02 noviembre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO II . CAPÍTULO VI. DE LA ALEGRÍA DE LA BUENA CONCIENCIA.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana. 


«La gloria del hombre bueno, es el testimonio de la buena conciencia.»


 


Kempis viene conduciendo el Libro II hacia una interioridad cada vez más honda. En el capítulo anterior había pedido al hombre que volviera sobre sí mismo y aprendiera a mirarse con verdad. Ahora da un paso más. Esa mirada interior descubre algo que ningún juicio exterior puede reemplazar: el testimonio de la conciencia. La palabra gloria de la frase es muy importante. Kempis está preguntándose dónde descansa, en definitiva, el valor que el hombre reconoce en su propia vida. Puede buscarlo en la estima recibida, en aquello que otros dicen de él, incluso en la imagen que ha logrado construir ante los demás. Todo eso queda fuera. La conciencia, en cambio, acompaña al hombre cuando desaparecen las miradas ajenas.

Y allí, en ese lugar interior, Dios ve.


Una alegría que puede atravesar la adversidad

Kempis continúa:

«Ten buena conciencia, y siempre tendrás alegría. La buena conciencia muchas cosas puede sufrir, y muy alegre está en las adversidades.»

Esta alegría tiene una profundidad particular. No depende de que la vida resulte agradable. Puede subsistir en medio de una situación difícil porque nace de saber que el corazón está orientado hacia Dios.

Por eso inmediatamente aparece el reverso:

«La mala conciencia siempre está con inquietud y temor.»

Kempis conoce esa experiencia humana. Podemos intentar distraernos, recibir reconocimiento y aparentar tranquilidad; cuando la conciencia acusa, algo permanece inquieto por dentro.

En cambio:

«Suavemente descansarás, si tu corazón no te reprende.»

Hay una hermosa serenidad en esta frase.

El descanso del que habla Kempis nace de la reconciliación interior. La conciencia limpia permite que el hombre habite su propia vida sin tener que huir continuamente de ella.

Conviene entender aquí la conciencia desde la fe cristiana. No es simplemente sentirse bien con uno mismo. La conciencia necesita ser formada e iluminada por la verdad. Su paz auténtica nace de una vida que procura responder a Dios.

Por eso Kempis agrega:

«No te alegres sino cuando obrares bien.»

La alegría queda unida al bien.


La gloria que viene de los hombres

El capítulo avanza entonces hacia una cuestión muy delicada: la necesidad de aprobación.

«Breve es la gloria que se da y recibe de los hombres.»

Kempis sabe cuánto puede pesar sobre nosotros aquello que otros piensan. Una palabra favorable puede levantarnos; una crítica puede abatirnos. Cuando vivimos demasiado pendientes de esa oscilación, entregamos nuestra paz a algo que cambia continuamente.

Por eso escribe:

«La gloria de los buenos está en sus conciencias, y no en la boca de los hombres.»

La expresión es magnífica.

La boca de los hombres.

Allí circulan el elogio y la crítica, la aprobación y el desprecio. Nada de eso alcanza por sí mismo el lugar donde Dios conoce verdaderamente al hombre.

Kempis lleva entonces la mirada todavía más lejos:

«La alegría de los justos es de Dios, y en Dios, y su gozo es la verdad.»

La alegría espiritual queda así vinculada con la verdad.

Ya no se trata de sostener una imagen. El hombre puede vivir delante de Dios tal como es.

Y de allí nace una libertad interior enorme:

«Gran quietud de corazón tiene el que no se le da nada de las alabanzas ni de las afrentas.»

Llegar a esa quietud requiere un camino largo. Kempis conoce perfectamente la sensibilidad humana. Su enseñanza apunta hacia una libertad en la que el juicio ajeno deja de gobernar el corazón.


«Lo que eres, eso eres»

Llegamos entonces a una de las frases más fuertes del capítulo:

«No eres más santo porque te alaben, ni más vil porque te desprecien. Lo que eres, eso eres.»

Hay algo casi desnudo en estas palabras.

El elogio no añade santidad.

El desprecio tampoco puede quitar aquello que verdaderamente somos delante de Dios.

Kempis continúa:

«Y por más que te estimen los hombres, no puedes ser, ante Dios, más grande de lo que eres.»

Aquí cae una de las grandes ilusiones del corazón humano: creer que nuestra identidad depende de la valoración ajena.

Ante Dios desaparece la representación.

Queda la verdad.

Eso puede resultar exigente, pero también profundamente liberador. Ya no necesito sostener ante Dios una imagen de mí mismo. Él conoce aquello que hay realmente en el corazón.


Dios pesa las intenciones

Kempis profundiza esta idea con una distinción decisiva:

«El hombre ve lo de fuera, mas Dios el corazón. El hombre considera las obras, y Dios pesa las intenciones.»

Estas palabras evocan inmediatamente la gran tradición bíblica de la mirada de Dios. En la elección de David, el Señor dice a Samuel que el hombre mira las apariencias, mientras Dios mira el corazón (cf. 1 Sam 16,7).

Kempis lleva esa convicción al terreno de la vida espiritual.

Una obra puede ser externamente buena y contener todavía motivaciones que necesitan purificación. También puede suceder que una acción sencilla, casi invisible para los demás, posea un enorme valor delante de Dios porque ha nacido de un corazón recto.

Por eso la buena conciencia exige sinceridad.

Hay que permitir que Dios alcance también las intenciones.

No alcanza con preguntarme qué hice. A veces necesito descubrir desde dónde lo hice.


«El que Dios alaba»

El capítulo termina con san Pablo:

«Porque dice San Pablo: No el que se alaba a sí mismo es aprobado, sino el que Dios alaba.»

