28 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO II . CAPÍTULO II. DE LA HUMILDE SUJECIÓN.


Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.



«No te importe mucho quién es por ti o contra ti; sino busca y procura que sea Dios contigo en todo lo que haces.»





Después de abrir el Libro II con aquella invitación tan íntima —«Da, pues, lugar a Cristo»—, Kempis da un paso que podría parecer inesperado.


Si Cristo habita en el interior, ¿qué sucede cuando desde fuera llegan la oposición, el juicio de los demás o la humillación?

La respuesta de Kempis es breve y exigente. La verdadera interioridad comienza a probarse precisamente allí. La frase que invoca este capítulo, toca uno de los lugares más sensibles del corazón humano: nuestra necesidad de saber quién está de nuestro lado.

Kempis quiere liberar al hombre de esa dependencia.

Su pregunta fundamental pasa por otro lugar:

¿está Dios conmigo en aquello que estoy haciendo?

 

«Ten buena conciencia»

Inmediatamente escribe:

«Ten buena conciencia, y Dios te defenderá.»

La buena conciencia había aparecido ya en los capítulos finales del Libro I. Allí estaba relacionada con la muerte y con el juicio. Ahora Kempis la introduce en medio de las relaciones humanas.

Cuando la conciencia está delante de Dios, la opinión ajena deja de tener la última palabra.

Esto no significa que toda crítica deba ser ignorada. El mismo capítulo terminará hablando de nuestros defectos y de la necesidad de aceptar que sean conocidos.

Kempis está pensando aquí en algo más profundo: esa inquietud que nace cuando nuestra paz depende de ser aprobados, comprendidos o defendidos por los demás.

Por eso dice:

«Al que Dios quiere ayudar, no le podrá dañar la malicia de alguno.»

La seguridad que busca Kempis vuelve a desplazarse hacia Dios.

La malicia de otro puede herir. Puede causar sufrimiento real. Pero no puede decidir quién soy delante de Dios.

 

«Si sabes callar y sufrir»

Kempis continúa:

«Si sabes callar y sufrir, sin duda verás el favor de Dios.»

Hay que leer esta frase con cuidado.

Kempis escribe desde una tradición ascética en la que el silencio frente a la ofensa posee un enorme valor espiritual. No está desarrollando aquí una doctrina acerca de todas las situaciones posibles de injusticia ni afirmando que nunca debamos hablar.

Su atención está puesta en la reacción interior del hombre herido.

Cuando somos cuestionados, aparece enseguida el deseo de justificarnos. Queremos explicar nuestra intención, demostrar que el otro se equivoca, recuperar cuanto antes la imagen que creemos haber perdido.

Kempis invita a descubrir que algunas veces podemos dejar nuestra defensa en manos de Dios.

Por eso añade:

«El sabe el tiempo y el modo de librarte; y por eso te debes ofrecer a El.»

Hay una confianza muy honda en estas palabras.

Dios conoce el tiempo y el modo.

La humilde sumisión consiste entonces en entregarle también aquello que nosotros querríamos resolver inmediatamente.

 

Cuando los demás conocen nuestros defectos

Y entonces Kempis introduce una afirmación incómoda:

«Algunas veces conviene mucho, para guardar mayor humildad, que otros sepan nuestros defectos y los reprendan.»

No habla ya de una acusación injusta.

Habla de defectos reales.

Quizá sea éste el punto más delicado del capítulo, porque ser conscientes de una limitación propia resulta bastante más fácil que soportar que otro la vea.

Mientras el defecto permanece dentro de nosotros, todavía podemos administrarlo. Podemos explicárnoslo. Incluso podemos conservar una buena imagen de nosotros mismos a pesar de él.

Cuando alguien lo advierte y lo señala, algo queda expuesto.

Y precisamente allí Kempis descubre una posibilidad de humildad.

La humillación toca la imagen.

La humildad toca la verdad.

Aceptar que otro haya visto algo verdadero de mí puede convertirse en un momento profundamente espiritual si dejo de luchar desesperadamente por conservar intacta mi propia imagen.

 

Humillarse por los propios defectos

Kempis continúa:

«Cuando un hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca a los otros».

No está hablando de despreciarse.

Humillarse, en este contexto, significa aceptar la verdad de la propia fragilidad.

El hombre humilde ya no necesita gastar tanta energía sosteniendo una versión ideal de sí mismo.

Puede reconocer.

Puede pedir perdón.

Puede dejarse corregir.

Puede aprender.

Y esa verdad interior produce una libertad que la defensa constante de uno mismo nunca consigue dar.

Kempis ha comenzado el capítulo preguntando quién está «por ti o contra ti». Ahora entendemos mejor su respuesta.

Quien necesita proteger continuamente su imagen estará pendiente de todos.

Quien aprende a vivir delante de Dios comienza a ser libre.

 

«Dios defiende y libra al humilde»

El capítulo alcanza entonces su centro:

«Dios defiende y libra al humilde».

Kempis continúa hablando de la relación de Dios con ese hombre y llega a una expresión especialmente delicada:

«al hombre humilde se inclina».

La imagen es hermosa.

Dios se inclina hacia el humilde.

La humildad que aparece aquí tiene muy poco que ver con hablar mal de uno mismo. Es la situación del hombre que ha dejado de necesitar una grandeza propia para poder sostenerse.

