«Por ninguna cosa del mundo, ni por amor de alguno, se debe hacer cosa mala»
Kempis comienza estableciendo un principio que protege toda la reflexión posterior: Antes de hablar de la grandeza de la caridad, pone un límite muy claro. El amor nunca convierte el mal en bien. Esto tiene una enorme importancia para comprender cristianamente la intención. Podemos querer profundamente a una persona y desear sinceramente ayudarla. Pero la bondad de aquello que hacemos no depende únicamente de la sinceridad con que lo deseamos. Una buena intención puede equivocarse.
El bien nunca puede nacer del malLa caridad, en sentido teológico, tiene una profundidad mayor. Es la virtud por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Dios. Su fuente es la gracia:
«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom 5,5).
Santo Tomás de Aquino llegará a hablar de la caridad como una amistad del hombre con Dios. Por eso la caridad necesita caminar en la verdad. El amor cristiano desea realmente el bien del otro y recibe de Dios la medida última de ese bien. Kempis coloca este principio al comienzo porque sabe que incluso el lenguaje del amor podría utilizarse para justificar aquello que objetivamente aparta del bien. La caridad jamás necesita del mal para amar.
Una obra buena puede dejar paso a otra mejor
Inmediatamente Kempis introduce un matiz:
«Mas por el provecho de quien lo hubiere menester, alguna vez se puede dejar la buena obra o mudarla por otra mejor.»
Aquí aparece una libertad espiritual muy hermosa. Incluso una obra buena puede convertirse en algo a lo que nos aferramos. Tal vez habíamos decidido hacer algo verdaderamente valioso. Pero aparece delante de nosotros una necesidad que reclama nuestra atención y nos obliga a modificar lo previsto. Kempis enseña a discernir. La fidelidad al bien no consiste necesariamente en aferrarnos a aquello que habíamos decidido hacer. La caridad mira a la persona concreta. Por eso puede ocurrir que abandonar una obra buena sea precisamente lo que el amor pide en ese momento. Jesús muestra constantemente esta libertad en el Evangelio. Su camino es interrumpido por personas que lo llaman y reclaman su atención. Él sabe recibir esas irrupciones sin convertir su misión en una estructura rígida. La obra pertenece al amor. El amor no pertenece a la obra. Y cuando esta relación se invierte, incluso aquello que hacemos por Dios puede terminar girando alrededor de nosotros mismos.
La obra exterior y su raíz interior
Kempis llega entonces a una de las afirmaciones centrales del capítulo:
«Sin caridad, la obra exterior de nada aprovecha.»
La frase puede resultar fuerte. Kempis no desprecia las obras exteriores. Toda la tradición cristiana reconoce su importancia. El amor necesita encarnarse en acciones reales. Pero una acción exteriormente admirable puede tener una raíz interior profundamente ambigua. San Pablo expresa algo semejante en el gran himno de la caridad:
«Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada» (1 Cor 13,3).
La magnitud exterior de la obra no garantiza por sí misma su profundidad espiritual. Podemos hacer algo objetivamente bueno y descubrir que dentro de nosotros buscábamos también reconocimiento. La gracia va purificando esas mezclas. No hace falta esperar a poseer una intención absolutamente pura para comenzar a hacer el bien. Si así fuera, probablemente nunca comenzaríamos. Pero necesitamos permitir que Dios trabaje también en el motivo por el cual actuamos. Porque Él no mira solamente nuestras manos. Mira el corazón que mueve esas manos.
La pequeñez transformada por el amor
Kempis continúa:
«Todo lo que se hace por caridad, por pequeño y despreciable que sea, se hace todo fructuoso.»
Aquí el capítulo adquiere una ternura especial. La lógica de Dios no coincide necesariamente con nuestra manera de medir las cosas. Nos impresiona lo visible. Dios puede recibir una acción que casi nadie advierte y encontrar allí un amor inmenso. Jesús lo mostró cuando observó a una viuda depositando dos pequeñas monedas en el tesoro del templo:
«Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros» (Lc 21,3).
Exteriormente había dado menos. Jesús vio otra medida. La mirada de Dios alcanza la entrega escondida dentro del gesto. Por eso la vida cristiana puede estar llena de actos que jamás serán recordados por nadie y que, sin embargo, poseen un enorme valor delante de Dios. La caridad modifica el peso espiritual de las cosas. Lo pequeño puede volverse inmenso cuando lleva dentro un amor verdadero.
Dios mira cuánto amor hay en la obra
Kempis explica la razón:
«Porque Dios mira más con cuánto amor obra uno que cuánto hace.»
Quizá ésta sea la frase que mejor condensa todo el capítulo. Estamos acostumbrados a medir nuestra vida por resultados. La mirada de Dios penetra más profundamente. Esto puede resultar especialmente consolador cuando aquello que hacemos parece pequeño o insuficiente. Hay situaciones en las que quisiéramos poder hacer mucho más. No podemos.
