02 noviembre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO II . CAPÍTULO VI. DE LA ALEGRÍA DE LA BUENA CONCIENCIA.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana. 


«La gloria del hombre bueno, es el testimonio de la buena conciencia.»


 


Kempis viene conduciendo el Libro II hacia una interioridad cada vez más honda. En el capítulo anterior había pedido al hombre que volviera sobre sí mismo y aprendiera a mirarse con verdad. Ahora da un paso más. Esa mirada interior descubre algo que ningún juicio exterior puede reemplazar: el testimonio de la conciencia. La palabra gloria de la frase es muy importante. Kempis está preguntándose dónde descansa, en definitiva, el valor que el hombre reconoce en su propia vida. Puede buscarlo en la estima recibida, en aquello que otros dicen de él, incluso en la imagen que ha logrado construir ante los demás. Todo eso queda fuera. La conciencia, en cambio, acompaña al hombre cuando desaparecen las miradas ajenas.

Y allí, en ese lugar interior, Dios ve.


Una alegría que puede atravesar la adversidad

Kempis continúa:

«Ten buena conciencia, y siempre tendrás alegría. La buena conciencia muchas cosas puede sufrir, y muy alegre está en las adversidades.»

Esta alegría tiene una profundidad particular. No depende de que la vida resulte agradable. Puede subsistir en medio de una situación difícil porque nace de saber que el corazón está orientado hacia Dios.

Por eso inmediatamente aparece el reverso:

«La mala conciencia siempre está con inquietud y temor.»

Kempis conoce esa experiencia humana. Podemos intentar distraernos, recibir reconocimiento y aparentar tranquilidad; cuando la conciencia acusa, algo permanece inquieto por dentro.

En cambio:

«Suavemente descansarás, si tu corazón no te reprende.»

Hay una hermosa serenidad en esta frase.

El descanso del que habla Kempis nace de la reconciliación interior. La conciencia limpia permite que el hombre habite su propia vida sin tener que huir continuamente de ella.

Conviene entender aquí la conciencia desde la fe cristiana. No es simplemente sentirse bien con uno mismo. La conciencia necesita ser formada e iluminada por la verdad. Su paz auténtica nace de una vida que procura responder a Dios.

Por eso Kempis agrega:

«No te alegres sino cuando obrares bien.»

La alegría queda unida al bien.


La gloria que viene de los hombres

El capítulo avanza entonces hacia una cuestión muy delicada: la necesidad de aprobación.

«Breve es la gloria que se da y recibe de los hombres.»

Kempis sabe cuánto puede pesar sobre nosotros aquello que otros piensan. Una palabra favorable puede levantarnos; una crítica puede abatirnos. Cuando vivimos demasiado pendientes de esa oscilación, entregamos nuestra paz a algo que cambia continuamente.

Por eso escribe:

«La gloria de los buenos está en sus conciencias, y no en la boca de los hombres.»

La expresión es magnífica.

La boca de los hombres.

Allí circulan el elogio y la crítica, la aprobación y el desprecio. Nada de eso alcanza por sí mismo el lugar donde Dios conoce verdaderamente al hombre.

Kempis lleva entonces la mirada todavía más lejos:

«La alegría de los justos es de Dios, y en Dios, y su gozo es la verdad.»

La alegría espiritual queda así vinculada con la verdad.

Ya no se trata de sostener una imagen. El hombre puede vivir delante de Dios tal como es.

Y de allí nace una libertad interior enorme:

«Gran quietud de corazón tiene el que no se le da nada de las alabanzas ni de las afrentas.»

Llegar a esa quietud requiere un camino largo. Kempis conoce perfectamente la sensibilidad humana. Su enseñanza apunta hacia una libertad en la que el juicio ajeno deja de gobernar el corazón.


«Lo que eres, eso eres»

Llegamos entonces a una de las frases más fuertes del capítulo:

«No eres más santo porque te alaben, ni más vil porque te desprecien. Lo que eres, eso eres.»

Hay algo casi desnudo en estas palabras.

El elogio no añade santidad.

El desprecio tampoco puede quitar aquello que verdaderamente somos delante de Dios.

Kempis continúa:

«Y por más que te estimen los hombres, no puedes ser, ante Dios, más grande de lo que eres.»

Aquí cae una de las grandes ilusiones del corazón humano: creer que nuestra identidad depende de la valoración ajena.

Ante Dios desaparece la representación.

Queda la verdad.

Eso puede resultar exigente, pero también profundamente liberador. Ya no necesito sostener ante Dios una imagen de mí mismo. Él conoce aquello que hay realmente en el corazón.


Dios pesa las intenciones

Kempis profundiza esta idea con una distinción decisiva:

«El hombre ve lo de fuera, mas Dios el corazón. El hombre considera las obras, y Dios pesa las intenciones.»

Estas palabras evocan inmediatamente la gran tradición bíblica de la mirada de Dios. En la elección de David, el Señor dice a Samuel que el hombre mira las apariencias, mientras Dios mira el corazón (cf. 1 Sam 16,7).

Kempis lleva esa convicción al terreno de la vida espiritual.

Una obra puede ser externamente buena y contener todavía motivaciones que necesitan purificación. También puede suceder que una acción sencilla, casi invisible para los demás, posea un enorme valor delante de Dios porque ha nacido de un corazón recto.

Por eso la buena conciencia exige sinceridad.

Hay que permitir que Dios alcance también las intenciones.

No alcanza con preguntarme qué hice. A veces necesito descubrir desde dónde lo hice.


«El que Dios alaba»

El capítulo termina con san Pablo:

«Porque dice San Pablo: No el que se alaba a sí mismo es aprobado, sino el que Dios alaba.»

Kempis está evocando 2 Cor 10,18.

Y aquí todo el capítulo encuentra su centro.

El hombre puede quedar atrapado buscando su propia aprobación o esperando que llegue desde afuera. Pablo abre otro horizonte: la mirada de Dios.

Kempis concluye:

«Andar en lo interior con Dios, y no embarazarse de fuera con alguna aflicción, estado es de varón espiritual.»

“Andar en lo interior con Dios.”

Quizá ésa sea la expresión que mejor recoge todo el capítulo.

La buena conciencia nace de una vida vivida bajo esa mirada. Allí el elogio pierde su capacidad de embriagar y el desprecio deja de tener la última palabra.

La conciencia puede entonces convertirse en ese lugar secreto donde el hombre sabe quién es delante de Dios.

Y cuando allí hay verdad, puede aparecer la alegría de la que habla Kempis.

Una alegría serena.

Una alegría que no necesita espectadores.


Para permanecer hoy

Hoy quiero preguntarme cuánto depende mi paz de lo que otros piensan de mí.

Sé cuánto puede alegrarme una palabra de aprobación y cuánto puede dolerme una crítica. También sé que ninguna de ellas alcanza por completo la verdad de mi corazón.

Quiero volver a ese lugar interior donde Vos me conocés.

Allí puedo preguntarme con sinceridad qué hay detrás de mis obras y dejar que tu luz alcance mis intenciones.

Quiero aprender aquella libertad de la que habla Kempis:

«Lo que eres, eso eres.»

Que me baste caminar delante de Vos con una conciencia limpia.

Y que mi alegría pueda nacer cada vez más profundamente de saberme bajo tu mirada.


Simple oración

Señor,

llevame hacia ese lugar
donde tu mirada
encuentra mi verdad.

Que mi corazón descanse
cuando pueda presentarse ante Vos
con sencillez.

Purificá aquello
que todavía busca
la mirada de los demás,

hasta que en lo secreto
de mi conciencia

tu presencia
se vuelva alegría.

Amén.

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