Kempis está evocando 2 Cor 10,18.

Y aquí todo el capítulo encuentra su centro.

El hombre puede quedar atrapado buscando su propia aprobación o esperando que llegue desde afuera. Pablo abre otro horizonte: la mirada de Dios.

Kempis concluye:

«Andar en lo interior con Dios, y no embarazarse de fuera con alguna aflicción, estado es de varón espiritual.»

“Andar en lo interior con Dios.”

Quizá ésa sea la expresión que mejor recoge todo el capítulo.

La buena conciencia nace de una vida vivida bajo esa mirada. Allí el elogio pierde su capacidad de embriagar y el desprecio deja de tener la última palabra.

La conciencia puede entonces convertirse en ese lugar secreto donde el hombre sabe quién es delante de Dios.

Y cuando allí hay verdad, puede aparecer la alegría de la que habla Kempis.

Una alegría serena.

Una alegría que no necesita espectadores.


Para permanecer hoy

Hoy quiero preguntarme cuánto depende mi paz de lo que otros piensan de mí.

Sé cuánto puede alegrarme una palabra de aprobación y cuánto puede dolerme una crítica. También sé que ninguna de ellas alcanza por completo la verdad de mi corazón.

Quiero volver a ese lugar interior donde Vos me conocés.

Allí puedo preguntarme con sinceridad qué hay detrás de mis obras y dejar que tu luz alcance mis intenciones.

Quiero aprender aquella libertad de la que habla Kempis:

«Lo que eres, eso eres.»

Que me baste caminar delante de Vos con una conciencia limpia.

Y que mi alegría pueda nacer cada vez más profundamente de saberme bajo tu mirada.


Simple oración

Señor,

llevame hacia ese lugar
donde tu mirada
encuentra mi verdad.

Que mi corazón descanse
cuando pueda presentarse ante Vos
con sencillez.

Purificá aquello
que todavía busca
la mirada de los demás,

hasta que en lo secreto
de mi conciencia

tu presencia
se vuelva alegría.

Amén.

01 noviembre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO II . CAPÍTULO V. DE LA CONSIDERACIÓN DE SÍ MISMO.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana. 


«No debemos confiar de nosotros grandes cosas, porque muchas veces nos falta la gracia y la discreción.»





Este capítulo es muy breve, pero toca uno de los nervios más profundos de la espiritualidad de Kempis. Después de hablar del corazón puro y de la sencillez de intención, ahora dirige la mirada hacia el conocimiento de uno mismo. Kempis quiere que el hombre se mire con verdad.

No para quedar encerrado en sus defectos. Quiere desmontar esa seguridad con la que podemos llegar a creer que conocemos perfectamente nuestras propias intenciones.

Porque el corazón humano puede engañarse acerca de sí mismo.


«Poca luz hay en nosotros»

Kempis continúa:

«Poca luz hay en nosotros, y presto la perdemos por nuestra negligencia.»

La frase resulta particularmente fuerte después del capítulo anterior, donde había hablado de la pureza del corazón.

Aquí reconoce nuestra fragilidad.

Hay luz, pero podemos perderla.

Y enseguida añade algo todavía más inquietante:

«Y muchas veces no sentimos cuán ciegos estamos en el alma.»

Ésta es una de las formas más profundas de la ceguera espiritual: no advertir que estamos ciegos.

Podemos estar convencidos de que vemos con claridad. Podemos interpretar nuestras decisiones, nuestros sentimientos y hasta nuestros conflictos desde una seguridad interior que nunca hemos puesto verdaderamente delante de Dios.

Kempis introduce entonces una sospecha saludable acerca de nosotros mismos.

No todo lo que creo comprender de mí necesariamente es tan claro como pienso.

Por eso la consideración de sí mismo necesita humildad.


Cuando justificamos aquello que hacemos

Kempis escribe:

«Muchas veces también obramos mal, y lo excusamos peor.»

La frase tiene una lucidez extraordinaria.

Hay un primer mal en aquello que hacemos. Pero puede aparecer después otro movimiento interior: construir una justificación que nos impida reconocerlo.

Entonces ya no estamos solamente delante de una acción equivocada.

Estamos delante de un corazón que comienza a protegerse de la verdad.

Kempis quiere romper precisamente ese mecanismo.

Mientras necesitemos tener siempre razón ante nosotros mismos, será muy difícil que Dios pueda mostrarnos aquello que necesita ser convertido.

La humildad abre una posibilidad distinta: puedo reconocer que me equivoqué sin que por eso toda mi persona quede destruida.

La verdad delante de Dios no necesita ser temida.


«Pensamos que es celo»

Y entonces aparece quizá la frase más penetrante de todo el capítulo:

«A veces nos mueve la pasión, y pensamos que es celo.»

Kempis toca aquí una zona especialmente delicada de la vida espiritual.

Una pasión puede revestirse de motivos aparentemente santos.

Podemos creer que estamos defendiendo algo por amor a Dios cuando, en lo profundo, también está actuando nuestra susceptibilidad. Podemos pensar que hablamos movidos por el bien cuando una herida personal ha comenzado a mezclarse con nuestra intención.

Kempis no dice que todo celo sea falso.

Nos invita a reconocer que podemos equivocarnos acerca de la fuente de nuestras propias acciones.

Por eso la consideración de sí mismo requiere más que introspección.

Necesita discernimiento delante de Dios.

Hay que dejar que Él ilumine aquello que nosotros solos podemos confundir.


«¿Dónde estás cuando no estás contigo?»

