03 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO II. CÓMO HA DE SENTIR CADA UNO HUMILDEMENTE DE SÍ MISMO.

 

«Todos los hombres naturalmente desean saber; pero ¿qué aprovecha la ciencia sin el temor de Dios?»

Continuando con este comentario a la obra de Thomás de Kempis, nos encontramos con que el autor ya no nos pregunta qué buscamos afuera. Ahora empieza a entrar en un territorio mucho más delicado: qué imagen tenemos de nosotros mismos.

Y acá hay que caminar despacio, porque la humildad cristiana se ha entendido mal muchas veces. Humildad no es despreciarse. No es pensar «no valgo nada», ni negar los dones que Dios nos dio. Mucho menos consiste en soportar que otros destruyan nuestra dignidad. La humildad cristiana es algo infinitamente más bello: vivir delante de Dios sin necesidad de inventarnos. Ni más grandes. Ni más pequeños. Verdaderos.


«Todos desean saber…»

Kempis vuelve inmediatamente sobre algo que ya había aparecido ayer: el conocimiento.

Y escribe una frase provocadora:

«Ciertamente, un humilde campesino que sirve a Dios es mejor que un filósofo soberbio que, olvidándose de sí mismo, contempla el curso de los cielos.»

No está enfrentando inteligencia y santidad. La Iglesia jamás podría hacerlo: basta pensar en Agustín, Tomás de Aquino, Buenaventura, Teresa de Ávila, Edith Stein…

El problema es otro. Puedo conocer muchas cosas y desconocer precisamente al hombre con quien voy a convivir hasta el último instante de mi vida: yo mismo.

Y esto se vuelve espiritualmente muy serio. Porque puedo estudiar las profundidades de Dios y no reconocer mi propia necesidad de Dios. Puedo conocer la gracia y seguir viviendo como si todo dependiera de mí. Puedo hablar de misericordia y ser despiadado conmigo mismo. Puedo enseñar humildad y necesitar secretamente que los demás reconozcan cuánto sé.

Ahí Kempis pone el dedo sobre una herida muy humana: también podemos utilizar las cosas de Dios para construir nuestro propio yo. Incluso la teología. Incluso la predicación. Incluso la oración.

Y por eso la humildad no es una virtud decorativa de la vida espiritual. Es el suelo sobre el que puede crecer todo lo demás.


Saber quién soy

Hay una frase del capítulo que quisiera que hoy nos acompañara:

«Si te conocieses bien, fácilmente te despreciarías y no te complacerías en las alabanzas de los hombres.»

La palabra «despreciar» nos suena demasiado dura hoy. Y si la interpretáramos como odio hacia uno mismo, sería espiritualmente equivocada. Kempis está hablando desde el lenguaje ascético de su época.

Lo que busca quebrar no es la dignidad personal. Busca quebrar la fascinación por el propio personaje. Ese personaje que lentamente vamos construyendo con lo que los demás piensan de nosotros.

  • Soy importante.
  • Soy necesario.
  • Soy inteligente.
  • Soy bueno.
  • Soy respetado.
  • Soy querido.
  • Soy el que sabe.
  • Soy el que ayuda.
  • Soy el que sostiene a los demás.

Hasta que alguna circunstancia rompe esa imagen.

  • Una crítica.
  • Un fracaso.
  • Una equivocación.
  • Una persona que no nos reconoce.
  • Una tarea que ya no podemos hacer.
  • Una comunidad que puede continuar perfectamente sin mí.

Y entonces duele. A veces muchísimo. ¿Por qué? Porque quizá no solamente perdimos algo. Quizá se resquebrajó la imagen de nosotros mismos en la que habíamos empezado a vivir. La humildad nos libera precisamente de eso.


«Conócete a ti mismo»

Kempis dice algo extraordinariamente fino:

«Esta es la más alta y provechosa lección: conocerse verdaderamente y tenerse en poco.»

Otra vez debemos entender bien ese «tenerse en poco». Para un cristiano existe una afirmación que nunca puede negociarse: soy amado por Dios. Antes de mis méritos. Antes de mis obras. Antes de mis logros. Antes incluso de mi respuesta.

«Nosotros amamos porque Él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

Ahí está el fundamento.

Por eso puedo mirar también mis miserias. Porque mi identidad última no depende de ellas.

Puedo reconocer que soy frágil, que necesito afecto e inclusive que, en ocasiones, soy extremadamente contradictorio. Muchas veces soy temeroso, peco. Pero otras veces soy generoso. Puedo amar profundamente y también puedo herir.

