01 noviembre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO II . CAPÍTULO V. DE LA CONSIDERACIÓN DE SÍ MISMO.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana. 


«No debemos confiar de nosotros grandes cosas, porque muchas veces nos falta la gracia y la discreción.»





Este capítulo es muy breve, pero toca uno de los nervios más profundos de la espiritualidad de Kempis. Después de hablar del corazón puro y de la sencillez de intención, ahora dirige la mirada hacia el conocimiento de uno mismo. Kempis quiere que el hombre se mire con verdad.

No para quedar encerrado en sus defectos. Quiere desmontar esa seguridad con la que podemos llegar a creer que conocemos perfectamente nuestras propias intenciones.

Porque el corazón humano puede engañarse acerca de sí mismo.


«Poca luz hay en nosotros»

Kempis continúa:

«Poca luz hay en nosotros, y presto la perdemos por nuestra negligencia.»

La frase resulta particularmente fuerte después del capítulo anterior, donde había hablado de la pureza del corazón.

Aquí reconoce nuestra fragilidad.

Hay luz, pero podemos perderla.

Y enseguida añade algo todavía más inquietante:

«Y muchas veces no sentimos cuán ciegos estamos en el alma.»

Ésta es una de las formas más profundas de la ceguera espiritual: no advertir que estamos ciegos.

Podemos estar convencidos de que vemos con claridad. Podemos interpretar nuestras decisiones, nuestros sentimientos y hasta nuestros conflictos desde una seguridad interior que nunca hemos puesto verdaderamente delante de Dios.

Kempis introduce entonces una sospecha saludable acerca de nosotros mismos.

No todo lo que creo comprender de mí necesariamente es tan claro como pienso.

Por eso la consideración de sí mismo necesita humildad.


Cuando justificamos aquello que hacemos

Kempis escribe:

«Muchas veces también obramos mal, y lo excusamos peor.»

La frase tiene una lucidez extraordinaria.

Hay un primer mal en aquello que hacemos. Pero puede aparecer después otro movimiento interior: construir una justificación que nos impida reconocerlo.

Entonces ya no estamos solamente delante de una acción equivocada.

Estamos delante de un corazón que comienza a protegerse de la verdad.

Kempis quiere romper precisamente ese mecanismo.

Mientras necesitemos tener siempre razón ante nosotros mismos, será muy difícil que Dios pueda mostrarnos aquello que necesita ser convertido.

La humildad abre una posibilidad distinta: puedo reconocer que me equivoqué sin que por eso toda mi persona quede destruida.

La verdad delante de Dios no necesita ser temida.


«Pensamos que es celo»

Y entonces aparece quizá la frase más penetrante de todo el capítulo:

«A veces nos mueve la pasión, y pensamos que es celo.»

Kempis toca aquí una zona especialmente delicada de la vida espiritual.

Una pasión puede revestirse de motivos aparentemente santos.

Podemos creer que estamos defendiendo algo por amor a Dios cuando, en lo profundo, también está actuando nuestra susceptibilidad. Podemos pensar que hablamos movidos por el bien cuando una herida personal ha comenzado a mezclarse con nuestra intención.

Kempis no dice que todo celo sea falso.

Nos invita a reconocer que podemos equivocarnos acerca de la fuente de nuestras propias acciones.

Por eso la consideración de sí mismo requiere más que introspección.

Necesita discernimiento delante de Dios.

Hay que dejar que Él ilumine aquello que nosotros solos podemos confundir.


«¿Dónde estás cuando no estás contigo?»

Kempis pasa entonces al recogimiento:

«El hombre recogido antepone el cuidado de sí mismo a todos los cuidados; y el que tiene verdadero cuidado de sí, poco habla de otros.»

No propone indiferencia hacia los demás. Todo el contexto de la Imitación muestra que está combatiendo otra tendencia: ocuparnos de la vida ajena para evitar el trabajo sobre la propia.

Por eso escribe:

«Nunca estarás recogido y devoto, si no callares las cosas ajenas, y especialmente mirares a ti mismo.»

Y entonces formula una pregunta extraordinaria:

«¿Dónde estás cuando no estás contigo?»

Kempis no pregunta qué estás haciendo.

Pregunta dónde estás.

Es posible recorrer mentalmente muchas cosas y, mientras tanto, estar ausentes de nosotros mismos.

Podemos conocer lo que sucede alrededor y desconocer aquello que está ocurriendo en nuestro propio corazón.

