08 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO VII. CÓMO SE HA DE HUIR DE LA VANA ESPERANZA Y LA SOBERBIA.

 «Vano es quien pone su esperanza en los hombres o en las criaturas.»

Hay una continuidad muy hermosa entre el capítulo de ayer y este. Ayer, en el capítulo VI, Kempis nos hacía mirar qué deseamos. Hoy va todavía más hondo y pregunta:

¿En qué estoy apoyando mi vida?

Porque una cosa es desear algo y otra convertir ese algo en nuestra esperanza. Y ahí Kempis toca una fibra muy sensible. Podemos saber perfectamente, desde la fe, que nuestra esperanza está en Dios y, sin embargo, vivir afectivamente sostenidos por otras cosas: por determinadas personas, por nuestra capacidad, por nuestro prestigio, por lo que hemos construido, incluso por la imagen que tenemos de nosotros mismos. Hasta que alguna de esas cosas tiembla. Y entonces descubrimos dónde estábamos realmente apoyados.



«No te avergüences de servir a los demás por amor de Jesucristo»

Kempis une inmediatamente la falsa seguridad con algo que podría parecer diferente: el servicio. Tiene mucho sentido. Porque servir coloca al yo en una posición incómoda. El servidor hace algo cuyo centro está en otro. Y todavía más profundamente, el servicio cristiano puede llegar a tener una extraña gratuidad: hago algo bueno y quizá nadie lo vea. Nadie lo agradezca. Nadie sepa cuánto costó. Incluso alguien puede beneficiarse y atribuírselo a otro. ¿Qué ocurre entonces dentro de mí? Ahí puedo descubrir para quién estaba haciendo realmente aquello. Esto toca muy de cerca cualquier ministerio eclesial. Hay una tentación delicadísima que puede aparecer incluso cuando sinceramente queremos servir a Dios: necesitar ser necesarios. Es muy distinta del deseo legítimo de ser útil. Uno puede comenzar diciendo:

«Quiero servir».

Y sin advertirlo terminar necesitando:

«Quiero que sepan que serví».

Kempis quiere liberar el corazón incluso de eso. No para volvernos indiferentes al reconocimiento humano. Somos humanos y una palabra de agradecimiento nos hace bien. La cuestión es otra: que nuestra fidelidad no dependa de recibirla. Hay obras que quizá solamente conozcan Dios y nosotros. Y pueden ser las más hermosas de nuestra vida.


«No confíes en tu ciencia»

Después Kempis entra en un terreno particularmente delicado:

«No confíes en tu ciencia ni en la habilidad de ningún viviente, sino más bien en la gracia de Dios.»

Otra vez aparece el conocimiento. Y otra vez debemos evitar leerlo como desprecio de la inteligencia. Kempis está atacando una ilusión mucho más profunda:

creer que porque puedo comprender algo, puedo dominarlo.

La inteligencia es un don extraordinario. Pero sigue siendo un don.

Puedo estudiar, razonar, preparar, prever, adquirir experiencia. Y después ocurre algo que no estaba en mis cálculos. Entonces descubro que nunca tuve la realidad en mis manos. La sabiduría cristiana puede llegar a una expresión muy sencilla:

«Hice todo lo que podía. Ahora lo dejo en tus manos.»

Eso cuesta. Porque mientras hago algo todavía siento que tengo cierto control. Cuando lo entrego, aparece mi pobreza. Y justamente allí puede comenzar la confianza.


«Dios ayuda a los humildes»

Kempis escribe:

«Dios ayuda a los humildes y abate a los presuntuosos.»

La frase tiene una fuerte resonancia bíblica. María lo canta en el Magnificat:

«Dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes» (Lc 1,51-52).

Y acá tenemos que detenernos. La humildad de María jamás consistió en negar lo que Dios había hecho en ella. Al contrario:

«El Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas» (Lc 1,49).

Eso es impresionante. María puede reconocer grandes cosas en sí misma y continuar siendo perfectamente humilde. ¿Por qué? Porque sabe de dónde vienen. Ésta quizá sea una de las definiciones más hermosas de humildad.

Puedo reconocer un don sin apropiármelo. Puedo saber que hago algo bien. Puedo aceptar que tengo inteligencia, sensibilidad, capacidad para enseñar, predicar, acompañar o trabajar. La humildad no exige que diga:

«No tengo ningún talento».

Exige que pueda decir:

«Lo recibí.»

Y entonces el don cambia de naturaleza. Ya no es propiedad. Se convierte en responsabilidad. 


«Si tuvieras muchas riquezas…»

Kempis continúa:

«Si tuvieras muchas riquezas, no te gloríes en ellas; ni en los amigos porque sean poderosos.»

Y detrás de esa frase medieval hay algo absolutamente contemporáneo.

Podríamos ampliar «riquezas» mucho más allá del dinero. Todo puede convertirse secretamente en una respuesta a la pregunta:

«¿Por qué valgo?»

Y ahí comienza el problema. Porque todas esas cosas pueden desaparecer. Algunas desaparecerán necesariamente. El cuerpo perderá fuerzas. Las responsabilidades pasarán a otras manos. Lo que hoy hacemos nosotros mañana lo hará otra persona. Habrá generaciones que ni siquiera conocerán nuestro nombre. Y esto, lejos de ser triste, puede resultar extraordinariamente liberador. Porque significa que mi valor nunca dependió de esas cosas. Antes de que yo hiciera algo, Dios ya me había amado.


Una frase particularmente dura

Kempis dice:

«No te tengas por mejor que los demás, no sea que quizá seas tenido por peor delante de Dios, que conoce lo que hay en el hombre.»

Esto puede sonar severo, pero contiene una verdad espiritual muy fina. Nosotros vemos conductas. Dios ve el corazón. Nosotros vemos un momento de la vida de alguien. Dios conoce toda su historia.  Nosotros conocemos las circunstancias que atenúan nuestros propios errores y muchas veces  desconocemos completamente las circunstancias que rodean los errores ajenos. Por eso comparar almas es una empresa absurda.

Yo no sé qué gracia recibió el otro. No sé qué heridas carga.  No sé qué luchas interiores ha librado. No sé cuántas veces cayó. Tampoco sé cuántas veces, sin que nadie lo viera, volvió a levantarse. Dios sí.

Y entonces aparece una libertad preciosa:

no necesito ser mejor que nadie.

Ni siquiera espiritualmente. Puedo simplemente intentar ser fiel a la gracia que me fue dada.


Los dones de Dios

Al final del capítulo aparece algo muy importante:

«No te ensoberbezcas por las buenas obras, porque los juicios de Dios son distintos de los juicios de los hombres.»

Acá la espiritualidad cristiana entra en un terreno finísimo. Incluso la virtud puede convertirse en alimento del orgullo. Puedo estar orgulloso de ser humilde. Puedo sentirme superior porque rezo. Puedo mirar con cierta condescendencia a quien «todavía no comprendió» algo que yo creo haber  comprendido. Puedo convertir mi formación teológica en una altura desde la cual mirar a los demás. Y quizá una de las formas más difíciles de soberbia sea precisamente la soberbia espiritual, porque utiliza las cosas de Dios para engrandecer el yo. Por eso san Pablo formula una pregunta devastadoramente sencilla:

«¿Qué tenés que no hayas recibido?» (1 Cor 4,7).

Ahí se cae todo. Mi inteligencia, recibida. Mi fe, recibida. Mi vocación, recibida. Las personas que me formaron, recibidas. La posibilidad de estudiar, recibida. Las ocasiones en que pude hacer el bien, recibidas. Incluso mi capacidad de responder a la gracia existe porque primero hubo gracia.

Y entonces uno empieza a comprender algo precioso:

agradecer es una de las formas más profundas de humildad.

El soberbio dice interiormente:

«Mirá lo que hice».

El humilde puede mirar exactamente la misma obra y decir:

«Mirá lo que Dios me permitió hacer.»

La obra no desaparece. El yo simplemente deja de ocupar el centro.


Algo más profundo todavía

El título habla de «vana esperanza». Creo que ahí está el corazón secreto del capítulo. ¿Dónde descansa mi esperanza cuando todo lo demás desaparece? Imaginemos por un instante que nos quitaran aquello con lo que solemos presentarnos ante los demás. ¿Y si quedáramos delante de Dios sin poder mostrarle absolutamente nada? ¿Qué quedaría?

Esto:

un hijo.

Nada menos. Y quizá gran parte del camino espiritual consista en volver lentamente hasta ahí. Antes de mis obras, hijo. Después de mis pecados, hijo necesitado de misericordia. Cuando puedo servir, hijo. Cuando ya no pueda servir, hijo. Cuando me reconozcan, hijo. Cuando me olviden, hijo. Cuando mi oración sea luminosa, hijo. Cuando apenas pueda pronunciar una palabra, hijo.

Eso no me lo da ningún éxito. Y tampoco puede quitármelo ningún fracaso. Ahí la esperanza deja de ser vana porque finalmente descansa en Dios.


Para permanecer hoy

Hoy haría un ejercicio muy sencillo. Pensaría en algo de mí que valoro sinceramente. Algo bueno.

No busquemos un defecto. Un don. Una capacidad. Algo que otros quizá también reconozcan. Y en lugar de minimizarlo, lo miraría de frente. Después diría:

«Gracias.»

Nada más.

Gracias porque esto existe en mí. Gracias porque me lo diste. Gracias porque alguna vez pudo servir a alguien. Gracias incluso por la alegría que me produce poseerlo. Y después añadiría algo un poco más difícil:

«Señor, que este don nunca ocupe tu lugar.»

Porque quizá ésa sea la verdadera humildad. No enterrar el talento. No fingir que no existe. Devolverlo. Una y otra vez. Hasta que mis manos manos aprendan que aquello que sostienen nunca dejó de pertenecer a Dios.

Creo que entonces aparecerá una libertad enorme. Si Él quiere utilizarlo, acá está. Si otro puede hacerlo mejor, bendito sea Dios. Si llega el momento de dejarlo, que me enseñe a soltarlo.

Porque finalmente mi esperanza nunca estuvo destinada a descansar en lo que puedo hacer para Dios. Está llamada a descansar en algo muchísimo más profundo: en lo que Dios ha hecho, hace y hará conmigo.


