02 octubre 2026

2 DE OCTUBRE. MEMORIA DE LOS SANTOS ÁNGELES CUSTODIOS.

 «Él dará orden a sus ángeles para que te cuiden en todos tus caminos» (Sal 90 [91], 11)

Hay verdades de la fe cristiana que, de tan familiares, corren el riesgo de volverse pequeñas ante nuestros ojos. La existencia del Ángel Custodio es una de ellas. Tal vez porque aprendimos a invocarlo cuando éramos niños; tal vez porque tantas imágenes piadosas lo representan inclinándose sobre una cuna o cuidando a dos pequeños que atraviesan un puente peligroso, como la que acompaña estas palabras. Son imágenes hermosas, ciertamente, pero detrás de ellas hay algo inmensamente más grande: el misterio de la Providencia de Dios sobre cada vida humana.

La memoria litúrgica que la Iglesia celebra cada 2 de octubre no nació de una ocurrencia tardía. La celebración específica fue desarrollándose lentamente en Occidente. Hubo celebraciones locales ya antes de su incorporación al calendario general; san Pablo V impulsó su celebración en 1608 y, finalmente, Clemente X estableció en 1670 su celebración para toda la Iglesia el 2 de octubre. Mucho más antigua que la fiesta, sin embargo, es la fe que ella celebra. La doctrina del ministerio protector de los ángeles hunde sus raíces en la Sagrada Escritura y aparece muy tempranamente en la tradición cristiana.

Ya san Basilio Magno, muerto en el año 379, enseñaba que junto a cada fiel se encuentra un ángel como protector y pastor que lo ayuda a caminar hacia la Vida que ofrece Cristo. Siglos después, san Bernardo de Claraval se convertiría en uno de los grandes maestros espirituales de esta devoción. La Iglesia no inventó tardíamente a los Ángeles Custodios: fue tomando conciencia, celebrando y expresando litúrgicamente algo que pertenecía desde antiguo a su comprensión de la Providencia divina. Y es precisamente allí, en la Escritura, donde conviene comenzar.

Cuando Israel atraviesa el desierto, Dios le dice:

«Yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te proteja en el camino y te conduzca hasta el lugar que te he preparado» (Ex 23,20).

Es una imagen extraordinaria.

Hay un camino.
Hay alguien que camina.
Hay una meta preparada por Dios.
Y hay una presencia enviada por Él que acompaña ese camino.

El ángel no sustituye a Dios. No ocupa su lugar. No posee una voluntad paralela a la voluntad divina. Es criatura y servidor. Precisamente aquí conviene recordar aquella expresión tan precisa de san Agustín que recoge el Catecismo: “ángel” designa el oficio, no la naturaleza. Si preguntamos qué es, responde Agustín, es espíritu; si preguntamos qué hace, es ángel, es decir, mensajero. Los ángeles son criaturas espirituales, personales, dotadas de inteligencia y voluntad, servidores del designio de Dios.

Por eso toda auténtica devoción a los ángeles conduce hacia Dios y nunca se detiene en ellos. Pero hay un texto de Jesús todavía más conmovedor. En medio de su enseñanza acerca de los pequeños, el Señor pronuncia una frase que la tradición cristiana nunca olvidó:

«Cuídense de despreciar a uno de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial» (Mt 18,10).

Hay algo formidable en estas palabras. El ángel pertenece simultáneamente, podríamos decir, al misterio de la contemplación y de la misión. Custodia al hombre y contempla a Dios. Está vuelto hacia nosotros sin dejar de estar vuelto hacia Él.

Y quizá aquí aparece lo más hermoso de la doctrina del Ángel Custodio: su mirada sobre nosotros nace de su mirada sobre Dios. No nos ama independientemente de Dios. Nos custodia porque pertenece enteramente a Dios. Su ministerio sobre nuestra vida procede de la caridad divina. Por eso el Catecismo puede resumir toda esta tradición diciendo que, desde el comienzo de la vida hasta la muerte, la existencia humana está rodeada por la custodia y la intercesión de los ángeles, y recoge nuevamente la antigua enseñanza de san Basilio: junto al creyente hay un ángel como protector y pastor que lo conduce hacia la vida. Esto permite comprender algo todavía más profundo.

El Ángel Custodio no nos evita la condición humana.