Puede presentarse ante Dios tal como es.

Y allí encuentra cercanía.

Kempis añade:

«Al humilde descubre sus secretos, y le trae dulcemente a Sí y le convida.»

La humildad adquiere ahora una dimensión contemplativa.

El hombre que deja de estar absorbido por la defensa de sí mismo queda disponible para una intimidad mayor con Dios.

Él «le trae dulcemente a Sí».

Hay algo particularmente bello en que un capítulo que comenzó hablando de adversarios termine hablando de esta atracción silenciosa de Dios.

 

La paz del humilde

Kempis escribe:

«El humilde, recibida la afrenta, está en paz; porque está con Dios y no en el mundo.»

Ésta es quizá la frase que mejor une este capítulo con el anterior.

En el capítulo primero, Kempis había dicho:

«no tendrás nunca reposo, si no estuvieres íntimamente unido con Cristo.»

Ahora vemos uno de los frutos de esa unión.

La paz.

El hombre humilde puede ser herido y seguir teniendo un lugar interior al que regresar.

Ese lugar es Dios.

Su paz ya no depende completamente de cómo lo miren los demás.

Por eso la humilde sumisión no consiste en volverse indiferente. Kempis está hablando de una libertad interior nacida de saber ante quién vivimos.

Cuando Dios se convierte en el centro, la mirada ajena pierde su poder absoluto.

 

«Está con Dios»

El capítulo termina con una frase extremadamente severa:

«No pienses haber aprovechado algo, si no te estimas por el más inferior de todos.»

Es una expresión propia de la espiritualidad ascética de Kempis y debe conservarse con toda su fuerza.

Él quiere atacar una de las formas más sutiles del orgullo espiritual: creer que haber avanzado en la vida de Dios nos coloca por encima de otros.

Precisamente cuando alguien comienza a considerarse espiritualmente superior, su supuesto progreso se vuelve sospechoso.

La humildad impide apropiarnos incluso del bien que Dios va realizando en nosotros.

Pero quizá la clave más profunda del capítulo se encuentre unas líneas antes:

«El humilde, recibida la afrenta, está en paz; porque está con Dios».

Porque está con Dios.

Ahí está la raíz.

La humildad de Kempis no nace de pensar obsesivamente en nuestra pequeñez.

Nace de vivir ante Alguien tan grande que ya no necesitamos engrandecernos.

 

Para permanecer hoy

Quiero mirar con sinceridad cuánto depende mi paz de la mirada de los demás.

Hay palabras que me afectan porque tocan algo verdadero. Otras me duelen porque siento que son injustas.

En ambas situaciones puedo volver a Dios.

No necesito defender inmediatamente cada rincón de mi imagen.

Si alguien ha visto un defecto verdadero en mí, quiero tener la libertad de reconocerlo.

Si he sido juzgado injustamente, puedo confiar también eso al Señor.

Hoy quiero guardar especialmente esta frase:

«El sabe el tiempo y el modo de librarte».

No necesito controlar el tiempo.

No necesito decidir el modo.

Quiero aprender esa paz de la que habla Kempis:

estar con Dios.

 

Simple oración

Señor,

cuando una palabra
toque mi orgullo,

dejame volver
a la verdad.

Si hay algo en mí
que necesita cambiar,

dame humildad
para reconocerlo.

Y cuando sea herido
injustamente,

guardá mi corazón
junto a Vos.

Que no viva pendiente
de quién está
a favor o en contra.

Llevame dulcemente
hacia tu presencia,

hasta encontrar esa paz
que nace simplemente
de estar con Vos.

Amén.


27 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO II . CAPÍTULO I. DE LA CONVERSIÓN INTERIOR.

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«Dice el Señor: El reino de Dios dentro de vosotros está.»





El paso del Libro I al Libro II tiene algo de umbral. Kempis ha terminado el primer libro diciendo: «Vela sobre ti; despiértate a ti». 

Ahora parece tomar al discípulo de la mano y conducirlo todavía más adentro. El título mismo anuncia ese movimiento: conversión interior.

Y las primeras palabras sitúan inmediatamente el lugar hacia el que quiere conducirnos. La vida espiritual empieza a ser contemplada desde dentro.

No se trata simplemente de apartarse de las cosas exteriores. Kempis quiere llegar al lugar donde el hombre se encuentra con Dios y donde Cristo puede hacer su morada.

Por eso continúa:

«Conviértete a Dios de todo corazón, y deja ese miserable mundo, y hallará tu alma reposo.»

La conversión de la que habla es una orientación del corazón entero.

Volverse hacia Dios.


Una morada para Jesucristo

Kempis escribe:

«Si preparas digna morada interiormente a Jesucristo, vendrá a ti, y te mostrará su consolación.»

La imagen es bellísima.

El interior del hombre puede convertirse en morada de Cristo.

Y Kempis añade:

«Toda su gloria y hermosura está en lo interior, y allí se está complaciendo.»

Hay aquí un cambio importante respecto de muchos consejos del Libro I. Kempis ya no mira principalmente aquello que debe corregirse en la conducta. Quiere entrar en el espacio secreto donde ocurre la relación con Cristo.

Por eso habla de una «continua visitación» y llega a utilizar una expresión de enorme intimidad:

«con él habla dulcemente, tiene agradable consolación, mucha paz y admirable familiaridad.»