Simple oración

Señor Jesús

a veces apoyo mi corazón
en cosas demasiado pequeñas.

En lo que puedo hacer
en lo que sé
en lo que otros piensan de mí
en aquello que temo perder

y después me sorprendo
cuando vuelve la inquietud.

Enseñame a recibir mis dones
sin apropiármelos.

A reconocerlos
sin engrandecerme.

A ponerlos al servicio
sin necesitar que me vean.

Cuando alguien haga mejor
lo que yo hacía
dame alegría.

Cuando no me reconozcan
guardá mi corazón.

Cuando crea que todo depende de mí
recordame suavemente
que el mundo ya estaba en tus manos
antes de que yo llegara.

Y cuando algún día
mis manos ya no puedan hacer
todo aquello que hoy hacen

dejame descubrir
que todavía puedo ofrecerte
lo único que siempre quisiste:

mi corazón.

Porque debajo de todo
antes de todo
y después de todo

queda esta verdad

soy tuyo

y mi esperanza
está en Vos.

Amén.

07 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO VI. DE LOS DESEOS DESORDENADOS.

 «Cuando el hombre desea alguna cosa desordenadamente, inmediatamente se vuelve inquieto dentro de sí.»

Este capítulo toca una zona muy delicada del alma. Kempis ya habló del conocimiento, de la humildad, de la prudencia y de la Escritura. Ahora parece preguntarnos algo más íntimo:

¿Qué sucede dentro de mí cuando quiero algo?

No cuando quiero algo malo necesariamente.   Cuando quiero.

Porque para Kempis el problema espiritual no comienza simplemente en las cosas que deseamos. Puede comenzar en el modo en que nuestro corazón se aferra a ellas. Y esto nos lleva bastante más lejos de lo que parece.



El deseo no es enemigo de la vida espiritual

Conviene aclararlo desde el comienzo, porque una lectura superficial de Kempis podría conducirnos a una espiritualidad de la extinción del deseo. Eso no sería plenamente cristiano. 

Fuimos creados deseando.

Deseamos vivir, amar, ser amados, conocer, crear, compartir, descansar. Y detrás de todos esos movimientos hay algo todavía más profundo. 

Santo Tomás de Aquino entiende que la voluntad tiende naturalmente hacia el bien. El problema aparece cuando un bien limitado ocupa un lugar que no le corresponde, cuando la voluntad se adhiere a él sin el orden debido. Por eso el título tradicional habla de affectionibus inordinatis, afectos o deseos desordenados. La palabra decisiva es: desordenados. No «deseos». 

San Agustín había intuido esta dinámica muchos siglos antes con una profundidad extraordinaria:

«Nos hiciste para Vos y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Vos.»

La inquietud de la que habla Kempis tiene algo que ver con eso. Hay deseos que nos dejan libres. Y hay deseos que empiezan a poseernos.


«Inmediatamente se vuelve inquieto»

Ésta es quizá la observación psicológica más penetrante del capítulo. Kempis no comienza preguntando si conseguiremos aquello que queremos. Mira lo que el deseo está haciendo ahora mismo dentro nuestro. 

Quiero algo.

Al principio simplemente lo deseo. Después empiezo a imaginarlo. Luego pienso qué tendría que ocurrir para conseguirlo. Más tarde comienzo a temer que no ocurra. Después me molesta quien parece impedirlo. Y finalmente algo que todavía ni siquiera poseo ya tiene poder sobre mi paz.

Eso es extraordinario.

Todavía no tengo la cosa y la cosa ya me tiene a mí.

Ahí aparece el desorden. Puede tratarse incluso de algo bueno. Un proyecto. Una relación. Un reconocimiento legítimo. Una tarea pastoral. Una expectativa. Una vocación concreta. Hasta una determinada experiencia de Dios. La pregunta espiritual no es solamente:

«¿Esto es bueno?» También: «¿Cómo lo estoy queriendo?»


Hay una señal bastante clara: la paz

Kempis continúa:

«El soberbio y el avaro nunca descansan; el pobre y humilde de espíritu vive en mucha paz.»

Acá «pobre» tiene una resonancia profundamente evangélica:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos» (Mt 5,3).

El pobre de espíritu puede poseer cosas. Lo que las cosas no poseen es su corazón. Y esto permite entender algo precioso de la libertad cristiana. Puedo querer algo intensamente y, sin embargo, decir:

«Señor, si no es para mí, sigo siendo tuyo.»

Eso es enorme. No es indiferencia. Puede doler muchísimo que aquello no ocurra. Puedo llorarlo. Puedo incluso preguntarle a Dios por qué. Pero debajo del dolor queda un lugar que todavía pertenece a Él. 

Ese lugar es la libertad.


Kempis conoce también la lucha interior

El capítulo contiene una frase particularmente realista:

«El hombre débil en espíritu y todavía en cierto modo carnal e inclinado a las cosas sensibles, difícilmente puede apartarse por completo de los deseos terrenos.»

Esto es muy humano. No nos volvemos libres de una vez. Hay cosas que sabemos que debemos soltar y, sin embargo, volvemos a ellas. Hay heridas que creíamos entregadas y vuelven a pedir seguridad. Hay reconocimientos que decimos no necesitar hasta que dejan de llegar. Hay afectos que parecen perfectamente ordenados hasta que sentimos la posibilidad de perderlos. Entonces descubrimos algo acerca de nosotros mismos. Y esto no tiene por qué desanimarnos. Puede convertirse en gracia.

Porque a veces solamente conocemos nuestros apegos cuando algo amenaza con quitarnos aquello a lo que estamos apegados.

Mientras lo tenemos, creemos ser libres. Cuando tiembla, aparece la verdad. 


«Si se aparta de ellos, muchas veces queda triste»

Kempis es extraordinariamente honesto. Cuando el hombre intenta desprenderse de aquello a lo que está desordenadamente apegado, experimenta tristeza. Claro. Porque el corazón se había acostumbrado. Y acá hay algo que quisiera cuidar mucho. La renuncia cristiana no siempre produce inmediatamente paz sensible. A veces primero duele. Cuando uno deja una dependencia afectiva, una necesidad de aprobación, una fantasía, una expectativa que alimentó durante mucho tiempo, puede aparecer una especie de vacío. Y quizá uno piense:

«Entonces estaba mejor antes».

No necesariamente. Puede ocurrir que estemos sintiendo simplemente el espacio que dejó aquello que ocupaba demasiado lugar.

Y ese espacio puede dar miedo. Pero justamente ahí puede comenzar algo nuevo. Porque Dios no arranca nuestros ídolos para dejarnos vacíos. Quiere ensanchar el corazón.


Cuando nos contradicen

Kempis introduce después una prueba muy concreta:

«Si alguno le contradice, fácilmente se irrita.»

¡Caramba! Acá ya no podemos escondernos demasiado. Porque una manera muy eficaz de descubrir  nuestros apegos consiste en observar qué ocurre cuando alguien contradice nuestra voluntad. No cuando nos hacen una injusticia verdadera. Simplemente cuando las cosas no salen como queríamos. Habíamos imaginado algo. Alguien propone otra cosa. Habíamos tomado una decisión. Nos cuestionan. Esperábamos determinada respuesta. No llega. Y aparece una irritación desproporcionada. Entonces quizá el problema visible sea pequeño, pero ha tocado algo mucho más profundo:

mi necesidad de que la realidad coincida con mi voluntad.

Y esto puede penetrar incluso en nuestra relación con Dios. Rezamos. Pedimos. Esperamos. Y en algún rincón del corazón ya escribimos el modo en que Dios debería responder. Entonces la oración corre el riesgo de convertirse en una negociación:

«Hágase tu voluntad… siempre que tu voluntad coincida bastante con la mía».

La verdadera entrega comienza cuando podemos decir la segunda parte de Getsemaní:

«Que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

Jesús no llegó allí sin deseo. Precisamente por eso la escena es tan tremenda.

«Padre, si querés, alejá de mí este cáliz…»

Hay un deseo humano verdadero.

Y después:

«…pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.»

Ahí vemos algo mucho más profundo que la ausencia de deseo. Vemos el deseo entregado.


Quizá la santidad consista también en aprender a desear

Esto me parece central. La vida espiritual no busca convertirnos en seres sin deseos. Busca educar el deseo. Purificarlo. Ordenarlo. Ensanchándolo hasta que pueda querer lo que Dios quiere. Por eso el salmista puede decir:

«Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente» (Sal 41[42],3).

Y Jesús:

«He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes» (Lc 22,15).

Cristo desea. Ama. Llora. Tiene sed. Quiere. La perfección cristiana no es insensibilidad. Es un corazón tan unido al Padre que todos sus deseos encuentran allí su centro. Por eso hay una diferencia inmensa entre reprimir un deseo y ofrecerlo. Reprimirlo dice:

«Esto no debería sentirlo».

Ofrecerlo puede decir:

«Señor, esto es lo que deseo. Lo deseo de verdad. Pero quiero recibirlo de tus manos, y no arrebatárselo a la vida.»

Eso ya es oración. Y a veces una oración muy profunda.


«La verdadera paz del corazón»

Kempis termina con una de esas frases pequeñas que contienen todo un programa espiritual:

«La verdadera paz del corazón se encuentra resistiendo a las pasiones, no sirviéndolas.»

Hay que entender bien ese «resistir». No significa violentarnos interiormente. Significa que no todo deseo tiene derecho a gobernarnos. Puedo sentir bronca sin obedecer inmediatamente a la bronca. Puedo sentir miedo sin permitir que el miedo decida. Puedo necesitar reconocimiento sin convertir esa necesidad en criterio de mis acciones. Puedo amar profundamente a alguien sin hacer de esa persona mi absoluto. Puedo desear intensamente algo y seguir diciendo:

«Dios sigue siendo Dios aunque esto no ocurra.»

Ahí aparece una libertad enorme.


Y volvemos a la semilla de la gloria

Hay algo que conecta este capítulo con aquella frase que surgió de la charla con mi amigo y sobre la que veníamos meditando en la presentación de este subsidio:

«Si la gracia es realmente semilla de la gloria, nada de lo verdaderamente humano queda afuera.»

Tampoco nuestros deseos. La gracia no viene a destruirlos desde afuera. Entra en ellos. Los sana. Los  purifica. Los ordena. Los eleva.

