12 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XI. DE CÓMO SE DEBE ADQUIRIR LA PAZ Y DEL CELO POR APROVECHAR.

 «Mucha paz podríamos tener si no quisiéramos ocuparnos de los dichos y hechos ajenos y de las cosas que no están a nuestro cargo.»

Este capítulo comienza hablando de la paz, pero enseguida descubrimos que Tomás de Kempis entiende la paz de una manera exigente. 

La paz que busca nace de un corazón que ha comenzado a ordenarse.

Por eso la primera mirada de Kempis se dirige hacia una tendencia profundamente humana: vivir demasiado pendientes de aquello que sucede fuera de nosotros. Hay una curiosidad que parece inocente y que, poco a poco, puede ocupar el espacio interior que necesitamos para vivir delante de Dios.

Nos interesa lo que ocurrió. Queremos saber. Y una vez que sabemos, aquello que conocimos comienza a vivir dentro de nosotros. Kempis ha comprendido que el corazón tiene una capacidad limitada de atención. Aquello a lo que prestamos continuamente nuestra atención termina habitándonos. Por eso su pregunta acerca de la paz termina siendo una pregunta acerca de dónde tenemos puesto el corazón.



La paz tiene una fuerza interior

Hay una frase de este capítulo que merece ser leída lentamente:

«¿Cómo puede permanecer mucho tiempo en paz quien se entromete en cuidados ajenos, busca ocasiones exteriores y poco o raramente se recoge dentro de sí?»

Aquí aparece otra vez una palabra que ya encontramos en capítulos anteriores: recogerse. Tiene una belleza especial. Recogerse significa volver a reunir lo que estaba disperso. Durante el día nuestra atención sale continuamente hacia las cosas. Eso pertenece a la vida y también al amor. Vivimos abiertos al mundo y a los demás. Pero puede llegar un momento en que ya no sabemos regresar. Entonces seguimos viviendo hacia afuera aun cuando estamos solos. Kempis percibe que la paz necesita ese regreso. Hay que volver alguna vez al propio corazón. Y allí ocurre algo sorprendente: cuando  entramos verdaderamente dentro de nosotros mismos, no encontramos solamente nuestro yo. Encontramos una Presencia. San Agustín lo expresó de una manera incomparable cuando, después de relatar su larga búsqueda, pudo decirle a Dios:

«Vos estabas dentro de mí, y yo fuera.»

La tragedia espiritual que describe Agustín resulta extraordinariamente cercana. Dios estaba allí. El problema era que él mismo vivía lejos de ese lugar interior. Kempis parece conducirnos hacia la misma experiencia. Tal vez una parte importante de nuestra inquietud nazca de vivir demasiado tiempo fuera de nosotros.


La paz que Jesús da

Cuando el Evangelio de Juan habla de la paz, pone en labios de Jesús unas palabras extraordinarias:

«Les dejo la paz, les doy mi paz» (Jn 14,27).

Hay algo profundamente personal en esta frase. Jesús dice «mi paz». 

La paz cristiana tiene entonces una forma concreta: es la paz de Cristo comunicada al discípulo. Y Jesús pronuncia estas palabras durante la Última Cena. Esto cambia todo. La cruz está cerca. Judas ya ha entrado en la noche. Los discípulos todavía no comprenden lo que está ocurriendo. Jesús sabe que llegará la dispersión. Y precisamente allí habla de paz. Por eso la paz de la que habla Cristo posee una profundidad que las circunstancias exteriores no pueden explicar. Procede de su comunión con el Padre. Jesús vive dentro de una relación que permanece incluso cuando alrededor todo comienza a quebrarse. Aquí podemos volver a nuestro tema de Juan: μένειν, permanecer. La paz tiene mucho que ver con la permanencia. Quien permanece en Cristo empieza a descubrir un centro que las circunstancias pueden sacudir profundamente sin conseguir destruirlo.

«Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes» (Jn 15,4).

Quizá podamos leer desde aquí todo este capítulo de Kempis. La paz comienza a aparecer cuando el corazón encuentra dónde permanecer.


Lo que ocurre cuando miramos demasiado a los demás

Kempis conoce una fuente muy concreta de inquietud: ocuparnos interiormente de la vida ajena. No hace falta que exista mala intención. Podemos empezar simplemente prestando atención. Después aparece un juicio. Y cuando queremos darnos cuenta estamos llevando dentro una situación que, en realidad, no nos correspondía cargar. Esto produce un extraño cansancio espiritual. El corazón termina ocupado por personas ausentes. Y mientras tanto podemos dejar sin mirar aquello que Dios está haciendo en nosotros. Hay una frase de Jesús resucitado a Pedro que ilumina maravillosamente esta cuestión. Después de anunciarle el camino que le espera, Pedro mira al discípulo amado y pregunta:

«Señor, ¿y qué será de éste?» (Jn 21,21).

La respuesta de Jesús es sorprendentemente directa:

«¿Qué te importa? Vos seguime» (Jn 21,22).

Hay algo profundamente liberador en esas palabras. Vos seguime. Pedro acaba de recibir su propio camino y enseguida mira el camino del otro. Jesús vuelve a traerlo hacia su vocación. Ese movimiento puede repetirse también en nosotros. Miramos alrededor y empezamos a preguntarnos por qué el otro tiene determinada historia, por qué Dios parece conducirlo de cierta manera o por qué su camino resulta diferente del nuestro. Entonces Cristo vuelve a decir:

«Vos seguime.»

Hay una paz enorme escondida en aceptar que no necesitamos comprender el camino que Dios está haciendo con todos para poder recorrer fielmente el nuestro.


El celo por aprovechar

El título del capítulo une la paz con algo que podría parecernos inesperado: el deseo de progresar espiritualmente. Kempis no entiende la paz como quietud inmóvil. Hay una paz que crece precisamente porque el corazón está caminando hacia Dios. Por eso habla con fuerza contra la tibieza. La vida espiritual puede acostumbrarse a sí misma. Podemos rezar y seguir haciéndolo durante años mientras lentamente dejamos de esperar que algo profundo ocurra entre Dios y nosotros. Entonces Kempis nos despierta. La conversión permanece abierta. Siempre existe una profundidad mayor de comunión con Cristo. Esto no significa vivir examinándonos ansiosamente para comprobar cuánto hemos avanzado. Una espiritualidad así terminaría girando alrededor de nosotros mismos. El crecimiento cristiano tiene otra medida. San Pablo lo expresa maravillosamente:

«Olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta» (Flp 3,13-14).

Pablo ha encontrado a Cristo y precisamente por haberlo encontrado continúa corriendo hacia Él. Ésa es una de las paradojas más hermosas de la vida espiritual. Cristo ya está presente y todavía lo buscamos. Ya hemos sido alcanzados y continuamos caminando. Ya habitamos en Él y todavía necesitamos aprender a permanecer.


La raíz de nuestras inquietudes

Kempis llega en este capítulo a una afirmación muy penetrante: si estuviéramos enteramente muertos a ciertos desórdenes interiores, podríamos gustar más profundamente las cosas divinas. Su lenguaje ascético es fuerte, pero detrás de él hay una intuición muy fina. A veces creemos que nuestra falta de paz proviene enteramente de lo que sucede. Con el tiempo descubrimos que una misma realidad puede ser vivida de maneras muy diferentes según el lugar interior desde el cual la recibimos. Esto explica por qué la paz cristiana requiere conversión. El Espíritu Santo trabaja en las profundidades de nuestra libertad hasta que aquello que antes nos dominaba comienza a perder poder sobre nosotros. Y entonces ocurre algo que sólo puede comprenderse después de haberlo experimentado: la circunstancia quizá siga allí, pero nosotros ya no estamos exactamente en el mismo lugar interior. Ha aparecido espacio. Podemos respirar. La paz empieza a crecer. No porque todo se haya resuelto. Dios ha comenzado a ordenar algo dentro.


La batalla interior

Kempis habla también del combate contra aquello que impide nuestro crecimiento. Aquí toca una dimensión esencial de la tradición cristiana. La paz espiritual no nace de evitar toda lucha. Hay una lucha necesaria. Los antiguos Padres del desierto lo sabían muy bien. El corazón necesita aprender a reconocer los movimientos que lo atraviesan para poder orientarse nuevamente hacia Dios. La verdadera batalla espiritual ocurre muchas veces en un lugar que nadie ve. Por fuera quizá no sucede nada extraordinario. Por dentro una persona está aprendiendo a entregar aquello que durante años gobernó su corazón. Y esa lucha puede ser profundamente santa. Porque cada vez que elegimos volver hacia Dios algo se reordena. Tal vez muy lentamente. La Gracia suele trabajar así. No siempre transforma nuestra vida mediante acontecimientos espectaculares. A veces realiza su obra a través de pequeñas fidelidades repetidas durante mucho tiempo. Un día miramos hacia atrás y descubrimos que aquello que antes nos dominaba ya no tiene la misma fuerza.

Algo ha sido sanado. Quizá ni siquiera sepamos exactamente cuándo ocurrió.


La paz como fruto

Esto permite comprender mejor la paz que busca Kempis. San Pablo habla del «fruto del Espíritu» y allí aparece la paz (cf. Gál 5,22). La palabra fruto resulta especialmente hermosa. Un fruto necesita tiempo. Crece desde dentro. No podemos tirar de una rama para obligarla a fructificar. La vida espiritual posee algo de esa paciencia. Podemos preparar el corazón y colaborar con la Gracia, pero finalmente el fruto pertenece a una vida que Dios hace crecer dentro de nosotros. Quizá por eso algunas personas, después de atravesar largos caminos con Dios, adquieren una serenidad difícil de explicar.

Han sufrido. Siguen siendo vulnerables. Sin embargo, algo en ellas permanece. Uno siente que su paz viene de más lejos. Tal vez venga de haber aprendido, durante años, dónde apoyar el corazón.


Para permanecer hoy

Hoy podría quedarme con aquellas palabras de Jesús a Pedro:

«Vos seguime» (Jn 21,22).

Me conviene escucharlas como dirigidas personalmente a mí.

Vos seguime.

Tal vez mi atención esté demasiado ocupada por algo que pertenece al camino de otro. Cristo puede estar llamándome suavemente de regreso. No necesito resolver la vida ajena para seguirlo. Hay un camino que pasa exactamente por el lugar donde estoy.

Quizá hoy la paz consista en volver allí. Puedo entrar un momento dentro de mí mismo y preguntarme delante del Señor:

«¿Dónde está hoy mi corazón?»

Después, tal vez, me convenga dejar que la pregunta permanezca. Sin buscar inmediatamente una explicación. Puede ocurrir que descubra cuánto de mí está viviendo fuera, ocupado en algo sobre lo que apenas tengo poder. Entonces lo mejor es que vuelva. Muy despacio. Cristo está en el centro. Y desde allí me vuelve a decir:

«Permanezcan en mí» (Jn 15,4).

«Permanecé en mí»

 Quizá éste sea el secreto más profundo de la paz. Permanecer. Cuando mi mente vuelva a dispersarse, puedo regresar. Cuando el corazón vuelva a salírseme detrás de aquello que no puede controlar, puedo regresar. 

Cada regreso es ya oración.

Y con el tiempo quizá comprenda que la paz nunca estuvo tan lejos como imaginaba. Dios estaba dentro. 

Esperándome.


Simple oración

Señor Jesús, 

tantas veces mi corazón se aleja de su centro 

y después no sabe encontrar 

el camino de regreso.