Familiaridad.

Cristo deja de aparecer solamente como Maestro al que hay que seguir. Kempis comienza a hablar de una intimidad en la que Cristo visita, habla y habita.

El hombre interior es aquel que aprende a reconocer esa presencia.


«Prepara tu corazón a este Esposo»

Entonces el lenguaje se vuelve nupcial:

«Ea, pues, alma fiel, prepara tu corazón a este Esposo para que quiera venirse a ti, y hablar contigo.»

Kempis introduce inmediatamente las palabras de Jesús:

«Si alguno me ama, guardará mi palabra, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada.»

La alusión es a Jn 14,23.

Y aquí la imagen de la morada adquiere una profundidad todavía mayor. Ya no se trata solamente del alma buscando a Dios. Es Dios quien quiere venir al hombre.

La interioridad cristiana, tal como Kempis la presenta, está habitada.

Hay Alguien que viene.

Por eso la conversión interior requiere espacio:

«Da, pues, lugar a Cristo».

Tal vez pocas frases expresen con tanta sencillez el comienzo del Libro II.

Dar lugar a Cristo.

Hay cosas que ocupan interiormente demasiado espacio. Preocupaciones que se vuelven absolutas, dependencias afectivas que terminan reclamando aquello que ninguna criatura puede darnos, voces exteriores que continúan hablando dentro de nosotros mucho después de haberse callado.

Kempis quiere despejar ese espacio para Cristo.


«Si a Cristo tuvieres»

Y entonces escribe una de las frases centrales del capítulo:

«Si a Cristo tuvieres, estarás rico, y te bastará.»

No dice que dejaremos de necesitar a los demás. El propio cristianismo reconoce el carácter profundamente relacional de la persona humana.

Kempis está hablando de algo más hondo.

Ninguna persona puede convertirse en fundamento último de nuestra existencia.

Porque:

«los hombres se mudan fácilmente, y desfallecen en breve; pero Jesucristo permanece para siempre, y está firme hasta el fin.»

La experiencia humana conoce dolorosamente esta fragilidad. Las relaciones cambian. Algunas personas se alejan. Otras mueren. Incluso quienes nos aman profundamente tienen límites.

Kempis no quiere que esto nos vuelva desconfiados.

Quiere que nuestro corazón descubra dónde puede apoyarse absolutamente.

En Cristo.


Íntimamente unido con Cristo

El tema de la peregrinación, que había aparecido al final del Libro I, regresa ahora:

«No tienes aquí domicilio permanente: dondequiera que estuvieres, serás extraño y peregrino».

Pero esta vez Kempis agrega algo decisivo:

«y no tendrás nunca reposo, si no estuvieres íntimamente unido con Cristo.»

La expresión merece ser leída despacio:

«íntimamente unido con Cristo».

Aquí está el núcleo de la conversión interior.

El reposo que busca Kempis nace de esa unión.

Podemos cambiar muchas circunstancias exteriores esperando encontrar finalmente el lugar donde nada nos perturbe. Pero si el corazón lleva consigo su propia dispersión, también la llevará al nuevo lugar.

Kempis dirige la búsqueda hacia dentro porque allí quiere que encontremos a Cristo.


Habitar en las llagas

Pero, ¿qué ocurre cuando esa interioridad parece inaccesible?

Kempis da una respuesta extraordinariamente concreta:

«Si no sabes contemplar las cosas altas y celestiales, descansa en la pasión de Cristo y habita gustosamente en sus grandes llagas.»

Es uno de los pasajes más hondos del capítulo.

No todos pueden alcanzar grandes estados contemplativos. Kempis no hace de ellos una condición.

Si no puedes elevarte, mira al Crucificado.

Si las «cosas altas» quedan lejos, las heridas de Jesús están abiertas.

Y allí utiliza un verbo particularmente intenso:

habita.

«habita gustosamente en sus grandes llagas.»

La pasión de Cristo se convierte en lugar interior.

El sufrimiento humano puede encontrar allí una cercanía que ninguna explicación proporciona.

Kempis continúa:

«Porque si te acoges devotamente a las llagas y preciosas heridas de Jesús, gran consuelo sentirás en la tribulación».

El consuelo nace de descubrir que Cristo ha entrado verdaderamente en la experiencia humana del dolor.

Las llagas dicen que Dios conoce desde dentro nuestra herida.


«Sufre con Cristo y por Cristo»

Kempis recuerda entonces al Cristo despreciado y abandonado.

Su lenguaje vuelve a hacerse exigente:

«Cristo quiso padecer y ser despreciado, y tú ¿te atreves a quejarte de alguna cosa?»

No conviene convertir esta frase en una prohibición cristiana del lamento. Jesús mismo conoció la angustia y expresó su dolor.

Kempis busca otra cosa: confrontar nuestra resistencia a cualquier adversidad con la vida del Crucificado.

Y concluye:

«Sufre con Cristo y por Cristo, si quieres reinar con Cristo.»

El sufrimiento aparece unido a una Persona.

Con Cristo.

Ese «con» cambia profundamente su sentido espiritual. Kempis no presenta el dolor como un bien buscado por sí mismo. Mira el sufrimiento inevitable desde la comunión con Jesús.


