04 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO III. DE LA DOCTRINA DE LA VERDAD.

 «Bienaventurado aquel a quien la Verdad enseña por sí misma, no por figuras y palabras pasajeras, sino tal como es.»


Los dos primeros capítulos parecían preparar este momento: primero, seguir a Cristo; después, aprender a vivir humildemente delante de Él. Ahora aparece una pregunta mucho más honda:

¿Quién me enseña verdaderamente a Dios?

Y la respuesta de Kempis no es un libro, ni un maestro, ni siquiera nuestra inteligencia. Es Dios mismo. No porque los libros, los maestros o la inteligencia sobren —todo lo contrario—, sino porque ninguna palabra humana puede producir por sí sola aquello de lo que habla.

Podemos hablar de Dios. Pero solamente Dios puede darse.



«La Verdad enseña por sí misma»

Acá conviene escuchar «Verdad» con resonancia joánica. No estamos hablando primeramente de una idea correcta. Jesús dice:

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6).

La Verdad cristiana tiene rostro. Tiene voz. Tiene manos atravesadas. Puede ser seguida. Puede ser amada. Puede habitar en nosotros. Por eso conocer la verdad, en sentido cristiano, es muchísimo más que poseer información verdadera sobre Dios. Es entrar en comunión con Cristo.

Y entonces se comprende aquella expresión tan fuerte de Kempis:

«¿De qué aprovecha la multiplicidad de palabras?»

No porque las palabras sean inútiles. Estamos leyendo precisamente un libro hecho de palabras. Lo que Kempis sabe es que llega un momento en que la palabra debe conducir al silencio de la presencia.

Podemos decir: Dios es amor y estudiar ἀγάπη (ágape). Podemos recorrer 1 Jn 4. y estudiar la caridad en san Agustín, santo Tomás, san Bernardo... Todo eso puede ser extraordinariamente fecundo. Pero después llega una hora en que uno tiene que cerrar el libro y quedarse delante de Dios. Y dejarse amar.

Ahí cambia todo. Porque una cosa es comprender intelectualmente: «Dios me ama». Y otra muy distinta es descubrir, quizá después de muchos años de vida cristiana: «Dios me ama a mí». Conociéndome.

No la persona que debería ser ni tampoco el que probablemente alguna vez seré. A esta persona que soy hoy y ahora.


El peligro de saber muchas cosas

Kempis continúa:

«Cuantas más cosas y más elevadas supieres, tanto más gravemente serás juzgado si no vivieres santamente.»

Es una frase incómoda. Sobre todo para quienes amamos estudiar. fPero no es antiintelectual. Es evangélica. Jesús mismo dice:

«Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho» (Lc 12,48).

Entonces el conocimiento teológico lleva escondida una responsabilidad. Cada verdad conocida nos pregunta:

¿qué hiciste conmigo?

Sabés que Dios es Padre. ¿Vivís como hijo?
Sabés que Cristo está presente en el hermano. ¿Cómo mirás al que te molesta?
Sabés que la Eucaristía es presencia real. ¿Cómo te acercás al altar?
Sabés que la gracia precede nuestras obras. ¿Vivís agradecido o como si todo dependiera de vos?
Sabés que Dios es misericordioso. ¿Te dejás perdonar?

Esta última pregunta puede ser muchísimo más difícil de lo que parece. Porque a veces aceptamos con bastante facilidad que Dios sea misericordioso con los demás. Lo difícil es consentir que lo sea con nosotros.


«Recoger todas las cosas en Uno»

Después aparece una de las frases más místicas de todo el capítulo:

«Aquel a quien todas las cosas le son Uno, y las reduce todas a Uno, y todas las ve en Uno, puede permanecer estable de corazón y reposar pacíficamente en Dios.»

Acá Kempis empieza a rozar una profundidad contemplativa enorme. Ver todo en Uno.

No significa confundir a Dios con las cosas. La criatura sigue siendo criatura y Dios sigue siendo Dios. Significa empezar a mirar la realidad desde su centro. Y el centro es Dios. Entonces mi historia deja de ser una acumulación caótica de episodios. Mi alegría y mi sufrimiento. Las persona que llegaron a mi vida pero también las que se fueron. Mis virtudes y mis pecados. Mi juventud y también mi envejecimiento, todo empieza lentamente a ser llevado hacia Uno.

No porque comprendamos por qué sucedió cada cosa. La fe no nos entrega una explicación secreta de todos los acontecimientos. A veces seguimos sin entender.

Pero podemos llegar a decir:

«No entiendo esto, Señor, pero tampoco quiero vivirlo fuera de Vos.»

Y eso ya es contemplación.


