Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio, este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.
«Considera bien los heroicos ejemplos de los Santos Padres, en los cuales resplandeció la verdadera perfección y religión, y verás cuán poco o casi nada es lo que hacemos.»
Mirar a quienes se tomaron en serio el Evangelio
La expresión es fuerte. Kempis no comienza proponiendo una doctrina, sino poniendo delante de sus lectores unas vidas. Quiere que las miremos.Los «Santos Padres» de los que habla aquí son aquellos antiguos cristianos cuya entrega radical a Dios había quedado grabada en la memoria de la vida monástica. Kempis contempla en ellos una forma de existencia en la que el Evangelio llegó a penetrar profundamente.
Por eso su comparación resulta incómoda:
«¡Ay de nosotros! ¿Qué es nuestra vida comparada con la suya?»
No parece buscar un desprecio enfermizo de la propia vida. El capítulo entero está atravesado por otra preocupación: despertar de la tibieza. La comparación tiene sentido porque aquello que vemos realizado en otro puede mostrarnos hasta dónde puede llegar la gracia cuando encuentra una libertad dispuesta a responder. El santo se convierte entonces en una pregunta. Su vida nos obliga a mirar la nuestra de una manera nueva.
«Los Santos y amigos de Cristo»
Kempis los llama:
«Los Santos y amigos de Cristo».
Esta expresión permite entrar en el corazón de todo el capítulo. La austeridad que Kempis describe después podría ser malinterpretada si la separáramos de estas palabras. Aquellos hombres no soportaron una vida exigente simplemente por afición al sacrificio. Kempis los contempla como amigos de Cristo. Ahí está el centro. La vida ascética cristiana pierde su sentido cuando el esfuerzo se vuelve fin de sí mismo. Los Padres buscaban a Cristo. Desde esa relación se comprende la radicalidad de su existencia. Kempis recuerda que sirvieron al Señor atravesando grandes privaciones y trabajos, sosteniendo una vida intensa de oración en medio de la persecución y de otras pruebas. Su intención no parece ser que reproduzcamos materialmente cada una de aquellas prácticas. Quiere confrontarnos con la seriedad de una vida en la que Dios había dejado de ocupar un lugar secundario.
«Quisieron seguir las pisadas de Cristo»
El segundo párrafo comienza preguntándose por las tribulaciones padecidas por quienes:
«quisieron seguir las pisadas de Cristo».
La imagen es profundamente evangélica. Seguir las pisadas supone que Otro va delante. La vida de los santos no se explica desde ellos mismos. Ellos están siguiendo.
Cristo había dicho:
«Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24).
Kempis lee la vida de los antiguos Padres desde esa llamada. Por eso las renuncias que describe adquieren sentido únicamente dentro del seguimiento. La austeridad cristiana no consiste en demostrar cuánto puede soportar una persona. Busca liberar el corazón de aquello que le impide responder enteramente a Cristo. Cuando se pierde este centro, la ascesis puede convertirse en orgullo. Cuando Cristo ocupa el centro, incluso la renuncia puede transformarse en expresión de amor.
El fervor
Hay una palabra que atraviesa este capítulo: fervor.
En nuestro lenguaje actual puede sugerir simplemente intensidad emocional. En Kempis tiene mayor profundidad. El fervor es una disposición viva del corazón hacia Dios que se expresa en la forma concreta de vivir. Por eso, al contemplar a los Padres, Kempis no se limita a admirar sus sentimientos religiosos. Observa una existencia entera orientada hacia Dios. Dice de ellos:
«De día trabajaban, y por la noche se ocupaban en larga oración; aunque trabajando, no cesaban de la oración mental.»
Esta frase revela una espiritualidad donde oración y vida comienzan a penetrarse mutuamente. El trabajo no expulsa a Dios de la conciencia. La oración tampoco sirve para escapar del trabajo. La relación con Dios acompaña la jornada. Kempis admira precisamente esa unidad.
«Todo el tiempo gastaban bien; las horas les parecían cortas para darse a Dios.»
El tiempo adquiere aquí un significado espiritual. Aquello que amamos determina en buena medida el valor que damos a nuestro tiempo. Los Padres que Kempis contempla habían encontrado algo —mejor dicho, a Alguien— por quien valía la pena entregar la vida.