Vos conocés mi inquietud 

y sabés dónde nace.


Llamame nuevamente hacia Vos.


Cuando mi mirada se pierda 

en caminos que no me pertenecen, 

haceme escuchar tu voz diciéndome: 


«Vos seguime».


Quiero aprender a permanecer.

Que tu presencia vaya ordenando 

lentamente 

mi interior 

hasta que la paz pueda crecer 

como fruto de tu Espíritu.


Y cuando vuelva a dispersarme, 

recibime otra vez.


Quedate en mí, Señor.


Y enseñame a quedarme en Vos.


Amén.

11 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO X. DE CÓMO SE HA DE CERCENAR LA DEMASÍA DE LAS PALABRAS.

«Evita cuanto puedas el tumulto de los hombres, porque tratar de las cosas del mundo estorba mucho, aunque se haga con sencilla intención.»

Tomás de Kempis llega ahora a un territorio especialmente delicado: la palabra y el silencio.

El capítulo es breve, pero toca algo profundo. La palabra humana puede crear comunión y convertirse en vehículo de la verdad. Puede consolar a quien sufre y permitir que un corazón llegue hasta otro. Dios mismo quiso que su revelación alcanzara al hombre mediante la palabra, hasta el punto culminante en que la Palabra eterna entró personalmente en nuestra historia:

«Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

Por eso Kempis no sospecha de la palabra en cuanto tal. Lo que le preocupa es aquello que sucede cuando hablar deja de brotar de un corazón recogido y comienza a dispersarlo. Su pregunta podría formularse así:

¿Qué producen en mí mis propias palabras?

Porque también nuestras palabras nos transforman.


Cuando el corazón se derrama hacia afuera

Kempis habla del «tumulto de los hombres». Su expresión pertenece al lenguaje espiritual de su época y refleja su propia vocación de recogimiento. Sin embargo, el tumulto del que habla puede existir incluso en una habitación silenciosa. Basta recordar una conversación para que vuelva a empezar dentro de nosotros. La mente reconstruye lo dicho, modifica una respuesta, imagina qué habrá pensado la otra persona. Cuando finalmente intentamos rezar, descubrimos que aquella conversación todavía continúa. La boca ya está callada. El diálogo sigue adentro. Kempis percibe que existe una relación muy profunda entre la palabra exterior y el recogimiento interior. Cuanto más indiscriminadamente entregamos nuestras palabras, más difícil puede resultar volver después hacia ese centro donde el corazón escucha. De ahí nace su severidad. Quiere custodiar algo. Quiere custodiar el lugar interior donde Dios puede ser escuchado.


«Muchas veces quisiera haber callado»

Hay una experiencia que probablemente todos conocemos. Después de una conversación aparece una pequeña incomodidad interior y pensamos:

«Esto podría no haberlo dicho.»

Quizá aquello que dijimos fuera verdadero. Sin embargo, algo nos dice que la verdad de una afirmación no resuelve por sí sola la cuestión de si convenía pronunciarla. La tradición cristiana siempre ha tenido una conciencia muy aguda de esto. El libro de los Proverbios dice:

«En las muchas palabras no faltará pecado; el que refrena sus labios es prudente» (Prov 10,19).

Y Santiago utiliza aquella imagen impresionante de la lengua como un pequeño fuego capaz de incendiar un bosque (cf. Sant 3,5).

La imagen resulta fuerte porque muestra la desproporción que puede existir entre una palabra y sus consecuencias. Decimos algo en unos segundos. Después ya no podemos recogerlo. La palabra ha entrado en otro corazón. Tal vez por eso Kempis mira el silencio como una forma de prudencia. Hay  palabras que necesitan atravesar primero una cierta distancia interior antes de ser pronunciadas. Ese pequeño intervalo puede salvar mucho.


El silencio revela

Existe además otra razón por la que el silencio puede resultarnos difícil. Cuando disminuye el ruido exterior comenzamos a encontrarnos con aquello que llevamos dentro. Por eso el silencio verdadero no siempre produce inmediatamente paz. A veces ocurre exactamente lo contrario. Durante un tiempo sentimos con mayor intensidad lo que estaba oculto bajo nuestra actividad cotidiana. El corazón empieza a hacerse audible. Y ahí comienza una experiencia espiritual muy importante. Porque Dios puede encontrarnos precisamente en ese lugar. El profeta Elías experimentó algo semejante en el Horeb. Esperaba quizá reconocer el paso de Dios en manifestaciones imponentes. Finalmente lo percibió en aquella misteriosa «voz de silencio tenue» de la que habla 1 Re 19,12.

La expresión hebrea קּוֹל דְּמָמָה דַקָּה (qôl demamá daqqá = «el sonido de un silencio sutil»), en realidad  posee una belleza difícil de traducir. Sugiere una voz que llega desde una quietud extrema. Elías tuvo que entrar en el silencio para reconocerla. 

Quizá nosotros también.


Jesús sabía retirarse

Los Evangelios contienen una característica de Jesús que fácilmente pasa inadvertida. Después del encuentro con la gente, Jesús se retira. Lucas lo expresa de manera muy sencilla:

«Él se retiraba a lugares desiertos para orar» (Lc 5,16).

El tiempo verbal imperfecto utilizado por Lucas, ὑποχωρῶν (hypojōrōn, hipojorón) sugiere una acción habitual. No describe solamente una retirada excepcional. Nos deja entrever un ritmo de la vida de Jesús.

Había un movimiento hacia los hombres y un regreso hacia la intimidad con el Padre. Esto resulta profundamente iluminador. Jesús no se pierde en la multitud. Su entrega a los demás nace continuamente de un centro. Y ese centro es el Padre. Por eso su palabra posee una densidad extraordinaria. Cuando Jesús habla, sus palabras parecen venir de una profundidad anterior al momento en que son pronunciadas.

Hay silencio detrás de ellas.


El Verbo que calla

Quizá uno de los misterios más conmovedores del Evangelio sea contemplar el silencio de Jesús durante la Pasión. Marcos relata que, ante Pilato, llegó un momento en que Jesús dejó de responder:

«Jesús no respondió nada más, de modo que Pilato quedó admirado» (Mc 15,5).

El silencio de Cristo desconcierta. Aquel que es la Palabra eterna conoce también el momento de callar. Y esto nos permite comprender que el silencio cristiano posee una profundidad singular. Puede convertirse en una forma de presencia. Hay silencios que abandonan al otro. El silencio de Cristo ante Pilato pertenece a otra realidad. Jesús permanece enteramente presente incluso cuando ya no responde. Su silencio está habitado. Tal vez ésa sea una de las grandes diferencias entre simplemente no hablar y aprender verdaderamente a callar. El silencio espiritual está lleno de presencia.


«María guardaba...»

Hay otra figura evangélica que ilumina maravillosamente este capítulo.

San Lucas dice de María:

«María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19).

El verbo griego συντηρέω (syntēréō, syntereo) expresa una conservación cuidadosa. María recibe acontecimientos cuyo significado todavía no se ha desplegado enteramente y permite que permanezcan dentro de ella. Esto es extraordinariamente importante.

Nuestra época nos acostumbra a reaccionar rápidamente ante lo que ocurre. Sentimos que necesitamos formar una opinión casi inmediatamente. María introduce otro tiempo. El tiempo de la gestación interior. Hay experiencias cuyo significado solamente aparece cuando han permanecido durante un tiempo en el corazón. Quizá por eso María puede enseñarnos una forma muy profunda de silencio. Ella deja que la realidad madure delante de Dios. El silencio se convierte entonces en una matriz donde el sentido puede nacer.


La palabra que ha pasado por el silencio

Aquí comienza a aparecer el verdadero horizonte de Kempis. Cuando aprendemos a guardar silencio, nuestra palabra puede adquirir otra calidad. Ya no necesita surgir inmediatamente como reacción.

Puede esperar.

Durante esa espera algo ocurre dentro de nosotros. La emoción inicial se aquieta y empezamos a ver mejor aquello que realmente queríamos decir. Entonces la palabra puede nacer desde un lugar más verdadero. Esto tiene una enorme importancia espiritual. Jesús dice:

«De la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34).

La palabra revela el corazón porque procede de él. Por eso cuidar nuestra manera de hablar termina llevándonos hacia una pregunta mucho más profunda:

¿qué está llenando mi corazón?

Kempis comienza hablando de conversaciones y termina llevándonos hacia nuestra interioridad. Ese movimiento es muy propio de la Imitación de Cristo. Lo exterior acaba revelando lo interior.


El silencio y la oración

También nuestra oración puede atravesar esta experiencia. Al comienzo necesitamos palabras. Jesús mismo nos enseñó palabras para rezar. La Iglesia pone palabras en nuestros labios continuamente. Los Salmos nos permiten orar cuando nuestra propia voz no sabe cómo hacerlo. Pero la relación con Dios puede conducir alguna vez hacia un lugar donde las palabras empiezan a disminuir. No porque hayamos dejado de tener algo que decir. Sucede que la presencia empieza a ser suficiente. San Agustín intuía algo de esto cuando hablaba del deseo como una oración profunda que continúa incluso cuando la boca está en silencio. El corazón puede permanecer vuelto hacia Dios sin necesidad de producir constantemente palabras. Aquí el silencio comienza a acercarse a la contemplación. Estamos delante de Él. Y permanecemos. Quizá durante mucho tiempo no ocurra nada que podamos identificar como una  experiencia espiritual extraordinaria. Sin embargo, la relación está ocurriendo. Dios está presente. Y  nosotros también. A veces eso basta.


Para permanecer hoy

Quizá hoy pueda entrar durante unos minutos en un silencio deliberado. Sin exigirle ningún resultado. Cuando aparezca el movimiento interior que quiere llenar inmediatamente ese espacio, podré reconocerlo con suavidad y volver simplemente a estar delante de Dios.

Entonces podría recordar las palabras del joven Samuel:

«Habla, Señor, porque tu servidor escucha» (1 Sam 3,9).

Después dejaré que incluso esa frase se aquiete. No sabré qué hará Dios con ese silencio. Tampoco necesito saberlo. El silencio puede convertirse lentamente en disponibilidad.

Y durante el día quizá aparezca alguna ocasión en la que una palabra esté a punto de salir de mí. En ese instante podría permitirle permanecer un segundo más dentro.

Ese segundo puede convertirse en un pequeño lugar de discernimiento. Tal vez después pronuncie exactamente aquello que íba a decir.

Pero ya habrá ocurrido algo.

La palabra habrá pasado por mi corazón. Y quizá, poco a poco, empeciece a descubrir que hablar menos no empobrece necesariamente mi relación con los demás. Puede hacer que mi palabra llegue más limpia.

Tomás de Kempis parece invitarme hoy a recuperar ese espacio interior donde la palabra todavía no ha nacido.

Allí está el silencio. Y dentro de ese silencio puede estar Dios. Quizá la gracia de este día consista simplemente en descubrir que no tengo que llenar todos los espacios. Que puedo permanecer. 


Y escuchar.


Simple oración

Señor Jesús, Palabra eterna del Padre, 

llevame hacia el silencio del que nace tu voz.


Conocés el ruido que tantas veces 

continúa dentro de mí 

aun cuando todo alrededor 

parece haberse aquietado.


Entrá también allí.


Enseñame a guardar una palabra 

hasta que pueda nacer 

desde un corazón en paz.


Que mi silencio tenga tu presencia.


