«Vano es quien pone su esperanza en los hombres o en las criaturas.»
Hay una continuidad muy hermosa entre el capítulo de ayer y este. Ayer, en el capítulo VI, Kempis nos hacía mirar qué deseamos. Hoy va todavía más hondo y pregunta:
¿En qué estoy apoyando mi vida?
Porque una cosa es desear algo y otra convertir ese algo en nuestra esperanza. Y ahí Kempis toca una fibra muy sensible. Podemos saber perfectamente, desde la fe, que nuestra esperanza está en Dios y, sin embargo, vivir afectivamente sostenidos por otras cosas: por determinadas personas, por nuestra capacidad, por nuestro prestigio, por lo que hemos construido, incluso por la imagen que tenemos de nosotros mismos. Hasta que alguna de esas cosas tiembla. Y entonces descubrimos dónde estábamos realmente apoyados.
«No te avergüences de servir a los demás por amor de Jesucristo»
Kempis une inmediatamente la falsa seguridad con algo que podría parecer diferente: el servicio. Tiene mucho sentido. Porque servir coloca al yo en una posición incómoda. El servidor hace algo cuyo centro está en otro. Y todavía más profundamente, el servicio cristiano puede llegar a tener una extraña gratuidad: hago algo bueno y quizá nadie lo vea. Nadie lo agradezca. Nadie sepa cuánto costó. Incluso alguien puede beneficiarse y atribuírselo a otro. ¿Qué ocurre entonces dentro de mí? Ahí puedo descubrir para quién estaba haciendo realmente aquello. Esto toca muy de cerca cualquier ministerio eclesial. Hay una tentación delicadísima que puede aparecer incluso cuando sinceramente queremos servir a Dios: necesitar ser necesarios. Es muy distinta del deseo legítimo de ser útil. Uno puede comenzar diciendo:
«Quiero servir».
Y sin advertirlo terminar necesitando:
«Quiero que sepan que serví».
Kempis quiere liberar el corazón incluso de eso. No para volvernos indiferentes al reconocimiento humano. Somos humanos y una palabra de agradecimiento nos hace bien. La cuestión es otra: que nuestra fidelidad no dependa de recibirla. Hay obras que quizá solamente conozcan Dios y nosotros. Y pueden ser las más hermosas de nuestra vida.
«No confíes en tu ciencia»
Después Kempis entra en un terreno particularmente delicado:
«No confíes en tu ciencia ni en la habilidad de ningún viviente, sino más bien en la gracia de Dios.»
Otra vez aparece el conocimiento. Y otra vez debemos evitar leerlo como desprecio de la inteligencia. Kempis está atacando una ilusión mucho más profunda:
creer que porque puedo comprender algo, puedo dominarlo.
La inteligencia es un don extraordinario. Pero sigue siendo un don.
Puedo estudiar, razonar, preparar, prever, adquirir experiencia. Y después ocurre algo que no estaba en mis cálculos. Entonces descubro que nunca tuve la realidad en mis manos. La sabiduría cristiana puede llegar a una expresión muy sencilla:
«Hice todo lo que podía. Ahora lo dejo en tus manos.»
Eso cuesta. Porque mientras hago algo todavía siento que tengo cierto control. Cuando lo entrego, aparece mi pobreza. Y justamente allí puede comenzar la confianza.
«Dios ayuda a los humildes»
Kempis escribe:
«Dios ayuda a los humildes y abate a los presuntuosos.»
La frase tiene una fuerte resonancia bíblica. María lo canta en el Magnificat:
«Dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes» (Lc 1,51-52).
Y acá tenemos que detenernos. La humildad de María jamás consistió en negar lo que Dios había hecho en ella. Al contrario:
«El Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas» (Lc 1,49).
Eso es impresionante. María puede reconocer grandes cosas en sí misma y continuar siendo perfectamente humilde. ¿Por qué? Porque sabe de dónde vienen. Ésta quizá sea una de las definiciones más hermosas de humildad.
Puedo reconocer un don sin apropiármelo. Puedo saber que hago algo bien. Puedo aceptar que tengo inteligencia, sensibilidad, capacidad para enseñar, predicar, acompañar o trabajar. La humildad no exige que diga:
«No tengo ningún talento».
Exige que pueda decir:
«Lo recibí.»
Y entonces el don cambia de naturaleza. Ya no es propiedad. Se convierte en responsabilidad.
«Si tuvieras muchas riquezas…»
Kempis continúa:
«Si tuvieras muchas riquezas, no te gloríes en ellas; ni en los amigos porque sean poderosos.»
Y detrás de esa frase medieval hay algo absolutamente contemporáneo.
Podríamos ampliar «riquezas» mucho más allá del dinero. Todo puede convertirse secretamente en una respuesta a la pregunta:
«¿Por qué valgo?»
Y ahí comienza el problema. Porque todas esas cosas pueden desaparecer. Algunas desaparecerán necesariamente. El cuerpo perderá fuerzas. Las responsabilidades pasarán a otras manos. Lo que hoy hacemos nosotros mañana lo hará otra persona. Habrá generaciones que ni siquiera conocerán nuestro nombre. Y esto, lejos de ser triste, puede resultar extraordinariamente liberador. Porque significa que mi valor nunca dependió de esas cosas. Antes de que yo hiciera algo, Dios ya me había amado.
Una frase particularmente dura
Kempis dice:
«No te tengas por mejor que los demás, no sea que quizá seas tenido por peor delante de Dios, que conoce lo que hay en el hombre.»
