19 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XVIII. DE LOS EJEMPLOS DE LOS SANTOS PADRES.

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«Considera bien los heroicos ejemplos de los Santos Padres, en los cuales resplandeció la verdadera perfección y religión, y verás cuán poco o casi nada es lo que hacemos.»


Mirar a quienes se tomaron en serio el Evangelio

La expresión es fuerte. Kempis no comienza proponiendo una doctrina, sino poniendo delante de sus lectores unas vidas. Quiere que las miremos.


Los «Santos Padres» de los que habla aquí son aquellos antiguos cristianos cuya entrega radical a Dios había quedado grabada en la memoria de la vida monástica. Kempis contempla en ellos una forma de existencia en la que el Evangelio llegó a penetrar profundamente.

Por eso su comparación resulta incómoda:

«¡Ay de nosotros! ¿Qué es nuestra vida comparada con la suya?»

No parece buscar un desprecio enfermizo de la propia vida. El capítulo entero está atravesado por otra preocupación: despertar de la tibieza. La comparación tiene sentido porque aquello que vemos realizado en otro puede mostrarnos hasta dónde puede llegar la gracia cuando encuentra una libertad dispuesta a responder. El santo se convierte entonces en una pregunta. Su vida nos obliga a mirar la nuestra de una manera nueva.

18 octubre 2026

MAMÁ




Hay un silencio

                      mío

más antiguo 

que mi nombre

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XVII. DE LA VIDA MONÁSTICA.

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«Conviene que aprendas, a quebrantarte en muchas cosas, si quieres tener paz y concordia con otros.»



Aprender a quebrantarse

La palabra «quebrantarte» puede resultarnos dura. Dentro del lenguaje ascético de Kempis expresa una renuncia a esa rigidez interior que pretende hacer prevalecer continuamente la propia voluntad.

El contexto es la vida monástica. Kempis conoce desde dentro una comunidad estable, donde las mismas personas comparten durante años una existencia cotidiana. Allí la caridad deja rápidamente de ser una idea hermosa y adquiere el rostro concreto de la convivencia. Por eso este capítulo sigue con naturalidad al anterior. Kempis acaba de decir que debemos aprender a soportar las flaquezas ajenas porque nosotros también tenemos defectos que otros deben soportar. Ahora muestra lo que eso exige  cuando la convivencia se prolonga. La paz entre personas reales tiene un precio interior.

17 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XVI. DE CÓMO SE HAN DE SUFRIR LOS DEFECTOS AJENOS.

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 «Lo que no puede un hombre enmendar en sí ni en los otros, débelo sufrir con paciencia, hasta que Dios lo ordene de otro modo.»

Tomás de Kempis comienza este capítulo con una afirmación que toca una de las experiencias más
difíciles de la convivencia humana. Comienza reconociendo que existen defectos cuya corrección todavía no está a nuestro alcance. Algunos pertenecen a nuestra propia vida y otros aparecen en las personas con quienes convivimos.


La paciencia ante aquello que no podemos cambiar

Es particularmente significativo que mencione primero aquello que no podemos enmendar en nosotros mismos. Con frecuencia experimentamos la dificultad de cambiar ciertas disposiciones interiores. Podemos reconocerlas sinceramente y trabajar durante mucho tiempo para corregirlas.

16 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XV. DE LAS OBRAS QUE PROCEDEN DE LA CARIDAD.

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«Por ninguna cosa del mundo, ni por amor de alguno, se debe hacer cosa mala»


Kempis comienza estableciendo un principio que protege toda la reflexión posterior: Antes de hablar de la grandeza de la caridad, pone un límite muy claro. El amor nunca convierte el mal en bien. Esto tiene una enorme importancia para comprender cristianamente la intención. Podemos querer profundamente a una persona y desear sinceramente ayudarla. Pero la bondad de aquello que hacemos no depende únicamente de la sinceridad con que lo deseamos. Una buena intención puede equivocarse.

 El bien nunca puede nacer del mal

La caridad, en sentido teológico, tiene una profundidad mayor. Es la virtud por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Dios. Su fuente es la gracia:

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom 5,5).

Santo Tomás de Aquino llegará a hablar de la caridad como una amistad del hombre con Dios. Por eso la caridad necesita caminar en la verdad. El amor cristiano desea realmente el bien del otro y recibe de Dios la medida última de ese bien. Kempis coloca este principio al comienzo porque sabe que incluso el lenguaje del amor podría utilizarse para justificar aquello que objetivamente aparta del bien. La caridad jamás necesita del mal para amar.