Entrar «en lo secreto de Jesús»

Más adelante aparece una expresión todavía más íntima:

«Si una vez entrases perfectamente en lo secreto de Jesús, y gustases un poco de su encendido amor».

Kempis habla de entrar en lo secreto de Jesús.

Ya no se trata únicamente de que Cristo habite en el interior del hombre. Ahora el hombre parece entrar en la interioridad misma de Cristo.

Y allí encuentra su «encendido amor».

La conversión interior alcanza entonces una profundidad nueva: el corazón humano comienza a mirar su propia existencia desde la cercanía de Jesús.

Por eso Kempis puede hablar del:

«amante de Jesús y de la verdad».

La interioridad que propone no consiste en analizarse continuamente.

Tiene un centro afectivo.

Amar a Jesús.


El hombre verdaderamente interior

Kempis describe después algo muy concreto:

«El que sabe andar dentro de sí, y tener en poco las cosas exteriores, no busca lugares, ni espera tiempos para darse a ejercicios devotos.»

Esta frase puede tocar muy de cerca nuestra experiencia.

A veces esperamos condiciones ideales para encontrarnos con Dios. Imaginamos que rezaríamos mejor si tuviéramos otro lugar, más silencio o una disposición interior distinta.

Kempis piensa en una interioridad capaz de recogerse en medio de la vida real:

«No le estorba el trabajo exterior, ni la ocupación necesaria a tiempos».

El hombre interior no necesita escapar permanentemente de lo cotidiano para encontrarse con Dios.

Lleva dentro de sí el lugar del encuentro.

La verdadera dispersión comienza cuando las cosas exteriores consiguen apoderarse del corazón.

Por eso Kempis observa:

«Tanto se estorba el hombre y se distrae, cuando atrae a sí las cosas de fuera.»

Hay cosas que están fuera de nosotros y deben quedarse allí.

No todo merece entrar en el corazón.


Volver al centro

El capítulo termina señalando aquello que más dificulta esta libertad:

«Nada mancilla ni embaraza tanto el corazón del hombre cuanto el amor desordenado de las criaturas.»

Kempis no condena el amor a las criaturas.

La palabra decisiva es desordenado.

El desorden comienza cuando esperamos de algo creado aquello que solamente Dios puede darnos. Entonces el corazón pierde su libertad y queda sujeto a lo que cambia.

Toda la conversión interior que Kempis propone puede comprenderse desde aquí.

El hombre vuelve hacia dentro para encontrar allí una morada.

Y esa morada tiene un huésped.

Cristo.

Por eso el Libro II comienza con una invitación que quizá podamos conservar como clave de todo lo que vendrá:

«Da, pues, lugar a Cristo».

No hace falta fabricar su presencia.

Hay que darle lugar.


Para permanecer hoy

Quiero entrar un poco más profundamente en mi propio corazón.

No para quedarme encerrado en mí mismo.

Quiero descubrir qué espacio estoy dejando realmente a Cristo.

Tal vez haya demasiadas voces dentro de mí. Algunas preocupaciones han ocupado un lugar mayor del que merecen y ciertas cosas exteriores siguen entrando hasta lo más íntimo.

Hoy quiero escuchar sencillamente:

«Da, pues, lugar a Cristo».

No necesito alcanzar ninguna experiencia extraordinaria.

Si me cuesta elevar el corazón, puedo acercarme a sus llagas.

Allí está Jesús.

Quiero descansar un momento en esa presencia y dejar que Él encuentre en mí una morada.


Simple oración

Jesús,

hay dentro de mí
un lugar
que sólo Vos conocés.

Entrá allí.

Donde mi corazón
se dispersa,

haceme volver
a tu presencia.

Cuando no sepa
elevarme hacia Vos,

dejame descansar
en tus heridas.

Que poco a poco
mi interior se vuelva
morada,

y en el silencio
aprenda esa familiaridad
de quien sabe
que estás cerca.

Dame lugar en Vos,

mientras yo aprendo
a darte lugar
en mí.

Amén.

26 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XXV. DE LA FERVOROSA ENMIENDA DE TODA NUESTRA VIDA.

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«Vela con mucha diligencia en el servicio de Dios, y piensa de ordinario a que viniste».



Kempis llega al final del Libro I volviendo sobre una palabra que ha aparecido muchas veces a lo largo de estas páginas: fervor.

Pero después de veinticuatro capítulos sabemos mejor qué significa para él. El fervor del que habla no depende de sentirse espiritualmente entusiasmado. Tiene que ver con una vida que ha descubierto hacia dónde quiere dirigirse y procura responder a esa llamada con seriedad.

Antes de preguntarnos cuánto hemos avanzado, Kempis nos hace recordar para qué comenzamos.

Hay momentos en que la vida espiritual necesita precisamente eso. Volver a la primera intención. Recuperar aquello que quizá quedó cubierto por el cansancio del camino.

Kempis habla originalmente al religioso que ha dejado el mundo para entregarse a Dios. Pero dentro de ese contexto preciso hay una pregunta capaz de alcanzar a cualquier vida cristiana: ¿para qué estoy viviendo delante de Dios?


Fervor y esperanza

Kempis escribe:

«Corre, pues, con fervor a la perfección».

La expresión puede sonar desmesurada si entendemos la perfección como impecabilidad. En el lenguaje espiritual cristiano, la perfección señala la madurez de la caridad, esa progresiva configuración de toda la persona con Cristo.

