«Mientras vivimos en el mundo no podemos estar sin tribulación y tentación.»
Por eso la tentación no constituye por sí misma una señal de fracaso espiritual.
Esta distinción es fundamental.
Ser tentado no es consentir.
Entre la aparición de aquello que nos atrae desordenadamente y el acto por el cual nuestra voluntad lo hace suyo existe un espacio donde se juega nuestra libertad. Puede ser un espacio pequeño y difícil, pero precisamente allí se desarrolla una parte importante de la vida espiritual.
Kempis quiere enseñarnos a reconocer ese combate sin ingenuidad y sin miedo.
La tentación pertenece a nuestra condición presente
El capítulo remite al libro de Job:
«La vida del hombre sobre la tierra es milicia» (cf. Job 7,1).
La antigua traducción latina, militia est vita hominis super terram, marcó profundamente la espiritualidad cristiana. Kempis recoge esa imagen porque comprende nuestra vida presente como una condición todavía inacabada. Hemos recibido la Gracia, pero todavía podemos resistirla. Amamos a Dios, aunque seguimos experimentando dentro de nosotros movimientos que no están plenamente ordenados hacia Él. San Pablo conoce dramáticamente esta experiencia cuando escribe:
«No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rom 7,19).
No está diciendo que la libertad haya desaparecido. Está describiendo su condición herida.
El cristiano descubre entonces que la conversión necesita alcanzar lugares cada vez más profundos de su corazón. Y muchas veces la tentación los pone al descubierto.
Cristo también fue tentado
Hay algo que impide que esta reflexión se convierta en una mirada pesimista sobre nosotros mismos.
Jesús fue tentado.
«Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1).
Esto significa que la experiencia de la tentación, considerada en sí misma, no implica pecado. Cristo conoció verdaderamente la prueba sin que hubiera en Él desorden moral alguno. La Carta a los Hebreos se atreve a fundamentar precisamente allí nuestra confianza:
«Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado» (Heb 4,15).
Por eso, cuando somos tentados, no entramos en un territorio desconocido para Cristo. Podemos acudir a Él desde dentro mismo de la lucha. No necesitamos esperar a sentirnos espiritualmente fuertes para acercarnos. La debilidad puede convertirse precisamente en el lugar desde el cual lo invocamos con mayor verdad.
«Todos son tentados»
Kempis hace una observación muy importante: nadie está completamente libre de tentaciones. Puede cambiar aquello que nos tienta. Puede modificarse también la intensidad con el paso del tiempo. Pero mientras dure nuestra condición presente seguiremos necesitando vigilancia. Esto protege al hombre espiritual de una ilusión peligrosa: imaginar que ha alcanzado un estado en el cual ya no necesita cuidarse. San Pablo advierte:
«El que se crea muy seguro, ¡cuídese de no caer!» (1 Cor 10,12).
La experiencia de la propia fragilidad puede convertirse así en una escuela de humildad. Hay seguridades acerca de nosotros mismos que sólo existen porque todavía no hemos sido probados en determinado punto. Pedro estaba sinceramente convencido de que sería fiel:
«Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré» (Mt 26,35).
No estaba mintiendo. En aquel momento creía conocerse. La prueba reveló algo que Pedro todavía ignoraba de sí mismo. Y aquella revelación, dolorosísima, terminó formando parte de su transformación.
La tentación revela al hombre
Kempis llega entonces a una de las frases más profundas del capítulo:
«Las tentaciones son muchas veces muy útiles al hombre, aunque sean molestas y graves, porque en ellas es humillado, purificado e instruido.»
Aquí debemos leer cuidadosamente. Kempis no está diciendo que el mal que nos tienta se vuelva bueno. Está mirando aquello que Dios puede realizar en nosotros mientras lo combatimos. La tentación puede arrancarnos una imagen falsa de nosotros mismos. Mientras nada contradice nuestra voluntad podemos creer que somos pacientes. Cuando aparece una verdadera contrariedad descubrimos cuánto camino queda todavía por recorrer. Ese descubrimiento puede humillarnos. Pero la humildad cristiana no consiste en despreciarnos. Consiste en empezar a vivir desde la verdad. Y la verdad de nuestra fragilidad puede abrirnos más profundamente a la Gracia. Pedro necesitó descubrir que no podía apoyarse absolutamente en la imagen que tenía de sí mismo. Después de la Resurrección ya habla de otra manera.
Cuando Jesús le pregunta si lo ama, Pedro termina respondiendo:
«Señor, Vos lo sabés todo; sabés que te quiero» (Jn 21,17).
Ahora se conoce mejor.
Y precisamente por eso puede confiar de una manera nueva.
Cómo comienza una tentación
Kempis muestra una notable agudeza psicológica cuando describe el crecimiento progresivo de la tentación. Comprende que el consentimiento grave no suele aparecer de improviso. Antes ha ocurrido algo dentro. Su enseñanza coincide con una larga tradición espiritual que prestó mucha atención al nacimiento de los pensamientos. Los Padres del desierto llamaban logismoi a ciertos pensamientos o movimientos interiores que se presentan a la conciencia y buscan captar nuestra atención. Esto ayuda a distinguir. Que algo aparezca dentro de mí no significa que yo lo haya elegido. Puedo experimentar una imagen o una inclinación que no deseo. La responsabilidad moral comienza a comprometerse cuando la libertad empieza a apropiarse voluntariamente de aquello que apareció. Esta distinción puede liberar de muchos escrúpulos. No todo lo que atraviesa nuestra mente expresa quiénes somos. Hay pensamientos que llegan sin ser invitados. La vida espiritual aprende a reconocerlos sin dialogar innecesariamente con ellos.
