06 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO V. DE LA LECTURA DE LAS SANTAS ESCRITURAS.

 «En las Sagradas Escrituras debe buscarse la verdad, no la elocuencia.»

Sinceramente, en este capítulo Kempis dedica apenas unas líneas a un asunto que podría ocupar una vida entera: cómo ponerse delante de la Palabra de Dios.

Y comienza casi desarmándonos. La primera preocupación del lector no debería ser encontrar algo brillante. Tampoco algo con lo cual construir una hermosa reflexión. Kempis va directamente al corazón: buscar la verdad. Y enseguida añade una frase extraordinaria:

«Toda la Sagrada Escritura debe leerse con el mismo Espíritu con que fue escrita.» 

Detengámonos ahí, porque en esa pequeña frase hay una verdadera teología de la lectura bíblica.


«Con el mismo Espíritu con que fue escrita»

Para la fe católica, la Escritura es verdaderamente palabra humana y verdaderamente Palabra de Dios. Dios se valió de autores humanos reales, con su lengua, su cultura, sus capacidades, su momento histórico y sus formas literarias. La inspiración no los convirtió en instrumentos pasivos. Por eso estudiamos. Por eso importa el hebreo. Importa el griego. Importan el contexto histórico, los géneros literarios, la crítica textual, la estructura de un pasaje.

Cuando nos detenemos durante horas en una palabra como μένειν (permanecer), cuando preguntamos qué matiz posee un verbo joánico, estamos tratando de escuchar con mayor precisión lo que realmente dice el texto.

Kempis no nos pediría abandonar eso. Su advertencia va dirigida hacia un peligro mucho más sutil: que después de haber estudiado perfectamente el texto, creamos que ya hemos terminado de leerlo.

Porque todavía queda una pregunta: ¿qué quiere hacer Dios conmigo mediante esta Palabra?

Ahí comienza otra profundidad de la lectura.

El mismo Espíritu Santo que inspiró las Escrituras actúa en la Iglesia y abre el corazón del creyente para recibirlas. Por eso la lectura cristiana de la Biblia tiene algo que el puro análisis filológico, siendo valiosísimo, jamás podría producir por sí mismo: escucha.

Llega un momento en que yo dejo de interrogar al texto y permito que el texto me interrogue a mí.


Una Biblia que empieza a leernos

Esto me parece decisivo. Podemos acercarnos al Evangelio de muchas maneras. Podemos preguntarnos por la composición del texto, por sus fuentes, por su vocabulario, por su contexto histórico. Pero imaginemos que llegamos a aquella pregunta:

«Simón, hijo de Juan, ¿me amás?» (Jn 21,16).

Podemos estudiar las semejanzas y diferencias entre ἀγαπάω (agapao = ese amor fiel e incondicional tan propio de Dios) y φιλέω (fileo = ese amor más propio de la amistad y el afecto fraternal). Podemos comparar los manuscritos. Podemos reconstruir la escena junto al lago. Podemos consultar a los Padres y recorrer la exégesis  contemporánea. Todo eso merece hacerse. Pero alguna vez hay que quedarse quieto. Porque Jesús acaba de preguntar:

«¿Me amás?»

Y en ese instante Pedro ya no es solamente Pedro. 

Estoy yo.

Ahí la Escritura ha atravesado siglos y ha alcanzado mi vida. La pregunta ya no puede resolverse consultando otro diccionario.

Tengo que responder.


«Busquemos el provecho»

Kempis dice que debemos buscar en las Escrituras aquello que aprovecha espiritualmente antes que la sutileza del discurso. Otra vez hay que entenderlo bien. Su crítica apunta a una inteligencia que puede quedar encerrada en sí misma. Existe una curiosidad santa. Gracias a Dios existe. Nos lleva a preguntar, investigar, comparar y volver sobre una palabra que parecía insignificante. Pero también existe una curiosidad que acumula conocimientos sin permitir que ninguno llegue hasta el corazón. Y corro el riesgo de terminar sabiendo muchísimo acerca de la Biblia, mientras la Biblia tiene cada vez menos posibilidades de tocarme. Ahí Kempis incomoda. Porque el criterio último de una lectura espiritual no consiste en cuántas cosas nuevas descubrí. 

Quizá hoy leí un pasaje que conozco desde hace treinta años y no descubrí ninguna novedad exegética. Pero me detuve en:

«No temas» (Lc 12,32).

Y justamente hoy tenía miedo. Entonces esas dos palabras fueron suficientes. La Escritura cumplió algo para lo cual fue dada: me encontró.


«No preguntés quién lo dijo; atendé a lo que se dice»

Kempis aconseja también no quedar fascinados por el prestigio de quien habla. Nos pide dejarnos atraer por el amor a la verdad y recuerda que los hombres pasan mientras la verdad del Señor permanece. Hay mucha humildad escondida acá. Tenemos autores preferidos. Y está bien. Tenemos Padres de la Iglesia que nos conmueven especialmente. Exégetas cuya inteligencia admiramos. Maestros espirituales que nos acompañan durante años. Pero ninguno puede ocupar el lugar de la Palabra.

Agustín, Jerónimo, Tomás, Kempis sirven a la Palabra. Y nosotros también. Hay algo muy saludable en volver una y otra vez al texto bíblico después de haber leído los comentarios. Cerrar finalmente los libros. Volver a abrir el Evangelio. Y leer otra vez.