Por eso Kempis puede unir inmediatamente el esfuerzo con la esperanza:

«Ten firme esperanza que alcanzarás victoria».

Y añade una advertencia:

«mas no conviene tener seguridad, porque no aflojes ni te ensoberbezcas.»

Hay una tensión muy fina entre ambas expresiones.

Esperanza, sí. Seguridad de sí mismo, no.

La esperanza cristiana descansa en Dios. La presunción empieza cuando el hombre se considera ya asegurado por sus propias fuerzas.

Kempis quiere una confianza que siga siendo humilde.


«¡Si supiese que había de perseverar!»

Entonces aparece una pequeña escena que constituye, a mi entender, el corazón de todo el capítulo.

Kempis habla de alguien que vive:

«lleno de congoja luchando entre el temor y la esperanza».

Ese hombre entra en una iglesia y se postra delante del altar. Hay una pregunta que lo atormenta:

«¡Oh! ¡Si supiese que había de perseverar!»

Es una pregunta profundamente humana.

Quisiera conocer de antemano el desenlace de su camino. Saber que llegará hasta el final. Tener alguna certeza sobre sí mismo que elimine la posibilidad de fracasar.

Y entonces escucha interiormente:

«¿Qué harías si eso supieses?
Haz ahora lo que entonces quisieras hacer, y estarás seguro.»

La respuesta es extraordinaria.

El hombre pregunta por el futuro.

Dios lo devuelve al presente.

Quiere saber si perseverará mañana y recibe como respuesta aquello que puede hacer hoy.

Kempis cuenta entonces que:

«se ofreció a la divina voluntad, y cesó su congojosa turbación».

No recibió conocimiento del futuro.

Recibió algo mejor: una manera de vivir el presente.

La paz llegó cuando dejó de querer poseer anticipadamente su propia historia y se entregó a la voluntad de Dios.


La gracia y el esfuerzo

Kempis conoce bien la resistencia interior que experimentamos cuando la conversión comienza a tocar lugares difíciles.

Dice que algunos se detienen ante «el espanto de la dificultad».

Pero inmediatamente afirma:

«Porque allí aprovecha el hombre más y alcanza mayor gracia, adonde más se vence, a sí mismo».

La frase tiene el tono ascético propio de la Imitación. Kempis habla de vencerse y mortificarse porque comprende que hay inclinaciones que necesitan ser contrariadas.

Pero fijémonos en una palabra:

gracia.

El esfuerzo humano aparece dentro de una obra que necesita de la gracia de Dios.

Kempis tampoco imagina que todos tengan idéntica capacidad. Lo reconoce expresamente:

«Pero no todos tienen igual ánimo para vencer y mortificarse.»

La vida espiritual no consiste entonces en compararse.

Cada uno tiene que descubrir dónde está siendo llamado a una respuesta más verdadera.

Y precisamente allí puede actuar la gracia.


Volver la mirada hacia uno mismo

Kempis aconseja aprovechar incluso aquello que observamos en los demás. Pero enseguida vuelve a su insistencia habitual:

«Así como tú miras a los otros, así los otros te miran a ti.»

Hay aquí una llamada a dejar de vivir como espectadores de la vida espiritual ajena.

El comportamiento de otro puede enseñarme algo, pero la pregunta termina regresando hacia mí.

¿Qué estoy haciendo yo con aquello que he recibido?

Este movimiento ha atravesado todo el Libro I. Kempis vuelve una y otra vez a retirar nuestra mirada de la curiosidad por los demás para introducirla en el propio corazón.

Y justo cuando el examen de uno mismo podría encerrarnos demasiado en nosotros, aparece el centro verdadero del capítulo.


«Propónte por modelo al Crucificado»

Kempis escribe:

«Acuérdate de la profesión que tomaste, y propónte por modelo al Crucificado.»

Aquí cambia todo.

El modelo de la vida cristiana no es una versión idealizada de nosotros mismos.

Es Cristo.

Más aún: Cristo crucificado.

Kempis continúa:

«Bien puedes avergonzarte mirando la vida de Jesucristo; porque aún no estudiaste a conformarte más con El, aunque ha muchos años que estás en el camino de Dios.»

La palabra decisiva es conformarte.

Toda la enmienda de la que habla el título encuentra aquí su verdadera forma.

La conversión cristiana consiste en que Cristo vaya tomando forma en nosotros.

Por eso Kempis afirma algo todavía más radical:

«El religioso que se ejercita intensa y devotamente en la santísima vida y pasión del Señor, halla allí todo lo útil y necesario cumplidamente para sí; y no hay necesidad que busque cosa mejor fuera de Jesús.»

Y finalmente exclama:

«¡Oh! ¡Si viniese a nuestro corazón Jesús crucificado, cuán presto y cumplidamente seríamos enseñados.»

Después de tantas exhortaciones ascéticas, Kempis llega a Jesús.

La vida espiritual encuentra aquí su centro.

Cristo no es solamente quien indica el camino.

Su vida misma se convierte en la forma de nuestra vida.


Cuando Dios llega a ser suficiente

Más adelante aparece una de las afirmaciones más contemplativas del capítulo:

«Cuando el hombre llega al punto de no buscar su consuelo en ninguna criatura, entonces comienza a gustar de Dios perfectamente».