Resistir al principio
Kempis insiste especialmente en este punto. Una tentación combatida al comienzo suele ser más débil que una tentación largamente alimentada por la imaginación. Hay aquí una sabiduría muy concreta. Nuestra libertad puede conceder interiormente espacio a algo mucho antes de que exista una acción exterior. Por eso Jesús lleva la moral hasta el corazón. Allí empieza a decidirse el rumbo. La vigilancia cristiana consiste en aprender a reconocer esos primeros movimientos sin convertir la vida interior en una inspección angustiosa. Jesús une vigilancia y oración:
«Velen y oren para no caer en la tentación» (Mt 26,41).
La vigilancia sin oración podría convertirse en obsesión por nosotros mismos. La oración cambia el centro. Ya no estoy únicamente mirando mi debilidad. Estoy recurriendo a Alguien.
Hay tentaciones que duran
Kempis sabe también que algunas pruebas no desaparecen rápidamente. Esto es importante porque podemos desanimarnos cuando una lucha vuelve después de mucho tiempo. Llegamos a pensar que nuestra vida espiritual no ha avanzado. Pero una tentación persistente no demuestra necesariamente ausencia de crecimiento. San Pablo pidió repetidamente ser librado de aquella misteriosa «espina en la carne» de la que habla en la Segunda Carta a los Corintios. La respuesta de Cristo fue:
«Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad» (2 Cor 12,9).
Pablo quería que algo desapareciera. La respuesta que recibió lo llevó hacia otro descubrimiento: la Gracia podía sostenerlo incluso allí. Esto no convierte la debilidad en un ideal. Revela que nuestra comunión con Dios no depende de que lleguemos a ser invulnerables. A veces la experiencia repetida de nuestra pobreza destruye lentamente una autosuficiencia que hubiera sido mucho más peligrosa que la fragilidad que tanto nos molestaba.
Dios conoce nuestra medida
Kempis insiste en que la prueba no está fuera de la providencia de Dios. San Pablo lo expresa de una manera particularmente consoladora:
«Dios es fiel y no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas» (1 Cor 10,13).
La frase comienza hablando de Dios. «Dios es fiel.»
Ése es el fundamento. La confianza cristiana durante la tentación no descansa en una certeza absoluta acerca de nuestra propia fortaleza. Descansa en la fidelidad de Dios. Esto modifica profundamente la manera de luchar. Ya no necesitamos demostrarle a Dios que somos fuertes. Podemos acudir precisamente porque sabemos que somos débiles. La tentación puede convertirse entonces en una oración muy breve.
«Señor, ayudame.»
Tal vez no haga falta nada más.
Pedro caminó sobre el agua mientras miraba a Jesús. Cuando sintió miedo y comenzó a hundirse, su oración fue apenas un grito:
«¡Señor, salvame!» (Mt 14,30).
Y Jesús extendió la mano.
Después de muchas tentaciones
Kempis termina mirando hacia el fruto que puede aparecer después de una lucha sostenida. La persona probada comienza a conocerse con mayor verdad. Ha descubierto que necesita la gracia. Y puede adquirir una compasión nueva hacia la fragilidad de los demás. Esto es muy importante. Quien nunca ha tomado conciencia de su propia vulnerabilidad corre el riesgo de juzgar con dureza la caída ajena. En cambio, quien conoce el lugar donde él mismo podría caer empieza a mirar desde otra profundidad. La tentación combatida puede producir así una humildad que ya no es teoría. Hemos conocido algo de nosotros mismos. Y hemos conocido algo de Dios. Descubrimos nuestra pobreza y, dentro de ella, una fidelidad que no procedía de nosotros. Quizá por eso Kempis puede afirmar que las tentaciones llegan a instruir. Nos enseñan quiénes somos cuando nuestras seguridades se debilitan. Pero también pueden enseñarnos quién es Dios cuando acudimos a Él desde ese lugar.
Para permanecer hoy
Hoy quiero mirar mi fragilidad sin miedo. No necesito identificarme con cada pensamiento que aparece dentro de mí ni sentirme derrotado porque una antigua lucha haya regresado. Quiero recordar que ser tentado todavía no significa haber consentido. Entre aquello que me atrae y mi respuesta existe una libertad que Dios continúa sanando con su Gracia. Tal vez haya una lucha concreta que me avergüenza porque esperaba haberla superado hace tiempo. Hoy quiero llevarla a Cristo sin esconderla.
No voy a decirle que soy fuerte. Prefiero decirle la verdad:
«Señor, acá necesito que me sostengas.»
Quiero aprender también algo de esta prueba. Quizá esté mostrándome una zona de mi corazón que todavía desconocía. No necesito resolverla inmediatamente. Puedo dejar que Dios me enseñe dentro de ella. Y si hoy aparece la tentación, quiero recordar antes que nada una frase:
«Dios es fiel» (1 Cor 10,13).
Ahí quiero apoyar mi confianza. Mi seguridad no está en creer que jamás podría caer. Está en saber hacia dónde volver mi corazón cuando descubro que soy débil.
Simple oración
Señor Jesús,
Vos conociste el desierto
y sabés lo que significa ser probado.
Cuando descubra mi fragilidad,
no dejes que me esconda de Vos.
Quiero llevarte aquello
que todavía lucha dentro de mí
sin disfrazarlo de fortaleza.
Dame lucidez para reconocer la tentación
antes de entregarle mi corazón.
Y cuando me sienta débil,
recordame que tu Gracia
no se retira de mi pobreza.
Que cada combate me vuelva más humilde
y abra en mí una confianza más verdadera.
Señor,
si alguna vez sólo alcanzo a decir
«ayudame»,
escuchá también esa pequeña oración.
Porque mi esperanza
descansa en tu fidelidad.
Amén.

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