A veces ocurre algo precioso: después de cincuenta páginas de comentarios, una frase bíblica que habíamos leído rápidamente parece haberse ensanchado. Entonces los buenos maestros desaparecen discretamente. Nos dejaron delante de Cristo. Cumplieron su tarea.


Leer despacio

Kempis advierte que nuestra curiosidad puede perjudicarnos cuando pretendemos detenernos y discutir cosas que podríamos sencillamente dejar pasar. Y propone leer «con humildad, sencillez y fe».  Esto me parece particularmente hermoso. Porque hay pasajes que hoy no comprenderemos. Y está bien. La Biblia puede esperar. Hay textos que nos acompañarán durante veinte años antes de abrirse de otra manera. Hay versículos que habíamos leído cien veces y, después de atravesar una pérdida, una alegría, un pecado, un perdón o simplemente los años, parecen otros. El texto no cambió. Cambió el lector. Y entonces entendemos por qué la Escritura puede acompañar una vida entera.

La Palabra que escuchaste a los veinte años puede visitarte a los sesenta y decirte algo que a los veinte todavía no podías escuchar.

Esto no significa que cada uno invente el significado que quiera. El sentido del texto posee consistencia y la Iglesia custodia su lectura. Significa que la Palabra viva de Dios encuentra a una persona cuya historia también está viva. Por eso nunca terminamos de leer verdaderamente la Escritura.


Y acá aparece algo muy querido para nosotros: «permanecer»

Pensaba inevitablemente en Juan. Jesús dice:

«Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; conocerán la verdad y la verdad los hará libres» (Jn 8,31-32).

Permanecer en mi palabra. (μένειν - ménein = permanecer)

No pasar por ella. Permanecer. Quizá ésta sea una clave preciosa para comprender este capítulo de Kempis. Hay una forma de lectura que busca inmediatamente llegar al final. Y hay otra que descubre una palabra y se queda allí.

La lectio divina conoce perfectamente ese movimiento.

  1. Leo.
  2. Algo me toca.
  3. Me detengo.
  4. Vuelvo sobre ello.
  5. Lo rumio.
  6. Lo llevo a la oración.

Y lentamente aquella palabra empieza a descender desde la inteligencia hacia lugares de mí que quizá yo mismo desconocía. Hasta que, en algunos momentos privilegiados, ya casi no hay nada que pensar. Solamente permanecer. Entonces la lectura se vuelve oración. Y la oración, silencio. Y el silencio, presencia.


«Dios nos habla de muchas maneras»

Kempis escribe una frase muy sencilla:

«Dios nos habla de diversas maneras.»

Acá conviene conservar una sobriedad muy católica. No significa convertir cada impresión subjetiva en una revelación de Dios. Significa reconocer que la Palabra puede alcanzarnos por caminos inesperados. Una frase escuchada durante años puede repentinamente iluminar una situación concreta. Un salmo puede prestarnos palabras cuando nosotros ya no sabemos rezar. Un Evangelio proclamado en la liturgia puede parecernos dirigido misteriosamente hacia el momento que estamos viviendo. Y alguna vez sucede algo todavía más delicado. La Escritura deja de darnos respuestas. Simplemente nos acompaña.

«Jesús lloró» (Jn 11,35).

Dos palabras.

Frente al dolor, quizá hoy no necesite una explicación de la providencia. Quizá simplemente necesite saber que Jesús lloró.

Y quedarme ahí. Eso también es leer la Escritura con el Espíritu con que fue escrita.


Para permanecer hoy

Hoy haría algo diferente. Tomaría el Evangelio del día o un pasaje que me esté acompañando y lo leería una sola vez, muy lentamente.

Sin comentario. Sin buscar inmediatamente el significado ni mucho menos consultar el griego. tampoco consultar ninguna nota al pie.

Y cuando una palabra me detenga, dejarme detener. No buscar otra. Quedarme allí. Quizá sea «permanecé». Quizá «vení». Quizá «no temas». Quizá «te amo». O quizá hoy ninguna palabra produzca una resonancia particular. También estará bien.

Entonces simplemente permaneceré delante de la Escritura abierta. Porque la fecundidad de la oración no se mide por lo que sentimos.

Y después de un rato podría hacerme una pregunta muy sencilla:

«Señor, ¿qué querés que esta Palabra haga hoy en mí?»

No solamente qué significa, sino qué quiere hacer en mi persona. 

Hay una diferencia enorme. La primera pregunta busca comprensión. La segunda abre la puerta. Y creo que Kempis, en este brevísimo capítulo V, está tratando justamente de llevarme hasta esa puerta.


Simple oración

Señor Jesús

Palabra del Padre

tantas veces abro la Escritura
queriendo comprender.

Hoy quisiera abrirla
también para escucharte.

Dame inteligencia
para buscar con honestidad la verdad.

Dame humildad
para aceptar lo que todavía no comprendo.

Dame silencio
para no llenar inmediatamente
tu Palabra con las mías.

Cuando estudie
acompañame.

Cuando pregunte
purificá mi curiosidad.

Cuando encuentre
que no me apropie de lo encontrado.

Y cuando una palabra tuya
toque finalmente mi corazón

dame la gracia
de quedarme allí.

Sin apuro.

Como quien ha reconocido
una voz conocida.

Enseñame a leer tu Palabra
con el Espíritu
con que fue escrita.

Hasta que un día
después de tantas palabras

sólo quedés Vos

hablando

y yo

escuchando.

Amén.

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