«No descubras tu corazón a cualquiera; trata tus asuntos con el sabio y temeroso de Dios.»
El capítulo VIII puede producir cierta extrañeza cuando uno lo lee por primera vez. Después de hablarnos de humildad, de Escritura, de deseos y de esperanza, Kempis entra de pronto en nuestras relaciones personales y recomienda cierta reserva. Incluso utiliza palabras que, leídas desde nuestra sensibilidad actual, podrían parecer demasiado severas. Sin embargo, detrás de ellas hay una intuición espiritual muy delicada. Kempis está preguntándose qué ocurre con nuestro corazón cuando buscamos continuamente intimidad, conversación, aprobación y compañía.Y creo que ahí vale la pena acompañarlo despacio. Porque hay una soledad que lastima. Hay también una intimidad que cura. Necesitamos vínculos, amistad, ternura, escucha. Cristo mismo quiso tener amigos. Juan pudo reclinarse sobre su pecho. Marta, María y Lázaro fueron queridos por Él. Jesús lloró ante la tumba de su amigo. Por eso las palabras de Kempis tienen que ser leídas dentro de esa verdad profundamente cristiana acerca de la comunión humana.
Su preocupación está puesta en otra zona del corazón: esa necesidad de derramarnos constantemente hacia afuera hasta llegar a perder nuestro centro.
«No descubras tu corazón a cualquiera»
Esta primera frase contiene una sabiduría humana considerable. El corazón posee una intimidad. Y la intimidad merece custodia. Hay cosas que pueden ser dichas delante de muchas personas. Hay otras que solamente deberían ser entregadas allí donde existe confianza verdadera, madurez, discreción y caridad. Abrir el corazón siempre implica cierta desnudez. Cuando contamos una herida profunda, un miedo, una fragilidad, un deseo que apenas podemos nombrar, ponemos algo nuestro en manos de otra persona. Por eso importa tanto a quién le entregamos aquello que llevamos dentro.
Kempis recomienda acudir al hombre «sabio y temeroso de Dios». Hay una hermosa prudencia en esas palabras. El verdadero confidente recibe el misterio del otro con reverencia. No invade. No utiliza después lo que ha conocido. No transforma una confidencia en material de conversación. Sabe que le fue confiado un terreno sagrado. Tal vez la amistad espiritual tenga algo de eso. Poder estar delante de alguien y sentir que uno puede hablar sin defenderse. Y también poder callar. Porque la verdadera amistad soporta el silencio.
El corazón puede dispersarse
Kempis continúa recomendando cierta sobriedad en nuestras relaciones y conversaciones. Ahí aparece un tema clásico de la tradición espiritual: el recogimiento.
La palabra es preciosa.
Recogerse.
Volver a reunir aquello que estaba disperso. Durante el día dejamos pequeños fragmentos de nosotros por todas partes. Una conversación continúa dentro nuestro mucho después de haber terminado. Una opinión ajena nos preocupa. Una mirada nos hiere. Una palabra agradable nos entusiasma. Imaginamos qué estarán pensando de nosotros. Volvemos mentalmente a una discusión. Preparamos respuestas para conversaciones que quizá nunca ocurran.
Y llega la noche. El cuerpo está en una habitación. El corazón sigue repartido en veinte lugares. Entonces entendemos un poco mejor qué quiere proteger Kempis. Hay una interioridad que necesitamos recuperar para poder escuchar a Dios. Jesús mismo conoció ese movimiento. Los Evangelios lo muestran retirándose después de estar con las multitudes:
«Él se retiraba a lugares desiertos para orar» (Lc 5,16).
Me conmueve particularmente ese rasgo de Jesús. Había personas que lo buscaban. Enfermos que necesitaban ser curados. Discípulos que necesitaban respuestas. Multitudes que querían escucharlo.
Y, sin embargo, Jesús se retiraba.
Había un lugar de intimidad con el Padre que ninguna urgencia podía ocupar permanentemente.
Quizá por eso podía volver después hacia los hombres con tanta libertad.
Amar sin apropiarnos
Hay una frase de Kempis que resulta especialmente áspera cuando habla de evitar una familiaridad excesiva. Conviene atravesar el lenguaje ascético de su tiempo para encontrar la experiencia espiritual que intenta expresar. Los afectos humanos tienen una fuerza enorme. Y precisamente porque el amor es algo tan grande, puede mezclarse con nuestras heridas.