No impide que suframos. No elimina nuestras decisiones. No sustituye nuestra libertad. No vuelve mágicamente inocuo el mundo. La custodia angélica no significa que jamás nos ocurrirá nada doloroso. Si así lo creyéramos, bastaría mirar la vida de los santos —o la propia vida de Cristo— para desmentirlo.

Significa algo mucho más hondo: nuestra vida no está abandonada.

El mismo Jesús estuvo rodeado por el ministerio de los ángeles. Ellos están presentes en torno al misterio de su nacimiento; lo sirven después de las tentaciones; uno de ellos lo conforta en Getsemaní; anuncian su Resurrección y estarán presentes cuando vuelva glorioso. La existencia terrena del Verbo encarnado aparece, desde la Encarnación hasta la Ascensión, misteriosamente acompañada por ellos.

Y esto cambia mucho nuestra manera de pensar la custodia. Porque en Getsemaní el ángel no hace desaparecer el cáliz. Lo acompaña. Fortalece y consuela a Cristo —en la fragilidad de su humanidad asumida— en medio de la Pasión, sin suprimirla.

Hay aquí una luz inmensa para comprender nuestro propio Ángel Custodio. Quizá muchas veces pedimos ser librados de aquello que debemos atravesar. Y Dios puede ciertamente librarnos. Pero otras veces su Providencia obra de otra manera: no quitando el camino, sino dándonos compañía para atravesarlo.

Por eso resulta tan significativa la lectura del Éxodo elegida por la liturgia de esta memoria:

«Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado» (Ex 23,20).

No dice: para que no haya camino.

Dice: para que te cuide en el camino.

Y quizá allí esté escondida una de las palabras más hermosas de esta Memoria: Camino.

La vida cristiana es camino hacia Alguien. El Ángel Custodio conoce esa dirección. No puede obligarnos a recorrerla porque nuestra libertad permanece intacta; pero puede asistirnos, inspirarnos hacia el bien, interceder por nosotros, acompañarnos en el combate espiritual y ayudarnos misteriosamente a permanecer orientados hacia Dios. Por eso tampoco debemos imaginar al Ángel Custodio solamente como una especie de protector contra accidentes. Su misión es incomparablemente mayor.


Nos custodia para la salvación

La Carta a los Hebreos llama a los ángeles «espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación» (Heb 1,14).

Aquí aparece el horizonte verdadero. El ángel conoce nuestra vida desde una perspectiva que nosotros fácilmente perdemos: la eternidad. Nosotros vemos el día. Él sirve al Dios que conoce el camino entero. Nosotros vemos la herida presente. Él contempla el rostro del Padre. Nosotros podemos olvidar hacia dónde vamos. Su ministerio permanece ordenado a ayudarnos a llegar a aquello para lo cual fuimos creados: la comunión eterna con Dios.

Y entonces la memoria de los Ángeles Custodios deja de ser solamente una tierna devoción de infancia y adquiere una hondura extraordinaria. Porque significa que hay una compañía de Dios que nos precede. Antes de que sepamos rezar. Antes de que podamos comprender. Antes incluso de que seamos conscientes de nuestra propia existencia. Y permanece también cuando nos distraemos de Dios, cuando nos alejamos, cuando pecamos, cuando atravesamos noches interiores en las que no sentimos absolutamente nada. El ángel no depende de nuestra sensibilidad. No necesitamos “sentirlo”.

La fe cristiana en los ángeles no pertenece al mundo de las percepciones extraordinarias. No debemos buscar voces, signos, nombres secretos ni experiencias esotéricas. La Iglesia es mucho más sobria y, precisamente por eso, mucho más hermosa: confiesa simplemente que la Providencia de Dios ha querido servirse también del ministerio de estas criaturas espirituales.

Hay algo profundamente consolador en ello. Quizá hemos atravesado momentos de nuestra vida en los que creímos caminar completamente solos. Quizá alguna noche, alguna pérdida, alguna enfermedad, alguna decisión difícil, algún miedo que nadie conoció. Y tal vez la memoria de hoy nos invita a mirar retrospectivamente nuestra propia historia y preguntarnos, sin fantasías pero también sin reducir el misterio:

¿Cuántas veces habré sido acompañado sin saberlo?

