«Bueno es que algunas veces tengamos adversidades y contradicciones, porque suelen hacer que el hombre vuelva a su corazón.»
Hay una expresión en este capítulo que merece toda nuestra atención: «volver al corazón». Tomás de Kempis habla de la adversidad y, sorprendentemente, su primera mirada no se dirige hacia aquello que sufrimos. Mira hacia el movimiento interior que el sufrimiento puede provocar. La adversidad puede hacernos volver. Eso cambia mucho la lectura del capítulo. Kempis no está afirmando que el dolor sea bueno en sí mismo. El cristianismo nunca ha necesitado declarar bueno aquello que destruye para poder afirmar que Dios puede obrar en medio de ello. Jesús curó a los enfermos porque la enfermedad es un mal. Lloró ante la tumba de Lázaro porque la muerte hiere verdaderamente al hombre. En Getsemaní pidió que el cáliz pasara de Él porque el sufrimiento conserva todo su peso incluso en el Hijo.
La afirmación cristiana es mucho más audaz.
Dios puede entrar en aquello que nos hiere y hacer que incluso allí comience a germinar vida.
Ésa es la lógica de la Pascua. Y desde allí podemos escuchar a Kempis.
Volver al corazón
Cuando la vida transcurre con cierta normalidad, podemos vivir durante mucho tiempo sin preguntarnos qué sostiene realmente nuestra existencia. Nos apoyamos espontáneamente en aquello que tenemos a mano. Pero la adversidad modifica el paisaje. Algo que parecía firme deja de serlo. Entonces aparece una pregunta que quizá llevaba mucho tiempo esperando:
¿dónde estaba apoyando mi vida?
Kempis ha visto que ese momento puede conducir al hombre hacia una profundidad que antes desconocía. Por eso habla de volver al corazón. La expresión tiene resonancias bíblicas muy profundas. El corazón, en la Escritura, designa ese centro personal donde el hombre se decide delante de Dios. Volver al corazón significa entrar en la verdad. Y a veces necesitamos ser detenidos para poder hacerlo. Hay momentos en los que la vida nos detiene sin pedir permiso. Entonces el corazón queda expuesto. Descubrimos cuánto necesitábamos aquello que perdimos o cuánto dependíamos de una seguridad que creíamos definitiva. La adversidad revela. Y lo que revela puede doler. Pero la verdad, cuando es recibida delante de Dios, puede convertirse en comienzo de libertad.
«Aquí no tenemos ciudad permanente»
Kempis dice que las adversidades ayudan al hombre a recordar que vive como peregrino. La idea pertenece profundamente al Nuevo Testamento:
«No tenemos aquí abajo una ciudad permanente, sino que buscamos la futura» (Heb 13,14).
Esto podría interpretarse de una manera equivocada, como si la fe nos invitara a despreciar la tierra porque esperamos el cielo. La Encarnación impide esa lectura. Dios amó tanto esta condición humana que entró en ella. Nuestra condición de peregrinos significa algo más profundo: ninguna realidad creada puede convertirse en nuestra morada definitiva. Podemos amarla intensamente. Precisamente porque la amamos sabemos cuánto duele perderla. La fe no disminuye ese amor. Lo coloca dentro de un horizonte mayor. La adversidad nos enfrenta a esta verdad con una fuerza que ninguna teoría posee. Todo aquello que tenemos puede cambiar. Y, sin embargo, en medio de esa fragilidad comienza a aparecer la pregunta por aquello que permanece. Aquí Kempis vuelve a acercarnos, quizá sin proponérselo explícitamente, a aquella gran palabra joánica que venimos siguiendo: μένειν, permanecer. ¿Qué permanece cuando tantas cosas pueden pasar? Jesús responde de nuevo:
«Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes» (Jn 15,4).
La estabilidad última del discípulo no está en conseguir que nada cambie. Está en Cristo.