Kempis pasa entonces al recogimiento:

«El hombre recogido antepone el cuidado de sí mismo a todos los cuidados; y el que tiene verdadero cuidado de sí, poco habla de otros.»

No propone indiferencia hacia los demás. Todo el contexto de la Imitación muestra que está combatiendo otra tendencia: ocuparnos de la vida ajena para evitar el trabajo sobre la propia.

Por eso escribe:

«Nunca estarás recogido y devoto, si no callares las cosas ajenas, y especialmente mirares a ti mismo.»

Y entonces formula una pregunta extraordinaria:

«¿Dónde estás cuando no estás contigo?»

Kempis no pregunta qué estás haciendo.

Pregunta dónde estás.

Es posible recorrer mentalmente muchas cosas y, mientras tanto, estar ausentes de nosotros mismos.

Podemos conocer lo que sucede alrededor y desconocer aquello que está ocurriendo en nuestro propio corazón.

De ahí su siguiente pregunta:

«Y después de haber discurrido por todas las cosas ¿qué has ganado si de ti te olvidaste?»

Hay una dispersión que consiste precisamente en eso: vivir volcados hacia afuera hasta convertirnos en extraños para nosotros mismos.


Volver hacia dentro

El Libro II había comenzado invitándonos a preparar interiormente una morada para Jesucristo.

Ahora entendemos mejor por qué Kempis insiste en volver hacia nosotros mismos.

El recogimiento cristiano no termina en el propio yo.

Al entrar en nosotros buscamos el lugar donde Dios nos espera.

Por eso Kempis dice:

«Si del todo te ocupares en Dios y en ti, poco te moverá lo que sientes de fuera.»

Dios y uno mismo aparecen aquí unidos de una manera muy significativa.

Conocerme verdaderamente requiere aprender a mirarme delante de Dios.

Y cuanto más profunda se vuelve esa mirada, menos necesidad tengo de vivir pendiente de aquello que ocurre fuera de mí.


«Solo Dios eterno e inmenso»

El último movimiento del capítulo conduce directamente a Dios.

Kempis escribe:

«No te parezca cosa alguna alta, ni grande, ni acepta, ni agradable, sino Dios puramente, o lo que sea de Dios.»

Su lenguaje vuelve a adquirir el tono radical propio de la Imitación.

Quiere liberar al corazón de todo aquello que pretende convertirse en absoluto.

Y finalmente escribe:

«Solo Dios eterno e inmenso que todo lo llena, gozo del alma y alegría verdadera del corazón.»

El capítulo comenzó hablando de nuestra poca luz y termina contemplando a Dios que «todo lo llena».

Este movimiento es importante.

La consideración de sí mismo no desemboca en una contemplación interminable de nuestras limitaciones.

Nos conocemos para volver a Dios con mayor verdad.

Kempis sabe que mirar continuamente nuestras propias miserias podría encerrarnos en nosotros mismos. Por eso la última palabra del capítulo no pertenece al defecto humano.

Pertenece a Dios.

«Gozo del alma y alegría verdadera del corazón.»


Mirarse bajo la mirada de Dios

Quizá aquí pueda encontrarse el sentido más profundo de este capítulo.

Kempis quiere que aprendamos a mirarnos.

Pero quiere que lo hagamos delante de Dios.

Porque podemos equivocarnos incluso acerca de nosotros mismos. Podemos llamar celo a una pasión, justificar aquello que estuvo mal o no advertir nuestra propia ceguera.

La mirada de Dios permite una verdad diferente.

Ante Él puedo descubrir aquello que necesita conversión sin desesperar de mí mismo.

Y entonces la consideración de sí deja de ser una búsqueda ansiosa de defectos.

Se convierte en una forma de presencia.

Estoy aquí.

Delante de Dios.

Sin necesidad de esconderme de Él ni de esconderme de mí mismo.

Tal vez por eso aquella pregunta de Kempis pueda acompañarnos durante todo el día:

«¿Dónde estás cuando no estás contigo?»

Volver a nosotros mismos puede ser también volver al lugar donde Cristo quiere encontrarnos.


Para permanecer hoy

Hoy quiero hacerme la pregunta de Kempis:

«¿Dónde estás cuando no estás contigo?»

Quizá descubra cuánto tiempo paso fuera de mí, ocupado interiormente por lo que otros dijeron, hicieron o deberían haber hecho.

Quiero regresar.

Y al volver, quiero mirar con cuidado aquello que me mueve.

Puede haber intenciones que todavía no comprendo bien. Tal vez alguna vez haya llamado celo a lo que nacía de una pasión.

No necesito justificarme delante de Dios.

Puedo dejarme mirar.

Quiero pedirle la luz necesaria para conocerme sin dureza y sin engaño.

Y después de haberme mirado, quiero levantar nuevamente los ojos hacia Él.

Porque mi última verdad no está en mi propia fragilidad.

Está en Dios, «gozo del alma y alegría verdadera del corazón».


Simple oración

Señor,

cuando viva disperso
lejos de mi propio corazón,

traeme de nuevo
hacia dentro.

Dame luz
para reconocerme
bajo tu mirada.

Allí donde me engañe,
dejame encontrar la verdad
sin esconderme.

Que pueda conocerte
mientras aprendo
a conocerme,

hasta descubrir
en lo más profundo

que Vos
seguís siendo
el gozo del alma

y la alegría verdadera
del corazón.

Amén.


30 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO II . CAPÍTULO IV. DEL CORAZÓN PURO Y SENCILLA INTENCIÓN.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana. 


«Con dos alas se levanta el hombre de las cosas terrenas, que son sencillez y pureza.»





