«Cuando el hombre desea alguna cosa desordenadamente, inmediatamente se vuelve inquieto dentro de sí.»
Este capítulo toca una zona muy delicada del alma. Kempis ya habló del conocimiento, de la humildad, de la prudencia y de la Escritura. Ahora parece preguntarnos algo más íntimo:¿Qué sucede dentro de mí cuando quiero algo?
No cuando quiero algo malo necesariamente. Cuando quiero.
Porque para Kempis el problema espiritual no comienza simplemente en las cosas que deseamos. Puede comenzar en el modo en que nuestro corazón se aferra a ellas. Y esto nos lleva bastante más lejos de lo que parece.
El deseo no es enemigo de la vida espiritual
Conviene aclararlo desde el comienzo, porque una lectura superficial de Kempis podría conducirnos a una espiritualidad de la extinción del deseo. Eso no sería plenamente cristiano.
Fuimos creados deseando.
Deseamos vivir, amar, ser amados, conocer, crear, compartir, descansar. Y detrás de todos esos movimientos hay algo todavía más profundo.
Santo Tomás de Aquino entiende que la voluntad tiende naturalmente hacia el bien. El problema aparece cuando un bien limitado ocupa un lugar que no le corresponde, cuando la voluntad se adhiere a él sin el orden debido. Por eso el título tradicional habla de affectionibus inordinatis, afectos o deseos desordenados. La palabra decisiva es: desordenados. No «deseos».
San Agustín había intuido esta dinámica muchos siglos antes con una profundidad extraordinaria:
«Nos hiciste para Vos y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Vos.»
La inquietud de la que habla Kempis tiene algo que ver con eso. Hay deseos que nos dejan libres. Y hay deseos que empiezan a poseernos.
«Inmediatamente se vuelve inquieto»
Ésta es quizá la observación psicológica más penetrante del capítulo. Kempis no comienza preguntando si conseguiremos aquello que queremos. Mira lo que el deseo está haciendo ahora mismo dentro nuestro.
Quiero algo.
Al principio simplemente lo deseo. Después empiezo a imaginarlo. Luego pienso qué tendría que ocurrir para conseguirlo. Más tarde comienzo a temer que no ocurra. Después me molesta quien parece impedirlo. Y finalmente algo que todavía ni siquiera poseo ya tiene poder sobre mi paz.
Eso es extraordinario.
Todavía no tengo la cosa y la cosa ya me tiene a mí.
Ahí aparece el desorden. Puede tratarse incluso de algo bueno. Un proyecto. Una relación. Un reconocimiento legítimo. Una tarea pastoral. Una expectativa. Una vocación concreta. Hasta una determinada experiencia de Dios. La pregunta espiritual no es solamente:
«¿Esto es bueno?» También: «¿Cómo lo estoy queriendo?»
Hay una señal bastante clara: la paz
Kempis continúa:
«El soberbio y el avaro nunca descansan; el pobre y humilde de espíritu vive en mucha paz.»
Acá «pobre» tiene una resonancia profundamente evangélica:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos» (Mt 5,3).
El pobre de espíritu puede poseer cosas. Lo que las cosas no poseen es su corazón. Y esto permite entender algo precioso de la libertad cristiana. Puedo querer algo intensamente y, sin embargo, decir:
«Señor, si no es para mí, sigo siendo tuyo.»
Eso es enorme. No es indiferencia. Puede doler muchísimo que aquello no ocurra. Puedo llorarlo. Puedo incluso preguntarle a Dios por qué. Pero debajo del dolor queda un lugar que todavía pertenece a Él.
Ese lugar es la libertad.
Kempis conoce también la lucha interior
El capítulo contiene una frase particularmente realista:
«El hombre débil en espíritu y todavía en cierto modo carnal e inclinado a las cosas sensibles, difícilmente puede apartarse por completo de los deseos terrenos.»
Esto es muy humano. No nos volvemos libres de una vez. Hay cosas que sabemos que debemos soltar y, sin embargo, volvemos a ellas. Hay heridas que creíamos entregadas y vuelven a pedir seguridad. Hay reconocimientos que decimos no necesitar hasta que dejan de llegar. Hay afectos que parecen perfectamente ordenados hasta que sentimos la posibilidad de perderlos. Entonces descubrimos algo acerca de nosotros mismos. Y esto no tiene por qué desanimarnos. Puede convertirse en gracia.