Cuando la prueba nos muestra quiénes somos
Kempis observa también que la adversidad puede revelarnos a nosotros mismos. Hay aspectos del corazón que solamente aparecen cuando algo nos contradice. Mientras una virtud no ha sido probada, podemos imaginar que la poseemos con mayor firmeza de la que realmente tenemos. Pedro estaba convencido de su fidelidad:
«Aunque todos se escandalicen, yo no» (Mc 14,29).
Pocas horas después descubrió algo de sí mismo que no conocía. Aquella noche fue terrible para Pedro. Pero también fue una noche de verdad. Cuando cantó el gallo y la mirada de Jesús lo alcanzó, Pedro lloró. Ese llanto tiene una enorme importancia espiritual. El hombre que había dicho con absoluta seguridad lo que sería capaz de hacer comenzó a conocerse. Y Cristo no abandonó a ese Pedro. Después de la Resurrección fue a buscarlo. En la orilla del lago, Jesús no reconstruyó la antigua seguridad de Pedro. Hizo nacer algo más humilde.
«Señor, Vos lo sabés todo; sabés que te quiero» (Jn 21,17).
Qué diferencia hay entre aquella frase y la pronunciada antes de la Pasión. Pedro ya no se apoya del mismo modo en su propia fuerza. Ahora dice:
«Vos sabés.»
La prueba ha hecho algo en él. Lo ha llevado desde la seguridad sobre sí mismo hacia la confianza en Cristo.
Dios en medio de la adversidad
Aquí aparece una cuestión teológica fundamental. Cuando sufrimos es muy fácil imaginar inmediatamente que Dios ha querido aquello que nos ocurre para enseñarnos algo. Hay que hablar con mucha prudencia. Jesús nos ha revelado a un Padre cuya voluntad es nuestra salvación. El mal conserva su condición de mal. Hay sufrimientos que proceden de nuestra fragilidad y otros que nacen del pecado humano. También existen acontecimientos cuyo sentido permanece escondido para nosotros. La fe cristiana hace una afirmación diferente:
ningún sufrimiento puede colocar nuestra vida fuera del alcance de Dios.
Ésta es una de las certezas más profundas del Evangelio. San Pablo llega a expresarlo con una audacia impresionante:
«Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman» (Rom 8,28).
Pablo no dice que todas las cosas sean buenas. Dice que Dios puede conducirlas hacia el bien. La diferencia es enorme. La cruz sigue siendo cruz. Pero Dios entra en ella. Y desde dentro comienza la Pascua.
La escuela de la Cruz
Tal vez éste sea el punto en que el capítulo XII alcanza su profundidad cristológica. Cristo no nos salva evitando la condición humana herida. La atraviesa. La Cruz muestra hasta dónde ha querido Dios acompañar al hombre. Por eso, cuando llega nuestra propia adversidad, nunca entramos en un territorio donde Cristo no haya estado. Él conoce desde dentro el miedo humano. Conoce el abandono. Conoce el dolor. Conoce incluso ese grito extremo:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46).
Y precisamente allí el Hijo continúa dirigiéndose al Padre:
«Dios mío.»
Esto es extraordinario. La experiencia del abandono no rompe la relación. El grito mismo continúa siendo oración. Quizá haya momentos en nuestra vida en los que permanecer en Dios tenga exactamente esa forma. No comprender. Y seguir diciendo: «Dios mío.» A veces eso será todo.
Pero ese «Dios mío» puede contener una fe inmensa.
Cuando cambia nuestra manera de mirar
Kempis dice que las adversidades pueden ayudarnos a dejar de buscar excesivamente el consuelo humano. Esto necesita también una lectura delicada. Necesitamos a los demás. Dios mismo ha querido que su amor nos alcance muchas veces a través de una presencia humana. Pero ninguna persona puede ocupar completamente ese lugar último del corazón que pertenece a Dios. La adversidad puede hacernos descubrirlo. Hay dolores ante los cuales incluso quien más nos ama solamente puede acompañarnos hasta cierto punto. Después queda un espacio interior al que entramos solos. Y quizá allí descubrimos que Cristo ya estaba. No como explicación sino como una presencia.