Kempis viene recorriendo un camino cada vez más interior. Primero habló de preparar dentro de nosotros una morada para Cristo. Después llevó esa interioridad hacia la humildad y hacia la paz. Ahora llega a un lugar todavía más profundo: aquello desde donde nace nuestro obrar.

Las dos alas de la frase pertenecen al corazón, pero Kempis distingue cuidadosamente su movimiento:

«La sencillez ha de estar en la intención y la pureza en la afición.»

La intención mira hacia aquello que buscamos.

La afición señala aquello hacia lo que el corazón se inclina y a lo que se apega.

Por eso añade:

«La sencillez pone la intención en Dios; la pureza le reconoce y gusta.»

Todo el capítulo está contenido, de algún modo, en estas palabras.


Una intención puesta en Dios

La sencillez de la que habla Kempis tiene que ver con la dirección profunda de la vida.

Un corazón sencillo sabe hacia dónde quiere ir.

«La sencillez pone la intención en Dios».

Esto no significa que el cristiano tenga una sola ocupación exterior. La vida puede exigirnos atender realidades muy distintas. Kempis está hablando del lugar interior desde el cual las vivimos.

La intención puede unificar aquello que exteriormente parece disperso.

El trabajo cotidiano puede ser vivido delante de Dios. También el descanso, el encuentro con otra persona y las pequeñas obligaciones de cada día pueden recibir interiormente una misma orientación.

Kempis lo expresa así:

«Ninguna buena obra te impedirá, si interiormente estuvieres libre de todo desordenado deseo.»

El problema no está en la actividad misma.

Puede haber mucho que hacer y, sin embargo, conservar un corazón interiormente libre.

La dispersión más profunda comienza cuando nuestros deseos dejan de estar ordenados.


El beneplácito de Dios

Kempis continúa:

«Si no piensas ni buscas sino el beneplácito divino y el provecho del prójimo, gozarás de interior libertad.»

Aquí la sencillez de intención adquiere una forma concreta.

Kempis utiliza una expresión muy propia de la espiritualidad cristiana: el beneplácito divino.

Buscarlo significa querer aquello que agrada a Dios.

Entonces la pregunta acerca de nuestras acciones se vuelve más honda. Ya no alcanza con preguntarnos qué hacemos. Importa también qué buscamos al hacerlo.

Una acción exteriormente buena puede quedar mezclada interiormente con el deseo de reconocimiento. Podemos ayudar y esperar secretamente ser admirados. Podemos servir y necesitar que alguien advierta cuánto servimos.

Kempis dirige la mirada hacia esa zona que muchas veces solamente Dios conoce.

Allí quiere sencillez.

Que el bien pueda hacerse porque es bueno delante de Dios.

Y junto al beneplácito divino coloca «el provecho del prójimo».

El corazón que se ordena hacia Dios comienza también a mirar al otro desde una libertad nueva.


La creación como espejo

Entonces aparece una de las frases más hermosas del capítulo:

«Si fuese tu corazón recto, entonces te sería toda criatura espejo de vida, y libro de santa doctrina.»

Kempis, tantas veces severo cuando habla de las criaturas, las contempla aquí de una manera luminosa.

El problema nunca ha sido que las criaturas existan.

El problema aparece cuando el corazón se relaciona desordenadamente con ellas.

Cuando el corazón es recto, la creación deja de ser obstáculo y puede convertirse en revelación.

«No hay criatura tan baja ni pequeña, que no represente la bondad de Dios.»

Hay una delicadeza extraordinaria en esta afirmación.

Kempis no necesita una realidad grandiosa para descubrir la huella divina.

Una criatura «baja» o «pequeña» puede hablar de la bondad de Dios a quien ha aprendido a mirar.

La pureza interior transforma la mirada.

El mundo sigue siendo el mismo.

Pero el corazón comienza a verlo de otra manera.


«Cual es cada uno en lo interior»

Kempis profundiza esta relación entre el corazón y la mirada:

«Si tú fueses bueno y puro en lo interior, luego verías y entenderías bien todas las cosas sin impedimento.»

Y enseguida escribe:

«Cual es cada uno en lo interior, tal juzga lo de fuera.»

Esta frase prolonga admirablemente el capítulo anterior.

Allí Kempis había dicho que el hombre alterado sospecha y que el pacífico «todas las cosas echa a la buena parte». Ahora llega hasta la raíz.

Miramos desde lo que somos interiormente.

Nuestra mirada nunca es completamente ajena al estado de nuestro corazón.

Una herida puede hacernos interpretar una palabra de determinada manera. El orgullo puede volver insoportable una corrección. La envidia puede impedirnos alegrarnos sinceramente ante el bien de otro.

Por eso la purificación del corazón alcanza también nuestra manera de conocer.

Kempis llega a decir:

«El corazón puro penetra al cielo y al infierno.»

Su lenguaje es deliberadamente intenso. La pureza interior permite percibir la verdad con una profundidad que la mirada dispersa no alcanza.


La buena conciencia

Vuelve entonces un tema que Kempis ha repetido varias veces:

«Y si en algún lugar hay tribulación y congojas, es donde habita la mala conciencia.»

La conciencia aparece otra vez como lugar decisivo de la paz.

Podemos modificar muchas circunstancias exteriores y continuar llevando dentro aquello que nos inquieta.

Por eso la conversión interior de la que trata todo este Libro II necesita alcanzar la conciencia.

La paz verdadera requiere verdad delante de Dios.

Y Kempis introduce entonces una imagen muy poderosa:

«Así como el hierro, metido en el fuego, pierde el orín y se pone todo resplandeciente; así el hombre que enteramente se convierte a Dios, se desentorpece y muda en nuevo hombre.»

