Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio, este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.
«Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros.»
La paz comienza en un lugar mucho más cercano de lo que solemos imaginar. En uno mismo.
Después de haber hablado de la conversión interior y de la humilde sumisión, Kempis se pregunta qué ocurre cuando ese trabajo interior entra en contacto con los demás. La respuesta es profundamente concreta: aquello que llevamos dentro termina alcanzando nuestras relaciones.
Un corazón alterado lleva su alteración consigo. Un corazón pacificado puede convertirse en presencia de paz.
«Ponte primero a ti en paz»
Kempis no dice simplemente que busquemos la paz. Dice:
«Ponte primero a ti en paz».
Hay algo activo en esta expresión.
La paz interior requiere que el hombre deje de vivir enteramente gobernado por sus reacciones. No todo pensamiento que aparece merece ser creído. No toda sospecha necesita ser alimentada. No toda irritación tiene derecho a convertirse en palabra.
Kempis conoce muy bien esa relación entre lo interior y lo exterior.
Por eso añade:
«El hombre pacífico aprovecha más que el muy letrado.»
Es una afirmación característica de la Imitación. Desde el comienzo de la obra, Kempis ha desconfiado de un saber que puede permanecer separado de la transformación de la vida.
Aquí lleva esa intuición al terreno de la convivencia.
Podemos saber mucho acerca de Dios y, sin embargo, resultar difíciles para quienes viven cerca de nosotros.
Para Kempis, la paz del corazón posee una fecundidad que el conocimiento por sí solo no garantiza.
La pasión cambia nuestra mirada
Luego aparece una observación psicológica muy fina:
«El hombre apasionado, aun el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo.»
Kempis utiliza aquí apasionado en el sentido de quien está dominado por una pasión desordenada. Cuando eso sucede, la mirada pierde libertad.
Ya no vemos solamente lo que ocurre.
Vemos también aquello que nuestra agitación proyecta sobre lo ocurrido.
Por eso Kempis contrapone:
«El hombre bueno y pacífico todas las cosas echa a la buena parte.»
No está proponiendo ingenuidad. Hay acciones que son realmente malas y el propio Kempis jamás niega la existencia del pecado.
Está hablando de una disposición del corazón.
El hombre pacífico no necesita interpretar inmediatamente al otro desde la sospecha.
Y entonces escribe:
«El que está en buena paz, de ninguno sospecha.»
La paz modifica la mirada.
Cuando la inquietud busca culpables
Kempis continúa:
«El descontento y alterado, con diversas sospechas se atormenta; ni el sosiega, ni deja descansar a los otros.»
La frase es extraordinariamente humana.
La inquietud interior rara vez permanece encerrada.
El hombre alterado termina llevando su agitación hacia quienes lo rodean. Busca explicaciones fuera de sí y puede llegar a creer que recuperaría la paz si los demás cambiaran.
Kempis descubre entonces un mecanismo muy frecuente:
«Piensa lo que otros deben hacer, y deja él sus obligaciones.»
Mientras observo aquello que el otro tendría que corregir, puedo dejar inadvertidamente de mirar lo que ocurre en mí.
Por eso vuelve a dirigir la mirada hacia dentro:
«Ten, pues, primero celo contigo, y después podrás tener buen celo con el prójimo.»
La corrección del otro necesita nacer de un corazón que ya ha comenzado a dejarse corregir.
De lo contrario, aquello que llamamos celo puede esconder nuestra propia impaciencia.
La medida que usamos con los demás
El segundo apartado comienza con una frase difícil de esquivar:
«Tú sabes excusar y disimular muy bien tus faltas, y no quieres oír las disculpas ajenas.»
Kempis descubre una asimetría muy humana.
Conocemos desde dentro nuestras propias debilidades. Sabemos por qué estábamos cansados, qué nos sucedía aquel día, qué intención teníamos. Por eso encontramos fácilmente circunstancias que expliquen nuestra conducta.
Del otro solamente vemos lo que hizo.
Y entonces podemos juzgarlo sin concederle la misma complejidad que concedemos a nuestra propia historia.
Kempis propone invertir esa tendencia:
«Más justo sería que te acusases a ti, y excusases a tu hermano.»
No está pidiendo que neguemos el mal cometido por otro. Está atacando esa facilidad con la que somos indulgentes con nosotros mismos y rigurosos con los demás.
La verdadera caridad comienza a modificar esa medida.
«Sufre a los otros si quieres que te sufran»
Kempis escribe:
«Sufre a los otros si quieres que te sufran.»
En el castellano de esta traducción, sufrir conserva aquí el sentido de soportar pacientemente.
La frase podría parecer poco elevada. Sin embargo, toca una dimensión muy concreta del amor.
Amar a una persona real significa encontrarse también con aquello que en ella resulta difícil.