No podemos responder. Y quizá no necesitemos hacerlo.

Porque el centro de esta fiesta no es descubrir qué hizo nuestro ángel en cada momento. El centro es descubrir algo acerca de Dios.

Que Dios cuida. Que Dios acompaña. Que Dios conoce nuestros caminos. Que para Él ninguna vida humana es insignificante. Jesús mismo relaciona a los ángeles con los «pequeños» y advierte que ninguno de ellos debe ser despreciado, porque sus ángeles contemplan continuamente el rostro del Padre. 

Entonces aparece una consecuencia bellísima. Si cada persona que encontramos está misteriosamente bajo la mirada de Dios, nadie es solamente aquello que nosotros vemos.

El anciano olvidado.

El niño.

El enfermo.

El pobre.

El que nos resulta difícil.

El que nadie mira.

El que llora sin que nadie lo sepa.

Sobre cada existencia humana se inclina una Providencia que nosotros apenas alcanzamos a entrever. Tal vez por eso esta memoria posee una extraña capacidad para devolvernos el asombro. Hay más realidad alrededor nuestro de la que nuestros ojos pueden percibir. La creación visible no agota la creación.

Cuando celebramos la Eucaristía, la Iglesia sabe que no está sola. Se une al canto de los ángeles para proclamar al Dios tres veces Santo. Cuando acompaña a uno de sus hijos hacia la muerte, todavía se atreve a pedir: que los ángeles lo conduzcan al Paraíso. La presencia angélica atraviesa así toda la existencia cristiana, desde el comienzo de la vida hasta su último tránsito. Y quizá esta noche, cuando termine el 2 de octubre y vuelva el silencio cotidiano, podríamos hacer algo muy sencillo.

No pedir nada. Solamente agradecer. Agradecer a Dios por esa criatura suya que, según su designio, ha querido asociar misteriosamente a nuestro camino.

Pensar por un instante en toda nuestra vida. La infancia. Las personas que amamos. Los caminos que tomamos. Los peligros que conocimos y aquellos que nunca llegamos a conocer. Las decisiones acertadas. También nuestros pecados. Las veces que regresamos. Las noches. Las mañanas. Todo.

Y saber que, por encima de aquello que alcanzamos a comprender, nuestra historia nunca estuvo fuera de la mirada de Dios.

Simple oración

Santo Ángel de Dios,
que contemplás el rostro del Padre
y por su amor acompañás mi camino,
gracias.

Por favor, cuando me distraiga de Dios,
ayudame a volver la mirada hacia Él.

Cuando tenga miedo,
recordame que no camino hacia la nada.

Cuando el pecado oscurezca mi corazón,
ayudame a reconocer nuevamente el camino.

Cuando llegue la hora de atravesar
aquella última puerta que todos atravesaremos,
acompañame también entonces.

Y cuando ya no haya camino,
porque finalmente haya
llegado,
que pueda contemplar junto a vos
el Rostro que vos contemplaste
mientras caminabas conmigo.

Amén.

Santos Ángeles Custodios, rueguen por nosotros.

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO I. DE LA IMITACIÓN DE CRISTO Y DESPRECIO DE TODAS LAS VANIDADES DEL MUNDO.

«Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida» (Jn 8,12).

Tomás de Kempis podría haber iniciado su obra hablando del pecado, de la penitencia, de la renuncia o directamente nombrando el desprecio del mundo. Sin embargo, abre con una palabra de Jesús: «El que me siga...». El cristianismo empieza con Alguien que camina delante nuestro.

Para Kempis, la vida espiritual, entonces, no consiste primeramente en aprender ciertas verdades sobre Cristo. Consiste en adquirir poco a poco la forma de Cristo. Y lo dice con una dureza que puede incomodarnos:

«¿De qué te sirve disputar sabiamente sobre la Trinidad si no eres humilde y, por ello, desagradas a la Trinidad?» 

No está despreciando la teología. Sería absurdo leerlo así. Está diciendo algo bastante más serio: puedo saber cosas verdaderas acerca de Dios y, sin embargo, todavía no haber permitido que esas verdades lleguen hasta el corazón.

Puedo estudiar la Trinidad y no vivir como hijo. Puedo estudiar a Cristo y no parecerme a Cristo. Puedo conocer la gracia y resistirme a ella. Puedo conocer maravillosamente las Escrituras y no dejar que la Palabra me conozca a mí.