El hierro no produce por sí mismo el fuego que lo transforma.

Entra en él.

Y permaneciendo allí, algo sucede.

Pierde el orín.

Resplandece.

Kempis contempla de manera semejante al hombre que «enteramente se convierte a Dios».

La conversión deja de ser solamente corrección de comportamientos. Empieza a alcanzar la profundidad de la persona.

El hombre se vuelve nuevo.


Entrar en el fuego

La imagen del hierro ayuda también a comprender algo importante acerca de la pureza de corazón.

La pureza cristiana no consiste en una especie de impecabilidad conseguida mediante el control obsesivo de uno mismo.

Kempis está hablando de una transformación que ocurre en la relación con Dios.

El corazón entra en su presencia y allí va perdiendo aquello que lo oscurece.

Por eso este capítulo pertenece tan naturalmente al Libro II.

La conversión interior consiste en dejar que Dios alcance el lugar desde el cual deseamos, miramos y obramos.

Entonces la vida comienza a unificarse.


Cuando vuelve la tibieza

El capítulo termina con una advertencia:

«Cuando el hombre comienza a entibiarse, entonces teme el trabajo, aunque pequeño, y toma con gusto la consolación exterior.»

Kempis conoce bien la tibieza.

Cuando el corazón pierde fervor, aquello que antes podía vivirse con libertad empieza a sentirse pesado.

Y reaparece la búsqueda de compensaciones exteriores.

Pero Kempis no termina contemplando esa caída. Mira al hombre que vuelve a levantarse:

«Mas cuando se comienza perfectamente a vencer y andar alentadamente en la carrera de Dios, tiene por ligeras las cosas que primero tenía por pesadas.»

Hay aquí una experiencia espiritual muy concreta.

Dios no siempre quita aquello que cuesta.

Puede transformar el corazón que lo atraviesa.

Lo que antes parecía insoportable adquiere otra medida cuando la persona recupera el centro.


Un corazón unificado

Quizá la palabra que mejor permite recoger este breve capítulo sea unidad.

Kempis quiere un corazón en el que la intención se dirija a Dios y el deseo vaya siendo purificado en esa misma dirección.

Entonces la persona deja de vivir partida interiormente.

Puede mirar las criaturas sin quedar aprisionada por ellas.

Puede descubrir en lo pequeño la bondad de Dios.

Puede obrar sin necesitar convertir cada acción en una búsqueda de sí misma.

Y todo comienza en aquel lugar secreto donde nadie puede ver con absoluta claridad qué estamos buscando.

Allí llega la pregunta de Kempis:

¿hacia dónde está dirigida mi intención?

Porque cuando la intención encuentra a Dios, el corazón comienza también a encontrar su libertad.


Para permanecer hoy

Hoy quiero mirar menos lo que hago y un poco más aquello que busco al hacerlo.

Tal vez descubra intenciones mezcladas.

No quiero asustarme por eso.

Quiero ponerlas delante de Dios y dejar que Él vaya purificando mi corazón.

Me acompaña especialmente aquella imagen de Kempis:

«toda criatura espejo de vida».

Quiero aprender esa mirada.

Que lo pequeño pueda hablarme otra vez de Dios.

Que mi corazón no necesite apropiarse de cuanto encuentra.

Y que mi intención vaya haciéndose cada vez más sencilla.

Quiero entrar en Dios como el hierro entra en el fuego y permitir que su gracia haga lentamente su obra en mí.


Simple oración

Señor,

mirá el lugar
donde nacen mis deseos.

Vos conocés
lo que busco
incluso cuando yo
no alcanzo a verlo.

Purificá mi intención
en tu presencia.

Que mi corazón
aprenda una mirada limpia

y encuentre
hasta en lo pequeño
la huella de tu bondad.

Como el hierro
dentro del fuego,

dejame entrar
cada vez más
en Vos,

hasta que tu gracia
quite lentamente
lo que oscurece

y mi vida
pueda volverse
más sencilla
ante tus ojos.

Amén.

29 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO II . CAPÍTULO III. DEL HOMBRE BUENO Y PACÍFICO.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.



«Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros.»






La paz comienza en un lugar mucho más cercano de lo que solemos imaginar. En uno mismo.

Después de haber hablado de la conversión interior y de la humilde sumisión, Kempis se pregunta qué ocurre cuando ese trabajo interior entra en contacto con los demás. La respuesta es profundamente concreta: aquello que llevamos dentro termina alcanzando nuestras relaciones.

Un corazón alterado lleva su alteración consigo. Un corazón pacificado puede convertirse en presencia de paz.


«Ponte primero a ti en paz»

Kempis no dice simplemente que busquemos la paz. Dice:

«Ponte primero a ti en paz».

Hay algo activo en esta expresión.

La paz interior requiere que el hombre deje de vivir enteramente gobernado por sus reacciones. No todo pensamiento que aparece merece ser creído. No toda sospecha necesita ser alimentada. No toda irritación tiene derecho a convertirse en palabra.

Kempis conoce muy bien esa relación entre lo interior y lo exterior.

Por eso añade:

«El hombre pacífico aprovecha más que el muy letrado.»

Es una afirmación característica de la Imitación. Desde el comienzo de la obra, Kempis ha desconfiado de un saber que puede permanecer separado de la transformación de la vida.

Aquí lleva esa intuición al terreno de la convivencia.

Podemos saber mucho acerca de Dios y, sin embargo, resultar difíciles para quienes viven cerca de nosotros.

Para Kempis, la paz del corazón posee una fecundidad que el conocimiento por sí solo no garantiza.


