«Mucha paz podríamos tener si no quisiéramos ocuparnos de los dichos y hechos ajenos y de las cosas que no están a nuestro cargo.»
Este capítulo comienza hablando de la paz, pero enseguida descubrimos que Tomás de Kempis entiende la paz de una manera exigente.La paz que busca nace de un corazón que ha comenzado a ordenarse.
Por eso la primera mirada de Kempis se dirige hacia una tendencia profundamente humana: vivir demasiado pendientes de aquello que sucede fuera de nosotros. Hay una curiosidad que parece inocente y que, poco a poco, puede ocupar el espacio interior que necesitamos para vivir delante de Dios.
Nos interesa lo que ocurrió. Queremos saber. Y una vez que sabemos, aquello que conocimos comienza a vivir dentro de nosotros. Kempis ha comprendido que el corazón tiene una capacidad limitada de atención. Aquello a lo que prestamos continuamente nuestra atención termina habitándonos. Por eso su pregunta acerca de la paz termina siendo una pregunta acerca de dónde tenemos puesto el corazón.
La paz tiene una fuerza interior
Hay una frase de este capítulo que merece ser leída lentamente:
«¿Cómo puede permanecer mucho tiempo en paz quien se entromete en cuidados ajenos, busca ocasiones exteriores y poco o raramente se recoge dentro de sí?»
Aquí aparece otra vez una palabra que ya encontramos en capítulos anteriores: recogerse. Tiene una belleza especial. Recogerse significa volver a reunir lo que estaba disperso. Durante el día nuestra atención sale continuamente hacia las cosas. Eso pertenece a la vida y también al amor. Vivimos abiertos al mundo y a los demás. Pero puede llegar un momento en que ya no sabemos regresar. Entonces seguimos viviendo hacia afuera aun cuando estamos solos. Kempis percibe que la paz necesita ese regreso. Hay que volver alguna vez al propio corazón. Y allí ocurre algo sorprendente: cuando entramos verdaderamente dentro de nosotros mismos, no encontramos solamente nuestro yo. Encontramos una Presencia. San Agustín lo expresó de una manera incomparable cuando, después de relatar su larga búsqueda, pudo decirle a Dios:
«Vos estabas dentro de mí, y yo fuera.»
La tragedia espiritual que describe Agustín resulta extraordinariamente cercana. Dios estaba allí. El problema era que él mismo vivía lejos de ese lugar interior. Kempis parece conducirnos hacia la misma experiencia. Tal vez una parte importante de nuestra inquietud nazca de vivir demasiado tiempo fuera de nosotros.
La paz que Jesús da
Cuando el Evangelio de Juan habla de la paz, pone en labios de Jesús unas palabras extraordinarias:
«Les dejo la paz, les doy mi paz» (Jn 14,27).
Hay algo profundamente personal en esta frase. Jesús dice «mi paz».
La paz cristiana tiene entonces una forma concreta: es la paz de Cristo comunicada al discípulo. Y Jesús pronuncia estas palabras durante la Última Cena. Esto cambia todo. La cruz está cerca. Judas ya ha entrado en la noche. Los discípulos todavía no comprenden lo que está ocurriendo. Jesús sabe que llegará la dispersión. Y precisamente allí habla de paz. Por eso la paz de la que habla Cristo posee una profundidad que las circunstancias exteriores no pueden explicar. Procede de su comunión con el Padre. Jesús vive dentro de una relación que permanece incluso cuando alrededor todo comienza a quebrarse. Aquí podemos volver a nuestro tema de Juan: μένειν, permanecer. La paz tiene mucho que ver con la permanencia. Quien permanece en Cristo empieza a descubrir un centro que las circunstancias pueden sacudir profundamente sin conseguir destruirlo.
«Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes» (Jn 15,4).
Quizá podamos leer desde aquí todo este capítulo de Kempis. La paz comienza a aparecer cuando el corazón encuentra dónde permanecer.