Ahí Kempis toca una fibra particularmente delicada para quienes amamos estudiar la fe. El saber teológico es un don enorme. Pero su término último no es saber acerca de Dios. Es Dios mismo.

Y por eso hay una frase de este primer capítulo que vale la pena guardar durante todo el día:

«Preferiría sentir la compunción antes que saber definirla.» 

¡Qué frase!

No dice que definirla sea malo. Dice que conocer el nombre del fuego no equivale a haber sido quemado por él. Uno puede explicar perfectamente qué es la misericordia y todavía no haberse dejado abrazar por ella. Puede escribir sobre la oración y casi no rezar. Puede hablar de humildad mientras secretamente necesita ser reconocido. Puede predicar a Cristo y, sin darse cuenta, comenzar a buscarse a sí mismo en la predicación. Y entonces este primer capítulo deja de ser un texto medieval piadoso y empieza a volverse peligrosamente actual.


«Vanidad de vanidades»

Cuando Kempis habla del «desprecio del mundo», hay que leerlo con cuidado. No significa despreciar la creación. Muchísimo menos despreciar a las personas.

El cristianismo no considera que la materia sea algo malo. El Hijo de Dios se hizo carne. Comió, bebió, tuvo amigos, tocó enfermos, lloró ante la tumba de Lázaro, contempló los lirios, participó de bodas y aceptó que derramaran perfume sobre sus pies.

Por eso el contemptus mundi de la tradición espiritual cristiana no significa odiar el mundo creado. Significa dejar de exigirle a las cosas pasajeras aquello que solamente Dios puede dar.

Ahí está la verdadera «vanidad».

Kempis enumera riquezas, honores, placeres, larga vida, preocupación excesiva por el presente.  El problema no es sencillamente poseer algo. El problema comienza cuando le decimos interiormente: «Salvame.»

  • Salvame, reconocimiento.
  • Salvame, prestigio.
  • Salvame, dinero.
  • Salvame, afecto.
  • Salvame, seguridad.
  • Salvame, aprobación.

Y ninguna criatura puede cargar con semejante peso.

Entonces aparece esa insatisfacción tan humana que Kempis toma del Eclesiastés: el ojo nunca termina de saciarse viendo y el oído nunca termina de llenarse oyendo. 

Siempre un poco más. Una cosa más. Un reconocimiento más. Una explicación más. Una seguridad más. Hasta que alguna vez, por gracia, uno descubre algo bastante doloroso y bastante liberador: quizá mi hambre no era de todas esas cosas. Quizá era hambre de Dios.


Seguir

Quisiera quedarme ahí hoy. Porque Jesús no dijo solamente: «Yo soy la luz».

Dijo: «El que me sigue...»

Seguir supone movimiento. No alcanza con mirar a Cristo desde lejos. Tampoco alcanza con admirarlo. El discípulo tiene que levantarse de donde está y caminar detrás de Él.

Y posiblemente aquí esté una de las intuiciones más profundas de este capítulo: uno empieza a comprender verdaderamente a Cristo cuando empieza a vivir con Él. Hay cosas del Evangelio que el estudio ilumina admirablemente. Pero hay otras que solamente comienzan a abrirse cuando uno las vive. La pobreza se comprende de otra manera cuando algo nos falta. El perdón, cuando tenemos que perdonar. La misericordia, cuando descubrimos que nosotros mismos la necesitamos. Getsemaní, cuando alguna noche Dios parece callar. La cruz, cuando no podemos escapar del sufrimiento. La Resurrección, cuando después de una oscuridad que parecía definitiva vuelve inesperadamente la vida.

Entonces la Palabra deja de estar solamente delante nuestro. Empieza a ocurrir dentro nuestro. Y quizá eso sea imitar a Cristo. No copiar exteriormente sus gestos como quien reproduce un modelo. Es permitir que el Espíritu Santo vaya formando en nosotros los sentimientos de Cristo, hasta poder decir con san Pablo:

«Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20).

Aquí aparece algo maravilloso. Kempis comienza hablando de imitación, pero la vida cristiana, contemplada desde la gracia, termina llevándonos todavía más adentro: no solamente imitar a Cristo, sino vivir en Cristo y dejar que Cristo viva en nosotros. No es únicamente esfuerzo moral. Es gracia. Es comunión. Es transformación.


