01 octubre 2026

UN COMENTARIO A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS

Hay libros que uno lee y hay libros a los que, de tanto en tanto, uno vuelve. La Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, pertenece para mí a estos últimos. No pide solamente ser leído. Pide tiempo, silencio, cierta disposición interior. A veces incluso pide discutir con él, demorarse ante una frase, preguntarse qué quiere decirnos hoy una palabra escrita hace tantos siglos.

De ahí nacen estos comentarios.

No pretenden ser un estudio sistemático de la Imitación, ni mucho menos explicar definitivamente un libro que ha acompañado la vida espiritual de generaciones de cristianos. Quisiera hacer algo más sencillo: leerlo despacio. Detenerme en sus palabras, dejar que algunas incomoden, que otras consuelen, que otras abran preguntas. Y conversar con ellas desde la fe, desde la teología, desde la Escritura y también desde la experiencia concreta de una vida que transcurre en este mundo, aquí y ahora.

Tampoco es presunción de este humilde trabajo, suplantar la lectura del libro, mas bien todo lo contrario. Estas palabras, como digo, no son un resumen sistematizado sino un pequeño subsidio que —a sabiendas de sus limitaciones— alienta el encuentro de las almas con esta bella obra.

Tomás de Kempis —Thomas Hemerken, llamado «de Kempis» por su ciudad natal, Kempen, Alemania— nació hacia 1380 y murió en 1471. Canónigo regular de san Agustín, pasó gran parte de su larga vida en el monasterio de Monte Santa Inés, cerca de Zwolle. Estuvo profundamente vinculado al ambiente de la Devotio moderna, aquel movimiento de renovación espiritual que, hacia el final de la Edad Media, buscó una vida cristiana más interior, sobria y concreta, centrada en la conversión del corazón y en el seguimiento personal de Jesucristo.

En ese horizonte nació la obra que conocemos como La Imitación de Cristo. Dividida en cuatro libros, no fue escrita como un tratado sistemático de teología. Kempis no parece interesado en construir grandes arquitecturas conceptuales. Habla al hombre que quiere seguir a Cristo. De ahí ese lenguaje suyo tan particular: breve, directo, a veces consolador y otras veces incómodo. Hay frases que parecen dichas al oído; hay otras que golpean.

Ya el comienzo nos pone delante de una expresión que puede resultar áspera: «la imitación de Cristo y el desprecio de todas las vanidades del mundo». Así se titula el primer capítulo del libro primero: De imitatione Christi et contemptu mundi omniumque eius vanitatum.

¿Qué significa ese contemptus mundi, ese «desprecio del mundo»?

Ciertamente no significa despreciar la creación. Mucho menos despreciar la vida, el cuerpo, los afectos, la amistad, la belleza, el trabajo, la inteligencia o esas pequeñas alegrías que hacen habitable nuestra existencia. El cristianismo no comienza diciendo que el mundo es malo, sino confesando que ha salido de las manos de Dios. Y llega todavía más lejos: confiesa que el Verbo se hizo carne.

Por eso conviene escuchar bien a Kempis antes de juzgar la dureza de sus palabras. Él mismo aclara enseguida de qué «mundo» está hablando: de las riquezas cuando ponemos en ellas nuestra seguridad, de los honores buscados por vanidad, de los deseos que terminan esclavizándonos, de vivir preocupados únicamente por lo presente, de amar como absoluto aquello que inevitablemente pasa.

El problema, entonces, no está en que las cosas sean pequeñas o temporales. Está en pedirles que sean Dios.

Y quizá por aquí podamos comenzar a leer la Imitación sin convertirla en una espiritualidad enemiga de lo humano. Hace poco, en una conversación con un amigo, apareció una frase que quisiera conservar como una especie de hilo secreto para todo este recorrido: si la gracia es realmente semilla de la gloria, entonces nada de lo verdaderamente humano queda afuera.

Nada.

Lo que tendrá que caer no será nuestra humanidad, sino aquello que la deforma. No habrá que aprender a amar menos, sino a amar de otro modo; no habrá que hacerse indiferente a la tierra, sino dejar de exigirle que sea el cielo.

Tal vez el «desprecio del mundo» deba comenzar a entenderse precisamente ahí: no como rechazo, sino como libertad. La libertad de recibir las cosas sin convertirlas en ídolos; de disfrutarlas sin poseerlas desesperadamente; de atravesar lo pasajero sin pedirle eternidad.

Porque la gracia no viene a vaciar nuestra humanidad. Viene a sanarla, ensancharla y llevarla hacia aquello para lo cual fue creada.

Con ese espíritu quisiera comenzar estos comentarios. Sin apuro. Un capítulo, unas líneas, un pensamiento a la vez. Y ver qué sucede.

Después de todo, aun «estando cerradas las puertas», pueden pasar muchas cosas.

¡Comencemos!

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