Porque en el fondo de nuestros deseos parciales hay una sed mucho mayor de la que a veces somos conscientes.

Queremos amor porque fuimos hechos para el Amor. Queremos belleza porque fuimos hechos para  contemplar la Belleza. Queremos verdad porque nuestra inteligencia fue creada para la Verdad. Queremos permanecer porque, aunque vivimos en el tiempo, fuimos llamados a la Gloria. A veces buscamos con desesperación en una criatura algo que solamente Dios podrá colmar completamente. Y la criatura termina sufriendo también, porque le exigimos que sea Dios para nosotros. Cuando dejamos que Dios vuelva a ocupar su lugar, ocurre algo paradójico:

podemos amar mejor a las criaturas.

Ya no necesitamos devorarlas. Podemos recibirlas. Agradecerlas. Disfrutarlas. Cuidarlas. Y, cuando llegue la hora, entregarlas.

Eso es libertad.


Para permanecer hoy

Hoy no intentaría descubrir todos mis apegos. Elegiría simplemente un deseo. Algo que en este momento pudiera descubrir que estoy queriendo mucho. Puede ser muy bueno. Lo pondré delante del Señor tal como es. Sin espiritualizarlo. Sin fingir indiferencia. Le diré: «Señor, yo quiero esto.»

Y me voy a quedar un momento ahí. Después, cuando pueda decirlo de verdad, le diré:

«Pero te quiero a Vos más que a esto.»

Aunque si descubro que todavía me cuesta, entonces no mentiré. Le diré: «Señor, quisiera poder quererte más que a esto.»

Eso también es oración.

Tal vez incluso sea una oración más verdadera.

Y después solamente: «Ordená mi corazón.»

Creo que eso basta para hoy. Porque el capítulo VI no me pide dejar de desear. Me invita a descubrir quién gobierna mis deseos. Y quizás la libertad cristiana empiece justamente cuando puedo tener las manos abiertas delante de Dios y decir:

«Lo deseo, Señor. Pero quiero recibirlo de Vos. Y si alguna vez tengo que soltarlo, sosteneme Vos.»


Simple oración

Señor Jesús

Vos conocés mis deseos
antes de que yo pueda nombrarlos.

Sabés lo que busco
lo que espero
lo que temo perder.

Conocés esas cosas
a las que mi corazón
se aferra en secreto.

No apagues mi deseo
purificalo.

No vuelvas pequeño mi corazón
ensanchalo.

Cuando quiera poseer
enseñame a recibir.

Cuando tenga miedo de perder
enseñame a confiar.

Cuando mi voluntad
quiera ocuparlo todo
recordame Getsemaní.

Y enseñame lentamente
a decir con Vos

«Padre
que se haga tu voluntad.
»

Tomá mis deseos.

Los más humanos
y también los más heridos.

Y dejá caer en ellos
tu Gracia.

Hasta que un día
en el fondo de todo lo que busco
descubra lo que siempre estaba buscando

a Vos.

Y pueda descansar.


Amén.


06 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO V. DE LA LECTURA DE LAS SANTAS ESCRITURAS.

 «En las Sagradas Escrituras debe buscarse la verdad, no la elocuencia.»

Sinceramente, en este capítulo Kempis dedica apenas unas líneas a un asunto que podría ocupar una vida entera: cómo ponerse delante de la Palabra de Dios.

Y comienza casi desarmándonos. La primera preocupación del lector no debería ser encontrar algo brillante. Tampoco algo con lo cual construir una hermosa reflexión. Kempis va directamente al corazón: buscar la verdad. Y enseguida añade una frase extraordinaria:

«Toda la Sagrada Escritura debe leerse con el mismo Espíritu con que fue escrita.» 

Detengámonos ahí, porque en esa pequeña frase hay una verdadera teología de la lectura bíblica.


«Con el mismo Espíritu con que fue escrita»

Para la fe católica, la Escritura es verdaderamente palabra humana y verdaderamente Palabra de Dios. Dios se valió de autores humanos reales, con su lengua, su cultura, sus capacidades, su momento histórico y sus formas literarias. La inspiración no los convirtió en instrumentos pasivos. Por eso estudiamos. Por eso importa el hebreo. Importa el griego. Importan el contexto histórico, los géneros literarios, la crítica textual, la estructura de un pasaje.

Cuando nos detenemos durante horas en una palabra como μένειν (permanecer), cuando preguntamos qué matiz posee un verbo joánico, estamos tratando de escuchar con mayor precisión lo que realmente dice el texto.

Kempis no nos pediría abandonar eso. Su advertencia va dirigida hacia un peligro mucho más sutil: que después de haber estudiado perfectamente el texto, creamos que ya hemos terminado de leerlo.

Porque todavía queda una pregunta: ¿qué quiere hacer Dios conmigo mediante esta Palabra?

Ahí comienza otra profundidad de la lectura.

El mismo Espíritu Santo que inspiró las Escrituras actúa en la Iglesia y abre el corazón del creyente para recibirlas. Por eso la lectura cristiana de la Biblia tiene algo que el puro análisis filológico, siendo valiosísimo, jamás podría producir por sí mismo: escucha.

Llega un momento en que yo dejo de interrogar al texto y permito que el texto me interrogue a mí.


Una Biblia que empieza a leernos

Esto me parece decisivo. Podemos acercarnos al Evangelio de muchas maneras. Podemos preguntarnos por la composición del texto, por sus fuentes, por su vocabulario, por su contexto histórico. Pero imaginemos que llegamos a aquella pregunta:

«Simón, hijo de Juan, ¿me amás?» (Jn 21,16).

Podemos estudiar las semejanzas y diferencias entre ἀγαπάω (agapao = ese amor fiel e incondicional tan propio de Dios) y φιλέω (fileo = ese amor más propio de la amistad y el afecto fraternal). Podemos comparar los manuscritos. Podemos reconstruir la escena junto al lago. Podemos consultar a los Padres y recorrer la exégesis  contemporánea. Todo eso merece hacerse. Pero alguna vez hay que quedarse quieto. Porque Jesús acaba de preguntar:

«¿Me amás?»

Y en ese instante Pedro ya no es solamente Pedro. 

Estoy yo.

Ahí la Escritura ha atravesado siglos y ha alcanzado mi vida. La pregunta ya no puede resolverse consultando otro diccionario.

Tengo que responder.


«Busquemos el provecho»

Kempis dice que debemos buscar en las Escrituras aquello que aprovecha espiritualmente antes que la sutileza del discurso. Otra vez hay que entenderlo bien. Su crítica apunta a una inteligencia que puede quedar encerrada en sí misma. Existe una curiosidad santa. Gracias a Dios existe. Nos lleva a preguntar, investigar, comparar y volver sobre una palabra que parecía insignificante. Pero también existe una curiosidad que acumula conocimientos sin permitir que ninguno llegue hasta el corazón. Y corro el riesgo de terminar sabiendo muchísimo acerca de la Biblia, mientras la Biblia tiene cada vez menos posibilidades de tocarme. Ahí Kempis incomoda. Porque el criterio último de una lectura espiritual no consiste en cuántas cosas nuevas descubrí. 

Quizá hoy leí un pasaje que conozco desde hace treinta años y no descubrí ninguna novedad exegética. Pero me detuve en:

«No temas» (Lc 12,32).

Y justamente hoy tenía miedo. Entonces esas dos palabras fueron suficientes. La Escritura cumplió algo para lo cual fue dada: me encontró.


«No preguntés quién lo dijo; atendé a lo que se dice»

Kempis aconseja también no quedar fascinados por el prestigio de quien habla. Nos pide dejarnos atraer por el amor a la verdad y recuerda que los hombres pasan mientras la verdad del Señor permanece. Hay mucha humildad escondida acá. Tenemos autores preferidos. Y está bien. Tenemos Padres de la Iglesia que nos conmueven especialmente. Exégetas cuya inteligencia admiramos. Maestros espirituales que nos acompañan durante años. Pero ninguno puede ocupar el lugar de la Palabra.

Agustín, Jerónimo, Tomás, Kempis sirven a la Palabra. Y nosotros también. Hay algo muy saludable en volver una y otra vez al texto bíblico después de haber leído los comentarios. Cerrar finalmente los libros. Volver a abrir el Evangelio. Y leer otra vez.

A veces ocurre algo precioso: después de cincuenta páginas de comentarios, una frase bíblica que habíamos leído rápidamente parece haberse ensanchado. Entonces los buenos maestros desaparecen discretamente. Nos dejaron delante de Cristo. Cumplieron su tarea.


Leer despacio

Kempis advierte que nuestra curiosidad puede perjudicarnos cuando pretendemos detenernos y discutir cosas que podríamos sencillamente dejar pasar. Y propone leer «con humildad, sencillez y fe».  Esto me parece particularmente hermoso. Porque hay pasajes que hoy no comprenderemos. Y está bien. La Biblia puede esperar. Hay textos que nos acompañarán durante veinte años antes de abrirse de otra manera. Hay versículos que habíamos leído cien veces y, después de atravesar una pérdida, una alegría, un pecado, un perdón o simplemente los años, parecen otros. El texto no cambió. Cambió el lector. Y entonces entendemos por qué la Escritura puede acompañar una vida entera.

La Palabra que escuchaste a los veinte años puede visitarte a los sesenta y decirte algo que a los veinte todavía no podías escuchar.

Esto no significa que cada uno invente el significado que quiera. El sentido del texto posee consistencia y la Iglesia custodia su lectura. Significa que la Palabra viva de Dios encuentra a una persona cuya historia también está viva. Por eso nunca terminamos de leer verdaderamente la Escritura.


Y acá aparece algo muy querido para nosotros: «permanecer»

Pensaba inevitablemente en Juan. Jesús dice:

«Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; conocerán la verdad y la verdad los hará libres» (Jn 8,31-32).

Permanecer en mi palabra. (μένειν - ménein = permanecer)

No pasar por ella. Permanecer. Quizá ésta sea una clave preciosa para comprender este capítulo de Kempis. Hay una forma de lectura que busca inmediatamente llegar al final. Y hay otra que descubre una palabra y se queda allí.

La lectio divina conoce perfectamente ese movimiento.

