Tomás de Kempis llega ahora a un territorio especialmente delicado: la palabra y el silencio.«Evita cuanto puedas el tumulto de los hombres, porque tratar de las cosas del mundo estorba mucho, aunque se haga con sencilla intención.»
El capítulo es breve, pero toca algo profundo. La palabra humana puede crear comunión y convertirse en vehículo de la verdad. Puede consolar a quien sufre y permitir que un corazón llegue hasta otro. Dios mismo quiso que su revelación alcanzara al hombre mediante la palabra, hasta el punto culminante en que la Palabra eterna entró personalmente en nuestra historia:
«Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).
Por eso Kempis no sospecha de la palabra en cuanto tal. Lo que le preocupa es aquello que sucede cuando hablar deja de brotar de un corazón recogido y comienza a dispersarlo. Su pregunta podría formularse así:
¿Qué producen en mí mis propias palabras?
Porque también nuestras palabras nos transforman.
Cuando el corazón se derrama hacia afuera
Kempis habla del «tumulto de los hombres». Su expresión pertenece al lenguaje espiritual de su época y refleja su propia vocación de recogimiento. Sin embargo, el tumulto del que habla puede existir incluso en una habitación silenciosa. Basta recordar una conversación para que vuelva a empezar dentro de nosotros. La mente reconstruye lo dicho, modifica una respuesta, imagina qué habrá pensado la otra persona. Cuando finalmente intentamos rezar, descubrimos que aquella conversación todavía continúa. La boca ya está callada. El diálogo sigue adentro. Kempis percibe que existe una relación muy profunda entre la palabra exterior y el recogimiento interior. Cuanto más indiscriminadamente entregamos nuestras palabras, más difícil puede resultar volver después hacia ese centro donde el corazón escucha. De ahí nace su severidad. Quiere custodiar algo. Quiere custodiar el lugar interior donde Dios puede ser escuchado.
«Muchas veces quisiera haber callado»
Hay una experiencia que probablemente todos conocemos. Después de una conversación aparece una pequeña incomodidad interior y pensamos:
«Esto podría no haberlo dicho.»
Quizá aquello que dijimos fuera verdadero. Sin embargo, algo nos dice que la verdad de una afirmación no resuelve por sí sola la cuestión de si convenía pronunciarla. La tradición cristiana siempre ha tenido una conciencia muy aguda de esto. El libro de los Proverbios dice:
«En las muchas palabras no faltará pecado; el que refrena sus labios es prudente» (Prov 10,19).
Y Santiago utiliza aquella imagen impresionante de la lengua como un pequeño fuego capaz de incendiar un bosque (cf. Sant 3,5).
La imagen resulta fuerte porque muestra la desproporción que puede existir entre una palabra y sus consecuencias. Decimos algo en unos segundos. Después ya no podemos recogerlo. La palabra ha entrado en otro corazón. Tal vez por eso Kempis mira el silencio como una forma de prudencia. Hay palabras que necesitan atravesar primero una cierta distancia interior antes de ser pronunciadas. Ese pequeño intervalo puede salvar mucho.
El silencio revela
Existe además otra razón por la que el silencio puede resultarnos difícil. Cuando disminuye el ruido exterior comenzamos a encontrarnos con aquello que llevamos dentro. Por eso el silencio verdadero no siempre produce inmediatamente paz. A veces ocurre exactamente lo contrario. Durante un tiempo sentimos con mayor intensidad lo que estaba oculto bajo nuestra actividad cotidiana. El corazón empieza a hacerse audible. Y ahí comienza una experiencia espiritual muy importante. Porque Dios puede encontrarnos precisamente en ese lugar. El profeta Elías experimentó algo semejante en el Horeb. Esperaba quizá reconocer el paso de Dios en manifestaciones imponentes. Finalmente lo percibió en aquella misteriosa «voz de silencio tenue» de la que habla 1 Re 19,12.
La expresión hebrea קּוֹל דְּמָמָה דַקָּה (qôl demamá daqqá = «el sonido de un silencio sutil»), en realidad posee una belleza difícil de traducir. Sugiere una voz que llega desde una quietud extrema. Elías tuvo que entrar en el silencio para reconocerla.
Quizá nosotros también.
Jesús sabía retirarse
Los Evangelios contienen una característica de Jesús que fácilmente pasa inadvertida. Después del encuentro con la gente, Jesús se retira. Lucas lo expresa de manera muy sencilla:
«Él se retiraba a lugares desiertos para orar» (Lc 5,16).
El tiempo verbal imperfecto utilizado por Lucas, ὑποχωρῶν (hypojōrōn, hipojorón) sugiere una acción habitual. No describe solamente una retirada excepcional. Nos deja entrever un ritmo de la vida de Jesús.
Había un movimiento hacia los hombres y un regreso hacia la intimidad con el Padre. Esto resulta profundamente iluminador. Jesús no se pierde en la multitud. Su entrega a los demás nace continuamente de un centro. Y ese centro es el Padre. Por eso su palabra posee una densidad extraordinaria. Cuando Jesús habla, sus palabras parecen venir de una profundidad anterior al momento en que son pronunciadas.
Hay silencio detrás de ellas.
El Verbo que calla
Quizá uno de los misterios más conmovedores del Evangelio sea contemplar el silencio de Jesús durante la Pasión. Marcos relata que, ante Pilato, llegó un momento en que Jesús dejó de responder:
«Jesús no respondió nada más, de modo que Pilato quedó admirado» (Mc 15,5).