Que cuando hable 

pueda hacerlo desde ese lugar interior 

donde antes te haya escuchado.


Y cuando ya no encuentre palabras 

para rezar, 

dejame simplemente 

permanecer delante de Vos.


Vos estás.

Yo estoy con Vos.


Que eso me alcance.


Amén.

10 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO IX. DE LA OBEDIENCIA Y LA SUJECIÓN.

 «Gran cosa es vivir en obediencia, estar bajo un superior y no disponer de sí mismo.»

Continuando con esta apasionante lectura del Kempis, nos encontramos esta vez con un capítulo que exige una lectura más lenta de lo habitual. Algunas de sus expresiones pertenecen claramente al mundo religioso en el que vivió Tomás de Kempis y pueden sonar duras a nuestros oídos. Sin embargo, debajo de ese lenguaje aparece una pregunta que atraviesa toda vida cristiana: ¿qué sucede con mi libertad cuando la voluntad de otro se cruza con la mía?

Mientras las cosas suceden aproximadamente como queremos, resulta difícil descubrir hasta qué punto estamos apegados a nuestro propio parecer. La contradicción revela mucho. Basta que una decisión tome otro rumbo para que aparezca dentro de nosotros una resistencia que quizá desconocíamos.

Kempis entra precisamente allí.

La obediencia de la que habla tiene una dimensión exterior, propia de la vida comunitaria y religiosa, pero su raíz espiritual es mucho más profunda. Está relacionada con nuestra capacidad de entregar la propia voluntad sin perder por ello nuestra condición de personas libres.

Aquí aparece una paradoja profundamente cristiana: la voluntad alcanza una forma muy alta de libertad cuando es capaz de entregarse por amor.


La dificultad de ceder

Kempis sabe que solemos sentirnos más cómodos con quienes comparten nuestro pensamiento. La coincidencia produce una sensación agradable de seguridad. El problema comienza cuando identificamos demasiado fácilmente nuestra mirada con la realidad misma.

Por eso escribe:

«¿Quién es tan sabio que pueda conocer perfectamente todas las cosas?»

Esta pregunta podría acompañarnos durante mucho tiempo.

Hay una humildad intelectual que nace cuando aceptamos sinceramente que nuestra mirada siempre tiene un límite. Incluso después de haber pensado seriamente una cuestión, todavía puede existir una dimensión que no hemos percibido. Reconocerlo no debilita la inteligencia. La vuelve más verdadera. Algo cambia interiormente cuando dejamos abierta esa posibilidad. La palabra del otro puede entonces alcanzarnos porque ya no la recibimos únicamente desde la necesidad de defender nuestra posición.

Y esto toca directamente la obediencia.

Obedecer implica alguna vez permitir que una decisión que no nació de nosotros entre realmente en nuestra vida. El problema espiritual comienza cuando nuestra paz depende de que prevalezca nuestro parecer. Entonces la voluntad propia empieza a ocupar demasiado espacio.


Cristo y la voluntad del Padre

Para comprender cristianamente la obediencia necesitamos mirar a Jesús.

San Pablo escribe:

«Se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8).

La obediencia de Cristo pertenece al misterio de su relación filial con el Padre. En el Evangelio de Juan aparece una expresión extraordinaria:

«Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34).


«Mi alimento»

La imagen merece ser contemplada con detenimiento.

El alimento sostiene la vida desde dentro. Cuando Jesús habla de este modo, nos permite vislumbrar hasta qué profundidad su existencia humana está orientada hacia el Padre. La voluntad del Padre atraviesa su vida porque Jesús vive como Hijo. Por eso la obediencia cristiana encuentra su sentido más profundo en la filiación. Solamente puede comprenderse plenamente desde una relación en la que existe confianza. Y esta relación alcanza una hondura estremecedora en Getsemaní:

«Padre, si querés, alejá de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

Jesús dice «mi voluntad».

Conviene detenerse aquí. La humanidad de Cristo es verdadera. Ante la proximidad de la Pasión aparece un querer humano que experimenta el peso de aquello que se acerca. Jesús lleva ese querer delante del Padre. La obediencia acontece dentro de esa relación. Por eso Getsemaní impide imaginar la obediencia cristiana como una desaparición de la voluntad personal. Cristo entrega al Padre una voluntad humana que permanece plenamente humana. La Gracia tampoco destruye nuestra voluntad. La sana hasta hacerla capaz de entregarse.


Cuando obedecer cuesta

Quizá aquí el capítulo de Kempis se vuelva especialmente cercano. Podemos aceptar exteriormente una decisión y descubrir que interiormente seguimos luchando con ella. Algo dentro continúa volviendo sobre lo sucedido. Eso también puede entrar en la oración. No necesitamos fingir delante de Dios una conformidad que todavía no existe. Hay momentos en que una oración profundamente sincera consiste simplemente en decir: 

«Señor, esto me cuesta.»

Getsemaní nos permite hablar así. Jesús no ocultó al Padre la angustia de su humanidad. La llevó hacia Él. Quizá nosotros también tengamos que aprender esa forma de oración. La obediencia puede necesitar tiempo para descender desde una aceptación exterior hasta una verdadera entrega interior.

Y Dios sabe esperar ese proceso.

Hay consentimientos que maduran lentamente. En algún momento, aquello que inicialmente aceptamos con dificultad puede convertirse en una entrega más profunda:

«Padre, lo pongo en tus manos.»

Cuando eso ocurre, algo dentro nuestro se vuelve más libre.


La obediencia y la conciencia

La tradición católica permite comprender aquí algo decisivo. La obediencia humana nunca convierte a una autoridad creada en absoluto. Dios continúa siendo el término último de la conciencia. Por eso la verdadera obediencia requiere una persona interiormente despierta. La conciencia necesita formarse en la verdad y permanecer abierta a Dios. Desde allí puede comprenderse la dignidad de una obediencia auténticamente cristiana. Quien obedece sigue siendo responsable de su acto. Precisamente por eso puede ofrecerlo. La entrega posee valor espiritual porque hay libertad en ella.

Aquí aparece algo que Kempis conoce muy bien: a veces creemos que ser libres consiste en conseguir que se haga nuestra voluntad. Sin embargo, cuando nuestra paz depende permanentemente de ello, empezamos a quedar prisioneros de nuestro propio querer.

La contradicción se vuelve entonces insoportable.

En cambio, cuando el corazón aprende a ceder allí donde puede hacerlo rectamente, descubre un espacio interior que antes desconocía. La libertad comienza a respirar de otra manera.


Cuando la paz parece estar en otra parte

Kempis advierte también acerca de una ilusión muy humana: imaginar que encontraríamos finalmente la paz si nuestras circunstancias fueran diferentes. Existe siempre la tentación de pensar que el problema está enteramente fuera de nosotros. Pero cambiamos de lugar y llevamos con nosotros el mismo corazón. Entonces ciertas dificultades pueden reaparecer bajo formas nuevas. Esto requiere discernimiento. Hay situaciones que deben cambiar porque permanecer en ellas sería imprudente o injusto. Kempis dirige la mirada hacia algo más interior: ningún cambio exterior puede realizar por sí solo la conversión que necesita nuestro corazón. A veces Dios permite que una dificultad permanezca porque dentro de ella está ocurriendo algo que todavía no comprendemos.

Quizá estamos aprendiendo a soltar. Y soltar puede ser una experiencia profundamente pascual. Algo de nuestra pretensión de controlar la realidad empieza a morir. Entonces comenzamos a descubrir que la vida no se derrumba cuando nuestra voluntad deja de ocupar el centro.

Dios sigue allí.


La obediencia como confianza

Tal vez éste sea el lugar hacia el cual Kempis quiere conducirnos. La obediencia cristiana madura cuando empieza a convertirse en confianza. Entonces la pregunta ya no queda encerrada en aquello que debemos hacer. Empieza a abrirse hacia Aquel en cuyas manos estamos. Jesús puede decir que la voluntad del Padre es su alimento porque conoce al Padre. Aquí está el secreto.

La obediencia se vuelve verdaderamente cristiana cuando detrás de la voluntad de Dios reconocemos su rostro. Un hijo puede entregarse porque sabe a quién se entrega. Por eso la fe ocupa un lugar tan profundo en la obediencia. A veces no entenderemos. Y precisamente entonces puede comenzar una forma muy pura de confianza. No sabemos todavía qué está haciendo Dios. Pero sabemos quién es Dios. Quizá haya una diferencia inmensa entre ambas cosas.


Para permanecer hoy

Hoy puedo llevar a la oración alguna situación en la que mi voluntad haya encontrado resistencia. No hace falta analizarla demasiado. Me bastará ponerla delante del Señor.

Quizá todavía exista dentro mío una frase que quisiera decir, una explicación pendiente o una dificultad que me sigue doliendo.

Dejaré que esté ahí. Y después miraré a Jesús en Getsemaní.

«Padre, si querés, alejá de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.»

No necesito repetir inmediatamente la segunda parte. Puedo permanecer primero junto a ese Jesús que le habla al Padre desde su angustia. Hay algo profundamente consolador en saber que el Hijo conoció desde dentro el peso de entregar la propia voluntad.

Después, quizá lentamente, pueda decir:

«Señor, enseñame a confiar.»

Y quedarme ahí. Tal vez la obediencia empiece hoy solamente en ese punto. Sin entender todavía. Sin sentir todavía una paz completa. Pero permaneciendo. Porque quizá la transformación más profunda ocurra cuando deje de preguntarme obsesivamente por qué Dios permite determinado camino y entonces empiece a descubrir que puedo atravesarlo con Él. Entonces aquellas palabras de Jesús tal vez  adquieran una profundidad nueva:

«Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envió» (Jn 4,34).

Guardaré esa frase durante el día. «Mi alimento…»

Quizá todavía esté muy lejos de poder decirla como Jesús. Pero puedo desearla. Y ese deseo ya abre un espacio para la Gracia. Porque llegará alguna vez el momento en que mire hacia atrás y descubra que Dios estaba trabajando precisamente en aquello que tanto me costaba entregar.

No habré perdido mi voluntad. La encontraré transformada. Más libre. Más filial. Capaz de descansar en las manos del Padre.


Simple oración

Señor Jesús, 

Vos conocés mi corazón 

y sabés cuánto me cuesta 

entregar aquello que siento 

como propio.


Llevame con Vos a Getsemaní 

y dejame permanecer cerca 

mientras hablás con el Padre.


Cuando no comprenda el camino, 

enseñame a confiar.


Que mi voluntad 

pueda abrirse lentamente a la tuya 

y que, dentro de esa entrega, 

descubra una libertad más profunda.


Padre, todavía hay cosas 

que me cuesta poner en tus manos.


Recibilas también así.


Quedate conmigo 

mientras aprendo a entregártelas.


Y hacé que algún día 

pueda descubrir, con Jesús, 

que tu voluntad 

también puede convertirse en mi alimento.


Amén.

09 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO VIII. CÓMO SE HA DE EVITAR LA MUCHA FAMILIARIDAD.

 «No descubras tu corazón a cualquiera; trata tus asuntos con el sabio y temeroso de Dios.»

El capítulo VIII puede producir cierta extrañeza cuando uno lo lee por primera vez. Después de hablarnos de humildad, de Escritura, de deseos y de esperanza, Kempis entra de pronto en nuestras relaciones personales y recomienda cierta reserva. Incluso utiliza palabras que, leídas desde nuestra sensibilidad actual, podrían parecer demasiado severas. Sin embargo, detrás de ellas hay una intuición espiritual muy delicada. Kempis está preguntándose qué ocurre con nuestro corazón cuando buscamos continuamente intimidad, conversación, aprobación y compañía.