La expresión es exigente y debe leerse dentro del horizonte ascético de Kempis. No implica que el afecto humano o el consuelo recibido de otra persona sean malos.

Kempis está hablando de algo más radical: dónde descansa finalmente el corazón.

La criatura no puede ocupar el lugar de Dios.

Cuando dejamos de exigirle que sostenga aquello que solamente Dios puede sostener, también nuestra relación con ella puede volverse más libre.

Entonces Kempis escribe:

«pónese entera y fielmente en Dios, el cual le es todo en todas las cosas».

El fervor comienza a mostrarse ahora bajo otra luz.

Ya no parece agitación espiritual.

Es un corazón que ha encontrado su centro.


«El tiempo perdido jamás vuelve»

Hacia el final reaparece el tema de los capítulos anteriores:

«Acuérdate siempre del fin, y que el tiempo perdido jamás vuelve.»

Después de haber meditado sobre la muerte y el juicio, esta frase tiene ahora otro peso.

Kempis quiere que el tiempo se convierta en respuesta.

Por eso añade:

«Te alegrarás siempre a la noche, si gastares, bien el día.»

Hay una espiritualidad entera escondida en esa frase sencilla.

Llegar a la noche y poder entregar a Dios el día vivido.

No porque todo haya salido perfectamente.

Porque ese día no fue vivido en el abandono de uno mismo.


«Vela sobre ti»

Las últimas palabras del Libro I son:

«Vela sobre ti; despiértate a ti; y sea de los otros lo que fuere, no te descuides de ti.»

Kempis termina donde tantas veces nos había llevado.

Al propio corazón.

Pero después de todo el camino recorrido, ese regreso hacia uno mismo ya no puede entenderse como ensimismamiento.

Mirarse a uno mismo significa cuidar la respuesta que estamos dando a Dios.

Y el último renglón condensa la dureza ascética característica de Kempis:

«Tanto aprovecharás, cuanto más fuerza te hicieres. Amén.»

No conviene aislar esta frase de todo lo que la precede. El mismo Kempis acaba de decir que el trabajo se vuelve más ligero «por la gracia de Dios».

Su espiritualidad exige esfuerzo porque toma en serio la libertad humana.

Pero el esfuerzo cristiano ocurre dentro de la gracia.

La última palabra teológica no puede ser la fuerza que el hombre se hace a sí mismo.

Es Dios quien llama, sostiene y lleva a cumplimiento la obra que su gracia ha comenzado.


Al terminar el Libro I

Llegados aquí, se comprende mejor el título de esta primera parte de la Imitación de Cristo: Avisos útiles para la vida espiritual.

Kempis ha ido despojando al discípulo de muchas ilusiones acerca de sí mismo para colocarlo cada vez con mayor verdad delante de Dios.

Y al final no nos entrega una técnica espiritual.

Nos entrega una Persona:

«propónte por modelo al Crucificado».

Quizá ésa sea la mejor puerta para pasar al Libro II.

Después de aprender a vigilar la propia vida, habrá que entrar todavía más profundamente en ella.

El próximo libro llevará precisamente este título:

De la conversión interior.


Para permanecer hoy

Al terminar este primer libro quiero volver a preguntarme para qué comencé.

Puede haber pasado tiempo desde aquel momento en que sentí con mayor claridad el deseo de vivir para Dios. Algunas cosas cambiaron desde entonces y otras todavía necesitan ser transformadas.

No quiero medir mi camino solamente por los años.

Quiero mirar a Cristo.

La pregunta de aquel hombre inquieto también podría ser la mía: ¿perseveraré?

No conozco la respuesta.

Pero hoy puedo escuchar:

«Haz ahora lo que entonces quisieras hacer».

Eso me basta.

No necesito poseer mi futuro.

Quiero ofrecerle a Dios este día y volver a poner delante de mis ojos al Crucificado.

Él conoce el camino que todavía me queda.

Yo sólo necesito entregarle el paso que puedo dar ahora.


Simple oración

Jesús,

al terminar este camino
vuelvo mis ojos hacia Vos.

He buscado tantas veces
seguridad sobre mí mismo,

cuando bastaba
entregarme a tus manos.

No conozco
lo que vendrá.

Hoy estoy aquí.

Que tu gracia
alcance mi libertad
y la vuelva hacia Vos.

Cuando el fervor se apague,
dejame mirar nuevamente
al Crucificado.

Allí quiero aprender
la forma de mi vida.

Y cuando vuelva a preguntarme
si llegaré hasta el final,

haceme escuchar en lo profundo:

haz ahora
lo que quisieras haber hecho
entonces.

Amén.

25 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XXIV. DEL JUICIO Y LAS PENAS DE LOS PECADOS.

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«Mira el fin en todas las cosas, y de qué suerte estarás delante de aquel juez justísimo, al cual no hay cosa encubierta».

 






Venimos de un capítulo en el que Kempis nos hacía mirar la muerte. Ahora da un paso más. La muerte conduce al hombre ante Dios y, por eso, la pregunta ya no es solamente cómo terminará nuestra vida, sino qué verdad quedará al descubierto cuando comparezcamos ante Él.

