30 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO II . CAPÍTULO IV. DEL CORAZÓN PURO Y SENCILLA INTENCIÓN.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana. 


«Con dos alas se levanta el hombre de las cosas terrenas, que son sencillez y pureza.»





Kempis viene recorriendo un camino cada vez más interior. Primero habló de preparar dentro de nosotros una morada para Cristo. Después llevó esa interioridad hacia la humildad y hacia la paz. Ahora llega a un lugar todavía más profundo: aquello desde donde nace nuestro obrar.

Las dos alas de la frase pertenecen al corazón, pero Kempis distingue cuidadosamente su movimiento:

«La sencillez ha de estar en la intención y la pureza en la afición.»

La intención mira hacia aquello que buscamos.

La afición señala aquello hacia lo que el corazón se inclina y a lo que se apega.

Por eso añade:

«La sencillez pone la intención en Dios; la pureza le reconoce y gusta.»

Todo el capítulo está contenido, de algún modo, en estas palabras.


Una intención puesta en Dios

La sencillez de la que habla Kempis tiene que ver con la dirección profunda de la vida.

Un corazón sencillo sabe hacia dónde quiere ir.

«La sencillez pone la intención en Dios».

Esto no significa que el cristiano tenga una sola ocupación exterior. La vida puede exigirnos atender realidades muy distintas. Kempis está hablando del lugar interior desde el cual las vivimos.

La intención puede unificar aquello que exteriormente parece disperso.

El trabajo cotidiano puede ser vivido delante de Dios. También el descanso, el encuentro con otra persona y las pequeñas obligaciones de cada día pueden recibir interiormente una misma orientación.

Kempis lo expresa así:

«Ninguna buena obra te impedirá, si interiormente estuvieres libre de todo desordenado deseo.»

El problema no está en la actividad misma.

Puede haber mucho que hacer y, sin embargo, conservar un corazón interiormente libre.

La dispersión más profunda comienza cuando nuestros deseos dejan de estar ordenados.


El beneplácito de Dios

Kempis continúa:

«Si no piensas ni buscas sino el beneplácito divino y el provecho del prójimo, gozarás de interior libertad.»

Aquí la sencillez de intención adquiere una forma concreta.

Kempis utiliza una expresión muy propia de la espiritualidad cristiana: el beneplácito divino.

Buscarlo significa querer aquello que agrada a Dios.

Entonces la pregunta acerca de nuestras acciones se vuelve más honda. Ya no alcanza con preguntarnos qué hacemos. Importa también qué buscamos al hacerlo.

Una acción exteriormente buena puede quedar mezclada interiormente con el deseo de reconocimiento. Podemos ayudar y esperar secretamente ser admirados. Podemos servir y necesitar que alguien advierta cuánto servimos.

Kempis dirige la mirada hacia esa zona que muchas veces solamente Dios conoce.

Allí quiere sencillez.

Que el bien pueda hacerse porque es bueno delante de Dios.

Y junto al beneplácito divino coloca «el provecho del prójimo».

El corazón que se ordena hacia Dios comienza también a mirar al otro desde una libertad nueva.


La creación como espejo

Entonces aparece una de las frases más hermosas del capítulo:

«Si fuese tu corazón recto, entonces te sería toda criatura espejo de vida, y libro de santa doctrina.»

Kempis, tantas veces severo cuando habla de las criaturas, las contempla aquí de una manera luminosa.

El problema nunca ha sido que las criaturas existan.

El problema aparece cuando el corazón se relaciona desordenadamente con ellas.

Cuando el corazón es recto, la creación deja de ser obstáculo y puede convertirse en revelación.

«No hay criatura tan baja ni pequeña, que no represente la bondad de Dios.»

Hay una delicadeza extraordinaria en esta afirmación.

Kempis no necesita una realidad grandiosa para descubrir la huella divina.

Una criatura «baja» o «pequeña» puede hablar de la bondad de Dios a quien ha aprendido a mirar.

La pureza interior transforma la mirada.

El mundo sigue siendo el mismo.

Pero el corazón comienza a verlo de otra manera.


«Cual es cada uno en lo interior»

Kempis profundiza esta relación entre el corazón y la mirada:

«Si tú fueses bueno y puro en lo interior, luego verías y entenderías bien todas las cosas sin impedimento.»

Y enseguida escribe:

«Cual es cada uno en lo interior, tal juzga lo de fuera.»

Esta frase prolonga admirablemente el capítulo anterior.

Allí Kempis había dicho que el hombre alterado sospecha y que el pacífico «todas las cosas echa a la buena parte». Ahora llega hasta la raíz.

Miramos desde lo que somos interiormente.

Nuestra mirada nunca es completamente ajena al estado de nuestro corazón.

Una herida puede hacernos interpretar una palabra de determinada manera. El orgullo puede volver insoportable una corrección. La envidia puede impedirnos alegrarnos sinceramente ante el bien de otro.

Por eso la purificación del corazón alcanza también nuestra manera de conocer.