Pobres por fuera, ricos por dentro
Kempis establece después una comparación especialmente hermosa:
«De modo que eran pobres de lo temporal, pero riquísimos en gracia y virtudes.»
El contraste permite comprender cómo interpreta aquellas renuncias. La pobreza exterior no constituye para él el término del camino. Hay una riqueza interior. Los Padres habían dejado mucho porque habían encontrado un bien que consideraban mayor. Esto recuerda la parábola de Jesús:
«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. Un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo» (Mt 13,44).
La renuncia de aquel hombre sólo puede entenderse desde el tesoro. Si olvidáramos el tesoro, veríamos únicamente a alguien perdiéndolo todo. Cuando aparece el tesoro, comprendemos su alegría. Kempis mira de ese modo a los Padres. Habían encontrado en Dios una riqueza capaz de relativizar aquello que antes podía parecer imprescindible.
«Familiares amigos» de Dios
Entonces aparece una expresión de enorme delicadeza:
«Ajenos eran al mundo, mas muy allegados a Dios, del cual eran familiares amigos.»
Kempis ha descrito hasta aquí una vida exigente. De pronto descubrimos el corazón afectivo de aquella existencia.
Eran amigos de Dios.
Toda la austeridad desemboca aquí. La expresión «familiares amigos» habla de cercanía. El Dios por quien habían renunciado a tantas cosas no era una idea religiosa situada a distancia. Se había convertido en la Presencia alrededor de la cual se organizaba su existencia. Esto evita interpretar la espiritualidad de Kempis como una mera acumulación de renuncias. La renuncia crea espacio. Y ese espacio busca ser ocupado por Dios. La pobreza exterior tiene sentido cuando conduce hacia una riqueza interior. El silencio adquiere sentido cuando permite escuchar. La soledad cristiana tiene sentido cuando se convierte en encuentro. De otro modo, todo podría reducirse a esfuerzo humano.
Cómo se veían ellos y cómo los veía Dios
Kempis escribe:
«Teníanse por nada en cuanto a sí mismos y para nada con el mundo eran despreciados; mas en los ojos de Dios eran muy preciosos y amados.»
Hay aquí una paradoja profundamente cristiana. Aquellos hombres habían renunciado a construir su valor desde el reconocimiento del mundo. Su dignidad estaba recibida desde otra mirada.
Eran preciosos y amados ante Dios.
Esta frase impide entender la humildad de Kempis como simple desprecio personal. El hombre puede tenerse por pequeño porque su valor ya no necesita descansar en la exaltación de sí mismo. Hay una mirada anterior. Dios lo conoce y lo ama. Desde ahí la humildad puede dejar de ser angustiosa. No necesito fabricar mi grandeza cuando mi existencia ya es preciosa ante Dios.
«Dechados» para los demás
Kempis dice que aquellos Padres:
«Fueron puestos por dechados a todos los religiosos».
«Dechado» significa modelo, ejemplo que puede ser contemplado e imitado. Pero Kempis inmediatamente introduce una comparación decisiva:
«más nos deben mover para aprovechar en el bien, que no la muchedumbre de los tibios para aflojar y descaecer.»
Aquí toca una experiencia muy humana. Tendemos a medirnos por aquello que vemos habitualmente alrededor. Si la mediocridad se vuelve común, puede empezar a parecernos suficiente. Kempis propone otra medida. Miremos hacia quienes dejaron que el Evangelio transformara seriamente su existencia. No para imitarlos materialmente en cada detalle. Tampoco para vivir comparándonos angustiosamente con ellos. Su ejemplo puede impedir que llamemos «normal» a nuestra tibieza. Los santos amplían nuestra imaginación espiritual. Nos muestran que la gracia puede llevar una vida humana mucho más lejos de lo que nuestra comodidad supone.
El fervor de los comienzos
Kempis vuelve entonces la mirada hacia los orígenes de las comunidades religiosas:
«¡Oh, cuán grande fue el fervor de todos los religiosos al principio de sus sagrados institutos!»
Está mirando el impulso fundacional. Al comienzo hubo una intuición viva del Evangelio que llevó a determinadas personas a entregar la vida. Con el paso del tiempo aparece un peligro: conservar exteriormente la forma mientras se debilita interiormente el fuego que le dio origen. Kempis conoce ese proceso. Una Regla puede seguir observándose y, sin embargo, el corazón puede haberse acostumbrado. Por eso escribe:
«Ahora ya se estima en mucho aquel que no quebranta la Regla, y con paciencia puede sufrir lo que aceptó por su voluntad.»