Y debajo de todo esto permanece algo que ninguna de esas cosas produce:

soy criatura amada.

Eso es humildad.

Y hay algo profundamente hermoso acá: cuanto más seguro estoy del amor de Dios, menos necesidad tengo de defender una versión idealizada de mí mismo. Puedo admitir mis límites, porque mi valor ya no está en juego.


Y entonces aparece el otro

El capítulo da después un giro precioso:

«No tengas por grande cosa el saber o entender mucho; sino teme más bien por el conocimiento que te ha sido dado.»

Y más adelante:

«Si vieres a alguno pecar públicamente o cometer alguna culpa grave, no debes por eso estimarte mejor.»

Esto ya es otra profundidad. La humildad verdadera cambia nuestra manera de mirar el pecado ajeno. Porque cuando conozco sinceramente mi propia fragilidad, dejo de mirar desde arriba. No significa llamar bueno a lo malo. El pecado sigue siendo pecado. Pero ante el pecador aparece una conciencia nueva:

yo también necesito misericordia.

Quizá su pecado sea visible y el mío no. Quizá su herida esté expuesta y la mía cuidadosamente escondida. Quizá él cayó allí donde yo nunca fui probado. Por eso el humilde puede acompañar al pecador sin justificar el pecado y sin aplastar al pecador. Y esto es profundamente cristiano. Jesús podía decirle a la mujer sorprendida en adulterio:

«No peques más» (Jn 8,11).

Pero antes había dicho:

«Tampoco yo te condeno».

Verdad y misericordia. Las dos.


Hay una humildad todavía más profunda

Hay un momento de la vida espiritual en que uno empieza a sospechar que incluso querer ser humilde puede convertirse en otra forma de mirarse a sí mismo.

«¿Seré suficientemente humilde?»

«¿Habré avanzado?»

«¿Estaré creciendo espiritualmente?»

Seguimos mirándonos. Sólo que ahora lo hacemos con vocabulario religioso. Y quizá Dios nos vaya llevando hacia algo más sencillo. Dejar de observarnos constantemente. Teresa de Jesús decía que la humildad es «andar en verdad». Me encanta esa expresión. Andar. No quedarse examinándose obsesivamente. Andar en verdad. Dios es Dios. Yo soy criatura. Él me amó primero.

Todo lo bueno que hay en mí es don y cooperación con el don. Mi pecado es verdaderamente mío y debo responder por él. Mi dignidad también es real porque procede de Él. Mis talentos no necesitan ser negados. Mis límites tampoco necesitan esconderse. Entonces puedo descansar. Ya no tengo que demostrar constantemente quién soy.


Para permanecer hoy

Hoy no haría un gran examen de conciencia. Haría algo mucho más pequeño. Cuando aparezca durante el día alguna necesidad de reconocimiento —que agradezcan algo, que valoren una tarea, que comprendan una intención, que reconozcan un esfuerzo—, no intentaría reprimirla.

Simplemente la miraría y diría interiormente:

«Señor, también esto soy yo.»

Nada más. Sin condenarme. Sin justificarme. Y después: «Y así me amás.»

Creo que ahí empieza una humildad mucho más profunda que pensar mal de uno mismo. Porque al final la humildad cristiana no consiste en decir: «No soy nada». Consiste en poder decir serenamente: «No soy Dios.»

Y descubrir, con enorme alivio, que nunca tuve que serlo. Soy criatura. Necesitada. Limitada. Amada. Y quizá sea suficiente para este segundo día quedarme ahí. Delante de Dios. Sin personaje. Sin currículum. Sin títulos. Sin tener que demostrarle nada. Simplemente yo con mi humilde humanidad. 

Y Él.


Simple Oración

Señor Jesús

me cuesta presentarme ante Vos
sin traer conmigo
todo lo que creo ser.

Lo que sé
lo que hice
lo que otros piensan de mí
lo que quisiera que pensaran.

Enseñame la humildad
que no humilla

la verdad
que no destruye

dejame verme
como Vos me ves

sin esconder mi pobreza
y sin negar los dones
que pusiste en mis manos.

Cuando necesite ser reconocido
recordame que Vos me conocés.

Cuando me crea mejor que otro
recordame de dónde me levantaste.

Cuando me desprecie
recordame cuánto me amás.

Y cuando vuelva a construir
una imagen de mí mismo
para sentirme seguro

dejame descansar otra vez
en esta verdad sencilla:

soy tuyo

y eso basta.

Amén.

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