Y creo que ahí vale la pena acompañarlo despacio. Porque hay una soledad que lastima. Hay también una intimidad que cura. Necesitamos vínculos, amistad, ternura, escucha. Cristo mismo quiso tener amigos. Juan pudo reclinarse sobre su pecho. Marta, María y Lázaro fueron queridos por Él. Jesús lloró ante la tumba de su amigo. Por eso las palabras de Kempis tienen que ser leídas dentro de esa verdad profundamente cristiana acerca de la comunión humana. 

Su preocupación está puesta en otra zona del corazón: esa necesidad de derramarnos constantemente hacia afuera hasta llegar a perder nuestro centro.


«No descubras tu corazón a cualquiera»

Esta primera frase contiene una sabiduría humana considerable. El corazón posee una intimidad. Y la intimidad merece custodia. Hay cosas que pueden ser dichas delante de muchas personas. Hay otras que solamente deberían ser entregadas allí donde existe confianza verdadera, madurez, discreción y caridad. Abrir el corazón siempre implica cierta desnudez. Cuando contamos una herida profunda, un miedo, una fragilidad, un deseo que apenas podemos nombrar, ponemos algo nuestro en manos de otra persona. Por eso importa tanto a quién le entregamos aquello que llevamos dentro.

Kempis recomienda acudir al hombre «sabio y temeroso de Dios». Hay una hermosa prudencia en esas palabras. El verdadero confidente recibe el misterio del otro con reverencia. No invade. No utiliza después lo que ha conocido. No transforma una confidencia en material de conversación. Sabe que le fue confiado un terreno sagrado. Tal vez la amistad espiritual tenga algo de eso. Poder estar delante de alguien y sentir que uno puede hablar sin defenderse. Y también poder callar. Porque la verdadera amistad soporta el silencio.


El corazón puede dispersarse

Kempis continúa recomendando cierta sobriedad en nuestras relaciones y conversaciones. Ahí aparece un tema clásico de la tradición espiritual: el recogimiento.

La palabra es preciosa.

Recogerse.

Volver a reunir aquello que estaba disperso. Durante el día dejamos pequeños fragmentos de nosotros por todas partes. Una conversación continúa dentro nuestro mucho después de haber terminado. Una opinión ajena nos preocupa. Una mirada nos hiere. Una palabra agradable nos entusiasma. Imaginamos qué estarán pensando de nosotros. Volvemos mentalmente a una discusión. Preparamos respuestas para conversaciones que quizá nunca ocurran.

Y llega la noche. El cuerpo está en una habitación. El corazón sigue repartido en veinte lugares. Entonces entendemos un poco mejor qué quiere proteger Kempis. Hay una interioridad que necesitamos recuperar para poder escuchar a Dios. Jesús mismo conoció ese movimiento. Los Evangelios lo muestran retirándose después de estar con las multitudes:

«Él se retiraba a lugares desiertos para orar» (Lc 5,16).

Me conmueve particularmente ese rasgo de Jesús. Había personas que lo buscaban. Enfermos que necesitaban ser curados. Discípulos que necesitaban respuestas. Multitudes que querían escucharlo.

Y, sin embargo, Jesús se retiraba.

Había un lugar de intimidad con el Padre que ninguna urgencia podía ocupar permanentemente.

Quizá por eso podía volver después hacia los hombres con tanta libertad.


Amar sin apropiarnos

Hay una frase de Kempis que resulta especialmente áspera cuando habla de evitar una familiaridad excesiva. Conviene atravesar el lenguaje ascético de su tiempo para encontrar la experiencia espiritual que intenta expresar. Los afectos humanos tienen una fuerza enorme. Y precisamente porque el amor es algo tan grande, puede mezclarse con nuestras heridas.

Queremos a alguien y empezamos a necesitarlo de una manera que nos inquieta. Esperamos su palabra. Su silencio nos altera. Su cercanía nos tranquiliza desproporcionadamente. Una pequeña distancia nos llena de preguntas.

El afecto permanece verdadero. También puede haber aparecido dentro de él cierta dependencia. Y aquí el capítulo anterior vuelve silenciosamente. Ayer Kempis nos preguntaba dónde depositábamos nuestra esperanza. Hoy parece preguntarnos:

¿Cuánta libertad conserva mi corazón dentro de mis afectos?

Es una pregunta difícil.

Porque uno puede querer profundamente a una persona y, al mismo tiempo, descubrir que alguna parte de ese amor necesita ser sanada. La Gracia entra también ahí. Purifica nuestra manera de amar para que podamos acercarnos al otro respetando su libertad, recibiéndolo como don y permitiendo que siga perteneciendo enteramente a Dios. Eso lleva tiempo.

Quizá toda la vida.


Jesús tuvo amigos

Hay algo que quisiera subrayar especialmente porque ayuda a leer a Kempis desde el corazón de la fe católica: Jesús tuvo vínculos profundamente personales.

El cuarto Evangelio habla del «discípulo al que Jesús amaba». Ante Lázaro, quienes observaban su llanto dijeron:

«¡Cómo lo amaba!» (Jn 11,36).

Y en el Cenáculo Jesús pronuncia unas palabras extraordinarias:

«Ya no los llamo servidores [...] yo los llamo amigos» (Jn 15,15).

La amistad puede convertirse, entonces, en lugar de Gracia. Una amistad santa puede acercarnos extraordinariamente a Dios. Hay personas cuya presencia nos vuelve más verdaderos. Después de hablar con ellas sentimos mayor deseo de rezar. Nos ayudan a mirar con misericordia. Pueden decirnos una verdad difícil sin herir nuestra dignidad. Conocen nuestras sombras y permanecen. Una amistad así posee algo sacramental en sentido amplio: hace visible una gratuidad que remite más allá de sí misma. Y justamente porque la amistad es tan preciosa merece ser purificada de aquello que podría convertirla en posesión. Amar cristianamente lleva dentro una frase silenciosa:

«Te recibo de Dios.»

Y quizá otra todavía más difícil:

«Te dejo en las manos de Dios.»


La necesidad de ser conocidos

Creo que Kempis toca también, aunque sea indirectamente, una necesidad hondísima del ser humano: queremos que alguien nos conozca. No solamente que conozca nuestro nombre. Queremos que alguien sepa quiénes somos cuando dejamos de representar. Que conozca aquello que nos cuesta decir. Que comprenda nuestros silencios. Que advierta cuándo algo nos duele aunque digamos que estamos bien.

Ese deseo tiene una enorme belleza. Pero ninguna criatura consigue entrar completamente en otra. Siempre queda una habitación interior. Y quizá sea bueno que exista.

Porque hay una parte del corazón humano cuyo interlocutor último es Dios. El salmista lo expresa con una intimidad estremecedora:

«Señor, Vos me sondeás y me conocés; sabés cuándo me siento y cuándo me levanto, de lejos penetrás mis pensamientos» (Sal 138[139],1-2).

Ser conocido así…

Completamente. Sin explicación y sin defensa. Sin tener que encontrar las palabras exactas. Y seguir siendo amado. Creo que aquí aparece una de las raíces más profundas de la oración.

Entramos en nuestra habitación, cerramos la puerta, como enseña Jesús en Mt 6,6, y allí nos espera el Padre. No tenemos que informarle nada. Ya sabe. 

Podemos simplemente estar, estando cerradas las puertas.


«Procura ser familiar con Dios»

Hacia allí conduce finalmente el capítulo. La reserva que propone Kempis quiere abrir un espacio interior para una intimidad mayor. El corazón necesita momentos en los que deja de buscar inmediatamente otra voz humana y aprende a permanecer ante Dios. Esto puede resultar difícil. Cuando algo nos sucede, sentimos rápidamente el deseo de contarlo. Quizá tomamos el teléfono. Buscamos a determinada persona. Necesitamos compartirlo. Hay ocasiones en las que podríamos hacer un pequeño movimiento diferente. Antes de contarlo, llevarlo a Dios. Aunque después hablemos con alguien. Primero quedarnos unos minutos con Él.

«Señor, me pasó esto...»

Y contarle.

Sí, contarle aquello que ya conoce. Porque la oración también tiene esa intimidad sencilla. Con el tiempo puede ocurrir algo muy hermoso: empezamos a descubrir que Dios también puede ser nuestro confidente. No solamente aquel a quien adoramos. También aquel ante quien lloramos. Aquel a quien  podemos decirle una pequeñez. Una alegría absurda. Una preocupación que nos avergüenza. Una herida que todavía duele después de años. Un deseo. Una persona que amamos. Una pregunta para la que no encontramos respuesta.

Y lentamente la oración deja de sentirse como una actividad que realizamos.

Empieza a parecerse a una relación.


Quizá la soledad pueda transformarse

Hay momentos en que nadie puede acompañarnos hasta el fondo. Esto se vuelve particularmente evidente en algunas horas de la vida. El sufrimiento profundo posee habitaciones a las que incluso quienes más nos aman pueden acompañarnos solamente hasta la puerta.

Cristo conoció también esa hora. En Getsemaní quiso tener cerca a Pedro, Santiago y Juan. Les pidió:

«Quédense aquí y velen conmigo» (Mt 26,38).

Hay algo tremendamente humano en esa petición. Jesús quiso compañía. Y aquellos amigos se durmieron. Entonces quedó el Hijo delante del Padre. Hay soledades que jamás habríamos elegido. Y algunas pueden convertirse, misteriosamente, en lugares donde descubrimos una presencia de Dios que antes conocíamos de otra manera. No porque el dolor de la soledad desaparezca mágicamente. Puede seguir doliendo. Pero dentro de ella comienza a aparecer una certeza muy tenue:

«Estoy solo y, sin embargo, hay Alguien aquí.»

A veces la vida espiritual llega a profundidades que sólo pueden expresarse así.


Para permanecer hoy

Me quedaría con una sola pregunta de este capítulo:

¿A quién entrego mi corazón?

No hace falta responderla enseguida. Quizá me convenga dejar que permanezca. Y durante algún momento del día entraré en silencio, aunque sean unos minutos, sin buscar nada extraordinario.

Podría, tal vez, simplemente decir:

«Señor, acá estoy. Vos ya sabés.»

Y quedarme. Si aparece una persona querida, ponerla delante de Él. Si aparece una herida, dejarla ahí. Si aparece la necesidad de hablar, hablar. Y si llega el silencio, permitirlo. Porque quizá uno de los aprendizajes más delicados de la vida espiritual sea descubrir que existe una intimidad con Dios en la que ya no necesitamos llenar todos los espacios.

Él está. Me conoce. Y puedo permanecer.

Tal vez Kempis quiera llevarme finalmente hasta ese lugar interior donde el corazón, después de haber buscado tantas veces alguien que me comprenda completamente, descubra con una mezcla de asombro y descanso:

«Señor, Vos me conocés.»

Y por un momento... Eso me alcance. Aunque deba recomprender y recomponerlo una y otra vez.


Simple oración

Señor Jesús

conocés mi necesidad
de amar y ser amado.

Conocés los nombres
que llevo dentro.

Las personas cuya presencia
me hace bien.

Y también aquellas ausencias
que todavía duelen.

Entrás en lugares de mi corazón
donde nadie más puede entrar.

Custodiá mis afectos.