Queremos a alguien y empezamos a necesitarlo de una manera que nos inquieta. Esperamos su palabra. Su silencio nos altera. Su cercanía nos tranquiliza desproporcionadamente. Una pequeña distancia nos llena de preguntas.
El afecto permanece verdadero. También puede haber aparecido dentro de él cierta dependencia. Y aquí el capítulo anterior vuelve silenciosamente. Ayer Kempis nos preguntaba dónde depositábamos nuestra esperanza. Hoy parece preguntarnos:
¿Cuánta libertad conserva mi corazón dentro de mis afectos?
Es una pregunta difícil.
Porque uno puede querer profundamente a una persona y, al mismo tiempo, descubrir que alguna parte de ese amor necesita ser sanada. La Gracia entra también ahí. Purifica nuestra manera de amar para que podamos acercarnos al otro respetando su libertad, recibiéndolo como don y permitiendo que siga perteneciendo enteramente a Dios. Eso lleva tiempo.
Quizá toda la vida.
Jesús tuvo amigos
Hay algo que quisiera subrayar especialmente porque ayuda a leer a Kempis desde el corazón de la fe católica: Jesús tuvo vínculos profundamente personales.
El cuarto Evangelio habla del «discípulo al que Jesús amaba». Ante Lázaro, quienes observaban su llanto dijeron:
«¡Cómo lo amaba!» (Jn 11,36).
Y en el Cenáculo Jesús pronuncia unas palabras extraordinarias:
«Ya no los llamo servidores [...] yo los llamo amigos» (Jn 15,15).
La amistad puede convertirse, entonces, en lugar de Gracia. Una amistad santa puede acercarnos extraordinariamente a Dios. Hay personas cuya presencia nos vuelve más verdaderos. Después de hablar con ellas sentimos mayor deseo de rezar. Nos ayudan a mirar con misericordia. Pueden decirnos una verdad difícil sin herir nuestra dignidad. Conocen nuestras sombras y permanecen. Una amistad así posee algo sacramental en sentido amplio: hace visible una gratuidad que remite más allá de sí misma. Y justamente porque la amistad es tan preciosa merece ser purificada de aquello que podría convertirla en posesión. Amar cristianamente lleva dentro una frase silenciosa:
«Te recibo de Dios.»
Y quizá otra todavía más difícil:
«Te dejo en las manos de Dios.»
La necesidad de ser conocidos
Creo que Kempis toca también, aunque sea indirectamente, una necesidad hondísima del ser humano: queremos que alguien nos conozca. No solamente que conozca nuestro nombre. Queremos que alguien sepa quiénes somos cuando dejamos de representar. Que conozca aquello que nos cuesta decir. Que comprenda nuestros silencios. Que advierta cuándo algo nos duele aunque digamos que estamos bien.
Ese deseo tiene una enorme belleza. Pero ninguna criatura consigue entrar completamente en otra. Siempre queda una habitación interior. Y quizá sea bueno que exista.
Porque hay una parte del corazón humano cuyo interlocutor último es Dios. El salmista lo expresa con una intimidad estremecedora:
«Señor, Vos me sondeás y me conocés; sabés cuándo me siento y cuándo me levanto, de lejos penetrás mis pensamientos» (Sal 138[139],1-2).
Ser conocido así…
Completamente. Sin explicación y sin defensa. Sin tener que encontrar las palabras exactas. Y seguir siendo amado. Creo que aquí aparece una de las raíces más profundas de la oración.
Entramos en nuestra habitación, cerramos la puerta, como enseña Jesús en Mt 6,6, y allí nos espera el Padre. No tenemos que informarle nada. Ya sabe.
Podemos simplemente estar, estando cerradas las puertas.
«Procura ser familiar con Dios»
Hacia allí conduce finalmente el capítulo. La reserva que propone Kempis quiere abrir un espacio interior para una intimidad mayor. El corazón necesita momentos en los que deja de buscar inmediatamente otra voz humana y aprende a permanecer ante Dios. Esto puede resultar difícil. Cuando algo nos sucede, sentimos rápidamente el deseo de contarlo. Quizá tomamos el teléfono. Buscamos a determinada persona. Necesitamos compartirlo. Hay ocasiones en las que podríamos hacer un pequeño movimiento diferente. Antes de contarlo, llevarlo a Dios. Aunque después hablemos con alguien. Primero quedarnos unos minutos con Él.