De ahí su siguiente pregunta:

«Y después de haber discurrido por todas las cosas ¿qué has ganado si de ti te olvidaste?»

Hay una dispersión que consiste precisamente en eso: vivir volcados hacia afuera hasta convertirnos en extraños para nosotros mismos.


Volver hacia dentro

El Libro II había comenzado invitándonos a preparar interiormente una morada para Jesucristo.

Ahora entendemos mejor por qué Kempis insiste en volver hacia nosotros mismos.

El recogimiento cristiano no termina en el propio yo.

Al entrar en nosotros buscamos el lugar donde Dios nos espera.

Por eso Kempis dice:

«Si del todo te ocupares en Dios y en ti, poco te moverá lo que sientes de fuera.»

Dios y uno mismo aparecen aquí unidos de una manera muy significativa.

Conocerme verdaderamente requiere aprender a mirarme delante de Dios.

Y cuanto más profunda se vuelve esa mirada, menos necesidad tengo de vivir pendiente de aquello que ocurre fuera de mí.


«Solo Dios eterno e inmenso»

El último movimiento del capítulo conduce directamente a Dios.

Kempis escribe:

«No te parezca cosa alguna alta, ni grande, ni acepta, ni agradable, sino Dios puramente, o lo que sea de Dios.»

Su lenguaje vuelve a adquirir el tono radical propio de la Imitación.

Quiere liberar al corazón de todo aquello que pretende convertirse en absoluto.

Y finalmente escribe:

«Solo Dios eterno e inmenso que todo lo llena, gozo del alma y alegría verdadera del corazón.»

El capítulo comenzó hablando de nuestra poca luz y termina contemplando a Dios que «todo lo llena».

Este movimiento es importante.

La consideración de sí mismo no desemboca en una contemplación interminable de nuestras limitaciones.

Nos conocemos para volver a Dios con mayor verdad.

Kempis sabe que mirar continuamente nuestras propias miserias podría encerrarnos en nosotros mismos. Por eso la última palabra del capítulo no pertenece al defecto humano.

Pertenece a Dios.

«Gozo del alma y alegría verdadera del corazón.»


Mirarse bajo la mirada de Dios

Quizá aquí pueda encontrarse el sentido más profundo de este capítulo.

Kempis quiere que aprendamos a mirarnos.

Pero quiere que lo hagamos delante de Dios.

Porque podemos equivocarnos incluso acerca de nosotros mismos. Podemos llamar celo a una pasión, justificar aquello que estuvo mal o no advertir nuestra propia ceguera.

La mirada de Dios permite una verdad diferente.

Ante Él puedo descubrir aquello que necesita conversión sin desesperar de mí mismo.

Y entonces la consideración de sí deja de ser una búsqueda ansiosa de defectos.

Se convierte en una forma de presencia.

Estoy aquí.

Delante de Dios.

Sin necesidad de esconderme de Él ni de esconderme de mí mismo.

Tal vez por eso aquella pregunta de Kempis pueda acompañarnos durante todo el día:

«¿Dónde estás cuando no estás contigo?»

Volver a nosotros mismos puede ser también volver al lugar donde Cristo quiere encontrarnos.


Para permanecer hoy

Hoy quiero hacerme la pregunta de Kempis:

«¿Dónde estás cuando no estás contigo?»

Quizá descubra cuánto tiempo paso fuera de mí, ocupado interiormente por lo que otros dijeron, hicieron o deberían haber hecho.

Quiero regresar.

Y al volver, quiero mirar con cuidado aquello que me mueve.

Puede haber intenciones que todavía no comprendo bien. Tal vez alguna vez haya llamado celo a lo que nacía de una pasión.

No necesito justificarme delante de Dios.

Puedo dejarme mirar.

Quiero pedirle la luz necesaria para conocerme sin dureza y sin engaño.

Y después de haberme mirado, quiero levantar nuevamente los ojos hacia Él.

Porque mi última verdad no está en mi propia fragilidad.

Está en Dios, «gozo del alma y alegría verdadera del corazón».


Simple oración

Señor,

cuando viva disperso
lejos de mi propio corazón,

traeme de nuevo
hacia dentro.

Dame luz
para reconocerme
bajo tu mirada.

Allí donde me engañe,
dejame encontrar la verdad
sin esconderme.

Que pueda conocerte
mientras aprendo
a conocerme,

hasta descubrir
en lo más profundo

que Vos
seguís siendo
el gozo del alma

y la alegría verdadera
del corazón.

Amén.


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