Hacelos libres
tiernos
verdaderos.

Enseñame a recibir a cada persona
como un don de tus manos.

Cuando mi corazón se disperse
entre tantas voces
llamame otra vez hacia adentro.

Quiero aprender
esa intimidad silenciosa
en la que puedo estar delante de Vos
sin explicar demasiado

porque Vos ya lo sabés todo.

Sondeame
haceme percibir hasta dónde me conocés
y quedate conmigo.

Y enseñame a permanecer con Vos.

Hasta que incluso mi soledad
pueda convertirse alguna vez
en un lugar de encuentro.

Amén.

08 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO VII. CÓMO SE HA DE HUIR DE LA VANA ESPERANZA Y LA SOBERBIA.

 «Vano es quien pone su esperanza en los hombres o en las criaturas.»

Hay una continuidad muy hermosa entre el capítulo de ayer y este. Ayer, en el capítulo VI, Kempis nos hacía mirar qué deseamos. Hoy va todavía más hondo y pregunta:

¿En qué estoy apoyando mi vida?

Porque una cosa es desear algo y otra convertir ese algo en nuestra esperanza. Y ahí Kempis toca una fibra muy sensible. Podemos saber perfectamente, desde la fe, que nuestra esperanza está en Dios y, sin embargo, vivir afectivamente sostenidos por otras cosas: por determinadas personas, por nuestra capacidad, por nuestro prestigio, por lo que hemos construido, incluso por la imagen que tenemos de nosotros mismos. Hasta que alguna de esas cosas tiembla. Y entonces descubrimos dónde estábamos realmente apoyados.



«No te avergüences de servir a los demás por amor de Jesucristo»

Kempis une inmediatamente la falsa seguridad con algo que podría parecer diferente: el servicio. Tiene mucho sentido. Porque servir coloca al yo en una posición incómoda. El servidor hace algo cuyo centro está en otro. Y todavía más profundamente, el servicio cristiano puede llegar a tener una extraña gratuidad: hago algo bueno y quizá nadie lo vea. Nadie lo agradezca. Nadie sepa cuánto costó. Incluso alguien puede beneficiarse y atribuírselo a otro. ¿Qué ocurre entonces dentro de mí? Ahí puedo descubrir para quién estaba haciendo realmente aquello. Esto toca muy de cerca cualquier ministerio eclesial. Hay una tentación delicadísima que puede aparecer incluso cuando sinceramente queremos servir a Dios: necesitar ser necesarios. Es muy distinta del deseo legítimo de ser útil. Uno puede comenzar diciendo:

«Quiero servir».

Y sin advertirlo terminar necesitando:

«Quiero que sepan que serví».

Kempis quiere liberar el corazón incluso de eso. No para volvernos indiferentes al reconocimiento humano. Somos humanos y una palabra de agradecimiento nos hace bien. La cuestión es otra: que nuestra fidelidad no dependa de recibirla. Hay obras que quizá solamente conozcan Dios y nosotros. Y pueden ser las más hermosas de nuestra vida.


«No confíes en tu ciencia»

Después Kempis entra en un terreno particularmente delicado:

«No confíes en tu ciencia ni en la habilidad de ningún viviente, sino más bien en la gracia de Dios.»

Otra vez aparece el conocimiento. Y otra vez debemos evitar leerlo como desprecio de la inteligencia. Kempis está atacando una ilusión mucho más profunda:

creer que porque puedo comprender algo, puedo dominarlo.

La inteligencia es un don extraordinario. Pero sigue siendo un don.

Puedo estudiar, razonar, preparar, prever, adquirir experiencia. Y después ocurre algo que no estaba en mis cálculos. Entonces descubro que nunca tuve la realidad en mis manos. La sabiduría cristiana puede llegar a una expresión muy sencilla:

«Hice todo lo que podía. Ahora lo dejo en tus manos.»

Eso cuesta. Porque mientras hago algo todavía siento que tengo cierto control. Cuando lo entrego, aparece mi pobreza. Y justamente allí puede comenzar la confianza.


«Dios ayuda a los humildes»

Kempis escribe:

«Dios ayuda a los humildes y abate a los presuntuosos.»

La frase tiene una fuerte resonancia bíblica. María lo canta en el Magnificat:

«Dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes» (Lc 1,51-52).

Y acá tenemos que detenernos. La humildad de María jamás consistió en negar lo que Dios había hecho en ella. Al contrario:

«El Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas» (Lc 1,49).

Eso es impresionante. María puede reconocer grandes cosas en sí misma y continuar siendo perfectamente humilde. ¿Por qué? Porque sabe de dónde vienen. Ésta quizá sea una de las definiciones más hermosas de humildad.

Puedo reconocer un don sin apropiármelo. Puedo saber que hago algo bien. Puedo aceptar que tengo inteligencia, sensibilidad, capacidad para enseñar, predicar, acompañar o trabajar. La humildad no exige que diga:

«No tengo ningún talento».

Exige que pueda decir:

«Lo recibí.»

Y entonces el don cambia de naturaleza. Ya no es propiedad. Se convierte en responsabilidad. 


«Si tuvieras muchas riquezas…»

Kempis continúa:

«Si tuvieras muchas riquezas, no te gloríes en ellas; ni en los amigos porque sean poderosos.»

Y detrás de esa frase medieval hay algo absolutamente contemporáneo.

Podríamos ampliar «riquezas» mucho más allá del dinero. Todo puede convertirse secretamente en una respuesta a la pregunta:

«¿Por qué valgo?»

Y ahí comienza el problema. Porque todas esas cosas pueden desaparecer. Algunas desaparecerán necesariamente. El cuerpo perderá fuerzas. Las responsabilidades pasarán a otras manos. Lo que hoy hacemos nosotros mañana lo hará otra persona. Habrá generaciones que ni siquiera conocerán nuestro nombre. Y esto, lejos de ser triste, puede resultar extraordinariamente liberador. Porque significa que mi valor nunca dependió de esas cosas. Antes de que yo hiciera algo, Dios ya me había amado.


Una frase particularmente dura

Kempis dice:

«No te tengas por mejor que los demás, no sea que quizá seas tenido por peor delante de Dios, que conoce lo que hay en el hombre.»

Esto puede sonar severo, pero contiene una verdad espiritual muy fina. Nosotros vemos conductas. Dios ve el corazón. Nosotros vemos un momento de la vida de alguien. Dios conoce toda su historia.  Nosotros conocemos las circunstancias que atenúan nuestros propios errores y muchas veces  desconocemos completamente las circunstancias que rodean los errores ajenos. Por eso comparar almas es una empresa absurda.

Yo no sé qué gracia recibió el otro. No sé qué heridas carga.  No sé qué luchas interiores ha librado. No sé cuántas veces cayó. Tampoco sé cuántas veces, sin que nadie lo viera, volvió a levantarse. Dios sí.

Y entonces aparece una libertad preciosa:

no necesito ser mejor que nadie.

Ni siquiera espiritualmente. Puedo simplemente intentar ser fiel a la gracia que me fue dada.


Los dones de Dios

Al final del capítulo aparece algo muy importante:

«No te ensoberbezcas por las buenas obras, porque los juicios de Dios son distintos de los juicios de los hombres.»

Acá la espiritualidad cristiana entra en un terreno finísimo. Incluso la virtud puede convertirse en alimento del orgullo. Puedo estar orgulloso de ser humilde. Puedo sentirme superior porque rezo. Puedo mirar con cierta condescendencia a quien «todavía no comprendió» algo que yo creo haber  comprendido. Puedo convertir mi formación teológica en una altura desde la cual mirar a los demás. Y quizá una de las formas más difíciles de soberbia sea precisamente la soberbia espiritual, porque utiliza las cosas de Dios para engrandecer el yo. Por eso san Pablo formula una pregunta devastadoramente sencilla:

«¿Qué tenés que no hayas recibido?» (1 Cor 4,7).

Ahí se cae todo. Mi inteligencia, recibida. Mi fe, recibida. Mi vocación, recibida. Las personas que me formaron, recibidas. La posibilidad de estudiar, recibida. Las ocasiones en que pude hacer el bien, recibidas. Incluso mi capacidad de responder a la gracia existe porque primero hubo gracia.

Y entonces uno empieza a comprender algo precioso:

agradecer es una de las formas más profundas de humildad.

El soberbio dice interiormente:

«Mirá lo que hice».

El humilde puede mirar exactamente la misma obra y decir:

«Mirá lo que Dios me permitió hacer.»

La obra no desaparece. El yo simplemente deja de ocupar el centro.


Algo más profundo todavía

El título habla de «vana esperanza». Creo que ahí está el corazón secreto del capítulo. ¿Dónde descansa mi esperanza cuando todo lo demás desaparece? Imaginemos por un instante que nos quitaran aquello con lo que solemos presentarnos ante los demás. ¿Y si quedáramos delante de Dios sin poder mostrarle absolutamente nada? ¿Qué quedaría?

Esto:

un hijo.

Nada menos. Y quizá gran parte del camino espiritual consista en volver lentamente hasta ahí. Antes de mis obras, hijo. Después de mis pecados, hijo necesitado de misericordia. Cuando puedo servir, hijo. Cuando ya no pueda servir, hijo. Cuando me reconozcan, hijo. Cuando me olviden, hijo. Cuando mi oración sea luminosa, hijo. Cuando apenas pueda pronunciar una palabra, hijo.

Eso no me lo da ningún éxito. Y tampoco puede quitármelo ningún fracaso. Ahí la esperanza deja de ser vana porque finalmente descansa en Dios.


Para permanecer hoy

Hoy haría un ejercicio muy sencillo. Pensaría en algo de mí que valoro sinceramente. Algo bueno.

No busquemos un defecto. Un don. Una capacidad. Algo que otros quizá también reconozcan. Y en lugar de minimizarlo, lo miraría de frente. Después diría:

«Gracias.»

Nada más.

Gracias porque esto existe en mí. Gracias porque me lo diste. Gracias porque alguna vez pudo servir a alguien. Gracias incluso por la alegría que me produce poseerlo. Y después añadiría algo un poco más difícil:

«Señor, que este don nunca ocupe tu lugar.»

Porque quizá ésa sea la verdadera humildad. No enterrar el talento. No fingir que no existe. Devolverlo. Una y otra vez. Hasta que mis manos manos aprendan que aquello que sostienen nunca dejó de pertenecer a Dios.

Creo que entonces aparecerá una libertad enorme. Si Él quiere utilizarlo, acá está. Si otro puede hacerlo mejor, bendito sea Dios. Si llega el momento de dejarlo, que me enseñe a soltarlo.

Porque finalmente mi esperanza nunca estuvo destinada a descansar en lo que puedo hacer para Dios. Está llamada a descansar en algo muchísimo más profundo: en lo que Dios ha hecho, hace y hará conmigo.


Simple oración

Señor Jesús

a veces apoyo mi corazón
en cosas demasiado pequeñas.

En lo que puedo hacer
en lo que sé
en lo que otros piensan de mí
en aquello que temo perder

y después me sorprendo
cuando vuelve la inquietud.

Enseñame a recibir mis dones
sin apropiármelos.

A reconocerlos
sin engrandecerme.

A ponerlos al servicio
sin necesitar que me vean.

Cuando alguien haga mejor
lo que yo hacía
dame alegría.

Cuando no me reconozcan
guardá mi corazón.

Cuando crea que todo depende de mí
recordame suavemente
que el mundo ya estaba en tus manos
antes de que yo llegara.