«Señor, me pasó esto...»
Y contarle.
Sí, contarle aquello que ya conoce. Porque la oración también tiene esa intimidad sencilla. Con el tiempo puede ocurrir algo muy hermoso: empezamos a descubrir que Dios también puede ser nuestro confidente. No solamente aquel a quien adoramos. También aquel ante quien lloramos. Aquel a quien podemos decirle una pequeñez. Una alegría absurda. Una preocupación que nos avergüenza. Una herida que todavía duele después de años. Un deseo. Una persona que amamos. Una pregunta para la que no encontramos respuesta.
Y lentamente la oración deja de sentirse como una actividad que realizamos.
Empieza a parecerse a una relación.
Quizá la soledad pueda transformarse
Hay momentos en que nadie puede acompañarnos hasta el fondo. Esto se vuelve particularmente evidente en algunas horas de la vida. El sufrimiento profundo posee habitaciones a las que incluso quienes más nos aman pueden acompañarnos solamente hasta la puerta.
Cristo conoció también esa hora. En Getsemaní quiso tener cerca a Pedro, Santiago y Juan. Les pidió:
«Quédense aquí y velen conmigo» (Mt 26,38).
Hay algo tremendamente humano en esa petición. Jesús quiso compañía. Y aquellos amigos se durmieron. Entonces quedó el Hijo delante del Padre. Hay soledades que jamás habríamos elegido. Y algunas pueden convertirse, misteriosamente, en lugares donde descubrimos una presencia de Dios que antes conocíamos de otra manera. No porque el dolor de la soledad desaparezca mágicamente. Puede seguir doliendo. Pero dentro de ella comienza a aparecer una certeza muy tenue:
«Estoy solo y, sin embargo, hay Alguien aquí.»
A veces la vida espiritual llega a profundidades que sólo pueden expresarse así.
Para permanecer hoy
Me quedaría con una sola pregunta de este capítulo:
¿A quién entrego mi corazón?
No hace falta responderla enseguida. Quizá me convenga dejar que permanezca. Y durante algún momento del día entraré en silencio, aunque sean unos minutos, sin buscar nada extraordinario.
Podría, tal vez, simplemente decir:
«Señor, acá estoy. Vos ya sabés.»
Y quedarme. Si aparece una persona querida, ponerla delante de Él. Si aparece una herida, dejarla ahí. Si aparece la necesidad de hablar, hablar. Y si llega el silencio, permitirlo. Porque quizá uno de los aprendizajes más delicados de la vida espiritual sea descubrir que existe una intimidad con Dios en la que ya no necesitamos llenar todos los espacios.
Él está. Me conoce. Y puedo permanecer.
Tal vez Kempis quiera llevarme finalmente hasta ese lugar interior donde el corazón, después de haber buscado tantas veces alguien que me comprenda completamente, descubra con una mezcla de asombro y descanso:
«Señor, Vos me conocés.»
Y por un momento... Eso me alcance. Aunque deba recomprender y recomponerlo una y otra vez.
Simple oración
Señor Jesús
conocés mi necesidad
de amar y ser amado.
Conocés los nombres
que llevo dentro.
Las personas cuya presencia
me hace bien.
Y también aquellas ausencias
que todavía duelen.
Entrás en lugares de mi corazón
donde nadie más puede entrar.
Custodiá mis afectos.
Hacelos libres
tiernos
verdaderos.
Enseñame a recibir a cada persona
como un don de tus manos.
Cuando mi corazón se disperse
entre tantas voces
llamame otra vez hacia adentro.
Quiero aprender
esa intimidad silenciosa
en la que puedo estar delante de Vos
sin explicar demasiado
porque Vos ya lo sabés todo.
Sondeame
haceme percibir hasta dónde me conocés
y quedate conmigo.
Y enseñame a permanecer con Vos.
Hasta que incluso mi soledad
pueda convertirse alguna vez
en un lugar de encuentro.
Amén.
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