Lo que ocurre cuando miramos demasiado a los demás
Kempis conoce una fuente muy concreta de inquietud: ocuparnos interiormente de la vida ajena. No hace falta que exista mala intención. Podemos empezar simplemente prestando atención. Después aparece un juicio. Y cuando queremos darnos cuenta estamos llevando dentro una situación que, en realidad, no nos correspondía cargar. Esto produce un extraño cansancio espiritual. El corazón termina ocupado por personas ausentes. Y mientras tanto podemos dejar sin mirar aquello que Dios está haciendo en nosotros. Hay una frase de Jesús resucitado a Pedro que ilumina maravillosamente esta cuestión. Después de anunciarle el camino que le espera, Pedro mira al discípulo amado y pregunta:
«Señor, ¿y qué será de éste?» (Jn 21,21).
La respuesta de Jesús es sorprendentemente directa:
«¿Qué te importa? Vos seguime» (Jn 21,22).
Hay algo profundamente liberador en esas palabras. Vos seguime. Pedro acaba de recibir su propio camino y enseguida mira el camino del otro. Jesús vuelve a traerlo hacia su vocación. Ese movimiento puede repetirse también en nosotros. Miramos alrededor y empezamos a preguntarnos por qué el otro tiene determinada historia, por qué Dios parece conducirlo de cierta manera o por qué su camino resulta diferente del nuestro. Entonces Cristo vuelve a decir:
«Vos seguime.»
Hay una paz enorme escondida en aceptar que no necesitamos comprender el camino que Dios está haciendo con todos para poder recorrer fielmente el nuestro.
El celo por aprovechar
El título del capítulo une la paz con algo que podría parecernos inesperado: el deseo de progresar espiritualmente. Kempis no entiende la paz como quietud inmóvil. Hay una paz que crece precisamente porque el corazón está caminando hacia Dios. Por eso habla con fuerza contra la tibieza. La vida espiritual puede acostumbrarse a sí misma. Podemos rezar y seguir haciéndolo durante años mientras lentamente dejamos de esperar que algo profundo ocurra entre Dios y nosotros. Entonces Kempis nos despierta. La conversión permanece abierta. Siempre existe una profundidad mayor de comunión con Cristo. Esto no significa vivir examinándonos ansiosamente para comprobar cuánto hemos avanzado. Una espiritualidad así terminaría girando alrededor de nosotros mismos. El crecimiento cristiano tiene otra medida. San Pablo lo expresa maravillosamente:
«Olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta» (Flp 3,13-14).
Pablo ha encontrado a Cristo y precisamente por haberlo encontrado continúa corriendo hacia Él. Ésa es una de las paradojas más hermosas de la vida espiritual. Cristo ya está presente y todavía lo buscamos. Ya hemos sido alcanzados y continuamos caminando. Ya habitamos en Él y todavía necesitamos aprender a permanecer.
La raíz de nuestras inquietudes
Kempis llega en este capítulo a una afirmación muy penetrante: si estuviéramos enteramente muertos a ciertos desórdenes interiores, podríamos gustar más profundamente las cosas divinas. Su lenguaje ascético es fuerte, pero detrás de él hay una intuición muy fina. A veces creemos que nuestra falta de paz proviene enteramente de lo que sucede. Con el tiempo descubrimos que una misma realidad puede ser vivida de maneras muy diferentes según el lugar interior desde el cual la recibimos. Esto explica por qué la paz cristiana requiere conversión. El Espíritu Santo trabaja en las profundidades de nuestra libertad hasta que aquello que antes nos dominaba comienza a perder poder sobre nosotros. Y entonces ocurre algo que sólo puede comprenderse después de haberlo experimentado: la circunstancia quizá siga allí, pero nosotros ya no estamos exactamente en el mismo lugar interior. Ha aparecido espacio. Podemos respirar. La paz empieza a crecer. No porque todo se haya resuelto. Dios ha comenzado a ordenar algo dentro.