  1. Leo.
  2. Algo me toca.
  3. Me detengo.
  4. Vuelvo sobre ello.
  5. Lo rumio.
  6. Lo llevo a la oración.

Y lentamente aquella palabra empieza a descender desde la inteligencia hacia lugares de mí que quizá yo mismo desconocía. Hasta que, en algunos momentos privilegiados, ya casi no hay nada que pensar. Solamente permanecer. Entonces la lectura se vuelve oración. Y la oración, silencio. Y el silencio, presencia.


«Dios nos habla de muchas maneras»

Kempis escribe una frase muy sencilla:

«Dios nos habla de diversas maneras.»

Acá conviene conservar una sobriedad muy católica. No significa convertir cada impresión subjetiva en una revelación de Dios. Significa reconocer que la Palabra puede alcanzarnos por caminos inesperados. Una frase escuchada durante años puede repentinamente iluminar una situación concreta. Un salmo puede prestarnos palabras cuando nosotros ya no sabemos rezar. Un Evangelio proclamado en la liturgia puede parecernos dirigido misteriosamente hacia el momento que estamos viviendo. Y alguna vez sucede algo todavía más delicado. La Escritura deja de darnos respuestas. Simplemente nos acompaña.

«Jesús lloró» (Jn 11,35).

Dos palabras.

Frente al dolor, quizá hoy no necesite una explicación de la providencia. Quizá simplemente necesite saber que Jesús lloró.

Y quedarme ahí. Eso también es leer la Escritura con el Espíritu con que fue escrita.


Para permanecer hoy

Hoy haría algo diferente. Tomaría el Evangelio del día o un pasaje que me esté acompañando y lo leería una sola vez, muy lentamente.

Sin comentario. Sin buscar inmediatamente el significado ni mucho menos consultar el griego. tampoco consultar ninguna nota al pie.

Y cuando una palabra me detenga, dejarme detener. No buscar otra. Quedarme allí. Quizá sea «permanecé». Quizá «vení». Quizá «no temas». Quizá «te amo». O quizá hoy ninguna palabra produzca una resonancia particular. También estará bien.

Entonces simplemente permaneceré delante de la Escritura abierta. Porque la fecundidad de la oración no se mide por lo que sentimos.

Y después de un rato podría hacerme una pregunta muy sencilla:

«Señor, ¿qué querés que esta Palabra haga hoy en mí?»

No solamente qué significa, sino qué quiere hacer en mi persona. 

Hay una diferencia enorme. La primera pregunta busca comprensión. La segunda abre la puerta. Y creo que Kempis, en este brevísimo capítulo V, está tratando justamente de llevarme hasta esa puerta.


Simple oración

Señor Jesús

Palabra del Padre

tantas veces abro la Escritura
queriendo comprender.

Hoy quisiera abrirla
también para escucharte.

Dame inteligencia
para buscar con honestidad la verdad.

Dame humildad
para aceptar lo que todavía no comprendo.

Dame silencio
para no llenar inmediatamente
tu Palabra con las mías.

Cuando estudie
acompañame.

Cuando pregunte
purificá mi curiosidad.

Cuando encuentre
que no me apropie de lo encontrado.

Y cuando una palabra tuya
toque finalmente mi corazón

dame la gracia
de quedarme allí.

Sin apuro.

Como quien ha reconocido
una voz conocida.

Enseñame a leer tu Palabra
con el Espíritu
con que fue escrita.

Hasta que un día
después de tantas palabras

sólo quedés Vos

hablando

y yo

escuchando.

Amén.

05 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO IV. DE LA PRUDENCIA EN LO QUE SE HA DE OBRAR.

 «No debemos dar crédito a cualquier palabra o inspiración, sino examinar las cosas con prudencia y despacio según Dios.»

Podríamos decir que aquí Kempis baja de las alturas de la contemplación y nos encuentra en un lugar tremendamente cotidiano.

¿Qué hago con lo que me pasa por la cabeza? ¿Qué hago con lo que siento? ¿Qué hago con lo que me dicen?

Porque no todo pensamiento merece obediencia. No toda impresión es verdadera. No toda noticia debe ser creída. No todo impulso interior viene de Dios. Y tampoco todo lo que yo pienso, simplemente porque lo pienso sinceramente, es verdadero. Ahí empieza la prudencia.

Kempis abre el capítulo recomendando no dejarnos llevar por cualquier impulso o afirmación, sino ponderar las cosas pacientemente delante de la voluntad de Dios. Me parece una extraordinaria definición práctica del discernimiento.




No todo lo que aparece dentro de mí soy yo

Hay una confusión muy contemporánea que Kempis, en el siglo XV, ya conocía perfectamente: creer que porque algo surgió dentro de mí debo seguirlo.

«Lo siento.» «Me parece.» «Estoy convencido.» «Algo me dice que...»

Puede ser... Pero también puedo equivocarme.

La tradición católica jamás identificó automáticamente la interioridad con la voz de Dios. Al contrario, precisamente porque toma en serio la acción de la Gracia, toma también en serio nuestras pasiones, heridas, deseos desordenados, temores, prejuicios y autoengaños.

Santo Tomás de Aquino dirá que la prudencia es la recta ratio agibilium: la recta razón de lo que debe hacerse. No es cobardía. No es andar por la vida calculándolo todo para no correr riesgos. Es la virtud que permite reconocer qué corresponde hacer, concretamente, aquí y ahora, para realizar el bien.

Por eso la prudencia necesita tiempo. Y acá Kempis utiliza una idea preciosa: considerar las cosas despacio. Hay decisiones que se arruinan porque las tomamos demasiado pronto.


Entre el impulso y la acción hay un espacio

Y en ese espacio puede entrar Dios. 

Alguien me dice algo que me hiere. Inmediatamente aparece una respuesta. La tengo preparada. Incluso puede ser justa. Incluso puede ser brillante. Y precisamente ahí puedo hacer algo extraordinariamente pequeño: esperar.

No necesariamente un día. Quizá diez segundos. «Señor, ¿qué querés de mí ahora?» Eso cambia muchísimo. Porque la pregunta deja de ser: «¿Qué tengo ganas de contestar?» y se convierte en: «¿Qué respuesta sirve al bien?» A veces será callar. A veces será hablar. A veces habrá que corregir. A veces habrá que soportar. A veces habrá que poner un límite muy claro. A veces habrá que decir: «Esto que estás haciendo conmigo no está bien».

La mansedumbre cristiana no es pasividad. La prudencia tampoco. Lo que ambas impiden es que la pasión decida antes que nosotros.


Kempis conoce muy bien nuestra tendencia a creer lo peor

Después viene una observación psicológica sorprendentemente actual. Dice que, por nuestra debilidad, muchas veces estamos más dispuestos a creer y decir el mal de otro que el bien.

Esto merece quedarse un rato con nosotros. Alguien dice:

«¿Sabés lo que hizo fulano?»

Y algo dentro nuestro se activa inmediatamente. Curiosidad. Sorpresa. Indignación. Quizá incluso cierto placer secreto.

Kempis dice: cuidado. No sabés todavía. No viste. No conocés todas las circunstancias. No conocés la intención. Quizá ni siquiera quien te lo está contando conoce realmente lo ocurrido.

Y entonces formula una regla espiritual enormemente saludable: no creer enseguida todo lo que se oye y, sobre todo, no correr a repetirlo.

Qué distinto sería nuestro mundo si aplicáramos solamente este párrafo. Y qué distinto sería también el interior de nuestras comunidades cristianas. Porque una murmuración puede comenzar con algo aparentemente inocente:

«Te lo cuento solamente para que reces...»

Y cinco minutos después hemos destruido la fama de una persona. La prudencia sabe detener una historia en uno mismo. No todo lo que llega a mis oídos tiene derecho a salir por mi boca.


Pero Kempis va todavía más adentro

Hay otra frase que me parece central:

«Es gran sabiduría no ser precipitado en las acciones, ni obstinarse pertinazmente en el propio parecer.»

Acá la cosa empieza a doler un poquito más. Porque quizá no me cuesta tanto desconfiar de lo que dice otro. Lo verdaderamente difícil es desconfiar un poco de mí mismo. No en el sentido enfermizo de vivir inseguro. Sino poder pensar:

«Puedo estar equivocado.»

Cuánta libertad hay en esas cuatro palabras. Puedo haber entendido mal. Puedo no tener toda la información. Puedo haber juzgado una intención que desconozco. Puedo haber mezclado una vieja herida con una situación presente. Puedo incluso tener razón en una parte y estar equivocado en otra. La humildad del capítulo II reaparece ahora convertida en prudencia. No son virtudes aisladas. El humilde puede ser prudente precisamente porque no necesita tener siempre razón.


Pedir consejo

Kempis aconseja después consultar a una persona sabia y de buena conciencia antes que seguir obstinadamente el propio parecer. Esto también es profundamente católico. El discernimiento cristiano no es normalmente una aventura solitaria entre «Dios y yo».

Existe la Iglesia. Existe la Escritura. Existe el Magisterio. Existen personas prudentes. Existe la dirección espiritual. Existe la experiencia de quienes han recorrido antes el camino. Y pedir consejo no significa entregar nuestra conciencia a otra persona.

Al final uno tiene que decidir.

Pero hay momentos en los que necesitamos que alguien mire desde afuera aquello que nosotros estamos mirando desde adentro. Porque nosotros estamos implicados. Tenemos miedo y deseamos determinada solución. Nos sentimos heridos y tal vez estamos enfrascados en una sola posibilidad.

Y entonces una persona verdaderamente prudente puede hacernos una pregunta que nosotros no queríamos hacernos. Eso también puede ser gracia.


«Una buena vida hace al hombre sabio según Dios»

Esta es probablemente la frase que más me toca del capítulo. Kempis termina afirmando que la buena vida hace al hombre sabio según Dios y experimentado en muchas cosas; y añade que cuanto más humilde y sujeto a Dios vive, más prudente y pacífico llega a ser. 

Esto es particularmente hermoso porque no aconseja estudiar mucho como único camino para alcanzar la sabiduría Dice: viví bien.

