si nuestras circunstancias fueran diferentes. Existe siempre la tentación de pensar que el problema está enteramente fuera de nosotros. Pero cambiamos de lugar y llevamos con nosotros el mismo corazón. Entonces ciertas dificultades pueden reaparecer bajo formas nuevas. Esto requiere discernimiento. Hay situaciones que deben cambiar porque permanecer en ellas sería imprudente o injusto. Kempis dirige la mirada hacia algo más interior: ningún cambio exterior puede realizar por sí solo la conversión que necesita nuestro corazón. A veces Dios permite que una dificultad permanezca porque dentro de ella está ocurriendo algo que todavía no comprendemos.
Quizá estamos aprendiendo a soltar. Y soltar puede ser una experiencia profundamente pascual. Algo de nuestra pretensión de controlar la realidad empieza a morir. Entonces comenzamos a descubrir que la vida no se derrumba cuando nuestra voluntad deja de ocupar el centro.
Dios sigue allí.
La obediencia como confianza
Tal vez éste sea el lugar hacia el cual Kempis quiere conducirnos. La obediencia cristiana madura cuando empieza a convertirse en confianza. Entonces la pregunta ya no queda encerrada en aquello que debemos hacer. Empieza a abrirse hacia Aquel en cuyas manos estamos. Jesús puede decir que la voluntad del Padre es su alimento porque conoce al Padre. Aquí está el secreto.
La obediencia se vuelve verdaderamente cristiana cuando detrás de la voluntad de Dios reconocemos su rostro. Un hijo puede entregarse porque sabe a quién se entrega. Por eso la fe ocupa un lugar tan profundo en la obediencia. A veces no entenderemos. Y precisamente entonces puede comenzar una forma muy pura de confianza. No sabemos todavía qué está haciendo Dios. Pero sabemos quién es Dios. Quizá haya una diferencia inmensa entre ambas cosas.
Para permanecer hoy
Hoy puedo llevar a la oración alguna situación en la que mi voluntad haya encontrado resistencia. No hace falta analizarla demasiado. Me bastará ponerla delante del Señor.
Quizá todavía exista dentro mío una frase que quisiera decir, una explicación pendiente o una dificultad que me sigue doliendo.
Dejaré que esté ahí. Y después miraré a Jesús en Getsemaní.
«Padre, si querés, alejá de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.»
No necesito repetir inmediatamente la segunda parte. Puedo permanecer primero junto a ese Jesús que le habla al Padre desde su angustia. Hay algo profundamente consolador en saber que el Hijo conoció desde dentro el peso de entregar la propia voluntad.
Después, quizá lentamente, pueda decir:
«Señor, enseñame a confiar.»
Y quedarme ahí. Tal vez la obediencia empiece hoy solamente en ese punto. Sin entender todavía. Sin sentir todavía una paz completa. Pero permaneciendo. Porque quizá la transformación más profunda ocurra cuando deje de preguntarme obsesivamente por qué Dios permite determinado camino y entonces empiece a descubrir que puedo atravesarlo con Él. Entonces aquellas palabras de Jesús tal vez adquieran una profundidad nueva:
«Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envió» (Jn 4,34).
Guardaré esa frase durante el día. «Mi alimento…»
Quizá todavía esté muy lejos de poder decirla como Jesús. Pero puedo desearla. Y ese deseo ya abre un espacio para la Gracia. Porque llegará alguna vez el momento en que mire hacia atrás y descubra que Dios estaba trabajando precisamente en aquello que tanto me costaba entregar.
No habré perdido mi voluntad. La encontraré transformada. Más libre. Más filial. Capaz de descansar en las manos del Padre.
Simple oración
Señor Jesús,
Vos conocés mi corazón
y sabés cuánto me cuesta
entregar aquello que siento
como propio.
Llevame con Vos a Getsemaní
y dejame permanecer cerca
mientras hablás con el Padre.
Cuando no comprenda el camino,
enseñame a confiar.
Que mi voluntad
pueda abrirse lentamente a la tuya
y que, dentro de esa entrega,
descubra una libertad más profunda.
Padre, todavía hay cosas
que me cuesta poner en tus manos.
Recibilas también así.
Quedate conmigo
mientras aprendo a entregártelas.
Y hacé que algún día
pueda descubrir, con Jesús,
que tu voluntad
también puede convertirse en mi alimento.
Amén.
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