Y nosotros somos, a nuestra vez, personas que otros deben aprender a soportar.
Esta conciencia puede volvernos más misericordiosos.
Kempis lo lleva directamente al terreno espiritual:
«Mira cuán lejos estás aún de la verdadera caridad y humildad».
La convivencia se convierte así en lugar de revelación.
Es relativamente fácil imaginar que amamos mucho mientras nadie contradice nuestra voluntad.
La presencia del otro, con su carácter propio y sus límites, muestra hasta dónde ha llegado realmente nuestra caridad.
La paz con quien no piensa como yo
Kempis llega entonces a uno de los puntos centrales del capítulo:
«No es mucho conversar con los buenos y mansos, pues esto a todos da gusto naturalmente».
Hay relaciones en las que la paz surge casi espontáneamente. La afinidad facilita el encuentro.
Pero Kempis quiere llevar la caridad más lejos:
«poder vivir en paz con los duros, perversos y mal acondicionados, y con quien nos contradice, grande gracia es».
La expresión decisiva es:
«grande gracia».
Kempis sabe que hay una paz que supera nuestras simpatías naturales.
La convivencia con quien nos contradice toca fácilmente nuestro amor propio. Precisamente allí puede aparecer una forma más profunda de caridad.
Esto no significa aprobar todo lo que otra persona haga. Kempis habla de vivir en paz.
La paz cristiana permite sostener una diferencia sin convertir inmediatamente al otro en enemigo.
Y eso, dice Kempis, es gracia.
Una paz que comienza dentro
Hacia el final, Kempis distingue entre quienes tienen paz y quienes viven interiormente perturbados. Pero su mirada vuelve enseguida a la responsabilidad personal.
El hombre pacífico puede trabajar para que otros encuentren también la paz.
Así se comprende mejor la primera frase del capítulo:
«Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros.»
La paz que ofrecemos necesita tener algún lugar dentro de nosotros del cual brotar.
Kempis no imagina una vida sin contrariedades. Lo dice expresamente:
«Pues toda nuestra paz en esta miserable vida, está puesta más en el sufrimiento humilde, que en dejar de sentir contrariedades.»
Esta frase es fundamental.
Kempis no promete que llegará un momento en que nada nos perturbará porque todas las dificultades habrán desaparecido.
La paz madura mientras las contrariedades todavía existen.
El hombre aprende a atravesarlas sin entregarles el gobierno de su corazón.
«Amigo de Cristo»
El capítulo termina:
«El que sabe mejor padecer, tendrá mayor paz.»
Y entonces Kempis describe a ese hombre con una expresión que lleva todo nuevamente hacia Jesús:
«Este es el vencedor de sí mismo y señor del mundo, amigo de Cristo y heredero del cielo.»
Amigo de Cristo.
Después de hablar de sospechas, contradicciones y dificultades de convivencia, Kempis termina allí.
La paz interior está vinculada a esa amistad.
El hombre pacífico no es simplemente alguien de temperamento tranquilo. Puede tener luchas interiores muy fuertes. Kempis piensa en quien ha aprendido a no dejarse gobernar enteramente por ellas.
La paz cristiana nace en una libertad conquistada bajo la gracia.
Y quizá por eso el capítulo resulta tan concreto.
Podemos preguntarnos si tenemos paz con Dios mientras seguimos necesitando mirar también qué ocurre con nuestra paz frente al hermano.
Porque aquello que sucede dentro del corazón termina apareciendo en nuestra manera de mirar al otro.
Para permanecer hoy
Hoy quiero mirar qué sucede en mí cuando alguien me contradice.
Tal vez allí pueda conocerme mejor que en muchos momentos de tranquilidad.
Quiero descubrir si mi primera reacción es sospechar, defenderme o pensar inmediatamente qué debería cambiar el otro.
Kempis me devuelve hacia mí:
«Ponte primero a ti en paz».
Quiero comenzar ahí.
También yo tengo defectos que otros soportan. También yo necesito ser comprendido y perdonado.
Que esa conciencia vuelva más misericordiosa mi mirada.
Y cuando encuentre a alguien con quien me resulte difícil vivir en paz, quiero recordar que Kempis llama a eso «grande gracia».
No puedo producirla por mí mismo.
Puedo pedírsela a Dios.
Simple oración
Señor,
cuando mi corazón
se altere,
guardame cerca de Vos.
Que la inquietud
no oscurezca mi mirada
sobre el hermano.
Enseñame a reconocer
cuánto necesito también yo
ser comprendido.
Cuando alguien
me contradiga,
que tu gracia abra
dentro de mí
un lugar para la paz.
Y desde allí,
sin huir de la verdad
ni endurecer el corazón,
haceme cada día
un poco más
amigo de Cristo.
Amén.