Porque existe un conocimiento que solamente aparece viviendo. El hombre que ha perdonado muchas veces aprende cosas sobre el corazón humano que ningún manual puede enseñarle. Quien ha acompañado el sufrimiento aprende cuándo hablar y cuándo quedarse callado. Quien alguna vez juzgó injustamente empieza a ser más lento para juzgar. Quien necesitó misericordia empieza a reconocer la fragilidad ajena de otra manera. Quien se equivocó seriamente y fue levantado por Dios suele mirar con más ternura las equivocaciones de los demás. Un sacerdote que ha caído en una tentación pero que se ha levantado y ha dejado que Dios recomponga la Gracia en él, puede acercar la Misericordia de Dios en el Sacramento de la Reconciliación con un corazón más cercano al corazón de la persona a la que está llevando el perdón de Dios.

Eso es experiencia espiritual.

Y lentamente ocurre algo maravilloso: uno quizá tiene menos respuestas rápidas que antes, pero posee más sabiduría.


La prudencia y el Espíritu Santo

Ahora bien, hay algo que quisiera añadir desde nuestra fe católica. La prudencia no significa que debamos convertirnos en hombres calculadores. Existe también el don de consejo, uno de los siete dones del Espíritu Santo. La virtud de la prudencia dispone nuestra razón para discernir rectamente. El don de consejo lleva esa capacidad más allá, haciéndonos dóciles a la moción del Espíritu. Entonces aparece una paradoja preciosa. El hombre verdaderamente prudente puede algunas veces hacer algo que humanamente parece arriesgado.

  • Pedro puede bajar de la barca.
  • Francisco puede abrazar al leproso.
  • Teresa puede emprender una reforma.
  • Un mártir puede negarse a «salvar» su vida si reniega de Cristo.

La prudencia sobrenatural no pregunta solamente: «¿Qué es más seguro?» sino «¿Qué quiere Dios?»

Y a veces la voluntad de Dios conduce precisamente hacia aquello que nosotros jamás habríamos elegido por comodidad. Por eso Kempis no nos invita a volvernos temerosos. Nos invita a volvernos libres del impulso para poder obedecer a Dios.


Para permanecer hoy

Hoy me propondría algo muy pequeño. Cuando aparezca una reacción fuerte —una bronca, una sospecha, una necesidad urgente de responder, una opinión muy firme sobre alguien— no intentaría inmediatamente eliminarla. Solamente detenerme. Preguntar:

«Señor, ¿esto que siento me muestra la realidad tal como es, o solamente tal como yo la estoy viviendo?»

Después una segunda pregunta: «¿Qué querés que haga con esto?»

Y espería un poco. Quizá la respuesta sea actuar. Quizá hablar. Quizá callar. Quizá preguntar antes de juzgar. Quizá pedir consejo. Quizá reconocer que estaba equivocado. O quizá descubrir que estaba en lo cierto, pero que tener razón no me autoriza a dejar de amar.

Ahí la prudencia empieza a parecerse mucho a Cristo. Porque Jesús nunca fue impulsivo, pero tampoco fue indiferente.

Calló delante de Herodes. Respondió a Pilato. Lloró ante Lázaro. Expulsó a los vendedores del Templo. Perdonó desde la cruz. Cada cosa tuvo su hora.

Y quizá la prudencia cristiana consista, en lo más profundo, en eso: aprender con Cristo qué pide el amor en esta hora concreta.


Simple oración

Señor Jesús,

hay momentos
en que mi corazón corre
más rápido que la verdad.

Creo demasiado pronto
juzgo demasiado pronto
respondo demasiado pronto.

Enseñame esa pausa interior
en la que pueda encontrarte.

Cuando escuche hablar de otro
guardá mi lengua.

Cuando crea tener razón
guardá mi soberbia.

Cuando tenga que hablar
quitame el miedo.

Cuando tenga que callar
quitame la necesidad
de imponerme.

Dame un corazón prudente
pero no temeroso.

Sereno
pero no indiferente.

Capaz de escuchar
de esperar
de preguntar.

Y finalmente
de decidir

no según mi impulso
sino según tu voluntad.

Espíritu Santo
dame el don de consejo

para reconocer
en medio de tantas voces

esa voz tuya
que nunca grita

pero conduce.

Amén.

04 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO III. DE LA DOCTRINA DE LA VERDAD.

 «Bienaventurado aquel a quien la Verdad enseña por sí misma, no por figuras y palabras pasajeras, sino tal como es.»


Los dos primeros capítulos parecían preparar este momento: primero, seguir a Cristo; después, aprender a vivir humildemente delante de Él. Ahora aparece una pregunta mucho más honda:

¿Quién me enseña verdaderamente a Dios?

Y la respuesta de Kempis no es un libro, ni un maestro, ni siquiera nuestra inteligencia. Es Dios mismo. No porque los libros, los maestros o la inteligencia sobren —todo lo contrario—, sino porque ninguna palabra humana puede producir por sí sola aquello de lo que habla.

Podemos hablar de Dios. Pero solamente Dios puede darse.



«La Verdad enseña por sí misma»

Acá conviene escuchar «Verdad» con resonancia joánica. No estamos hablando primeramente de una idea correcta. Jesús dice:

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6).

La Verdad cristiana tiene rostro. Tiene voz. Tiene manos atravesadas. Puede ser seguida. Puede ser amada. Puede habitar en nosotros. Por eso conocer la verdad, en sentido cristiano, es muchísimo más que poseer información verdadera sobre Dios. Es entrar en comunión con Cristo.

Y entonces se comprende aquella expresión tan fuerte de Kempis:

«¿De qué aprovecha la multiplicidad de palabras?»

No porque las palabras sean inútiles. Estamos leyendo precisamente un libro hecho de palabras. Lo que Kempis sabe es que llega un momento en que la palabra debe conducir al silencio de la presencia.

Podemos decir: Dios es amor y estudiar ἀγάπη (ágape). Podemos recorrer 1 Jn 4. y estudiar la caridad en san Agustín, santo Tomás, san Bernardo... Todo eso puede ser extraordinariamente fecundo. Pero después llega una hora en que uno tiene que cerrar el libro y quedarse delante de Dios. Y dejarse amar.

Ahí cambia todo. Porque una cosa es comprender intelectualmente: «Dios me ama». Y otra muy distinta es descubrir, quizá después de muchos años de vida cristiana: «Dios me ama a mí». Conociéndome.

No la persona que debería ser ni tampoco el que probablemente alguna vez seré. A esta persona que soy hoy y ahora.


El peligro de saber muchas cosas

Kempis continúa:

«Cuantas más cosas y más elevadas supieres, tanto más gravemente serás juzgado si no vivieres santamente.»

Es una frase incómoda. Sobre todo para quienes amamos estudiar. fPero no es antiintelectual. Es evangélica. Jesús mismo dice:

«Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho» (Lc 12,48).

Entonces el conocimiento teológico lleva escondida una responsabilidad. Cada verdad conocida nos pregunta:

¿qué hiciste conmigo?

Sabés que Dios es Padre. ¿Vivís como hijo?
Sabés que Cristo está presente en el hermano. ¿Cómo mirás al que te molesta?
Sabés que la Eucaristía es presencia real. ¿Cómo te acercás al altar?
Sabés que la gracia precede nuestras obras. ¿Vivís agradecido o como si todo dependiera de vos?
Sabés que Dios es misericordioso. ¿Te dejás perdonar?

Esta última pregunta puede ser muchísimo más difícil de lo que parece. Porque a veces aceptamos con bastante facilidad que Dios sea misericordioso con los demás. Lo difícil es consentir que lo sea con nosotros.


«Recoger todas las cosas en Uno»

Después aparece una de las frases más místicas de todo el capítulo:

«Aquel a quien todas las cosas le son Uno, y las reduce todas a Uno, y todas las ve en Uno, puede permanecer estable de corazón y reposar pacíficamente en Dios.»

Acá Kempis empieza a rozar una profundidad contemplativa enorme. Ver todo en Uno.

No significa confundir a Dios con las cosas. La criatura sigue siendo criatura y Dios sigue siendo Dios. Significa empezar a mirar la realidad desde su centro. Y el centro es Dios. Entonces mi historia deja de ser una acumulación caótica de episodios. Mi alegría y mi sufrimiento. Las persona que llegaron a mi vida pero también las que se fueron. Mis virtudes y mis pecados. Mi juventud y también mi envejecimiento, todo empieza lentamente a ser llevado hacia Uno.

No porque comprendamos por qué sucedió cada cosa. La fe no nos entrega una explicación secreta de todos los acontecimientos. A veces seguimos sin entender.

Pero podemos llegar a decir:

«No entiendo esto, Señor, pero tampoco quiero vivirlo fuera de Vos.»

Y eso ya es contemplación.


«Dios mío, Vos que sois la Verdad…»

En medio del capítulo Kempis deja escapar una oración:

«¡Oh Dios, Vos que sois la Verdad, hacedme uno con Vos en caridad perpetua!»

Me parece el corazón secreto del capítulo. Más que «conocimientos», implora «Haceme uno con Vos.»

Ahí el conocimiento alcanza su finalidad. La teología llega hasta el umbral. La exégesis llega hasta el umbral. La predicación llega hasta el umbral. La catequesis llega hasta el umbral.

Después hay que entrar. Y entrar significa comunión. Por eso hay una relación tan íntima entre verdad y amor en el cristianismo. No conocemos verdaderamente a Dios si el conocimiento no nos conduce hacia la caridad. San Pablo lo expresó con una frase tremenda:

«Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia [...] si no tengo amor, no soy nada» (1 Cor 13,2).

No dice que sabe poco. Dice algo mucho más desconcertante: puede saber muchísimo y todavía no haber llegado al centro.


Dios habla dentro

Kempis dice también:

«Cuanto más recogido esté el hombre en sí mismo y más sencillo sea interiormente, tantas más y más elevadas cosas entenderá sin esfuerzo.»

Esto no significa recibir revelaciones privadas automáticamente. Habla de otra cosa. Cuando el corazón se simplifica, empieza a escuchar mejor. Tenemos muchísimo ruido interior. Y dentro de ese ruido intentamos escuchar a Dios. Quizá por eso una parte importante de la oración consiste simplemente en permanecer hasta que el ruido vaya perdiendo autoridad sobre nosotros.

No necesariamente desaparece. Pero deja de mandar. Y debajo empieza a aparecer una Presencia que ya estaba. Entonces entendemos algo curioso:

Dios no siempre necesitaba hablar más fuerte. Quizá nosotros necesitábamos hacernos más silenciosos.