Y cuando algún día
mis manos ya no puedan hacer
todo aquello que hoy hacen

dejame descubrir
que todavía puedo ofrecerte
lo único que siempre quisiste:

mi corazón.

Porque debajo de todo
antes de todo
y después de todo

queda esta verdad

soy tuyo

y mi esperanza
está en Vos.

Amén.

07 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO VI. DE LOS DESEOS DESORDENADOS.

 «Cuando el hombre desea alguna cosa desordenadamente, inmediatamente se vuelve inquieto dentro de sí.»

Este capítulo toca una zona muy delicada del alma. Kempis ya habló del conocimiento, de la humildad, de la prudencia y de la Escritura. Ahora parece preguntarnos algo más íntimo:

¿Qué sucede dentro de mí cuando quiero algo?

No cuando quiero algo malo necesariamente.   Cuando quiero.

Porque para Kempis el problema espiritual no comienza simplemente en las cosas que deseamos. Puede comenzar en el modo en que nuestro corazón se aferra a ellas. Y esto nos lleva bastante más lejos de lo que parece.



El deseo no es enemigo de la vida espiritual

Conviene aclararlo desde el comienzo, porque una lectura superficial de Kempis podría conducirnos a una espiritualidad de la extinción del deseo. Eso no sería plenamente cristiano. 

Fuimos creados deseando.

Deseamos vivir, amar, ser amados, conocer, crear, compartir, descansar. Y detrás de todos esos movimientos hay algo todavía más profundo. 

Santo Tomás de Aquino entiende que la voluntad tiende naturalmente hacia el bien. El problema aparece cuando un bien limitado ocupa un lugar que no le corresponde, cuando la voluntad se adhiere a él sin el orden debido. Por eso el título tradicional habla de affectionibus inordinatis, afectos o deseos desordenados. La palabra decisiva es: desordenados. No «deseos». 

San Agustín había intuido esta dinámica muchos siglos antes con una profundidad extraordinaria:

«Nos hiciste para Vos y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Vos.»

La inquietud de la que habla Kempis tiene algo que ver con eso. Hay deseos que nos dejan libres. Y hay deseos que empiezan a poseernos.


«Inmediatamente se vuelve inquieto»

Ésta es quizá la observación psicológica más penetrante del capítulo. Kempis no comienza preguntando si conseguiremos aquello que queremos. Mira lo que el deseo está haciendo ahora mismo dentro nuestro. 

Quiero algo.

Al principio simplemente lo deseo. Después empiezo a imaginarlo. Luego pienso qué tendría que ocurrir para conseguirlo. Más tarde comienzo a temer que no ocurra. Después me molesta quien parece impedirlo. Y finalmente algo que todavía ni siquiera poseo ya tiene poder sobre mi paz.

Eso es extraordinario.

Todavía no tengo la cosa y la cosa ya me tiene a mí.

Ahí aparece el desorden. Puede tratarse incluso de algo bueno. Un proyecto. Una relación. Un reconocimiento legítimo. Una tarea pastoral. Una expectativa. Una vocación concreta. Hasta una determinada experiencia de Dios. La pregunta espiritual no es solamente:

«¿Esto es bueno?» También: «¿Cómo lo estoy queriendo?»


Hay una señal bastante clara: la paz

Kempis continúa:

«El soberbio y el avaro nunca descansan; el pobre y humilde de espíritu vive en mucha paz.»

Acá «pobre» tiene una resonancia profundamente evangélica:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos» (Mt 5,3).

El pobre de espíritu puede poseer cosas. Lo que las cosas no poseen es su corazón. Y esto permite entender algo precioso de la libertad cristiana. Puedo querer algo intensamente y, sin embargo, decir:

«Señor, si no es para mí, sigo siendo tuyo.»

Eso es enorme. No es indiferencia. Puede doler muchísimo que aquello no ocurra. Puedo llorarlo. Puedo incluso preguntarle a Dios por qué. Pero debajo del dolor queda un lugar que todavía pertenece a Él. 

Ese lugar es la libertad.


Kempis conoce también la lucha interior

El capítulo contiene una frase particularmente realista:

«El hombre débil en espíritu y todavía en cierto modo carnal e inclinado a las cosas sensibles, difícilmente puede apartarse por completo de los deseos terrenos.»

Esto es muy humano. No nos volvemos libres de una vez. Hay cosas que sabemos que debemos soltar y, sin embargo, volvemos a ellas. Hay heridas que creíamos entregadas y vuelven a pedir seguridad. Hay reconocimientos que decimos no necesitar hasta que dejan de llegar. Hay afectos que parecen perfectamente ordenados hasta que sentimos la posibilidad de perderlos. Entonces descubrimos algo acerca de nosotros mismos. Y esto no tiene por qué desanimarnos. Puede convertirse en gracia.

Porque a veces solamente conocemos nuestros apegos cuando algo amenaza con quitarnos aquello a lo que estamos apegados.

Mientras lo tenemos, creemos ser libres. Cuando tiembla, aparece la verdad. 


«Si se aparta de ellos, muchas veces queda triste»

Kempis es extraordinariamente honesto. Cuando el hombre intenta desprenderse de aquello a lo que está desordenadamente apegado, experimenta tristeza. Claro. Porque el corazón se había acostumbrado. Y acá hay algo que quisiera cuidar mucho. La renuncia cristiana no siempre produce inmediatamente paz sensible. A veces primero duele. Cuando uno deja una dependencia afectiva, una necesidad de aprobación, una fantasía, una expectativa que alimentó durante mucho tiempo, puede aparecer una especie de vacío. Y quizá uno piense:

«Entonces estaba mejor antes».

No necesariamente. Puede ocurrir que estemos sintiendo simplemente el espacio que dejó aquello que ocupaba demasiado lugar.

Y ese espacio puede dar miedo. Pero justamente ahí puede comenzar algo nuevo. Porque Dios no arranca nuestros ídolos para dejarnos vacíos. Quiere ensanchar el corazón.


Cuando nos contradicen

Kempis introduce después una prueba muy concreta:

«Si alguno le contradice, fácilmente se irrita.»

¡Caramba! Acá ya no podemos escondernos demasiado. Porque una manera muy eficaz de descubrir  nuestros apegos consiste en observar qué ocurre cuando alguien contradice nuestra voluntad. No cuando nos hacen una injusticia verdadera. Simplemente cuando las cosas no salen como queríamos. Habíamos imaginado algo. Alguien propone otra cosa. Habíamos tomado una decisión. Nos cuestionan. Esperábamos determinada respuesta. No llega. Y aparece una irritación desproporcionada. Entonces quizá el problema visible sea pequeño, pero ha tocado algo mucho más profundo:

mi necesidad de que la realidad coincida con mi voluntad.

Y esto puede penetrar incluso en nuestra relación con Dios. Rezamos. Pedimos. Esperamos. Y en algún rincón del corazón ya escribimos el modo en que Dios debería responder. Entonces la oración corre el riesgo de convertirse en una negociación:

«Hágase tu voluntad… siempre que tu voluntad coincida bastante con la mía».

La verdadera entrega comienza cuando podemos decir la segunda parte de Getsemaní:

«Que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

Jesús no llegó allí sin deseo. Precisamente por eso la escena es tan tremenda.

«Padre, si querés, alejá de mí este cáliz…»

Hay un deseo humano verdadero.

Y después:

«…pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.»

Ahí vemos algo mucho más profundo que la ausencia de deseo. Vemos el deseo entregado.


Quizá la santidad consista también en aprender a desear

Esto me parece central. La vida espiritual no busca convertirnos en seres sin deseos. Busca educar el deseo. Purificarlo. Ordenarlo. Ensanchándolo hasta que pueda querer lo que Dios quiere. Por eso el salmista puede decir:

«Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente» (Sal 41[42],3).

Y Jesús:

«He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes» (Lc 22,15).

Cristo desea. Ama. Llora. Tiene sed. Quiere. La perfección cristiana no es insensibilidad. Es un corazón tan unido al Padre que todos sus deseos encuentran allí su centro. Por eso hay una diferencia inmensa entre reprimir un deseo y ofrecerlo. Reprimirlo dice:

«Esto no debería sentirlo».

Ofrecerlo puede decir:

«Señor, esto es lo que deseo. Lo deseo de verdad. Pero quiero recibirlo de tus manos, y no arrebatárselo a la vida.»

Eso ya es oración. Y a veces una oración muy profunda.


«La verdadera paz del corazón»

Kempis termina con una de esas frases pequeñas que contienen todo un programa espiritual:

«La verdadera paz del corazón se encuentra resistiendo a las pasiones, no sirviéndolas.»

Hay que entender bien ese «resistir». No significa violentarnos interiormente. Significa que no todo deseo tiene derecho a gobernarnos. Puedo sentir bronca sin obedecer inmediatamente a la bronca. Puedo sentir miedo sin permitir que el miedo decida. Puedo necesitar reconocimiento sin convertir esa necesidad en criterio de mis acciones. Puedo amar profundamente a alguien sin hacer de esa persona mi absoluto. Puedo desear intensamente algo y seguir diciendo:

«Dios sigue siendo Dios aunque esto no ocurra.»

Ahí aparece una libertad enorme.


Y volvemos a la semilla de la gloria

Hay algo que conecta este capítulo con aquella frase que surgió de la charla con mi amigo y sobre la que veníamos meditando en la presentación de este subsidio:

«Si la gracia es realmente semilla de la gloria, nada de lo verdaderamente humano queda afuera.»

Tampoco nuestros deseos. La gracia no viene a destruirlos desde afuera. Entra en ellos. Los sana. Los  purifica. Los ordena. Los eleva.

Porque en el fondo de nuestros deseos parciales hay una sed mucho mayor de la que a veces somos conscientes.

Queremos amor porque fuimos hechos para el Amor. Queremos belleza porque fuimos hechos para  contemplar la Belleza. Queremos verdad porque nuestra inteligencia fue creada para la Verdad. Queremos permanecer porque, aunque vivimos en el tiempo, fuimos llamados a la Gloria. A veces buscamos con desesperación en una criatura algo que solamente Dios podrá colmar completamente. Y la criatura termina sufriendo también, porque le exigimos que sea Dios para nosotros. Cuando dejamos que Dios vuelva a ocupar su lugar, ocurre algo paradójico:

podemos amar mejor a las criaturas.

Ya no necesitamos devorarlas. Podemos recibirlas. Agradecerlas. Disfrutarlas. Cuidarlas. Y, cuando llegue la hora, entregarlas.

Eso es libertad.


Para permanecer hoy

Hoy no intentaría descubrir todos mis apegos. Elegiría simplemente un deseo. Algo que en este momento pudiera descubrir que estoy queriendo mucho. Puede ser muy bueno. Lo pondré delante del Señor tal como es. Sin espiritualizarlo. Sin fingir indiferencia. Le diré: «Señor, yo quiero esto.»

Y me voy a quedar un momento ahí. Después, cuando pueda decirlo de verdad, le diré:

«Pero te quiero a Vos más que a esto.»

Aunque si descubro que todavía me cuesta, entonces no mentiré. Le diré: «Señor, quisiera poder quererte más que a esto.»

Eso también es oración.

Tal vez incluso sea una oración más verdadera.

Y después solamente: «Ordená mi corazón.»