Es uno de los capítulos más severos del Libro I. Su lenguaje sobre el juicio y el infierno puede resultar estremecedor. Kempis quiere que lo sea. Sería infiel suavizarlo hasta quitarle esa fuerza. Pero también sería incompleto detenernos solamente en sus imágenes de castigo, porque el propio capítulo termina llevándonos hacia otro lugar: el amor de Dios. El capítulo anterior había colocado la muerte delante de nuestros ojos. Ahora Kempis coloca delante de ellos el juicio.



Delante del «juez justísimo»

El capítulo anterior había colocado la muerte delante de nuestros ojos. Ahora Kempis coloca delante de ellos el juicio.

La muerte muestra que nuestra vida tiene un término. El juicio revela que esa vida tiene también una verdad ante Dios.

Kempis contempla a Dios como «juez justísimo». Ante Él desaparece la posibilidad de sostener una apariencia distinta de aquello que verdaderamente somos.

«No hay cosa encubierta», dice.

Hay algo profundamente serio en esta afirmación, pero también algo que puede llegar a ser liberador. Ante Dios ya no hay personaje que representar. Nuestra historia está enteramente abierta ante su mirada.

Kempis quiere que vivamos ahora a la luz de esa verdad futura.


El tiempo en que todavía podemos volver

Inmediatamente aparece una palabra fundamental:

«Ahora tu trabajo es fructuoso, tu llanto aceptable, tus gemidos se oyen, tu dolor es satisfactorio y justificativo.»

Otra vez, ahora.

Kempis no habla del juicio para llevar al hombre a la desesperación. Habla del juicio mientras todavía existe tiempo para la conversión.

Eso cambia profundamente la perspectiva.

Todavía podemos volvernos hacia Dios.

El pecado reconocido puede convertirse en arrepentimiento. La conciencia puede despertar. La vida puede tomar otra dirección.

La severidad del juicio aparece así dentro de una llamada a la conversión.

Mientras vivimos, la historia permanece abierta a la gracia.


«Grande y saludable purgatorio»

Kempis utiliza después una expresión llamativa:

«Aquí tiene grande y saludable purgatorio el hombre sufrido».

La palabra purgatorio tiene aquí un sentido que conviene percibir con cuidado. Kempis está pensando en la purificación que ya puede acontecer durante la vida presente.

La paciencia ante aquello que hiere nuestro amor propio puede convertirse en lugar de transformación interior cuando se vive delante de Dios.

Por eso escribe:

«Mejor es purgar ahora los pecados y cortar los vicios que dejar el purgarlos para lo venidero.»

Kempis no está invitando a buscar sufrimientos artificialmente. Su horizonte ascético mira las dificultades inevitables de la vida como ocasiones en las que el corazón puede ser purificado.

Hay una intuición cristiana profunda detrás de su lenguaje severo: Dios puede comenzar ahora su obra de purificación en nosotros.

La conversión no pertenece únicamente al momento en que reconocemos el pecado. Necesita alcanzar también aquello que el pecado ha ido formando dentro de nosotros.


Las imágenes del castigo

El texto entra entonces en su zona más dura.

Kempis describe las penas futuras mediante imágenes físicas intensas y establece una correspondencia entre el pecado y su castigo.

No conviene transformar esas imágenes en una descripción literal de la geografía del más allá. Kempis escribe dentro de una sensibilidad espiritual medieval que busca hacer perceptible la gravedad del pecado mediante imágenes capaces de sacudir al lector.

Pero tampoco conviene vaciarlas de contenido.

Lo que Kempis quiere preservar es algo central en la fe cristiana: nuestras decisiones tienen consecuencias eternas.

El pecado importa.

La libertad importa.

La relación con Dios importa.

El juicio significa que nuestra historia personal no desemboca en la indiferencia.

Dios toma en serio nuestra libertad porque toma en serio nuestro amor.


Cuando la verdad invierta las apariencias

Después de las imágenes de castigo, el capítulo cambia de movimiento.

Kempis contempla el día en que muchas de las valoraciones de este mundo aparecerán bajo una luz distinta:

«Entonces se verá que el verdadero sabio en este mundo, fue aquel que aprendió a ser necio y menospreciado por Cristo.»

El «entonces» se vuelve insistente en el texto original.

Kempis imagina el juicio como el momento en que la verdad de las cosas quedará finalmente manifestada.

Aquello que parecía fracaso puede revelarse fidelidad.

Lo que parecía insignificante puede aparecer lleno de valor ante Dios.

La lógica del juicio desenmascara la mirada puramente mundana sobre la existencia.

Por eso Kempis puede contemplar al pobre y humilde con confianza.

El juicio de Dios no reproduce simplemente los juicios humanos.

Dios ve lo que nosotros no vemos.

Y aquello que ahora permanece oculto llegará a manifestarse ante Él.


Una conciencia que podrá alegrarse

Entre las afirmaciones de Kempis aparece una especialmente hermosa:

«Entonces alegrará más la pura y buena conciencia, que toda la docta filosofía.»

No desprecia aquí el conocimiento como tal. La Imitación viene insistiendo desde sus primeros capítulos en que el conocimiento que no transforma la vida puede dejarnos espiritualmente intactos.

En el momento de la verdad, la cuestión decisiva será qué ha sucedido en el corazón.

Una buena conciencia tiene entonces un valor que ninguna apariencia puede sustituir.

Esta frase nos devuelve al capítulo anterior, donde Kempis había escrito que quien tuviera buena conciencia no temería tanto la muerte.