Hay cosas que sólo se comprenden amando

Creo que ésta podría ser la palabra de hoy.

Hay cosas de Dios que uno puede estudiar durante años y que, de pronto, una experiencia de amor hace transparentes.

El padre que vela a su hijo enfermo comprende algo del Padre. Quien perdona algo imperdonable empieza a vislumbrar la misericordia. Quien permanece al lado de alguien que sufre sin poder solucionar nada aprende algo de la cruz. Quien ama sin recibir nada a cambio empieza a comprender algo del amor gratuito de Dios. Y quien alguna vez, en medio de una gran pobreza interior, se descubre inexplicablemente sostenido empieza a comprender qué significa: gracia.

No necesariamente puede explicarlo mejor. Quizá incluso tenga menos palabras. Pero ahora sabe. Porque lo ha vivido.


Para permanecer hoy

Hoy haría algo muy sencillo. Buscaría diez minutos. Sin lectura. Sin intentar elaborar pensamientos.

Sin pedir muchas cosas. Y repetiría lentamente una frase del capítulo:


«Dios mío, Vos que sois la Verdad, hacedme uno con Vos en caridad.»


Después, silencio. Si vienen pensamientos, los dejaría pasar. Si vienen preocupaciones, las entregaría. Si no ocurre absolutamente nada, simplemente permanecería allí.

Porque quizá éste sea uno de los aprendizajes más difíciles de la oración contemplativa:

no necesito que ocurra algo para que Dios esté.

Él ya está. Y quizá nuestra tarea sea solamente consentir su presencia. Permanecer. Otra vez aparece esa palabra que tanto hemos recorrido en Juan:

«Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes» (Jn 15,4).

Tal vez la verdad más profunda no sea algo que finalmente conseguimos comprender. Tal vez sea Alguien en quien aprendemos a permanecer.

Y entonces, poco a poco, las muchas cosas empiezan a reunirse.

  • Las preguntas.
  • Las heridas.
  • La historia.
  • La vocación.
  • El pecado perdonado.
  • El amor recibido.
  • La vida entera.

Todo hacia Uno. Todo en Uno. Todo hacia Él.


Simple oración

Señor Jesús

Verdad que no cabe
en ninguna palabra

he hablado tantas veces de Vos
he leído sobre Vos
he intentado comprenderte

y en este día
sólo quisiera quedarme

delante de Vos.

Enseñame aquello
que solamente puede aprenderse
permaneciendo.

Recogé lo disperso que hay en mí:

mis preguntas
mis recuerdos
mis deseos
mis heridas.

Llevá todo hacia Vos.

Y cuando ya no tenga palabras
no permitas que crea
que la oración terminó.

Quizá recién entonces
empiece.

Vos en mí.

Yo en Vos.

................

................

Y entre los dos
ese silencio
en el que ya no necesito
comprenderlo todo.

Porque estás Vos.

Amén.

03 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO II. CÓMO HA DE SENTIR CADA UNO HUMILDEMENTE DE SÍ MISMO.

 

«Todos los hombres naturalmente desean saber; pero ¿qué aprovecha la ciencia sin el temor de Dios?»

Continuando con este comentario a la obra de Thomás de Kempis, nos encontramos con que el autor ya no nos pregunta qué buscamos afuera. Ahora empieza a entrar en un territorio mucho más delicado: qué imagen tenemos de nosotros mismos.

Y acá hay que caminar despacio, porque la humildad cristiana se ha entendido mal muchas veces. Humildad no es despreciarse. No es pensar «no valgo nada», ni negar los dones que Dios nos dio. Mucho menos consiste en soportar que otros destruyan nuestra dignidad. La humildad cristiana es algo infinitamente más bello: vivir delante de Dios sin necesidad de inventarnos. Ni más grandes. Ni más pequeños. Verdaderos.


«Todos desean saber…»

Kempis vuelve inmediatamente sobre algo que ya había aparecido ayer: el conocimiento.

Y escribe una frase provocadora:

«Ciertamente, un humilde campesino que sirve a Dios es mejor que un filósofo soberbio que, olvidándose de sí mismo, contempla el curso de los cielos.»

No está enfrentando inteligencia y santidad. La Iglesia jamás podría hacerlo: basta pensar en Agustín, Tomás de Aquino, Buenaventura, Teresa de Ávila, Edith Stein…

El problema es otro. Puedo conocer muchas cosas y desconocer precisamente al hombre con quien voy a convivir hasta el último instante de mi vida: yo mismo.

Y esto se vuelve espiritualmente muy serio. Porque puedo estudiar las profundidades de Dios y no reconocer mi propia necesidad de Dios. Puedo conocer la gracia y seguir viviendo como si todo dependiera de mí. Puedo hablar de misericordia y ser despiadado conmigo mismo. Puedo enseñar humildad y necesitar secretamente que los demás reconozcan cuánto sé.

Ahí Kempis pone el dedo sobre una herida muy humana: también podemos utilizar las cosas de Dios para construir nuestro propio yo. Incluso la teología. Incluso la predicación. Incluso la oración.

Y por eso la humildad no es una virtud decorativa de la vida espiritual. Es el suelo sobre el que puede crecer todo lo demás.


Saber quién soy

Hay una frase del capítulo que quisiera que hoy nos acompañara:

«Si te conocieses bien, fácilmente te despreciarías y no te complacerías en las alabanzas de los hombres.»

La palabra «despreciar» nos suena demasiado dura hoy. Y si la interpretáramos como odio hacia uno mismo, sería espiritualmente equivocada. Kempis está hablando desde el lenguaje ascético de su época.

Lo que busca quebrar no es la dignidad personal. Busca quebrar la fascinación por el propio personaje. Ese personaje que lentamente vamos construyendo con lo que los demás piensan de nosotros.

  • Soy importante.
  • Soy necesario.
  • Soy inteligente.
  • Soy bueno.
  • Soy respetado.
  • Soy querido.
  • Soy el que sabe.
  • Soy el que ayuda.
  • Soy el que sostiene a los demás.

Hasta que alguna circunstancia rompe esa imagen.

  • Una crítica.
  • Un fracaso.
  • Una equivocación.
  • Una persona que no nos reconoce.
  • Una tarea que ya no podemos hacer.
  • Una comunidad que puede continuar perfectamente sin mí.

Y entonces duele. A veces muchísimo. ¿Por qué? Porque quizá no solamente perdimos algo. Quizá se resquebrajó la imagen de nosotros mismos en la que habíamos empezado a vivir. La humildad nos libera precisamente de eso.


«Conócete a ti mismo»

Kempis dice algo extraordinariamente fino:

«Esta es la más alta y provechosa lección: conocerse verdaderamente y tenerse en poco.»

Otra vez debemos entender bien ese «tenerse en poco». Para un cristiano existe una afirmación que nunca puede negociarse: soy amado por Dios. Antes de mis méritos. Antes de mis obras. Antes de mis logros. Antes incluso de mi respuesta.

«Nosotros amamos porque Él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

Ahí está el fundamento.

Por eso puedo mirar también mis miserias. Porque mi identidad última no depende de ellas.

Puedo reconocer que soy frágil, que necesito afecto e inclusive que, en ocasiones, soy extremadamente contradictorio. Muchas veces soy temeroso, peco. Pero otras veces soy generoso. Puedo amar profundamente y también puedo herir.

Y debajo de todo esto permanece algo que ninguna de esas cosas produce:

soy criatura amada.

Eso es humildad.

Y hay algo profundamente hermoso acá: cuanto más seguro estoy del amor de Dios, menos necesidad tengo de defender una versión idealizada de mí mismo. Puedo admitir mis límites, porque mi valor ya no está en juego.


Y entonces aparece el otro

El capítulo da después un giro precioso:

«No tengas por grande cosa el saber o entender mucho; sino teme más bien por el conocimiento que te ha sido dado.»

Y más adelante:

«Si vieres a alguno pecar públicamente o cometer alguna culpa grave, no debes por eso estimarte mejor.»

Esto ya es otra profundidad. La humildad verdadera cambia nuestra manera de mirar el pecado ajeno. Porque cuando conozco sinceramente mi propia fragilidad, dejo de mirar desde arriba. No significa llamar bueno a lo malo. El pecado sigue siendo pecado. Pero ante el pecador aparece una conciencia nueva:

yo también necesito misericordia.

Quizá su pecado sea visible y el mío no. Quizá su herida esté expuesta y la mía cuidadosamente escondida. Quizá él cayó allí donde yo nunca fui probado. Por eso el humilde puede acompañar al pecador sin justificar el pecado y sin aplastar al pecador. Y esto es profundamente cristiano. Jesús podía decirle a la mujer sorprendida en adulterio:

«No peques más» (Jn 8,11).

Pero antes había dicho:

«Tampoco yo te condeno».

Verdad y misericordia. Las dos.


Hay una humildad todavía más profunda

Hay un momento de la vida espiritual en que uno empieza a sospechar que incluso querer ser humilde puede convertirse en otra forma de mirarse a sí mismo.

«¿Seré suficientemente humilde?»

«¿Habré avanzado?»

«¿Estaré creciendo espiritualmente?»

Seguimos mirándonos. Sólo que ahora lo hacemos con vocabulario religioso. Y quizá Dios nos vaya llevando hacia algo más sencillo. Dejar de observarnos constantemente. Teresa de Jesús decía que la humildad es «andar en verdad». Me encanta esa expresión. Andar. No quedarse examinándose obsesivamente. Andar en verdad. Dios es Dios. Yo soy criatura. Él me amó primero.

Todo lo bueno que hay en mí es don y cooperación con el don. Mi pecado es verdaderamente mío y debo responder por él. Mi dignidad también es real porque procede de Él. Mis talentos no necesitan ser negados. Mis límites tampoco necesitan esconderse. Entonces puedo descansar. Ya no tengo que demostrar constantemente quién soy.


Para permanecer hoy

Hoy no haría un gran examen de conciencia. Haría algo mucho más pequeño. Cuando aparezca durante el día alguna necesidad de reconocimiento —que agradezcan algo, que valoren una tarea, que comprendan una intención, que reconozcan un esfuerzo—, no intentaría reprimirla.

Simplemente la miraría y diría interiormente:

«Señor, también esto soy yo.»

