Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio, este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.
«No te importe mucho quién es por ti o contra ti; sino busca y procura que sea Dios contigo en todo lo que haces.»
Después de abrir el Libro II con aquella invitación tan íntima —«Da, pues, lugar a Cristo»—, Kempis da un paso que podría parecer inesperado.
Si Cristo habita en el interior, ¿qué sucede cuando desde fuera llegan la oposición, el juicio de los demás o la humillación?
La respuesta de Kempis es breve y exigente. La verdadera interioridad comienza a probarse precisamente allí. La frase que invoca este capítulo, toca uno de los lugares más sensibles del corazón humano: nuestra necesidad de saber quién está de nuestro lado.
Kempis quiere liberar al hombre de esa dependencia.
Su pregunta fundamental pasa por otro lugar:
¿está Dios conmigo en aquello que estoy haciendo?
«Ten buena conciencia»
Inmediatamente escribe:
«Ten buena conciencia, y Dios te defenderá.»
La buena conciencia había aparecido ya en los capítulos finales del Libro I. Allí estaba relacionada con la muerte y con el juicio. Ahora Kempis la introduce en medio de las relaciones humanas.
Cuando la conciencia está delante de Dios, la opinión ajena deja de tener la última palabra.
Esto no significa que toda crítica deba ser ignorada. El mismo capítulo terminará hablando de nuestros defectos y de la necesidad de aceptar que sean conocidos.
Kempis está pensando aquí en algo más profundo: esa inquietud que nace cuando nuestra paz depende de ser aprobados, comprendidos o defendidos por los demás.
Por eso dice:
«Al que Dios quiere ayudar, no le podrá dañar la malicia de alguno.»
La seguridad que busca Kempis vuelve a desplazarse hacia Dios.
La malicia de otro puede herir. Puede causar sufrimiento real. Pero no puede decidir quién soy delante de Dios.
«Si sabes callar y sufrir»
Kempis continúa:
«Si sabes callar y sufrir, sin duda verás el favor de Dios.»
Hay que leer esta frase con cuidado.
Kempis escribe desde una tradición ascética en la que el silencio frente a la ofensa posee un enorme valor espiritual. No está desarrollando aquí una doctrina acerca de todas las situaciones posibles de injusticia ni afirmando que nunca debamos hablar.
Su atención está puesta en la reacción interior del hombre herido.
Cuando somos cuestionados, aparece enseguida el deseo de justificarnos. Queremos explicar nuestra intención, demostrar que el otro se equivoca, recuperar cuanto antes la imagen que creemos haber perdido.
Kempis invita a descubrir que algunas veces podemos dejar nuestra defensa en manos de Dios.
Por eso añade:
«El sabe el tiempo y el modo de librarte; y por eso te debes ofrecer a El.»
Hay una confianza muy honda en estas palabras.
Dios conoce el tiempo y el modo.
La humilde sumisión consiste entonces en entregarle también aquello que nosotros querríamos resolver inmediatamente.
Cuando los demás conocen nuestros defectos
Y entonces Kempis introduce una afirmación incómoda:
«Algunas veces conviene mucho, para guardar mayor humildad, que otros sepan nuestros defectos y los reprendan.»
No habla ya de una acusación injusta.
Habla de defectos reales.
Quizá sea éste el punto más delicado del capítulo, porque ser conscientes de una limitación propia resulta bastante más fácil que soportar que otro la vea.
Mientras el defecto permanece dentro de nosotros, todavía podemos administrarlo. Podemos explicárnoslo. Incluso podemos conservar una buena imagen de nosotros mismos a pesar de él.
Cuando alguien lo advierte y lo señala, algo queda expuesto.
Y precisamente allí Kempis descubre una posibilidad de humildad.
La humillación toca la imagen.
La humildad toca la verdad.
Aceptar que otro haya visto algo verdadero de mí puede convertirse en un momento profundamente espiritual si dejo de luchar desesperadamente por conservar intacta mi propia imagen.
Humillarse por los propios defectos
Kempis continúa:
«Cuando un hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca a los otros».
No está hablando de despreciarse.
Humillarse, en este contexto, significa aceptar la verdad de la propia fragilidad.
El hombre humilde ya no necesita gastar tanta energía sosteniendo una versión ideal de sí mismo.
Puede reconocer.
Puede pedir perdón.
Puede dejarse corregir.
Puede aprender.