La pasión cambia nuestra mirada

Luego aparece una observación psicológica muy fina:

«El hombre apasionado, aun el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo.»

Kempis utiliza aquí apasionado en el sentido de quien está dominado por una pasión desordenada. Cuando eso sucede, la mirada pierde libertad.

Ya no vemos solamente lo que ocurre.

Vemos también aquello que nuestra agitación proyecta sobre lo ocurrido.

Por eso Kempis contrapone:

«El hombre bueno y pacífico todas las cosas echa a la buena parte.»

No está proponiendo ingenuidad. Hay acciones que son realmente malas y el propio Kempis jamás niega la existencia del pecado.

Está hablando de una disposición del corazón.

El hombre pacífico no necesita interpretar inmediatamente al otro desde la sospecha.

Y entonces escribe:

«El que está en buena paz, de ninguno sospecha.»

La paz modifica la mirada.


Cuando la inquietud busca culpables

Kempis continúa:

«El descontento y alterado, con diversas sospechas se atormenta; ni el sosiega, ni deja descansar a los otros.»

La frase es extraordinariamente humana.

La inquietud interior rara vez permanece encerrada.

El hombre alterado termina llevando su agitación hacia quienes lo rodean. Busca explicaciones fuera de sí y puede llegar a creer que recuperaría la paz si los demás cambiaran.

Kempis descubre entonces un mecanismo muy frecuente:

«Piensa lo que otros deben hacer, y deja él sus obligaciones.»

Mientras observo aquello que el otro tendría que corregir, puedo dejar inadvertidamente de mirar lo que ocurre en mí.

Por eso vuelve a dirigir la mirada hacia dentro:

«Ten, pues, primero celo contigo, y después podrás tener buen celo con el prójimo.»

La corrección del otro necesita nacer de un corazón que ya ha comenzado a dejarse corregir.

De lo contrario, aquello que llamamos celo puede esconder nuestra propia impaciencia.


La medida que usamos con los demás

El segundo apartado comienza con una frase difícil de esquivar:

«Tú sabes excusar y disimular muy bien tus faltas, y no quieres oír las disculpas ajenas.»

Kempis descubre una asimetría muy humana.

Conocemos desde dentro nuestras propias debilidades. Sabemos por qué estábamos cansados, qué nos sucedía aquel día, qué intención teníamos. Por eso encontramos fácilmente circunstancias que expliquen nuestra conducta.

Del otro solamente vemos lo que hizo.

Y entonces podemos juzgarlo sin concederle la misma complejidad que concedemos a nuestra propia historia.

Kempis propone invertir esa tendencia:

«Más justo sería que te acusases a ti, y excusases a tu hermano.»

No está pidiendo que neguemos el mal cometido por otro. Está atacando esa facilidad con la que somos indulgentes con nosotros mismos y rigurosos con los demás.

La verdadera caridad comienza a modificar esa medida.


«Sufre a los otros si quieres que te sufran»

Kempis escribe:

«Sufre a los otros si quieres que te sufran.»

En el castellano de esta traducción, sufrir conserva aquí el sentido de soportar pacientemente.

La frase podría parecer poco elevada. Sin embargo, toca una dimensión muy concreta del amor.

Amar a una persona real significa encontrarse también con aquello que en ella resulta difícil.

Y nosotros somos, a nuestra vez, personas que otros deben aprender a soportar.

Esta conciencia puede volvernos más misericordiosos.

Kempis lo lleva directamente al terreno espiritual:

«Mira cuán lejos estás aún de la verdadera caridad y humildad».

La convivencia se convierte así en lugar de revelación.

Es relativamente fácil imaginar que amamos mucho mientras nadie contradice nuestra voluntad.

La presencia del otro, con su carácter propio y sus límites, muestra hasta dónde ha llegado realmente nuestra caridad.


La paz con quien no piensa como yo

Kempis llega entonces a uno de los puntos centrales del capítulo:

«No es mucho conversar con los buenos y mansos, pues esto a todos da gusto naturalmente».

Hay relaciones en las que la paz surge casi espontáneamente. La afinidad facilita el encuentro.

Pero Kempis quiere llevar la caridad más lejos:

«poder vivir en paz con los duros, perversos y mal acondicionados, y con quien nos contradice, grande gracia es».

La expresión decisiva es:

«grande gracia».

Kempis sabe que hay una paz que supera nuestras simpatías naturales.

La convivencia con quien nos contradice toca fácilmente nuestro amor propio. Precisamente allí puede aparecer una forma más profunda de caridad.

Esto no significa aprobar todo lo que otra persona haga. Kempis habla de vivir en paz.

La paz cristiana permite sostener una diferencia sin convertir inmediatamente al otro en enemigo.

Y eso, dice Kempis, es gracia.


Una paz que comienza dentro

Hacia el final, Kempis distingue entre quienes tienen paz y quienes viven interiormente perturbados. Pero su mirada vuelve enseguida a la responsabilidad personal.

El hombre pacífico puede trabajar para que otros encuentren también la paz.

Así se comprende mejor la primera frase del capítulo:

«Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros.»

La paz que ofrecemos necesita tener algún lugar dentro de nosotros del cual brotar.

Kempis no imagina una vida sin contrariedades. Lo dice expresamente:

«Pues toda nuestra paz en esta miserable vida, está puesta más en el sufrimiento humilde, que en dejar de sentir contrariedades.»

Esta frase es fundamental.

Kempis no promete que llegará un momento en que nada nos perturbará porque todas las dificultades habrán desaparecido.

La paz madura mientras las contrariedades todavía existen.

El hombre aprende a atravesarlas sin entregarles el gobierno de su corazón.