Porque a veces solamente conocemos nuestros apegos cuando algo amenaza con quitarnos aquello a lo que estamos apegados.
Mientras lo tenemos, creemos ser libres. Cuando tiembla, aparece la verdad.
«Si se aparta de ellos, muchas veces queda triste»
Kempis es extraordinariamente honesto. Cuando el hombre intenta desprenderse de aquello a lo que está desordenadamente apegado, experimenta tristeza. Claro. Porque el corazón se había acostumbrado. Y acá hay algo que quisiera cuidar mucho. La renuncia cristiana no siempre produce inmediatamente paz sensible. A veces primero duele. Cuando uno deja una dependencia afectiva, una necesidad de aprobación, una fantasía, una expectativa que alimentó durante mucho tiempo, puede aparecer una especie de vacío. Y quizá uno piense:
«Entonces estaba mejor antes».
No necesariamente. Puede ocurrir que estemos sintiendo simplemente el espacio que dejó aquello que ocupaba demasiado lugar.
Y ese espacio puede dar miedo. Pero justamente ahí puede comenzar algo nuevo. Porque Dios no arranca nuestros ídolos para dejarnos vacíos. Quiere ensanchar el corazón.
Cuando nos contradicen
Kempis introduce después una prueba muy concreta:
«Si alguno le contradice, fácilmente se irrita.»
¡Caramba! Acá ya no podemos escondernos demasiado. Porque una manera muy eficaz de descubrir nuestros apegos consiste en observar qué ocurre cuando alguien contradice nuestra voluntad. No cuando nos hacen una injusticia verdadera. Simplemente cuando las cosas no salen como queríamos. Habíamos imaginado algo. Alguien propone otra cosa. Habíamos tomado una decisión. Nos cuestionan. Esperábamos determinada respuesta. No llega. Y aparece una irritación desproporcionada. Entonces quizá el problema visible sea pequeño, pero ha tocado algo mucho más profundo:
mi necesidad de que la realidad coincida con mi voluntad.
Y esto puede penetrar incluso en nuestra relación con Dios. Rezamos. Pedimos. Esperamos. Y en algún rincón del corazón ya escribimos el modo en que Dios debería responder. Entonces la oración corre el riesgo de convertirse en una negociación:
«Hágase tu voluntad… siempre que tu voluntad coincida bastante con la mía».
La verdadera entrega comienza cuando podemos decir la segunda parte de Getsemaní:
«Que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).
Jesús no llegó allí sin deseo. Precisamente por eso la escena es tan tremenda.
«Padre, si querés, alejá de mí este cáliz…»
Hay un deseo humano verdadero.
Y después:
«…pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.»
Ahí vemos algo mucho más profundo que la ausencia de deseo. Vemos el deseo entregado.
Quizá la santidad consista también en aprender a desear
Esto me parece central. La vida espiritual no busca convertirnos en seres sin deseos. Busca educar el deseo. Purificarlo. Ordenarlo. Ensanchándolo hasta que pueda querer lo que Dios quiere. Por eso el salmista puede decir:
«Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente» (Sal 41[42],3).
Y Jesús:
«He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes» (Lc 22,15).
Cristo desea. Ama. Llora. Tiene sed. Quiere. La perfección cristiana no es insensibilidad. Es un corazón tan unido al Padre que todos sus deseos encuentran allí su centro. Por eso hay una diferencia inmensa entre reprimir un deseo y ofrecerlo. Reprimirlo dice:
«Esto no debería sentirlo».
Ofrecerlo puede decir:
«Señor, esto es lo que deseo. Lo deseo de verdad. Pero quiero recibirlo de tus manos, y no arrebatárselo a la vida.»
Eso ya es oración. Y a veces una oración muy profunda.
«La verdadera paz del corazón»
Kempis termina con una de esas frases pequeñas que contienen todo un programa espiritual:
«La verdadera paz del corazón se encuentra resistiendo a las pasiones, no sirviéndolas.»