Entonces aparece la tentación de considerar insignificante aquello poco que está a nuestro alcance. Kempis nos recuerda que Dios conoce la medida verdadera de una obra. Una palabra sencilla puede llevar dentro años de fidelidad. Un gesto que nadie advierte puede haber exigido una profunda entrega interior. La mirada divina alcanza ese lugar. Por eso la caridad libera también de la comparación.
No necesitamos preguntarnos continuamente si hacemos tanto como otro. Dios no está construyendo una tabla de resultados. Mira el amor.
El amor propio escondido dentro de las buenas obras
Kempis profundiza todavía más:
«El que tiene verdadera y perfecta caridad, en ninguna cosa se busca a sí mismo.»
Esta afirmación permite comprender por qué el capítulo anterior había insistido tanto en el amor propio.
También podemos buscarnos dentro de nuestras buenas obras. Y quizá ésta sea una de las formas más difíciles de reconocer. La obra puede estar bien hecha. El prójimo puede incluso haber recibido un verdadero beneficio. Pero dentro de nosotros puede existir una necesidad silenciosa de ser reconocidos. Cuando ese reconocimiento no llega, aparece la tristeza. Entonces descubrimos que esperábamos algo. Este descubrimiento puede doler, pero es espiritualmente valioso. Dios nos está mostrando una zona de nuestro amor que todavía necesita ser liberada. La caridad perfecta no nace de un día para otro. La gracia va purificando lentamente nuestras motivaciones para que podamos amar con una libertad cada vez mayor.
Que Dios sea glorificado
Kempis completa su pensamiento afirmando que quien posee verdadera caridad desea que Dios sea glorificado. Aquí aparece la orientación profunda de toda obra cristiana. El bien que hacemos encuentra su plenitud cuando deja transparentar la bondad de Dios. Jesús había dicho:
«Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo» (Mt 5,16).
Las obras aparecen. Pero la gloria termina en el Padre. Ésta es una de las libertades más hermosas que puede concedernos la gracia. Hacer el bien sin necesitar apropiarnos de él. Aceptar incluso que otro continúe una obra que nosotros comenzamos. Alegrarnos cuando el bien sucede aunque nuestro nombre desaparezca. Entonces la caridad comienza a parecerse cada vez más al modo de amar de Cristo.
Amar porque primero fuimos amados
Todo esto podría parecernos demasiado exigente si olvidáramos de dónde nace la caridad. Nosotros no fabricamos el amor cristiano únicamente mediante esfuerzo.
San Juan lo expresa de manera admirable:
«Nosotros amamos porque Dios nos amó primero» (1 Jn 4,19).
Antes de nuestras obras está el amor recibido. Antes de nuestra entrega está la gracia. Antes de que podamos amar a alguien con verdadera caridad, nosotros mismos hemos sido alcanzados por un amor que no merecíamos producir. Esto cambia profundamente el capítulo. Kempis no está proponiendo una competición por alcanzar intenciones cada vez más perfectas. Nos está conduciendo hacia una purificación del corazón. Y esa purificación sólo puede realizarse plenamente cuando dejamos que Dios nos ame. Quien se sabe recibido gratuitamente puede comenzar a amar sin reclamar continuamente una recompensa.
La caridad nace de Dios y vuelve hacia Dios atravesando nuestra vida.
Para permanecer hoy
Hoy quiero mirar mis obras delante de Dios. No quiero preguntarme primero cuánto hice. Quiero preguntarme desde dónde lo hice. Quizá haya algo bueno que realizo y en lo que, sin advertirlo, espero reconocimiento. No necesito avergonzarme de descubrirlo. Quiero entregárselo a Dios para que purifique mi manera de amar. También quiero recordar una frase de Kempis:
«Dios mira más con cuánto amor obra uno que cuánto hace.»
La recibo como una liberación. No necesito hacer algo extraordinario para que mi vida tenga valor delante de Dios. Puedo amar dentro de aquello pequeño que hoy me toca. Y cuando aparezca una necesidad que desordene mis planes, quiero recordar que incluso una buena obra puede dejar paso a otra mejor.
Me pregunto:
¿Busco realmente el bien o necesito también encontrarme a mí mismo dentro de aquello que hago?
No sé responder del todo. Pero puedo poner la pregunta delante de Dios. Hoy no necesito hacer algo grande. Necesito amar con mayor verdad.
Simple oración
Señor Jesús,
mirá la raíz de mis obras
allí donde sólo Vos podés entrar.
Purificá lentamente mi manera de amar
para que el bien que hago
no termine volviendo siempre hacia mí.
No me dejes confundir
mis buenas intenciones
con la verdad de tu amor.
Cuando mis manos puedan hacer poco,
recordame que Vos mirás
el amor escondido en lo pequeño.
Y cuando busque ser reconocido,
volvé suavemente mi corazón hacia el Padre.
Quiero aprender de Vos,
que me amaste primero
y me enseñás todavía a amar.
Amén.




.png)
.png)
.png)
.png)