«Amigo de Cristo»

El capítulo termina:

«El que sabe mejor padecer, tendrá mayor paz.»

Y entonces Kempis describe a ese hombre con una expresión que lleva todo nuevamente hacia Jesús:

«Este es el vencedor de sí mismo y señor del mundo, amigo de Cristo y heredero del cielo.»

Amigo de Cristo.

Después de hablar de sospechas, contradicciones y dificultades de convivencia, Kempis termina allí.

La paz interior está vinculada a esa amistad.

El hombre pacífico no es simplemente alguien de temperamento tranquilo. Puede tener luchas interiores muy fuertes. Kempis piensa en quien ha aprendido a no dejarse gobernar enteramente por ellas.

La paz cristiana nace en una libertad conquistada bajo la gracia.

Y quizá por eso el capítulo resulta tan concreto.

Podemos preguntarnos si tenemos paz con Dios mientras seguimos necesitando mirar también qué ocurre con nuestra paz frente al hermano.

Porque aquello que sucede dentro del corazón termina apareciendo en nuestra manera de mirar al otro.


Para permanecer hoy

Hoy quiero mirar qué sucede en mí cuando alguien me contradice.

Tal vez allí pueda conocerme mejor que en muchos momentos de tranquilidad.

Quiero descubrir si mi primera reacción es sospechar, defenderme o pensar inmediatamente qué debería cambiar el otro.

Kempis me devuelve hacia mí:

«Ponte primero a ti en paz».

Quiero comenzar ahí.

También yo tengo defectos que otros soportan. También yo necesito ser comprendido y perdonado.

Que esa conciencia vuelva más misericordiosa mi mirada.

Y cuando encuentre a alguien con quien me resulte difícil vivir en paz, quiero recordar que Kempis llama a eso «grande gracia».

No puedo producirla por mí mismo.

Puedo pedírsela a Dios.


Simple oración

Señor,

cuando mi corazón
se altere,

guardame cerca de Vos.

Que la inquietud
no oscurezca mi mirada
sobre el hermano.

Enseñame a reconocer
cuánto necesito también yo
ser comprendido.

Cuando alguien
me contradiga,

que tu gracia abra
dentro de mí
un lugar para la paz.

Y desde allí,

sin huir de la verdad
ni endurecer el corazón,

haceme cada día
un poco más
amigo de Cristo.

Amén.

28 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO II . CAPÍTULO II. DE LA HUMILDE SUJECIÓN.


Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.



«No te importe mucho quién es por ti o contra ti; sino busca y procura que sea Dios contigo en todo lo que haces.»





Después de abrir el Libro II con aquella invitación tan íntima —«Da, pues, lugar a Cristo»—, Kempis da un paso que podría parecer inesperado.


Si Cristo habita en el interior, ¿qué sucede cuando desde fuera llegan la oposición, el juicio de los demás o la humillación?

La respuesta de Kempis es breve y exigente. La verdadera interioridad comienza a probarse precisamente allí. La frase que invoca este capítulo, toca uno de los lugares más sensibles del corazón humano: nuestra necesidad de saber quién está de nuestro lado.

Kempis quiere liberar al hombre de esa dependencia.

Su pregunta fundamental pasa por otro lugar:

¿está Dios conmigo en aquello que estoy haciendo?

 

«Ten buena conciencia»

Inmediatamente escribe:

«Ten buena conciencia, y Dios te defenderá.»

La buena conciencia había aparecido ya en los capítulos finales del Libro I. Allí estaba relacionada con la muerte y con el juicio. Ahora Kempis la introduce en medio de las relaciones humanas.

Cuando la conciencia está delante de Dios, la opinión ajena deja de tener la última palabra.

Esto no significa que toda crítica deba ser ignorada. El mismo capítulo terminará hablando de nuestros defectos y de la necesidad de aceptar que sean conocidos.

Kempis está pensando aquí en algo más profundo: esa inquietud que nace cuando nuestra paz depende de ser aprobados, comprendidos o defendidos por los demás.

Por eso dice:

«Al que Dios quiere ayudar, no le podrá dañar la malicia de alguno.»

La seguridad que busca Kempis vuelve a desplazarse hacia Dios.

La malicia de otro puede herir. Puede causar sufrimiento real. Pero no puede decidir quién soy delante de Dios.

 

«Si sabes callar y sufrir»

Kempis continúa:

«Si sabes callar y sufrir, sin duda verás el favor de Dios.»

Hay que leer esta frase con cuidado.

Kempis escribe desde una tradición ascética en la que el silencio frente a la ofensa posee un enorme valor espiritual. No está desarrollando aquí una doctrina acerca de todas las situaciones posibles de injusticia ni afirmando que nunca debamos hablar.

Su atención está puesta en la reacción interior del hombre herido.

Cuando somos cuestionados, aparece enseguida el deseo de justificarnos. Queremos explicar nuestra intención, demostrar que el otro se equivoca, recuperar cuanto antes la imagen que creemos haber perdido.

Kempis invita a descubrir que algunas veces podemos dejar nuestra defensa en manos de Dios.

Por eso añade:

«El sabe el tiempo y el modo de librarte; y por eso te debes ofrecer a El.»

Hay una confianza muy honda en estas palabras.

Dios conoce el tiempo y el modo.

La humilde sumisión consiste entonces en entregarle también aquello que nosotros querríamos resolver inmediatamente.

 

Cuando los demás conocen nuestros defectos

Y entonces Kempis introduce una afirmación incómoda:

«Algunas veces conviene mucho, para guardar mayor humildad, que otros sepan nuestros defectos y los reprendan.»