«Dios mío, Vos que sois la Verdad…»

En medio del capítulo Kempis deja escapar una oración:

«¡Oh Dios, Vos que sois la Verdad, hacedme uno con Vos en caridad perpetua!»

Me parece el corazón secreto del capítulo. Más que «conocimientos», implora «Haceme uno con Vos.»

Ahí el conocimiento alcanza su finalidad. La teología llega hasta el umbral. La exégesis llega hasta el umbral. La predicación llega hasta el umbral. La catequesis llega hasta el umbral.

Después hay que entrar. Y entrar significa comunión. Por eso hay una relación tan íntima entre verdad y amor en el cristianismo. No conocemos verdaderamente a Dios si el conocimiento no nos conduce hacia la caridad. San Pablo lo expresó con una frase tremenda:

«Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia [...] si no tengo amor, no soy nada» (1 Cor 13,2).

No dice que sabe poco. Dice algo mucho más desconcertante: puede saber muchísimo y todavía no haber llegado al centro.


Dios habla dentro

Kempis dice también:

«Cuanto más recogido esté el hombre en sí mismo y más sencillo sea interiormente, tantas más y más elevadas cosas entenderá sin esfuerzo.»

Esto no significa recibir revelaciones privadas automáticamente. Habla de otra cosa. Cuando el corazón se simplifica, empieza a escuchar mejor. Tenemos muchísimo ruido interior. Y dentro de ese ruido intentamos escuchar a Dios. Quizá por eso una parte importante de la oración consiste simplemente en permanecer hasta que el ruido vaya perdiendo autoridad sobre nosotros.

No necesariamente desaparece. Pero deja de mandar. Y debajo empieza a aparecer una Presencia que ya estaba. Entonces entendemos algo curioso:

Dios no siempre necesitaba hablar más fuerte. Quizá nosotros necesitábamos hacernos más silenciosos.


Hay cosas que sólo se comprenden amando

Creo que ésta podría ser la palabra de hoy.

Hay cosas de Dios que uno puede estudiar durante años y que, de pronto, una experiencia de amor hace transparentes.

El padre que vela a su hijo enfermo comprende algo del Padre. Quien perdona algo imperdonable empieza a vislumbrar la misericordia. Quien permanece al lado de alguien que sufre sin poder solucionar nada aprende algo de la cruz. Quien ama sin recibir nada a cambio empieza a comprender algo del amor gratuito de Dios. Y quien alguna vez, en medio de una gran pobreza interior, se descubre inexplicablemente sostenido empieza a comprender qué significa: gracia.

No necesariamente puede explicarlo mejor. Quizá incluso tenga menos palabras. Pero ahora sabe. Porque lo ha vivido.


Para permanecer hoy

Hoy haría algo muy sencillo. Buscaría diez minutos. Sin lectura. Sin intentar elaborar pensamientos.

Sin pedir muchas cosas. Y repetiría lentamente una frase del capítulo:


«Dios mío, Vos que sois la Verdad, hacedme uno con Vos en caridad.»


Después, silencio. Si vienen pensamientos, los dejaría pasar. Si vienen preocupaciones, las entregaría. Si no ocurre absolutamente nada, simplemente permanecería allí.

Porque quizá éste sea uno de los aprendizajes más difíciles de la oración contemplativa:

no necesito que ocurra algo para que Dios esté.

Él ya está. Y quizá nuestra tarea sea solamente consentir su presencia. Permanecer. Otra vez aparece esa palabra que tanto hemos recorrido en Juan:

«Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes» (Jn 15,4).

Tal vez la verdad más profunda no sea algo que finalmente conseguimos comprender. Tal vez sea Alguien en quien aprendemos a permanecer.

Y entonces, poco a poco, las muchas cosas empiezan a reunirse.

  • Las preguntas.
  • Las heridas.
  • La historia.
  • La vocación.
  • El pecado perdonado.
  • El amor recibido.
  • La vida entera.

Todo hacia Uno. Todo en Uno. Todo hacia Él.


Simple oración

Señor Jesús

Verdad que no cabe
en ninguna palabra

he hablado tantas veces de Vos
he leído sobre Vos
he intentado comprenderte

y en este día
sólo quisiera quedarme

delante de Vos.

Enseñame aquello
que solamente puede aprenderse
permaneciendo.

Recogé lo disperso que hay en mí:

mis preguntas
mis recuerdos
mis deseos
mis heridas.

Llevá todo hacia Vos.

Y cuando ya no tenga palabras
no permitas que crea
que la oración terminó.

Quizá recién entonces
empiece.

Vos en mí.

Yo en Vos.

................

................

Y entre los dos
ese silencio
en el que ya no necesito
comprenderlo todo.

Porque estás Vos.

Amén.

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