Creo que eso basta para hoy. Porque el capítulo VI no me pide dejar de desear. Me invita a descubrir quién gobierna mis deseos. Y quizás la libertad cristiana empiece justamente cuando puedo tener las manos abiertas delante de Dios y decir:

«Lo deseo, Señor. Pero quiero recibirlo de Vos. Y si alguna vez tengo que soltarlo, sosteneme Vos.»


Simple oración

Señor Jesús

Vos conocés mis deseos
antes de que yo pueda nombrarlos.

Sabés lo que busco
lo que espero
lo que temo perder.

Conocés esas cosas
a las que mi corazón
se aferra en secreto.

No apagues mi deseo
purificalo.

No vuelvas pequeño mi corazón
ensanchalo.

Cuando quiera poseer
enseñame a recibir.

Cuando tenga miedo de perder
enseñame a confiar.

Cuando mi voluntad
quiera ocuparlo todo
recordame Getsemaní.

Y enseñame lentamente
a decir con Vos

«Padre
que se haga tu voluntad.
»

Tomá mis deseos.

Los más humanos
y también los más heridos.

Y dejá caer en ellos
tu Gracia.

Hasta que un día
en el fondo de todo lo que busco
descubra lo que siempre estaba buscando

a Vos.

Y pueda descansar.


Amén.


06 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO V. DE LA LECTURA DE LAS SANTAS ESCRITURAS.

 «En las Sagradas Escrituras debe buscarse la verdad, no la elocuencia.»

Sinceramente, en este capítulo Kempis dedica apenas unas líneas a un asunto que podría ocupar una vida entera: cómo ponerse delante de la Palabra de Dios.

Y comienza casi desarmándonos. La primera preocupación del lector no debería ser encontrar algo brillante. Tampoco algo con lo cual construir una hermosa reflexión. Kempis va directamente al corazón: buscar la verdad. Y enseguida añade una frase extraordinaria:

«Toda la Sagrada Escritura debe leerse con el mismo Espíritu con que fue escrita.» 

Detengámonos ahí, porque en esa pequeña frase hay una verdadera teología de la lectura bíblica.


«Con el mismo Espíritu con que fue escrita»

Para la fe católica, la Escritura es verdaderamente palabra humana y verdaderamente Palabra de Dios. Dios se valió de autores humanos reales, con su lengua, su cultura, sus capacidades, su momento histórico y sus formas literarias. La inspiración no los convirtió en instrumentos pasivos. Por eso estudiamos. Por eso importa el hebreo. Importa el griego. Importan el contexto histórico, los géneros literarios, la crítica textual, la estructura de un pasaje.

Cuando nos detenemos durante horas en una palabra como μένειν (permanecer), cuando preguntamos qué matiz posee un verbo joánico, estamos tratando de escuchar con mayor precisión lo que realmente dice el texto.

Kempis no nos pediría abandonar eso. Su advertencia va dirigida hacia un peligro mucho más sutil: que después de haber estudiado perfectamente el texto, creamos que ya hemos terminado de leerlo.

Porque todavía queda una pregunta: ¿qué quiere hacer Dios conmigo mediante esta Palabra?

Ahí comienza otra profundidad de la lectura.

El mismo Espíritu Santo que inspiró las Escrituras actúa en la Iglesia y abre el corazón del creyente para recibirlas. Por eso la lectura cristiana de la Biblia tiene algo que el puro análisis filológico, siendo valiosísimo, jamás podría producir por sí mismo: escucha.

Llega un momento en que yo dejo de interrogar al texto y permito que el texto me interrogue a mí.


Una Biblia que empieza a leernos

Esto me parece decisivo. Podemos acercarnos al Evangelio de muchas maneras. Podemos preguntarnos por la composición del texto, por sus fuentes, por su vocabulario, por su contexto histórico. Pero imaginemos que llegamos a aquella pregunta:

«Simón, hijo de Juan, ¿me amás?» (Jn 21,16).

Podemos estudiar las semejanzas y diferencias entre ἀγαπάω (agapao = ese amor fiel e incondicional tan propio de Dios) y φιλέω (fileo = ese amor más propio de la amistad y el afecto fraternal). Podemos comparar los manuscritos. Podemos reconstruir la escena junto al lago. Podemos consultar a los Padres y recorrer la exégesis  contemporánea. Todo eso merece hacerse. Pero alguna vez hay que quedarse quieto. Porque Jesús acaba de preguntar:

«¿Me amás?»

Y en ese instante Pedro ya no es solamente Pedro. 

Estoy yo.

Ahí la Escritura ha atravesado siglos y ha alcanzado mi vida. La pregunta ya no puede resolverse consultando otro diccionario.

Tengo que responder.


«Busquemos el provecho»

Kempis dice que debemos buscar en las Escrituras aquello que aprovecha espiritualmente antes que la sutileza del discurso. Otra vez hay que entenderlo bien. Su crítica apunta a una inteligencia que puede quedar encerrada en sí misma. Existe una curiosidad santa. Gracias a Dios existe. Nos lleva a preguntar, investigar, comparar y volver sobre una palabra que parecía insignificante. Pero también existe una curiosidad que acumula conocimientos sin permitir que ninguno llegue hasta el corazón. Y corro el riesgo de terminar sabiendo muchísimo acerca de la Biblia, mientras la Biblia tiene cada vez menos posibilidades de tocarme. Ahí Kempis incomoda. Porque el criterio último de una lectura espiritual no consiste en cuántas cosas nuevas descubrí. 

Quizá hoy leí un pasaje que conozco desde hace treinta años y no descubrí ninguna novedad exegética. Pero me detuve en:

«No temas» (Lc 12,32).

Y justamente hoy tenía miedo. Entonces esas dos palabras fueron suficientes. La Escritura cumplió algo para lo cual fue dada: me encontró.


«No preguntés quién lo dijo; atendé a lo que se dice»

Kempis aconseja también no quedar fascinados por el prestigio de quien habla. Nos pide dejarnos atraer por el amor a la verdad y recuerda que los hombres pasan mientras la verdad del Señor permanece. Hay mucha humildad escondida acá. Tenemos autores preferidos. Y está bien. Tenemos Padres de la Iglesia que nos conmueven especialmente. Exégetas cuya inteligencia admiramos. Maestros espirituales que nos acompañan durante años. Pero ninguno puede ocupar el lugar de la Palabra.

Agustín, Jerónimo, Tomás, Kempis sirven a la Palabra. Y nosotros también. Hay algo muy saludable en volver una y otra vez al texto bíblico después de haber leído los comentarios. Cerrar finalmente los libros. Volver a abrir el Evangelio. Y leer otra vez.

A veces ocurre algo precioso: después de cincuenta páginas de comentarios, una frase bíblica que habíamos leído rápidamente parece haberse ensanchado. Entonces los buenos maestros desaparecen discretamente. Nos dejaron delante de Cristo. Cumplieron su tarea.


Leer despacio

Kempis advierte que nuestra curiosidad puede perjudicarnos cuando pretendemos detenernos y discutir cosas que podríamos sencillamente dejar pasar. Y propone leer «con humildad, sencillez y fe».  Esto me parece particularmente hermoso. Porque hay pasajes que hoy no comprenderemos. Y está bien. La Biblia puede esperar. Hay textos que nos acompañarán durante veinte años antes de abrirse de otra manera. Hay versículos que habíamos leído cien veces y, después de atravesar una pérdida, una alegría, un pecado, un perdón o simplemente los años, parecen otros. El texto no cambió. Cambió el lector. Y entonces entendemos por qué la Escritura puede acompañar una vida entera.

La Palabra que escuchaste a los veinte años puede visitarte a los sesenta y decirte algo que a los veinte todavía no podías escuchar.

Esto no significa que cada uno invente el significado que quiera. El sentido del texto posee consistencia y la Iglesia custodia su lectura. Significa que la Palabra viva de Dios encuentra a una persona cuya historia también está viva. Por eso nunca terminamos de leer verdaderamente la Escritura.


Y acá aparece algo muy querido para nosotros: «permanecer»

Pensaba inevitablemente en Juan. Jesús dice:

«Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; conocerán la verdad y la verdad los hará libres» (Jn 8,31-32).

Permanecer en mi palabra. (μένειν - ménein = permanecer)

No pasar por ella. Permanecer. Quizá ésta sea una clave preciosa para comprender este capítulo de Kempis. Hay una forma de lectura que busca inmediatamente llegar al final. Y hay otra que descubre una palabra y se queda allí.

La lectio divina conoce perfectamente ese movimiento.

  1. Leo.
  2. Algo me toca.
  3. Me detengo.
  4. Vuelvo sobre ello.
  5. Lo rumio.
  6. Lo llevo a la oración.

Y lentamente aquella palabra empieza a descender desde la inteligencia hacia lugares de mí que quizá yo mismo desconocía. Hasta que, en algunos momentos privilegiados, ya casi no hay nada que pensar. Solamente permanecer. Entonces la lectura se vuelve oración. Y la oración, silencio. Y el silencio, presencia.


«Dios nos habla de muchas maneras»

Kempis escribe una frase muy sencilla:

«Dios nos habla de diversas maneras.»

Acá conviene conservar una sobriedad muy católica. No significa convertir cada impresión subjetiva en una revelación de Dios. Significa reconocer que la Palabra puede alcanzarnos por caminos inesperados. Una frase escuchada durante años puede repentinamente iluminar una situación concreta. Un salmo puede prestarnos palabras cuando nosotros ya no sabemos rezar. Un Evangelio proclamado en la liturgia puede parecernos dirigido misteriosamente hacia el momento que estamos viviendo. Y alguna vez sucede algo todavía más delicado. La Escritura deja de darnos respuestas. Simplemente nos acompaña.

«Jesús lloró» (Jn 11,35).

Dos palabras.

Frente al dolor, quizá hoy no necesite una explicación de la providencia. Quizá simplemente necesite saber que Jesús lloró.

Y quedarme ahí. Eso también es leer la Escritura con el Espíritu con que fue escrita.


Para permanecer hoy

Hoy haría algo diferente. Tomaría el Evangelio del día o un pasaje que me esté acompañando y lo leería una sola vez, muy lentamente.

Sin comentario. Sin buscar inmediatamente el significado ni mucho menos consultar el griego. tampoco consultar ninguna nota al pie.

Y cuando una palabra me detenga, dejarme detener. No buscar otra. Quedarme allí. Quizá sea «permanecé». Quizá «vení». Quizá «no temas». Quizá «te amo». O quizá hoy ninguna palabra produzca una resonancia particular. También estará bien.

Entonces simplemente permaneceré delante de la Escritura abierta. Porque la fecundidad de la oración no se mide por lo que sentimos.

Y después de un rato podría hacerme una pregunta muy sencilla:

«Señor, ¿qué querés que esta Palabra haga hoy en mí?»

No solamente qué significa, sino qué quiere hacer en mi persona. 

Hay una diferencia enorme. La primera pregunta busca comprensión. La segunda abre la puerta. Y creo que Kempis, en este brevísimo capítulo V, está tratando justamente de llevarme hasta esa puerta.


Simple oración

Señor Jesús

Palabra del Padre

tantas veces abro la Escritura
queriendo comprender.

Hoy quisiera abrirla
también para escucharte.

Dame inteligencia
para buscar con honestidad la verdad.

Dame humildad
para aceptar lo que todavía no comprendo.

Dame silencio
para no llenar inmediatamente
tu Palabra con las mías.

Cuando estudie
acompañame.

Cuando pregunte
purificá mi curiosidad.

Cuando encuentre
que no me apropie de lo encontrado.