Kempis llega a decir:

«El corazón puro penetra al cielo y al infierno.»

Su lenguaje es deliberadamente intenso. La pureza interior permite percibir la verdad con una profundidad que la mirada dispersa no alcanza.


La buena conciencia

Vuelve entonces un tema que Kempis ha repetido varias veces:

«Y si en algún lugar hay tribulación y congojas, es donde habita la mala conciencia.»

La conciencia aparece otra vez como lugar decisivo de la paz.

Podemos modificar muchas circunstancias exteriores y continuar llevando dentro aquello que nos inquieta.

Por eso la conversión interior de la que trata todo este Libro II necesita alcanzar la conciencia.

La paz verdadera requiere verdad delante de Dios.

Y Kempis introduce entonces una imagen muy poderosa:

«Así como el hierro, metido en el fuego, pierde el orín y se pone todo resplandeciente; así el hombre que enteramente se convierte a Dios, se desentorpece y muda en nuevo hombre.»

El hierro no produce por sí mismo el fuego que lo transforma.

Entra en él.

Y permaneciendo allí, algo sucede.

Pierde el orín.

Resplandece.

Kempis contempla de manera semejante al hombre que «enteramente se convierte a Dios».

La conversión deja de ser solamente corrección de comportamientos. Empieza a alcanzar la profundidad de la persona.

El hombre se vuelve nuevo.


Entrar en el fuego

La imagen del hierro ayuda también a comprender algo importante acerca de la pureza de corazón.

La pureza cristiana no consiste en una especie de impecabilidad conseguida mediante el control obsesivo de uno mismo.

Kempis está hablando de una transformación que ocurre en la relación con Dios.

El corazón entra en su presencia y allí va perdiendo aquello que lo oscurece.

Por eso este capítulo pertenece tan naturalmente al Libro II.

La conversión interior consiste en dejar que Dios alcance el lugar desde el cual deseamos, miramos y obramos.

Entonces la vida comienza a unificarse.


Cuando vuelve la tibieza

El capítulo termina con una advertencia:

«Cuando el hombre comienza a entibiarse, entonces teme el trabajo, aunque pequeño, y toma con gusto la consolación exterior.»

Kempis conoce bien la tibieza.

Cuando el corazón pierde fervor, aquello que antes podía vivirse con libertad empieza a sentirse pesado.

Y reaparece la búsqueda de compensaciones exteriores.

Pero Kempis no termina contemplando esa caída. Mira al hombre que vuelve a levantarse:

«Mas cuando se comienza perfectamente a vencer y andar alentadamente en la carrera de Dios, tiene por ligeras las cosas que primero tenía por pesadas.»

Hay aquí una experiencia espiritual muy concreta.

Dios no siempre quita aquello que cuesta.

Puede transformar el corazón que lo atraviesa.

Lo que antes parecía insoportable adquiere otra medida cuando la persona recupera el centro.


Un corazón unificado

Quizá la palabra que mejor permite recoger este breve capítulo sea unidad.

Kempis quiere un corazón en el que la intención se dirija a Dios y el deseo vaya siendo purificado en esa misma dirección.

Entonces la persona deja de vivir partida interiormente.

Puede mirar las criaturas sin quedar aprisionada por ellas.

Puede descubrir en lo pequeño la bondad de Dios.

Puede obrar sin necesitar convertir cada acción en una búsqueda de sí misma.

Y todo comienza en aquel lugar secreto donde nadie puede ver con absoluta claridad qué estamos buscando.

Allí llega la pregunta de Kempis:

¿hacia dónde está dirigida mi intención?

Porque cuando la intención encuentra a Dios, el corazón comienza también a encontrar su libertad.


Para permanecer hoy

Hoy quiero mirar menos lo que hago y un poco más aquello que busco al hacerlo.

Tal vez descubra intenciones mezcladas.

No quiero asustarme por eso.

Quiero ponerlas delante de Dios y dejar que Él vaya purificando mi corazón.

Me acompaña especialmente aquella imagen de Kempis:

«toda criatura espejo de vida».

Quiero aprender esa mirada.

Que lo pequeño pueda hablarme otra vez de Dios.

Que mi corazón no necesite apropiarse de cuanto encuentra.

Y que mi intención vaya haciéndose cada vez más sencilla.

Quiero entrar en Dios como el hierro entra en el fuego y permitir que su gracia haga lentamente su obra en mí.


Simple oración

Señor,

mirá el lugar
donde nacen mis deseos.

Vos conocés
lo que busco
incluso cuando yo
no alcanzo a verlo.

Purificá mi intención
en tu presencia.

Que mi corazón
aprenda una mirada limpia

y encuentre
hasta en lo pequeño
la huella de tu bondad.

Como el hierro
dentro del fuego,

dejame entrar
cada vez más
en Vos,

hasta que tu gracia
quite lentamente
lo que oscurece

y mi vida
pueda volverse
más sencilla
ante tus ojos.

Amén.

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