No habla ya de una acusación injusta.

Habla de defectos reales.

Quizá sea éste el punto más delicado del capítulo, porque ser conscientes de una limitación propia resulta bastante más fácil que soportar que otro la vea.

Mientras el defecto permanece dentro de nosotros, todavía podemos administrarlo. Podemos explicárnoslo. Incluso podemos conservar una buena imagen de nosotros mismos a pesar de él.

Cuando alguien lo advierte y lo señala, algo queda expuesto.

Y precisamente allí Kempis descubre una posibilidad de humildad.

La humillación toca la imagen.

La humildad toca la verdad.

Aceptar que otro haya visto algo verdadero de mí puede convertirse en un momento profundamente espiritual si dejo de luchar desesperadamente por conservar intacta mi propia imagen.

 

Humillarse por los propios defectos

Kempis continúa:

«Cuando un hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca a los otros».

No está hablando de despreciarse.

Humillarse, en este contexto, significa aceptar la verdad de la propia fragilidad.

El hombre humilde ya no necesita gastar tanta energía sosteniendo una versión ideal de sí mismo.

Puede reconocer.

Puede pedir perdón.

Puede dejarse corregir.

Puede aprender.

Y esa verdad interior produce una libertad que la defensa constante de uno mismo nunca consigue dar.

Kempis ha comenzado el capítulo preguntando quién está «por ti o contra ti». Ahora entendemos mejor su respuesta.

Quien necesita proteger continuamente su imagen estará pendiente de todos.

Quien aprende a vivir delante de Dios comienza a ser libre.

 

«Dios defiende y libra al humilde»

El capítulo alcanza entonces su centro:

«Dios defiende y libra al humilde».

Kempis continúa hablando de la relación de Dios con ese hombre y llega a una expresión especialmente delicada:

«al hombre humilde se inclina».

La imagen es hermosa.

Dios se inclina hacia el humilde.

La humildad que aparece aquí tiene muy poco que ver con hablar mal de uno mismo. Es la situación del hombre que ha dejado de necesitar una grandeza propia para poder sostenerse.

Puede presentarse ante Dios tal como es.

Y allí encuentra cercanía.

Kempis añade:

«Al humilde descubre sus secretos, y le trae dulcemente a Sí y le convida.»

La humildad adquiere ahora una dimensión contemplativa.

El hombre que deja de estar absorbido por la defensa de sí mismo queda disponible para una intimidad mayor con Dios.

Él «le trae dulcemente a Sí».

Hay algo particularmente bello en que un capítulo que comenzó hablando de adversarios termine hablando de esta atracción silenciosa de Dios.

 

La paz del humilde

Kempis escribe:

«El humilde, recibida la afrenta, está en paz; porque está con Dios y no en el mundo.»

Ésta es quizá la frase que mejor une este capítulo con el anterior.

En el capítulo primero, Kempis había dicho:

«no tendrás nunca reposo, si no estuvieres íntimamente unido con Cristo.»

Ahora vemos uno de los frutos de esa unión.

La paz.

El hombre humilde puede ser herido y seguir teniendo un lugar interior al que regresar.

Ese lugar es Dios.

Su paz ya no depende completamente de cómo lo miren los demás.

Por eso la humilde sumisión no consiste en volverse indiferente. Kempis está hablando de una libertad interior nacida de saber ante quién vivimos.

Cuando Dios se convierte en el centro, la mirada ajena pierde su poder absoluto.

 

«Está con Dios»

El capítulo termina con una frase extremadamente severa:

«No pienses haber aprovechado algo, si no te estimas por el más inferior de todos.»

Es una expresión propia de la espiritualidad ascética de Kempis y debe conservarse con toda su fuerza.

Él quiere atacar una de las formas más sutiles del orgullo espiritual: creer que haber avanzado en la vida de Dios nos coloca por encima de otros.

Precisamente cuando alguien comienza a considerarse espiritualmente superior, su supuesto progreso se vuelve sospechoso.

La humildad impide apropiarnos incluso del bien que Dios va realizando en nosotros.

Pero quizá la clave más profunda del capítulo se encuentre unas líneas antes:

«El humilde, recibida la afrenta, está en paz; porque está con Dios».

Porque está con Dios.

Ahí está la raíz.

La humildad de Kempis no nace de pensar obsesivamente en nuestra pequeñez.

Nace de vivir ante Alguien tan grande que ya no necesitamos engrandecernos.

 

Para permanecer hoy

Quiero mirar con sinceridad cuánto depende mi paz de la mirada de los demás.

Hay palabras que me afectan porque tocan algo verdadero. Otras me duelen porque siento que son injustas.

En ambas situaciones puedo volver a Dios.

No necesito defender inmediatamente cada rincón de mi imagen.

Si alguien ha visto un defecto verdadero en mí, quiero tener la libertad de reconocerlo.

Si he sido juzgado injustamente, puedo confiar también eso al Señor.

Hoy quiero guardar especialmente esta frase:

«El sabe el tiempo y el modo de librarte».

No necesito controlar el tiempo.

No necesito decidir el modo.

Quiero aprender esa paz de la que habla Kempis:

estar con Dios.

 

Simple oración

Señor,

cuando una palabra
toque mi orgullo,

dejame volver
a la verdad.

Si hay algo en mí
que necesita cambiar,

dame humildad
para reconocerlo.

Y cuando sea herido
injustamente,

guardá mi corazón
junto a Vos.

Que no viva pendiente
de quién está
a favor o en contra.

Llevame dulcemente
hacia tu presencia,

hasta encontrar esa paz
que nace simplemente
de estar con Vos.

Amén.