Hay cierta tristeza en estas palabras. La fidelidad exterior sigue teniendo valor, pero Kempis recuerda que hubo un momento en que aquella misma forma de vida estaba llena de un ardor más profundo. La costumbre puede conservar. También puede adormecer. Y aquí el capítulo deja de pertenecer exclusivamente a los monasterios. Toda vocación conoce este peligro. Aquello que un día fue respuesta viva puede convertirse lentamente en hábito. Seguimos haciendo lo mismo. Pero ya no lo hacemos desde el mismo lugar interior.
«Tibieza y negligencia»
El capítulo termina con un lamento:
«¡Oh tibieza y negligencia de nuestro estado, que tan presto declinamos del fervor primero, y nos es molesto el vivir por nuestra flojedad y tibieza!»
Kempis no dirige la acusación hacia otros. Dice «nuestro». Se incluye. Eso cambia mucho el tono.
No estamos ante alguien que contempla desde arriba la mediocridad ajena. Estamos ante un hombre que conoce la distancia entre el ideal recibido y la respuesta concreta que damos. La tibieza, en este contexto, consiste en esa pérdida progresiva de intensidad interior por la cual terminamos conformándonos con una vida espiritual disminuida. Y Kempis concluye con un deseo:
«¡Pluguiese a Dios que no durmiese en ti el aprovechamiento de las virtudes, pues viste muchas veces tantos ejemplos de devotos!»
La imagen es preciosa. El aprovechamiento puede dormirse. La vida espiritual puede continuar exteriormente mientras algo interior se adormece. Por eso necesitamos testigos. Los santos pueden despertarnos. No porque debamos copiar sus penitencias ni reproducir una forma histórica de vida que no es la nuestra. Nos despiertan porque muestran qué sucede cuando una persona deja de negociar continuamente con la llamada de Dios. Su vida nos pregunta qué ocurrió con nuestro propio fervor. Y quizá ésta sea la verdadera finalidad del capítulo. Kempis no quiere que terminemos admirando a los Padres. Quiere que, después de mirarlos, volvamos a mirar nuestra propia vida.
Para permanecer hoy
Hoy quiero preguntarme qué produce en mí el ejemplo de los santos. Puedo admirarlos y dejarlos a una distancia tan grande que su vida ya no me interrogue. Kempis me invita a otra cosa.
Quiero pensar en mi propio «fervor primero».
Hubo momentos en los que algo del Evangelio me conmovió profundamente y despertó en mí un deseo sincero de entregarme a Dios. ¿Qué ocurrió con ese deseo? No quiero responder con nostalgia. Quiero mirar mi vida actual delante del Señor. Quizá algunas cosas que antes hacía con amor se hayan vuelto costumbre. Tal vez continúo siendo fiel exteriormente y, sin embargo, necesito que Dios vuelva a tocar el corazón de aquello que hago. Escucho entonces la última expresión de Kempis:
«que no durmiese en ti el aprovechamiento de las virtudes».
No quiero vivir espiritualmente dormido. Tampoco quiero fabricar artificialmente un entusiasmo. Quiero pedirle a Dios algo más verdadero: que despierte nuevamente en mí el deseo de entregarme. Los santos me muestran que una vida puede llegar muy lejos cuando se deja tomar en serio por Dios. Hoy quiero dejar que su ejemplo me incomode un poco. Quizá esa incomodidad sea ya una forma de despertar.
Simple oración
Señor Jesús,
miro la vida de quienes
te buscaron con todo el corazón
y descubro cuánto necesito despertar.
No permitas que la costumbre
vacíe lentamente
aquello que un día nació del amor.
Volvé a tocar el lugar
donde comenzó mi deseo de seguirte.
Que los santos no sean para mí
figuras lejanas,
sino testigos capaces de recordarme
hasta dónde puede llegar tu gracia.
Cuando mi fervor se enfríe,
despertá nuevamente mi corazón.
Quiero servirte desde la verdad
de lo que hoy soy,
pero sin conformarme
con una vida adormecida.
Hacé crecer en mí, Señor,
el deseo de buscarte
con un corazón cada vez más entero.
Amén.

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