Entonces la prueba comienza lentamente a cambiar de significado. Tal vez siga doliendo. Pero ya no estamos solos dentro de ella. Y cuando Cristo está dentro de una herida, esa herida ya pertenece de algún modo al misterio pascual.
La adversidad y la esperanza
Hay algo profundamente cristiano en negarse a conceder al sufrimiento la última palabra. Eso es esperanza. La esperanza no necesita conocer anticipadamente cómo terminará una historia. Necesita saber en manos de quién está esa historia. Por eso la adversidad puede purificar nuestra esperanza. Cuando desaparecen ciertas seguridades, comenzamos a descubrir si nuestra confianza estaba realmente puesta en Dios. Esto puede ser doloroso. Pero también puede llevarnos hacia una fe más desnuda. Job llega a un punto en el que muchas explicaciones ya no alcanzan. Y entonces ocurre algo sorprendente. Al final del libro no recibe una teoría capaz de resolver matemáticamente su sufrimiento. Se encuentra con Dios.
«Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (Job 42,5).
La adversidad lo llevó hasta una experiencia de Dios que antes no poseía. Su dolor no quedó convertido mágicamente en algo bueno. Pero dentro de aquella historia apareció una profundidad nueva de encuentro. Quizá esto sea lo que Kempis intenta decir cuando habla de la «utilidad» de las adversidades. No está canonizando el dolor. Está descubriendo que la gracia puede trabajar incluso allí.
Para permanecer hoy
Puedo quedarme hoy con las primeras palabras del capítulo:
«Volver al corazón.»
Tal vez exista alguna adversidad presente en mi vida. No necesito encontrar inmediatamente su sentido. Sería incluso peligroso obligarme a mí mismo a hacerlo. Puedo simplemente entrar con ella delante de Dios. Quizá pueda decir:
«Señor, esto es lo que hoy me duele.»
Después dejar que Él mire ese lugar. Sin explicar demasiado. Puede que todavía no haya respuestas. La presencia puede preceder durante mucho tiempo a la comprensión. Entonces podría volver lentamente a las palabras de Jesús:
«Permanezcan en mí» (Jn 15,4).
Tal vez permanecer en Cristo durante la adversidad consista simplemente en negarme a atravesarla lejos de Él. No necesito sentirlo con intensidad. Puedo permanecer incluso desde la oscuridad. Pedro lloró. Job preguntó. Jesús gritó desde la cruz. Y en el centro de esas experiencias la relación con Dios siguió abierta. Quizá hoy mi oración pueda ser muy pequeña:
«Señor, no comprendo, pero quiero permanecer con Vos.»
Y dejarla allí. Porque tal vez la gracia escondida en algunas adversidades sólo pueda ser reconocida mucho después. Un día miraré hacia atrás. Quizá descubra que aquello que creía que solamente me había quebrado abrió también una profundidad que antes no conocía. Y entonces comprenderé algo de la Pascua. La herida seguirá perteneciendo a mi historia. Pero ya no será solamente herida. Cristo habrá pasado por ella.
Simple oración
Señor Jesús,
hay cosas que me cuesta comprender
y hay momentos en los que mi corazón
no encuentra una respuesta.
Vos conocés aquello que pesa dentro de mí.
Entrá allí.
No permitas que el dolor
me aleje de Vos.
Cuando no pueda entender,
enseñame a permanecer.
Cuando mi seguridad se quiebre,
haceme descubrir
que todavía puedo apoyarme
en tu presencia.
Llevame suavemente
hacia mi propio corazón
y esperame allí.
Que ninguna adversidad
pueda convencerme de que estoy solo.
Vos atravesaste la noche.
Vos conocés la Cruz.
Y sé que incluso allí
puede comenzar la Pascua.
Por eso hoy solamente quiero decirte:
Señor, quedate conmigo.
Y enseñame a quedarme con Vos.
Amén.
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