Para permanecer hoy

Probablemente Kempis estaría incómodo con hacerle decir mucho más a este capítulo. Me quedaría solamente con algo muy puntual. Durante algún momento tranquilo del día, quizás delante del Santísimo, quizás simplemente en silencio, dejaría caer esta pregunta:

Señor, ¿qué cosa pasajera estoy tratando como si fuera eterna?

Y no respondería enseguida. Porque quizá aparezca algo inesperado. Una preocupación. Una necesidad de reconocimiento. Una herida. Una seguridad. Incluso alguna cosa buena a la que nos hemos aferrado demasiado. Y cuando aparezca, tampoco habría que arrancarla violentamente. Bastaría ponerla delante de Él. Porque el desprendimiento cristiano más profundo no consiste en quedarse sin nada. Consiste en descubrir que teniendo a Cristo no estamos vacíos.

Entonces empieza a entenderse el «desprecio de las vanidades» del título. No es mirar el mundo con amargura. Es haber encontrado algo —mejor dicho, a Alguien— frente a quien las demás cosas recuperan finalmente su tamaño verdadero.

Y tal vez por eso la Imitación comienza con la luz.

No se abandona la oscuridad quedándose obsesionado con ella. Se sale de ella siguiendo a Cristo.


Simple oración

Señor Jesús,

hay tantas cosas
que todavía confundo contigo.

Busco descanso donde todo pasa
seguridad donde todo tiembla
plenitud donde nada puede llenarme del todo

y vos seguís pasando
silenciosamente
delante de mí

diciéndome solamente                        

seguime.

Dame la gracia

no sólo de saber quién sos
sino de conocerte siguiéndote.

Que tu Evangelio descienda
de mi pensamiento a mi corazón
y de mi corazón a mi vida.

Quitá de mí lo que me impide caminar
pero no me quites nunca
el deseo de buscarte.

Y cuando vuelva a enamorarme
de aquello que pasa

recordame suavemente
que mi corazón fue hecho
para permanecer en Vos.

Amén.

01 octubre 2026

UN COMENTARIO A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS

Hay libros que uno lee y hay libros a los que, de tanto en tanto, uno vuelve. La Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, pertenece para mí a estos últimos. No pide solamente ser leído. Pide tiempo, silencio, cierta disposición interior. A veces incluso pide discutir con él, demorarse ante una frase, preguntarse qué quiere decirnos hoy una palabra escrita hace tantos siglos.

De ahí nacen estos comentarios.

No pretenden ser un estudio sistemático de la Imitación, ni mucho menos explicar definitivamente un libro que ha acompañado la vida espiritual de generaciones de cristianos. Quisiera hacer algo más sencillo: leerlo despacio. Detenerme en sus palabras, dejar que algunas incomoden, que otras consuelen, que otras abran preguntas. Y conversar con ellas desde la fe, desde la teología, desde la Escritura y también desde la experiencia concreta de una vida que transcurre en este mundo, aquí y ahora.

Tampoco es presunción de este humilde trabajo, suplantar la lectura del libro, mas bien todo lo contrario. Estas palabras, como digo, no son un resumen sistematizado sino un pequeño subsidio que —a sabiendas de sus limitaciones— alienta el encuentro de las almas con esta bella obra.

Tomás de Kempis —Thomas Hemerken, llamado «de Kempis» por su ciudad natal, Kempen, Alemania— nació hacia 1380 y murió en 1471. Canónigo regular de san Agustín, pasó gran parte de su larga vida en el monasterio de Monte Santa Inés, cerca de Zwolle. Estuvo profundamente vinculado al ambiente de la Devotio moderna, aquel movimiento de renovación espiritual que, hacia el final de la Edad Media, buscó una vida cristiana más interior, sobria y concreta, centrada en la conversión del corazón y en el seguimiento personal de Jesucristo.

En ese horizonte nació la obra que conocemos como La Imitación de Cristo. Dividida en cuatro libros, no fue escrita como un tratado sistemático de teología. Kempis no parece interesado en construir grandes arquitecturas conceptuales. Habla al hombre que quiere seguir a Cristo. De ahí ese lenguaje suyo tan particular: breve, directo, a veces consolador y otras veces incómodo. Hay frases que parecen dichas al oído; hay otras que golpean.