Esto puede sonar severo, pero contiene una verdad espiritual muy fina. Nosotros vemos conductas. Dios ve el corazón. Nosotros vemos un momento de la vida de alguien. Dios conoce toda su historia. Nosotros conocemos las circunstancias que atenúan nuestros propios errores y muchas veces desconocemos completamente las circunstancias que rodean los errores ajenos. Por eso comparar almas es una empresa absurda.
Yo no sé qué gracia recibió el otro. No sé qué heridas carga. No sé qué luchas interiores ha librado. No sé cuántas veces cayó. Tampoco sé cuántas veces, sin que nadie lo viera, volvió a levantarse. Dios sí.
Y entonces aparece una libertad preciosa:
no necesito ser mejor que nadie.
Ni siquiera espiritualmente. Puedo simplemente intentar ser fiel a la gracia que me fue dada.
Los dones de Dios
Al final del capítulo aparece algo muy importante:
«No te ensoberbezcas por las buenas obras, porque los juicios de Dios son distintos de los juicios de los hombres.»
Acá la espiritualidad cristiana entra en un terreno finísimo. Incluso la virtud puede convertirse en alimento del orgullo. Puedo estar orgulloso de ser humilde. Puedo sentirme superior porque rezo. Puedo mirar con cierta condescendencia a quien «todavía no comprendió» algo que yo creo haber comprendido. Puedo convertir mi formación teológica en una altura desde la cual mirar a los demás. Y quizá una de las formas más difíciles de soberbia sea precisamente la soberbia espiritual, porque utiliza las cosas de Dios para engrandecer el yo. Por eso san Pablo formula una pregunta devastadoramente sencilla:
«¿Qué tenés que no hayas recibido?» (1 Cor 4,7).
Ahí se cae todo. Mi inteligencia, recibida. Mi fe, recibida. Mi vocación, recibida. Las personas que me formaron, recibidas. La posibilidad de estudiar, recibida. Las ocasiones en que pude hacer el bien, recibidas. Incluso mi capacidad de responder a la gracia existe porque primero hubo gracia.
Y entonces uno empieza a comprender algo precioso:
agradecer es una de las formas más profundas de humildad.
El soberbio dice interiormente:
«Mirá lo que hice».
El humilde puede mirar exactamente la misma obra y decir:
«Mirá lo que Dios me permitió hacer.»
La obra no desaparece. El yo simplemente deja de ocupar el centro.
Algo más profundo todavía
El título habla de «vana esperanza». Creo que ahí está el corazón secreto del capítulo. ¿Dónde descansa mi esperanza cuando todo lo demás desaparece? Imaginemos por un instante que nos quitaran aquello con lo que solemos presentarnos ante los demás. ¿Y si quedáramos delante de Dios sin poder mostrarle absolutamente nada? ¿Qué quedaría?
Esto:
un hijo.
Nada menos. Y quizá gran parte del camino espiritual consista en volver lentamente hasta ahí. Antes de mis obras, hijo. Después de mis pecados, hijo necesitado de misericordia. Cuando puedo servir, hijo. Cuando ya no pueda servir, hijo. Cuando me reconozcan, hijo. Cuando me olviden, hijo. Cuando mi oración sea luminosa, hijo. Cuando apenas pueda pronunciar una palabra, hijo.
Eso no me lo da ningún éxito. Y tampoco puede quitármelo ningún fracaso. Ahí la esperanza deja de ser vana porque finalmente descansa en Dios.
Para permanecer hoy
Hoy haría un ejercicio muy sencillo. Pensaría en algo de mí que valoro sinceramente. Algo bueno.
No busquemos un defecto. Un don. Una capacidad. Algo que otros quizá también reconozcan. Y en lugar de minimizarlo, lo miraría de frente. Después diría:
«Gracias.»
Nada más.
Gracias porque esto existe en mí. Gracias porque me lo diste. Gracias porque alguna vez pudo servir a alguien. Gracias incluso por la alegría que me produce poseerlo. Y después añadiría algo un poco más difícil:
«Señor, que este don nunca ocupe tu lugar.»
Porque quizá ésa sea la verdadera humildad. No enterrar el talento. No fingir que no existe. Devolverlo. Una y otra vez. Hasta que mis manos manos aprendan que aquello que sostienen nunca dejó de pertenecer a Dios.
Creo que entonces aparecerá una libertad enorme. Si Él quiere utilizarlo, acá está. Si otro puede hacerlo mejor, bendito sea Dios. Si llega el momento de dejarlo, que me enseñe a soltarlo.
Porque finalmente mi esperanza nunca estuvo destinada a descansar en lo que puedo hacer para Dios. Está llamada a descansar en algo muchísimo más profundo: en lo que Dios ha hecho, hace y hará conmigo.
Simple oración
Señor Jesús
a veces apoyo mi corazón
en cosas demasiado pequeñas.
En lo que puedo hacer
en lo que sé
en lo que otros piensan de mí
en aquello que temo perder
y después me sorprendo
cuando vuelve la inquietud.
Enseñame a recibir mis dones
sin apropiármelos.
A reconocerlos
sin engrandecerme.
A ponerlos al servicio
sin necesitar que me vean.
Cuando alguien haga mejor
lo que yo hacía
dame alegría.
Cuando no me reconozcan
guardá mi corazón.
Cuando crea que todo depende de mí
recordame suavemente
que el mundo ya estaba en tus manos
antes de que yo llegara.
Y cuando algún día
mis manos ya no puedan hacer
todo aquello que hoy hacen
dejame descubrir
que todavía puedo ofrecerte
lo único que siempre quisiste:
mi corazón.
Porque debajo de todo
antes de todo
y después de todo
queda esta verdad
soy tuyo
y mi esperanza
está en Vos.
Amén.
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)