El silencio de Cristo desconcierta. Aquel que es la Palabra eterna conoce también el momento de callar. Y esto nos permite comprender que el silencio cristiano posee una profundidad singular. Puede convertirse en una forma de presencia. Hay silencios que abandonan al otro. El silencio de Cristo ante Pilato pertenece a otra realidad. Jesús permanece enteramente presente incluso cuando ya no responde. Su silencio está habitado. Tal vez ésa sea una de las grandes diferencias entre simplemente no hablar y aprender verdaderamente a callar. El silencio espiritual está lleno de presencia.
«María guardaba...»
Hay otra figura evangélica que ilumina maravillosamente este capítulo.
San Lucas dice de María:
«María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19).
El verbo griego συντηρέω (syntēréō, syntereo) expresa una conservación cuidadosa. María recibe acontecimientos cuyo significado todavía no se ha desplegado enteramente y permite que permanezcan dentro de ella. Esto es extraordinariamente importante.
Nuestra época nos acostumbra a reaccionar rápidamente ante lo que ocurre. Sentimos que necesitamos formar una opinión casi inmediatamente. María introduce otro tiempo. El tiempo de la gestación interior. Hay experiencias cuyo significado solamente aparece cuando han permanecido durante un tiempo en el corazón. Quizá por eso María puede enseñarnos una forma muy profunda de silencio. Ella deja que la realidad madure delante de Dios. El silencio se convierte entonces en una matriz donde el sentido puede nacer.
La palabra que ha pasado por el silencio
Aquí comienza a aparecer el verdadero horizonte de Kempis. Cuando aprendemos a guardar silencio, nuestra palabra puede adquirir otra calidad. Ya no necesita surgir inmediatamente como reacción.
Puede esperar.
Durante esa espera algo ocurre dentro de nosotros. La emoción inicial se aquieta y empezamos a ver mejor aquello que realmente queríamos decir. Entonces la palabra puede nacer desde un lugar más verdadero. Esto tiene una enorme importancia espiritual. Jesús dice:
«De la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34).
La palabra revela el corazón porque procede de él. Por eso cuidar nuestra manera de hablar termina llevándonos hacia una pregunta mucho más profunda:
¿qué está llenando mi corazón?
Kempis comienza hablando de conversaciones y termina llevándonos hacia nuestra interioridad. Ese movimiento es muy propio de la Imitación de Cristo. Lo exterior acaba revelando lo interior.
El silencio y la oración
También nuestra oración puede atravesar esta experiencia. Al comienzo necesitamos palabras. Jesús mismo nos enseñó palabras para rezar. La Iglesia pone palabras en nuestros labios continuamente. Los Salmos nos permiten orar cuando nuestra propia voz no sabe cómo hacerlo. Pero la relación con Dios puede conducir alguna vez hacia un lugar donde las palabras empiezan a disminuir. No porque hayamos dejado de tener algo que decir. Sucede que la presencia empieza a ser suficiente. San Agustín intuía algo de esto cuando hablaba del deseo como una oración profunda que continúa incluso cuando la boca está en silencio. El corazón puede permanecer vuelto hacia Dios sin necesidad de producir constantemente palabras. Aquí el silencio comienza a acercarse a la contemplación. Estamos delante de Él. Y permanecemos. Quizá durante mucho tiempo no ocurra nada que podamos identificar como una experiencia espiritual extraordinaria. Sin embargo, la relación está ocurriendo. Dios está presente. Y nosotros también. A veces eso basta.
Para permanecer hoy
Quizá hoy pueda entrar durante unos minutos en un silencio deliberado. Sin exigirle ningún resultado. Cuando aparezca el movimiento interior que quiere llenar inmediatamente ese espacio, podré reconocerlo con suavidad y volver simplemente a estar delante de Dios.
Entonces podría recordar las palabras del joven Samuel:
«Habla, Señor, porque tu servidor escucha» (1 Sam 3,9).
Después dejaré que incluso esa frase se aquiete. No sabré qué hará Dios con ese silencio. Tampoco necesito saberlo. El silencio puede convertirse lentamente en disponibilidad.
Y durante el día quizá aparezca alguna ocasión en la que una palabra esté a punto de salir de mí. En ese instante podría permitirle permanecer un segundo más dentro.
Ese segundo puede convertirse en un pequeño lugar de discernimiento. Tal vez después pronuncie exactamente aquello que íba a decir.
Pero ya habrá ocurrido algo.
La palabra habrá pasado por mi corazón. Y quizá, poco a poco, empeciece a descubrir que hablar menos no empobrece necesariamente mi relación con los demás. Puede hacer que mi palabra llegue más limpia.
Tomás de Kempis parece invitarme hoy a recuperar ese espacio interior donde la palabra todavía no ha nacido.
Allí está el silencio. Y dentro de ese silencio puede estar Dios. Quizá la gracia de este día consista simplemente en descubrir que no tengo que llenar todos los espacios. Que puedo permanecer.
Y escuchar.
Simple oración
Señor Jesús, Palabra eterna del Padre,
llevame hacia el silencio del que nace tu voz.
Conocés el ruido que tantas veces
continúa dentro de mí
aun cuando todo alrededor
parece haberse aquietado.
Entrá también allí.
Enseñame a guardar una palabra
hasta que pueda nacer
desde un corazón en paz.
Que mi silencio tenga tu presencia.
Que cuando hable
pueda hacerlo desde ese lugar interior
donde antes te haya escuchado.
Y cuando ya no encuentre palabras
para rezar,
dejame simplemente
permanecer delante de Vos.
Vos estás.
Yo estoy con Vos.
Que eso me alcance.
Amén.
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