Y esa verdad interior produce una libertad que la defensa constante de uno mismo nunca consigue dar.
Kempis ha comenzado el capítulo preguntando quién está «por ti o contra ti». Ahora entendemos mejor su respuesta.
Quien necesita proteger continuamente su imagen estará pendiente de todos.
Quien aprende a vivir delante de Dios comienza a ser libre.
«Dios defiende y libra al humilde»
El capítulo alcanza entonces su centro:
«Dios defiende y libra al humilde».
Kempis continúa hablando de la relación de Dios con ese hombre y llega a una expresión especialmente delicada:
«al hombre humilde se inclina».
La imagen es hermosa.
Dios se inclina hacia el humilde.
La humildad que aparece aquí tiene muy poco que ver con hablar mal de uno mismo. Es la situación del hombre que ha dejado de necesitar una grandeza propia para poder sostenerse.
Puede presentarse ante Dios tal como es.
Y allí encuentra cercanía.
Kempis añade:
«Al humilde descubre sus secretos, y le trae dulcemente a Sí y le convida.»
La humildad adquiere ahora una dimensión contemplativa.
El hombre que deja de estar absorbido por la defensa de sí mismo queda disponible para una intimidad mayor con Dios.
Él «le trae dulcemente a Sí».
Hay algo particularmente bello en que un capítulo que comenzó hablando de adversarios termine hablando de esta atracción silenciosa de Dios.
La paz del humilde
Kempis escribe:
«El humilde, recibida la afrenta, está en paz; porque está con Dios y no en el mundo.»
Ésta es quizá la frase que mejor une este capítulo con el anterior.
En el capítulo primero, Kempis había dicho:
«no tendrás nunca reposo, si no estuvieres íntimamente unido con Cristo.»
Ahora vemos uno de los frutos de esa unión.
La paz.
El hombre humilde puede ser herido y seguir teniendo un lugar interior al que regresar.
Ese lugar es Dios.
Su paz ya no depende completamente de cómo lo miren los demás.
Por eso la humilde sumisión no consiste en volverse indiferente. Kempis está hablando de una libertad interior nacida de saber ante quién vivimos.
Cuando Dios se convierte en el centro, la mirada ajena pierde su poder absoluto.
«Está con Dios»
El capítulo termina con una frase extremadamente severa:
«No pienses haber aprovechado algo, si no te estimas por el más inferior de todos.»
Es una expresión propia de la espiritualidad ascética de Kempis y debe conservarse con toda su fuerza.
Él quiere atacar una de las formas más sutiles del orgullo espiritual: creer que haber avanzado en la vida de Dios nos coloca por encima de otros.
Precisamente cuando alguien comienza a considerarse espiritualmente superior, su supuesto progreso se vuelve sospechoso.
La humildad impide apropiarnos incluso del bien que Dios va realizando en nosotros.
Pero quizá la clave más profunda del capítulo se encuentre unas líneas antes:
«El humilde, recibida la afrenta, está en paz; porque está con Dios».
Porque está con Dios.
Ahí está la raíz.
La humildad de Kempis no nace de pensar obsesivamente en nuestra pequeñez.
Nace de vivir ante Alguien tan grande que ya no necesitamos engrandecernos.
Para permanecer hoy
Quiero mirar con sinceridad cuánto depende mi paz de la mirada de los demás.
Hay palabras que me afectan porque tocan algo verdadero. Otras me duelen porque siento que son injustas.
En ambas situaciones puedo volver a Dios.
No necesito defender inmediatamente cada rincón de mi imagen.
Si alguien ha visto un defecto verdadero en mí, quiero tener la libertad de reconocerlo.
Si he sido juzgado injustamente, puedo confiar también eso al Señor.
Hoy quiero guardar especialmente esta frase:
«El sabe el tiempo y el modo de librarte».
No necesito controlar el tiempo.
No necesito decidir el modo.
Quiero aprender esa paz de la que habla Kempis:
estar con Dios.
Simple oración
Señor,
cuando una palabra
toque mi orgullo,dejame volver
a la verdad.Si hay algo en mí
que necesita cambiar,dame humildad
para reconocerlo.Y cuando sea herido
injustamente,guardá mi corazón
junto a Vos.Que no viva pendiente
de quién está
a favor o en contra.Llevame dulcemente
hacia tu presencia,hasta encontrar esa paz
que nace simplemente
de estar con Vos.Amén.