Hay que entender bien ese «resistir». No significa violentarnos interiormente. Significa que no todo deseo tiene derecho a gobernarnos. Puedo sentir bronca sin obedecer inmediatamente a la bronca. Puedo sentir miedo sin permitir que el miedo decida. Puedo necesitar reconocimiento sin convertir esa necesidad en criterio de mis acciones. Puedo amar profundamente a alguien sin hacer de esa persona mi absoluto. Puedo desear intensamente algo y seguir diciendo:
«Dios sigue siendo Dios aunque esto no ocurra.»
Ahí aparece una libertad enorme.
Y volvemos a la semilla de la gloria
Hay algo que conecta este capítulo con aquella frase que surgió de la charla con mi amigo y sobre la que veníamos meditando en la presentación de este subsidio:
«Si la gracia es realmente semilla de la gloria, nada de lo verdaderamente humano queda afuera.»
Tampoco nuestros deseos. La gracia no viene a destruirlos desde afuera. Entra en ellos. Los sana. Los purifica. Los ordena. Los eleva.
Porque en el fondo de nuestros deseos parciales hay una sed mucho mayor de la que a veces somos conscientes.
Queremos amor porque fuimos hechos para el Amor. Queremos belleza porque fuimos hechos para contemplar la Belleza. Queremos verdad porque nuestra inteligencia fue creada para la Verdad. Queremos permanecer porque, aunque vivimos en el tiempo, fuimos llamados a la Gloria. A veces buscamos con desesperación en una criatura algo que solamente Dios podrá colmar completamente. Y la criatura termina sufriendo también, porque le exigimos que sea Dios para nosotros. Cuando dejamos que Dios vuelva a ocupar su lugar, ocurre algo paradójico:
podemos amar mejor a las criaturas.
Ya no necesitamos devorarlas. Podemos recibirlas. Agradecerlas. Disfrutarlas. Cuidarlas. Y, cuando llegue la hora, entregarlas.
Eso es libertad.
Para permanecer hoy
Hoy no intentaría descubrir todos mis apegos. Elegiría simplemente un deseo. Algo que en este momento pudiera descubrir que estoy queriendo mucho. Puede ser muy bueno. Lo pondré delante del Señor tal como es. Sin espiritualizarlo. Sin fingir indiferencia. Le diré: «Señor, yo quiero esto.»
Y me voy a quedar un momento ahí. Después, cuando pueda decirlo de verdad, le diré:
«Pero te quiero a Vos más que a esto.»
Aunque si descubro que todavía me cuesta, entonces no mentiré. Le diré: «Señor, quisiera poder quererte más que a esto.»
Eso también es oración.
Tal vez incluso sea una oración más verdadera.
Y después solamente: «Ordená mi corazón.»
Creo que eso basta para hoy. Porque el capítulo VI no me pide dejar de desear. Me invita a descubrir quién gobierna mis deseos. Y quizás la libertad cristiana empiece justamente cuando puedo tener las manos abiertas delante de Dios y decir:
«Lo deseo, Señor. Pero quiero recibirlo de Vos. Y si alguna vez tengo que soltarlo, sosteneme Vos.»
Simple oración
Señor Jesús
Vos conocés mis deseos
antes de que yo pueda nombrarlos.
Sabés lo que busco
lo que espero
lo que temo perder.
Conocés esas cosas
a las que mi corazón
se aferra en secreto.
No apagues mi deseo
purificalo.
No vuelvas pequeño mi corazón
ensanchalo.
Cuando quiera poseer
enseñame a recibir.
Cuando tenga miedo de perder
enseñame a confiar.
Cuando mi voluntad
quiera ocuparlo todo
recordame Getsemaní.
Y enseñame lentamente
a decir con Vos
«Padre
que se haga tu voluntad.»
Tomá mis deseos.
Los más humanos
y también los más heridos.
Y dejá caer en ellos
tu Gracia.
Hasta que un día
en el fondo de todo lo que busco
descubra lo que siempre estaba buscando
a Vos.
Y pueda descansar.
Amén.
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