La batalla interior
Kempis habla también del combate contra aquello que impide nuestro crecimiento. Aquí toca una dimensión esencial de la tradición cristiana. La paz espiritual no nace de evitar toda lucha. Hay una lucha necesaria. Los antiguos Padres del desierto lo sabían muy bien. El corazón necesita aprender a reconocer los movimientos que lo atraviesan para poder orientarse nuevamente hacia Dios. La verdadera batalla espiritual ocurre muchas veces en un lugar que nadie ve. Por fuera quizá no sucede nada extraordinario. Por dentro una persona está aprendiendo a entregar aquello que durante años gobernó su corazón. Y esa lucha puede ser profundamente santa. Porque cada vez que elegimos volver hacia Dios algo se reordena. Tal vez muy lentamente. La Gracia suele trabajar así. No siempre transforma nuestra vida mediante acontecimientos espectaculares. A veces realiza su obra a través de pequeñas fidelidades repetidas durante mucho tiempo. Un día miramos hacia atrás y descubrimos que aquello que antes nos dominaba ya no tiene la misma fuerza.
Algo ha sido sanado. Quizá ni siquiera sepamos exactamente cuándo ocurrió.
La paz como fruto
Esto permite comprender mejor la paz que busca Kempis. San Pablo habla del «fruto del Espíritu» y allí aparece la paz (cf. Gál 5,22). La palabra fruto resulta especialmente hermosa. Un fruto necesita tiempo. Crece desde dentro. No podemos tirar de una rama para obligarla a fructificar. La vida espiritual posee algo de esa paciencia. Podemos preparar el corazón y colaborar con la Gracia, pero finalmente el fruto pertenece a una vida que Dios hace crecer dentro de nosotros. Quizá por eso algunas personas, después de atravesar largos caminos con Dios, adquieren una serenidad difícil de explicar.
Han sufrido. Siguen siendo vulnerables. Sin embargo, algo en ellas permanece. Uno siente que su paz viene de más lejos. Tal vez venga de haber aprendido, durante años, dónde apoyar el corazón.
Para permanecer hoy
Hoy podría quedarme con aquellas palabras de Jesús a Pedro:
«Vos seguime» (Jn 21,22).
Me conviene escucharlas como dirigidas personalmente a mí.
Vos seguime.
Tal vez mi atención esté demasiado ocupada por algo que pertenece al camino de otro. Cristo puede estar llamándome suavemente de regreso. No necesito resolver la vida ajena para seguirlo. Hay un camino que pasa exactamente por el lugar donde estoy.
Quizá hoy la paz consista en volver allí. Puedo entrar un momento dentro de mí mismo y preguntarme delante del Señor:
«¿Dónde está hoy mi corazón?»
Después, tal vez, me convenga dejar que la pregunta permanezca. Sin buscar inmediatamente una explicación. Puede ocurrir que descubra cuánto de mí está viviendo fuera, ocupado en algo sobre lo que apenas tengo poder. Entonces lo mejor es que vuelva. Muy despacio. Cristo está en el centro. Y desde allí me vuelve a decir:
«Permanezcan en mí» (Jn 15,4).
«Permanecé en mí»
Quizá éste sea el secreto más profundo de la paz. Permanecer. Cuando mi mente vuelva a dispersarse, puedo regresar. Cuando el corazón vuelva a salírseme detrás de aquello que no puede controlar, puedo regresar.
Cada regreso es ya oración.
Y con el tiempo quizá comprenda que la paz nunca estuvo tan lejos como imaginaba. Dios estaba dentro.
Esperándome.
Simple oración
Señor Jesús,
tantas veces mi corazón se aleja de su centro
y después no sabe encontrar
el camino de regreso.
Vos conocés mi inquietud
y sabés dónde nace.
Llamame nuevamente hacia Vos.
Cuando mi mirada se pierda
en caminos que no me pertenecen,
haceme escuchar tu voz diciéndome:
«Vos seguime».
Quiero aprender a permanecer.
Que tu presencia vaya ordenando
lentamente
mi interior
hasta que la paz pueda crecer
como fruto de tu Espíritu.
Y cuando vuelva a dispersarme,
recibime otra vez.
Quedate en mí, Señor.
Y enseñame a quedarme en Vos.
Amén.
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