Y cuando una palabra tuya
toque finalmente mi corazón

dame la gracia
de quedarme allí.

Sin apuro.

Como quien ha reconocido
una voz conocida.

Enseñame a leer tu Palabra
con el Espíritu
con que fue escrita.

Hasta que un día
después de tantas palabras

sólo quedés Vos

hablando

y yo

escuchando.

Amén.

05 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO IV. DE LA PRUDENCIA EN LO QUE SE HA DE OBRAR.

 «No debemos dar crédito a cualquier palabra o inspiración, sino examinar las cosas con prudencia y despacio según Dios.»

Podríamos decir que aquí Kempis baja de las alturas de la contemplación y nos encuentra en un lugar tremendamente cotidiano.

¿Qué hago con lo que me pasa por la cabeza? ¿Qué hago con lo que siento? ¿Qué hago con lo que me dicen?

Porque no todo pensamiento merece obediencia. No toda impresión es verdadera. No toda noticia debe ser creída. No todo impulso interior viene de Dios. Y tampoco todo lo que yo pienso, simplemente porque lo pienso sinceramente, es verdadero. Ahí empieza la prudencia.

Kempis abre el capítulo recomendando no dejarnos llevar por cualquier impulso o afirmación, sino ponderar las cosas pacientemente delante de la voluntad de Dios. Me parece una extraordinaria definición práctica del discernimiento.




No todo lo que aparece dentro de mí soy yo

Hay una confusión muy contemporánea que Kempis, en el siglo XV, ya conocía perfectamente: creer que porque algo surgió dentro de mí debo seguirlo.

«Lo siento.» «Me parece.» «Estoy convencido.» «Algo me dice que...»

Puede ser... Pero también puedo equivocarme.

La tradición católica jamás identificó automáticamente la interioridad con la voz de Dios. Al contrario, precisamente porque toma en serio la acción de la Gracia, toma también en serio nuestras pasiones, heridas, deseos desordenados, temores, prejuicios y autoengaños.

Santo Tomás de Aquino dirá que la prudencia es la recta ratio agibilium: la recta razón de lo que debe hacerse. No es cobardía. No es andar por la vida calculándolo todo para no correr riesgos. Es la virtud que permite reconocer qué corresponde hacer, concretamente, aquí y ahora, para realizar el bien.

Por eso la prudencia necesita tiempo. Y acá Kempis utiliza una idea preciosa: considerar las cosas despacio. Hay decisiones que se arruinan porque las tomamos demasiado pronto.


Entre el impulso y la acción hay un espacio

Y en ese espacio puede entrar Dios. 

Alguien me dice algo que me hiere. Inmediatamente aparece una respuesta. La tengo preparada. Incluso puede ser justa. Incluso puede ser brillante. Y precisamente ahí puedo hacer algo extraordinariamente pequeño: esperar.

No necesariamente un día. Quizá diez segundos. «Señor, ¿qué querés de mí ahora?» Eso cambia muchísimo. Porque la pregunta deja de ser: «¿Qué tengo ganas de contestar?» y se convierte en: «¿Qué respuesta sirve al bien?» A veces será callar. A veces será hablar. A veces habrá que corregir. A veces habrá que soportar. A veces habrá que poner un límite muy claro. A veces habrá que decir: «Esto que estás haciendo conmigo no está bien».

La mansedumbre cristiana no es pasividad. La prudencia tampoco. Lo que ambas impiden es que la pasión decida antes que nosotros.


Kempis conoce muy bien nuestra tendencia a creer lo peor

Después viene una observación psicológica sorprendentemente actual. Dice que, por nuestra debilidad, muchas veces estamos más dispuestos a creer y decir el mal de otro que el bien.

Esto merece quedarse un rato con nosotros. Alguien dice:

«¿Sabés lo que hizo fulano?»

Y algo dentro nuestro se activa inmediatamente. Curiosidad. Sorpresa. Indignación. Quizá incluso cierto placer secreto.

Kempis dice: cuidado. No sabés todavía. No viste. No conocés todas las circunstancias. No conocés la intención. Quizá ni siquiera quien te lo está contando conoce realmente lo ocurrido.

Y entonces formula una regla espiritual enormemente saludable: no creer enseguida todo lo que se oye y, sobre todo, no correr a repetirlo.

Qué distinto sería nuestro mundo si aplicáramos solamente este párrafo. Y qué distinto sería también el interior de nuestras comunidades cristianas. Porque una murmuración puede comenzar con algo aparentemente inocente:

«Te lo cuento solamente para que reces...»

Y cinco minutos después hemos destruido la fama de una persona. La prudencia sabe detener una historia en uno mismo. No todo lo que llega a mis oídos tiene derecho a salir por mi boca.


Pero Kempis va todavía más adentro

Hay otra frase que me parece central:

«Es gran sabiduría no ser precipitado en las acciones, ni obstinarse pertinazmente en el propio parecer.»

Acá la cosa empieza a doler un poquito más. Porque quizá no me cuesta tanto desconfiar de lo que dice otro. Lo verdaderamente difícil es desconfiar un poco de mí mismo. No en el sentido enfermizo de vivir inseguro. Sino poder pensar:

«Puedo estar equivocado.»

Cuánta libertad hay en esas cuatro palabras. Puedo haber entendido mal. Puedo no tener toda la información. Puedo haber juzgado una intención que desconozco. Puedo haber mezclado una vieja herida con una situación presente. Puedo incluso tener razón en una parte y estar equivocado en otra. La humildad del capítulo II reaparece ahora convertida en prudencia. No son virtudes aisladas. El humilde puede ser prudente precisamente porque no necesita tener siempre razón.


Pedir consejo

Kempis aconseja después consultar a una persona sabia y de buena conciencia antes que seguir obstinadamente el propio parecer. Esto también es profundamente católico. El discernimiento cristiano no es normalmente una aventura solitaria entre «Dios y yo».

Existe la Iglesia. Existe la Escritura. Existe el Magisterio. Existen personas prudentes. Existe la dirección espiritual. Existe la experiencia de quienes han recorrido antes el camino. Y pedir consejo no significa entregar nuestra conciencia a otra persona.

Al final uno tiene que decidir.

Pero hay momentos en los que necesitamos que alguien mire desde afuera aquello que nosotros estamos mirando desde adentro. Porque nosotros estamos implicados. Tenemos miedo y deseamos determinada solución. Nos sentimos heridos y tal vez estamos enfrascados en una sola posibilidad.

Y entonces una persona verdaderamente prudente puede hacernos una pregunta que nosotros no queríamos hacernos. Eso también puede ser gracia.


«Una buena vida hace al hombre sabio según Dios»

Esta es probablemente la frase que más me toca del capítulo. Kempis termina afirmando que la buena vida hace al hombre sabio según Dios y experimentado en muchas cosas; y añade que cuanto más humilde y sujeto a Dios vive, más prudente y pacífico llega a ser. 

Esto es particularmente hermoso porque no aconseja estudiar mucho como único camino para alcanzar la sabiduría Dice: viví bien.

Porque existe un conocimiento que solamente aparece viviendo. El hombre que ha perdonado muchas veces aprende cosas sobre el corazón humano que ningún manual puede enseñarle. Quien ha acompañado el sufrimiento aprende cuándo hablar y cuándo quedarse callado. Quien alguna vez juzgó injustamente empieza a ser más lento para juzgar. Quien necesitó misericordia empieza a reconocer la fragilidad ajena de otra manera. Quien se equivocó seriamente y fue levantado por Dios suele mirar con más ternura las equivocaciones de los demás. Un sacerdote que ha caído en una tentación pero que se ha levantado y ha dejado que Dios recomponga la Gracia en él, puede acercar la Misericordia de Dios en el Sacramento de la Reconciliación con un corazón más cercano al corazón de la persona a la que está llevando el perdón de Dios.

Eso es experiencia espiritual.

Y lentamente ocurre algo maravilloso: uno quizá tiene menos respuestas rápidas que antes, pero posee más sabiduría.


La prudencia y el Espíritu Santo

Ahora bien, hay algo que quisiera añadir desde nuestra fe católica. La prudencia no significa que debamos convertirnos en hombres calculadores. Existe también el don de consejo, uno de los siete dones del Espíritu Santo. La virtud de la prudencia dispone nuestra razón para discernir rectamente. El don de consejo lleva esa capacidad más allá, haciéndonos dóciles a la moción del Espíritu. Entonces aparece una paradoja preciosa. El hombre verdaderamente prudente puede algunas veces hacer algo que humanamente parece arriesgado.

  • Pedro puede bajar de la barca.
  • Francisco puede abrazar al leproso.
  • Teresa puede emprender una reforma.
  • Un mártir puede negarse a «salvar» su vida si reniega de Cristo.

La prudencia sobrenatural no pregunta solamente: «¿Qué es más seguro?» sino «¿Qué quiere Dios?»

Y a veces la voluntad de Dios conduce precisamente hacia aquello que nosotros jamás habríamos elegido por comodidad. Por eso Kempis no nos invita a volvernos temerosos. Nos invita a volvernos libres del impulso para poder obedecer a Dios.


Para permanecer hoy

Hoy me propondría algo muy pequeño. Cuando aparezca una reacción fuerte —una bronca, una sospecha, una necesidad urgente de responder, una opinión muy firme sobre alguien— no intentaría inmediatamente eliminarla. Solamente detenerme. Preguntar:

«Señor, ¿esto que siento me muestra la realidad tal como es, o solamente tal como yo la estoy viviendo?»

Después una segunda pregunta: «¿Qué querés que haga con esto?»

Y espería un poco. Quizá la respuesta sea actuar. Quizá hablar. Quizá callar. Quizá preguntar antes de juzgar. Quizá pedir consejo. Quizá reconocer que estaba equivocado. O quizá descubrir que estaba en lo cierto, pero que tener razón no me autoriza a dejar de amar.

Ahí la prudencia empieza a parecerse mucho a Cristo. Porque Jesús nunca fue impulsivo, pero tampoco fue indiferente.

Calló delante de Herodes. Respondió a Pilato. Lloró ante Lázaro. Expulsó a los vendedores del Templo. Perdonó desde la cruz. Cada cosa tuvo su hora.

Y quizá la prudencia cristiana consista, en lo más profundo, en eso: aprender con Cristo qué pide el amor en esta hora concreta.


Simple oración

Señor Jesús,

hay momentos
en que mi corazón corre
más rápido que la verdad.

Creo demasiado pronto
juzgo demasiado pronto
respondo demasiado pronto.

Enseñame esa pausa interior
en la que pueda encontrarte.

Cuando escuche hablar de otro
guardá mi lengua.

Cuando crea tener razón
guardá mi soberbia.

Cuando tenga que hablar
quitame el miedo.

Cuando tenga que callar
quitame la necesidad
de imponerme.

Dame un corazón prudente
pero no temeroso.

Sereno
pero no indiferente.

Capaz de escuchar
de esperar
de preguntar.

Y finalmente
de decidir

no según mi impulso
sino según tu voluntad.

Espíritu Santo
dame el don de consejo

para reconocer
en medio de tantas voces

esa voz tuya
que nunca grita

pero conduce.

Amén.

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XI. DE CÓMO SE DEBE ADQUIRIR LA PAZ Y DEL CELO POR APROVECHAR.

  «Mucha paz podríamos tener si no quisiéramos ocuparnos de los dichos y hechos ajenos y de las cosas que no están a nuestro cargo.» E ste c...