Nada más. Sin condenarme. Sin justificarme. Y después: «Y así me amás.»

Creo que ahí empieza una humildad mucho más profunda que pensar mal de uno mismo. Porque al final la humildad cristiana no consiste en decir: «No soy nada». Consiste en poder decir serenamente: «No soy Dios.»

Y descubrir, con enorme alivio, que nunca tuve que serlo. Soy criatura. Necesitada. Limitada. Amada. Y quizá sea suficiente para este segundo día quedarme ahí. Delante de Dios. Sin personaje. Sin currículum. Sin títulos. Sin tener que demostrarle nada. Simplemente yo con mi humilde humanidad. 

Y Él.


Simple Oración

Señor Jesús

me cuesta presentarme ante Vos
sin traer conmigo
todo lo que creo ser.

Lo que sé
lo que hice
lo que otros piensan de mí
lo que quisiera que pensaran.

Enseñame la humildad
que no humilla

la verdad
que no destruye

dejame verme
como Vos me ves

sin esconder mi pobreza
y sin negar los dones
que pusiste en mis manos.

Cuando necesite ser reconocido
recordame que Vos me conocés.

Cuando me crea mejor que otro
recordame de dónde me levantaste.

Cuando me desprecie
recordame cuánto me amás.

Y cuando vuelva a construir
una imagen de mí mismo
para sentirme seguro

dejame descansar otra vez
en esta verdad sencilla:

soy tuyo

y eso basta.

Amén.

02 octubre 2026

2 DE OCTUBRE. MEMORIA DE LOS SANTOS ÁNGELES CUSTODIOS.

 «Él dará orden a sus ángeles para que te cuiden en todos tus caminos» (Sal 90 [91], 11)

Hay verdades de la fe cristiana que, de tan familiares, corren el riesgo de volverse pequeñas ante nuestros ojos. La existencia del Ángel Custodio es una de ellas. Tal vez porque aprendimos a invocarlo cuando éramos niños; tal vez porque tantas imágenes piadosas lo representan inclinándose sobre una cuna o cuidando a dos pequeños que atraviesan un puente peligroso, como la que acompaña estas palabras. Son imágenes hermosas, ciertamente, pero detrás de ellas hay algo inmensamente más grande: el misterio de la Providencia de Dios sobre cada vida humana.

La memoria litúrgica que la Iglesia celebra cada 2 de octubre no nació de una ocurrencia tardía. La celebración específica fue desarrollándose lentamente en Occidente. Hubo celebraciones locales ya antes de su incorporación al calendario general; san Pablo V impulsó su celebración en 1608 y, finalmente, Clemente X estableció en 1670 su celebración para toda la Iglesia el 2 de octubre. Mucho más antigua que la fiesta, sin embargo, es la fe que ella celebra. La doctrina del ministerio protector de los ángeles hunde sus raíces en la Sagrada Escritura y aparece muy tempranamente en la tradición cristiana.

Ya san Basilio Magno, muerto en el año 379, enseñaba que junto a cada fiel se encuentra un ángel como protector y pastor que lo ayuda a caminar hacia la Vida que ofrece Cristo. Siglos después, san Bernardo de Claraval se convertiría en uno de los grandes maestros espirituales de esta devoción. La Iglesia no inventó tardíamente a los Ángeles Custodios: fue tomando conciencia, celebrando y expresando litúrgicamente algo que pertenecía desde antiguo a su comprensión de la Providencia divina. Y es precisamente allí, en la Escritura, donde conviene comenzar.

Cuando Israel atraviesa el desierto, Dios le dice:

«Yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te proteja en el camino y te conduzca hasta el lugar que te he preparado» (Ex 23,20).

Es una imagen extraordinaria.

Hay un camino.
Hay alguien que camina.
Hay una meta preparada por Dios.
Y hay una presencia enviada por Él que acompaña ese camino.

El ángel no sustituye a Dios. No ocupa su lugar. No posee una voluntad paralela a la voluntad divina. Es criatura y servidor. Precisamente aquí conviene recordar aquella expresión tan precisa de san Agustín que recoge el Catecismo: “ángel” designa el oficio, no la naturaleza. Si preguntamos qué es, responde Agustín, es espíritu; si preguntamos qué hace, es ángel, es decir, mensajero. Los ángeles son criaturas espirituales, personales, dotadas de inteligencia y voluntad, servidores del designio de Dios.

Por eso toda auténtica devoción a los ángeles conduce hacia Dios y nunca se detiene en ellos. Pero hay un texto de Jesús todavía más conmovedor. En medio de su enseñanza acerca de los pequeños, el Señor pronuncia una frase que la tradición cristiana nunca olvidó:

«Cuídense de despreciar a uno de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial» (Mt 18,10).

Hay algo formidable en estas palabras. El ángel pertenece simultáneamente, podríamos decir, al misterio de la contemplación y de la misión. Custodia al hombre y contempla a Dios. Está vuelto hacia nosotros sin dejar de estar vuelto hacia Él.

Y quizá aquí aparece lo más hermoso de la doctrina del Ángel Custodio: su mirada sobre nosotros nace de su mirada sobre Dios. No nos ama independientemente de Dios. Nos custodia porque pertenece enteramente a Dios. Su ministerio sobre nuestra vida procede de la caridad divina. Por eso el Catecismo puede resumir toda esta tradición diciendo que, desde el comienzo de la vida hasta la muerte, la existencia humana está rodeada por la custodia y la intercesión de los ángeles, y recoge nuevamente la antigua enseñanza de san Basilio: junto al creyente hay un ángel como protector y pastor que lo conduce hacia la vida. Esto permite comprender algo todavía más profundo.

El Ángel Custodio no nos evita la condición humana.

No impide que suframos. No elimina nuestras decisiones. No sustituye nuestra libertad. No vuelve mágicamente inocuo el mundo. La custodia angélica no significa que jamás nos ocurrirá nada doloroso. Si así lo creyéramos, bastaría mirar la vida de los santos —o la propia vida de Cristo— para desmentirlo.

Significa algo mucho más hondo: nuestra vida no está abandonada.

El mismo Jesús estuvo rodeado por el ministerio de los ángeles. Ellos están presentes en torno al misterio de su nacimiento; lo sirven después de las tentaciones; uno de ellos lo conforta en Getsemaní; anuncian su Resurrección y estarán presentes cuando vuelva glorioso. La existencia terrena del Verbo encarnado aparece, desde la Encarnación hasta la Ascensión, misteriosamente acompañada por ellos.

Y esto cambia mucho nuestra manera de pensar la custodia. Porque en Getsemaní el ángel no hace desaparecer el cáliz. Lo acompaña. Fortalece y consuela a Cristo —en la fragilidad de su humanidad asumida— en medio de la Pasión, sin suprimirla.

Hay aquí una luz inmensa para comprender nuestro propio Ángel Custodio. Quizá muchas veces pedimos ser librados de aquello que debemos atravesar. Y Dios puede ciertamente librarnos. Pero otras veces su Providencia obra de otra manera: no quitando el camino, sino dándonos compañía para atravesarlo.

Por eso resulta tan significativa la lectura del Éxodo elegida por la liturgia de esta memoria:

«Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado» (Ex 23,20).

No dice: para que no haya camino.

Dice: para que te cuide en el camino.

Y quizá allí esté escondida una de las palabras más hermosas de esta Memoria: Camino.

La vida cristiana es camino hacia Alguien. El Ángel Custodio conoce esa dirección. No puede obligarnos a recorrerla porque nuestra libertad permanece intacta; pero puede asistirnos, inspirarnos hacia el bien, interceder por nosotros, acompañarnos en el combate espiritual y ayudarnos misteriosamente a permanecer orientados hacia Dios. Por eso tampoco debemos imaginar al Ángel Custodio solamente como una especie de protector contra accidentes. Su misión es incomparablemente mayor.


Nos custodia para la salvación

La Carta a los Hebreos llama a los ángeles «espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación» (Heb 1,14).

Aquí aparece el horizonte verdadero. El ángel conoce nuestra vida desde una perspectiva que nosotros fácilmente perdemos: la eternidad. Nosotros vemos el día. Él sirve al Dios que conoce el camino entero. Nosotros vemos la herida presente. Él contempla el rostro del Padre. Nosotros podemos olvidar hacia dónde vamos. Su ministerio permanece ordenado a ayudarnos a llegar a aquello para lo cual fuimos creados: la comunión eterna con Dios.

Y entonces la memoria de los Ángeles Custodios deja de ser solamente una tierna devoción de infancia y adquiere una hondura extraordinaria. Porque significa que hay una compañía de Dios que nos precede. Antes de que sepamos rezar. Antes de que podamos comprender. Antes incluso de que seamos conscientes de nuestra propia existencia. Y permanece también cuando nos distraemos de Dios, cuando nos alejamos, cuando pecamos, cuando atravesamos noches interiores en las que no sentimos absolutamente nada. El ángel no depende de nuestra sensibilidad. No necesitamos “sentirlo”.

La fe cristiana en los ángeles no pertenece al mundo de las percepciones extraordinarias. No debemos buscar voces, signos, nombres secretos ni experiencias esotéricas. La Iglesia es mucho más sobria y, precisamente por eso, mucho más hermosa: confiesa simplemente que la Providencia de Dios ha querido servirse también del ministerio de estas criaturas espirituales.

Hay algo profundamente consolador en ello. Quizá hemos atravesado momentos de nuestra vida en los que creímos caminar completamente solos. Quizá alguna noche, alguna pérdida, alguna enfermedad, alguna decisión difícil, algún miedo que nadie conoció. Y tal vez la memoria de hoy nos invita a mirar retrospectivamente nuestra propia historia y preguntarnos, sin fantasías pero también sin reducir el misterio:

¿Cuántas veces habré sido acompañado sin saberlo?

No podemos responder. Y quizá no necesitemos hacerlo.

Porque el centro de esta fiesta no es descubrir qué hizo nuestro ángel en cada momento. El centro es descubrir algo acerca de Dios.

Que Dios cuida. Que Dios acompaña. Que Dios conoce nuestros caminos. Que para Él ninguna vida humana es insignificante. Jesús mismo relaciona a los ángeles con los «pequeños» y advierte que ninguno de ellos debe ser despreciado, porque sus ángeles contemplan continuamente el rostro del Padre. 