Ahora comprendemos por qué.

La buena conciencia puede presentarse delante de Dios sin necesidad de ocultarse.


El temor como comienzo

Hacia el final, Kempis plantea con enorme crudeza la posibilidad del infierno. Y entonces aparece una distinción espiritual muy importante.

Escribe:

«Bueno es no obstante que si el amor no nos desvía de lo malo, por lo menos el temor del infierno nos refrene.»

Kempis reconoce aquí que el temor puede tener una función.

Una persona quizá todavía no ha llegado a evitar el pecado porque ama profundamente a Dios. Sin embargo, el temor de perderse puede detenerla.

Ese temor puede ser imperfecto, pero Kempis no lo considera inútil.

La tradición católica conoce bien esta diferencia. El temor puede iniciar un movimiento de conversión que todavía necesita madurar.

Pero Kempis no termina ahí.

Antes ha escrito una frase que ilumina todo el capítulo.


«Los que aman a Dios de todo corazón»

Después de tantas imágenes severas, Kempis dice:

«Porque los que aman a Dios de todo corazón, no temen la muerte, ni el tormento, ni el juicio, ni el infierno; pues el amor perfecto tiene segura entrada para Dios.»

Aquí aparece el punto hacia el que estaba caminando toda la meditación.

El amor.

Kempis ha comenzado ante el juez y termina ante Dios amado.

Esto permite comprender correctamente el temor que recorre el capítulo.

El temor puede despertarnos cuando todavía estamos dormidos espiritualmente. Pero la madurez de la vida cristiana se dirige hacia el amor.

Kempis mismo lo dice: «el amor perfecto tiene segura entrada para Dios».

Hay aquí un eco profundo de la Primera carta de Juan: «el amor perfecto expulsa el temor» (1 Jn 4,18).

El cristiano no está llamado a pasar toda su vida aterrorizado ante Dios.

Está llamado a amarlo.

Y cuanto más verdadero sea ese amor, más profundamente deseará una vida reconciliada con Él.

Entonces el juicio deja de ser solamente la aparición de nuestras obras ante Dios.

Se convierte también en la hora en que quedará definitivamente revelada la verdad de nuestro amor.


La seriedad de ser amados

Quizá aquí podamos descubrir algo que atraviesa silenciosamente todo el capítulo.

El juicio existe porque nuestra vida importa.

Si nuestras decisiones fueran irrelevantes, tampoco habría nada que juzgar.

La existencia humana posee una dignidad tan grande ante Dios que aquello que hacemos con nuestra libertad tiene peso eterno.

Kempis expresa esa verdad con la severidad propia de su época y de su espiritualidad.

Pero al final nos conduce hacia una pregunta mucho más íntima que el simple miedo al castigo:

¿amo verdaderamente a Dios?

Porque allí donde ese amor comienza a ocupar el corazón, el juicio puede ser contemplado desde otra luz.

Seguiremos necesitando misericordia.

Seguiremos llegando ante Dios con una historia que necesita ser salvada.

Pero llegaremos hacia Aquel a quien hemos aprendido a amar.

Y entonces cobra toda su fuerza la frase con la que Kempis atraviesa la oscuridad de este capítulo:

«el amor perfecto tiene segura entrada para Dios».

 

Para permanecer hoy

Hoy quiero colocarme por un momento delante de Dios sin esconderme.

Él conoce aquello que yo conozco de mí y también aquello que todavía no alcanzo a ver.

No quiero vivir esa mirada solamente desde el miedo.

Quiero preguntarme qué lugar ocupa el amor en mi relación con Él.

Tal vez todavía haya en mí temores que necesiten purificarse. Puedo entregárselos.

Quiero aprender a vivir de manera que el encuentro definitivo con Dios sea el cumplimiento de una relación que ya comenzó aquí.

Hoy todavía tengo tiempo.

Todavía puedo dejar que su gracia transforme mi corazón.

Y quiero pedir que mi obediencia nazca cada vez más del amor.


Simple oración

Señor,

algún día
estaré enteramente
delante de Vos.

Tu mirada conocerá
la verdad de mi vida
hasta su última hondura.

Que esa verdad
encuentre mi corazón
abierto a tu misericordia.

Mientras todavía hay tiempo,
dejá que tu gracia
me transforme.

Y cuando llegue la hora
de presentarme ante Vos,

que el temor haya aprendido
a descansar en el amor,

y mi corazón
reconozca finalmente
a Aquel que buscó.

Amén.




24 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XXIII. DE LA MEDITACIÓN DE LA MUERTE.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.


«Muy presto será contigo este negocio; mira cómo te has de componer.»




El «contigo» importa. Hasta ahora se podía pensar en la muerte como una verdad conocida, incluso aceptada intelectualmente. Aquí deja de ser una idea. Algún día será mi muerte. Y ese día, que desconozco, pertenece ya a la verdad de mi existencia.

Kempis no busca satisfacer curiosidad alguna acerca de ese momento. Quiere que la certeza de morir ilumine el modo en que vivimos.

Por eso este capítulo continúa de manera natural el anterior. Allí había escrito: «aún tienes tiempo y ocasión». Ahora lleva esa afirmación hasta sus últimas consecuencias: el tiempo que todavía tenemos es precioso precisamente porque no sabemos cuánto durará.