Ya el comienzo nos pone delante de una expresión que puede resultar áspera: «la imitación de Cristo y el desprecio de todas las vanidades del mundo». Así se titula el primer capítulo del libro primero: De imitatione Christi et contemptu mundi omniumque eius vanitatum.

¿Qué significa ese contemptus mundi, ese «desprecio del mundo»?

Ciertamente no significa despreciar la creación. Mucho menos despreciar la vida, el cuerpo, los afectos, la amistad, la belleza, el trabajo, la inteligencia o esas pequeñas alegrías que hacen habitable nuestra existencia. El cristianismo no comienza diciendo que el mundo es malo, sino confesando que ha salido de las manos de Dios. Y llega todavía más lejos: confiesa que el Verbo se hizo carne.

Por eso conviene escuchar bien a Kempis antes de juzgar la dureza de sus palabras. Él mismo aclara enseguida de qué «mundo» está hablando: de las riquezas cuando ponemos en ellas nuestra seguridad, de los honores buscados por vanidad, de los deseos que terminan esclavizándonos, de vivir preocupados únicamente por lo presente, de amar como absoluto aquello que inevitablemente pasa.

El problema, entonces, no está en que las cosas sean pequeñas o temporales. Está en pedirles que sean Dios.

Y quizá por aquí podamos comenzar a leer la Imitación sin convertirla en una espiritualidad enemiga de lo humano. Hace poco, en una conversación con un amigo, apareció una frase que quisiera conservar como una especie de hilo secreto para todo este recorrido: si la gracia es realmente semilla de la gloria, entonces nada de lo verdaderamente humano queda afuera.

Nada.

Lo que tendrá que caer no será nuestra humanidad, sino aquello que la deforma. No habrá que aprender a amar menos, sino a amar de otro modo; no habrá que hacerse indiferente a la tierra, sino dejar de exigirle que sea el cielo.

Tal vez el «desprecio del mundo» deba comenzar a entenderse precisamente ahí: no como rechazo, sino como libertad. La libertad de recibir las cosas sin convertirlas en ídolos; de disfrutarlas sin poseerlas desesperadamente; de atravesar lo pasajero sin pedirle eternidad.

Porque la gracia no viene a vaciar nuestra humanidad. Viene a sanarla, ensancharla y llevarla hacia aquello para lo cual fue creada.

Con ese espíritu quisiera comenzar estos comentarios. Sin apuro. Un capítulo, unas líneas, un pensamiento a la vez. Y ver qué sucede.

Después de todo, aun «estando cerradas las puertas», pueden pasar muchas cosas.

¡Comencemos!

¡REGRESAMOS!

La vida de Dios siempre se filtra. Aun en los espacios más cerrados. Por eso hoy, como una pertinaz prueba del amor de Dios, justo en el día de la memoria de Santa Teresa del Niño Jesús, reabro este blog para escuchar y hacer resonar antiguas y nuevas voces, como si fueran discretos pasos en medio de lo cotidiano.
Sin estridencias. Con asombro. Pretendiendo mirar la realidad con ojos despiertos. Dejando que la Palabra y también la palabra me lean por dentro. Y  contarles lo que suceda. 

Trabajar la Poesía como un servicio. 
Un humilde aporte desde la simpleza de lo que Dios me da. 

Deseo a partir de hoy, volver a celebrar con quien se acerque a este humilde espacio, algunas pequeñas epifanías: un gesto, una palabra que sane, una presencia que sostenga. 

Pero sobre todo, he vuelto para hacer silencio, escuchar y compartir lo que nazca de ahí, siempre en clave de hermano y siervo.

Por eso, además de Poesía, iré vistiendo este espacio con otras fuentes, otras palabras, otras luces, desde lo que, con humildad, pueda ir recolectando y compartiéndoles.

¡Feliz estoy! ¡Feliz día de Santa Teresita de Lisieux!

2 DE OCTUBRE. MEMORIA DE LOS SANTOS ÁNGELES CUSTODIOS.

  «Él dará orden a sus ángeles para que te cuiden en todos tus caminos» (Sal 90 [91], 11) H ay verdades de la fe cristiana que, de tan famil...