Entonces aparece una consecuencia bellísima. Si cada persona que encontramos está misteriosamente bajo la mirada de Dios, nadie es solamente aquello que nosotros vemos.

El anciano olvidado.

El niño.

El enfermo.

El pobre.

El que nos resulta difícil.

El que nadie mira.

El que llora sin que nadie lo sepa.

Sobre cada existencia humana se inclina una Providencia que nosotros apenas alcanzamos a entrever. Tal vez por eso esta memoria posee una extraña capacidad para devolvernos el asombro. Hay más realidad alrededor nuestro de la que nuestros ojos pueden percibir. La creación visible no agota la creación.

Cuando celebramos la Eucaristía, la Iglesia sabe que no está sola. Se une al canto de los ángeles para proclamar al Dios tres veces Santo. Cuando acompaña a uno de sus hijos hacia la muerte, todavía se atreve a pedir: que los ángeles lo conduzcan al Paraíso. La presencia angélica atraviesa así toda la existencia cristiana, desde el comienzo de la vida hasta su último tránsito. Y quizá esta noche, cuando termine el 2 de octubre y vuelva el silencio cotidiano, podríamos hacer algo muy sencillo.

No pedir nada. Solamente agradecer. Agradecer a Dios por esa criatura suya que, según su designio, ha querido asociar misteriosamente a nuestro camino.

Pensar por un instante en toda nuestra vida. La infancia. Las personas que amamos. Los caminos que tomamos. Los peligros que conocimos y aquellos que nunca llegamos a conocer. Las decisiones acertadas. También nuestros pecados. Las veces que regresamos. Las noches. Las mañanas. Todo.

Y saber que, por encima de aquello que alcanzamos a comprender, nuestra historia nunca estuvo fuera de la mirada de Dios.

Simple oración

Santo Ángel de Dios,
que contemplás el rostro del Padre
y por su amor acompañás mi camino,
gracias.

Por favor, cuando me distraiga de Dios,
ayudame a volver la mirada hacia Él.

Cuando tenga miedo,
recordame que no camino hacia la nada.

Cuando el pecado oscurezca mi corazón,
ayudame a reconocer nuevamente el camino.

Cuando llegue la hora de atravesar
aquella última puerta que todos atravesaremos,
acompañame también entonces.

Y cuando ya no haya camino,
porque finalmente haya
llegado,
que pueda contemplar junto a vos
el Rostro que vos contemplaste
mientras caminabas conmigo.

Amén.

Santos Ángeles Custodios, rueguen por nosotros.

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO I. DE LA IMITACIÓN DE CRISTO Y DESPRECIO DE TODAS LAS VANIDADES DEL MUNDO.

«Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida» (Jn 8,12).

Tomás de Kempis podría haber iniciado su obra hablando del pecado, de la penitencia, de la renuncia o directamente nombrando el desprecio del mundo. Sin embargo, abre con una palabra de Jesús: «El que me siga...». El cristianismo empieza con Alguien que camina delante nuestro.

Para Kempis, la vida espiritual, entonces, no consiste primeramente en aprender ciertas verdades sobre Cristo. Consiste en adquirir poco a poco la forma de Cristo. Y lo dice con una dureza que puede incomodarnos:

«¿De qué te sirve disputar sabiamente sobre la Trinidad si no eres humilde y, por ello, desagradas a la Trinidad?» 

No está despreciando la teología. Sería absurdo leerlo así. Está diciendo algo bastante más serio: puedo saber cosas verdaderas acerca de Dios y, sin embargo, todavía no haber permitido que esas verdades lleguen hasta el corazón.

Puedo estudiar la Trinidad y no vivir como hijo. Puedo estudiar a Cristo y no parecerme a Cristo. Puedo conocer la gracia y resistirme a ella. Puedo conocer maravillosamente las Escrituras y no dejar que la Palabra me conozca a mí.

Ahí Kempis toca una fibra particularmente delicada para quienes amamos estudiar la fe. El saber teológico es un don enorme. Pero su término último no es saber acerca de Dios. Es Dios mismo.

Y por eso hay una frase de este primer capítulo que vale la pena guardar durante todo el día:

«Preferiría sentir la compunción antes que saber definirla.» 

¡Qué frase!

No dice que definirla sea malo. Dice que conocer el nombre del fuego no equivale a haber sido quemado por él. Uno puede explicar perfectamente qué es la misericordia y todavía no haberse dejado abrazar por ella. Puede escribir sobre la oración y casi no rezar. Puede hablar de humildad mientras secretamente necesita ser reconocido. Puede predicar a Cristo y, sin darse cuenta, comenzar a buscarse a sí mismo en la predicación. Y entonces este primer capítulo deja de ser un texto medieval piadoso y empieza a volverse peligrosamente actual.


«Vanidad de vanidades»

Cuando Kempis habla del «desprecio del mundo», hay que leerlo con cuidado. No significa despreciar la creación. Muchísimo menos despreciar a las personas.

El cristianismo no considera que la materia sea algo malo. El Hijo de Dios se hizo carne. Comió, bebió, tuvo amigos, tocó enfermos, lloró ante la tumba de Lázaro, contempló los lirios, participó de bodas y aceptó que derramaran perfume sobre sus pies.

Por eso el contemptus mundi de la tradición espiritual cristiana no significa odiar el mundo creado. Significa dejar de exigirle a las cosas pasajeras aquello que solamente Dios puede dar.

Ahí está la verdadera «vanidad».

Kempis enumera riquezas, honores, placeres, larga vida, preocupación excesiva por el presente.  El problema no es sencillamente poseer algo. El problema comienza cuando le decimos interiormente: «Salvame.»

  • Salvame, reconocimiento.
  • Salvame, prestigio.
  • Salvame, dinero.
  • Salvame, afecto.
  • Salvame, seguridad.
  • Salvame, aprobación.

Y ninguna criatura puede cargar con semejante peso.

Entonces aparece esa insatisfacción tan humana que Kempis toma del Eclesiastés: el ojo nunca termina de saciarse viendo y el oído nunca termina de llenarse oyendo. 

Siempre un poco más. Una cosa más. Un reconocimiento más. Una explicación más. Una seguridad más. Hasta que alguna vez, por gracia, uno descubre algo bastante doloroso y bastante liberador: quizá mi hambre no era de todas esas cosas. Quizá era hambre de Dios.


Seguir

Quisiera quedarme ahí hoy. Porque Jesús no dijo solamente: «Yo soy la luz».

Dijo: «El que me sigue...»

Seguir supone movimiento. No alcanza con mirar a Cristo desde lejos. Tampoco alcanza con admirarlo. El discípulo tiene que levantarse de donde está y caminar detrás de Él.

Y posiblemente aquí esté una de las intuiciones más profundas de este capítulo: uno empieza a comprender verdaderamente a Cristo cuando empieza a vivir con Él. Hay cosas del Evangelio que el estudio ilumina admirablemente. Pero hay otras que solamente comienzan a abrirse cuando uno las vive. La pobreza se comprende de otra manera cuando algo nos falta. El perdón, cuando tenemos que perdonar. La misericordia, cuando descubrimos que nosotros mismos la necesitamos. Getsemaní, cuando alguna noche Dios parece callar. La cruz, cuando no podemos escapar del sufrimiento. La Resurrección, cuando después de una oscuridad que parecía definitiva vuelve inesperadamente la vida.

Entonces la Palabra deja de estar solamente delante nuestro. Empieza a ocurrir dentro nuestro. Y quizá eso sea imitar a Cristo. No copiar exteriormente sus gestos como quien reproduce un modelo. Es permitir que el Espíritu Santo vaya formando en nosotros los sentimientos de Cristo, hasta poder decir con san Pablo:

«Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20).

Aquí aparece algo maravilloso. Kempis comienza hablando de imitación, pero la vida cristiana, contemplada desde la gracia, termina llevándonos todavía más adentro: no solamente imitar a Cristo, sino vivir en Cristo y dejar que Cristo viva en nosotros. No es únicamente esfuerzo moral. Es gracia. Es comunión. Es transformación.


Para permanecer hoy

Probablemente Kempis estaría incómodo con hacerle decir mucho más a este capítulo. Me quedaría solamente con algo muy puntual. Durante algún momento tranquilo del día, quizás delante del Santísimo, quizás simplemente en silencio, dejaría caer esta pregunta:

Señor, ¿qué cosa pasajera estoy tratando como si fuera eterna?

Y no respondería enseguida. Porque quizá aparezca algo inesperado. Una preocupación. Una necesidad de reconocimiento. Una herida. Una seguridad. Incluso alguna cosa buena a la que nos hemos aferrado demasiado. Y cuando aparezca, tampoco habría que arrancarla violentamente. Bastaría ponerla delante de Él. Porque el desprendimiento cristiano más profundo no consiste en quedarse sin nada. Consiste en descubrir que teniendo a Cristo no estamos vacíos.

Entonces empieza a entenderse el «desprecio de las vanidades» del título. No es mirar el mundo con amargura. Es haber encontrado algo —mejor dicho, a Alguien— frente a quien las demás cosas recuperan finalmente su tamaño verdadero.

Y tal vez por eso la Imitación comienza con la luz.

No se abandona la oscuridad quedándose obsesionado con ella. Se sale de ella siguiendo a Cristo.


Simple oración

Señor Jesús,

hay tantas cosas
que todavía confundo contigo.

Busco descanso donde todo pasa
seguridad donde todo tiembla
plenitud donde nada puede llenarme del todo

y vos seguís pasando
silenciosamente
delante de mí

diciéndome solamente                        

seguime.

Dame la gracia

no sólo de saber quién sos
sino de conocerte siguiéndote.

Que tu Evangelio descienda
de mi pensamiento a mi corazón
y de mi corazón a mi vida.

Quitá de mí lo que me impide caminar
pero no me quites nunca
el deseo de buscarte.

Y cuando vuelva a enamorarme
de aquello que pasa

recordame suavemente
que mi corazón fue hecho
para permanecer en Vos.

Amén.

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO VII. CÓMO SE HA DE HUIR DE LA VANA ESPERANZA Y LA SOBERBIA.

 «Vano es quien pone su esperanza en los hombres o en las criaturas.» H ay una continuidad muy hermosa entre el capítulo de ayer y este. Aye...