Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio, este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.
«Miserable serás dondequiera que fueres y dondequiera que te volvieres, si no te conviertes a Dios.»
La frase podría parecer pesimista si la aisláramos. Pero su última expresión cambia profundamente el sentido: «si no te conviertes a Dios».
Dondequiera que fueres
La frase podría parecer pesimista si la aisláramos. Pero su última expresión cambia profundamente el sentido: «si no te conviertes a Dios».
El problema que Kempis está contemplando no se resuelve cambiando de lugar.
Hay una vieja ilusión humana que consiste en pensar que nuestra inquietud desaparecerá cuando cambien las circunstancias. Imaginamos que en otro lugar, bajo otras condiciones, finalmente encontraremos la paz.
Pero nosotros viajamos con nosotros mismos.
Por eso la conversión a Dios aparece como el verdadero cambio de dirección.
La pregunta que sigue lo confirma:
«¿Por qué te afliges de que no te suceda lo que quieres y deseas?»
Aquí Kempis toca algo profundamente humano: el sufrimiento que nace de la distancia entre la realidad y nuestra voluntad.
Queremos que la vida ocurra de determinada manera. Cuando no sucede así, aparece la frustración.
Kempis recuerda entonces que nadie posee una existencia completamente sometida a sus deseos:
«Ninguno hay en el mundo sin tribulación o angustia, aunque sea rey o Papa.»
La condición humana es compartida.
El sufrimiento atraviesa las diferencias que construimos entre nosotros.
Y Kempis pregunta quién está verdaderamente mejor.
Su respuesta es:
«Ciertamente el que puede padecer algo por Dios.»
El sufrimiento adquiere aquí una orientación.
No se vuelve bueno por el mero hecho de doler. Pero puede ser vivido en relación con Dios.
La vida del otro
Kempis introduce después una escena muy reconocible. Habla de quienes miran a otro y exclaman:
«¡Mirad cuán buena vida tiene aquel hombre!»
La comparación nace porque vemos la vida ajena desde fuera.
Percibimos aquello que parece deseable y desconocemos el peso interior que esa persona lleva.
Kempis quiere romper esa fascinación.
Por eso dirige la mirada hacia «los bienes del cielo».
No está diciendo que las realidades temporales carezcan de todo valor. Su lenguaje ascético es mucho más severo. Lo que intenta impedir es que confundamos la posesión de bienes temporales con la felicidad definitiva.
Hay algo que ninguna circunstancia exterior puede garantizar.
La paz última del corazón.
Y por eso la comparación resulta espiritualmente estéril.
La vida del otro tampoco puede salvarme de mí mismo.
El peso del cuerpo
A continuación aparece uno de los pasajes que más distancia cultural puede producirnos:
«el hombre interior está muy gravado con todas las necesidades corporales en este mundo.»
Kempis pertenece a una tradición ascética en la que la tensión entre la aspiración espiritual y las necesidades corporales podía expresarse con enorme dureza.
Conviene escucharlo dentro de ese horizonte.
La fe cristiana no considera malo el cuerpo. La confesión de la encarnación del Verbo y la esperanza en la resurrección de la carne impiden una lectura semejante.
Kempis está experimentando otra cosa: la fatiga de una existencia sometida a la fragilidad.
El cuerpo necesita ser atendido continuamente. Puede enfermar. Envejece. Se cansa. Finalmente muere.
El hombre que desea la plenitud experimenta dolorosamente esos límites.
San Pablo conoció una tensión semejante cuando habló de su deseo de «partir para estar con Cristo» (Flp 1,23), aunque al mismo tiempo reconociera que continuar viviendo podía ser necesario para el servicio de los hermanos.
El cristianismo no espera ser liberado de la corporeidad.
Espera la redención del cuerpo.
Por eso la respuesta última a nuestra fragilidad corporal no será dejar de ser criaturas humanas. Será la resurrección.
El deseo de lo eterno
Kempis contrapone esa adhesión desesperada a lo transitorio con la actitud de los santos:
«toda su esperanza e intención suspiraba por los bienes eternos.»
La palabra suspiraba resulta especialmente hermosa.
El santo sigue viviendo en el tiempo, pero su deseo ha comenzado a orientarse hacia aquello que el tiempo no puede darle.
No desprecia necesariamente lo creado.
Ha descubierto que ninguna realidad creada puede soportar el peso de convertirse en su absoluto.
Por eso Kempis habla de «lo duradero e invisible».
La vida presente se vuelve entonces camino.
Y precisamente aquí, después de algunas de las expresiones más severas del capítulo, Kempis dice algo sorprendentemente esperanzador:
«No pierdas hermano, la confianza de aprovechar en las cosas espirituales: aún tienes tiempo y ocasión.»
Esta frase cambia el clima.
Aún tienes tiempo.
Mientras estamos vivos, la historia sigue abierta.
Kempis no utiliza la conciencia de nuestra miseria para declarar que todo está perdido.
La utiliza para despertar.
Todavía hay ocasión.
«Comienza en este momento»
Entonces pregunta:
«¿Por qué quieres dilatar tu propósito?»
Y responde con una llamada inmediata:
«Levántate, y comienza en este momento».
Aquí reaparece una intuición que ya habíamos encontrado en el capítulo XIX.
La conversión sucede hoy.
Podemos gastar una enorme cantidad de energía lamentando aquello que no hicimos, imaginando aquello que algún día haremos o esperando una disposición interior perfecta.
Kempis corta esa demora.
Ahora.
El momento presente posee una densidad espiritual extraordinaria porque es el único tiempo en el que realmente podemos responder.
El pasado puede ser entregado a la misericordia.
El futuro todavía no está en nuestras manos.
La gracia nos encuentra aquí.
Pasar por el fuego y por el agua
Kempis escribe:
«Conviene que pases por fuego y por agua antes que llegues al descanso.»
La imagen procede del lenguaje bíblico; recuerda particularmente el Salmo 65(66),12, donde el paso por el fuego y el agua desemboca finalmente en un lugar de abundancia.
Kempis sabe que la conversión atraviesa resistencia.
Hay cosas dentro de nosotros que no desaparecen simplemente porque hayamos comprendido que deben cambiar.
La vida espiritual conoce combate.
Pero el fuego y el agua no son el destino.
El destino es el descanso.
Esto resulta importante porque impide absolutizar la lucha.
El cristiano combate esperando.
La fragilidad que vuelve
Kempis describe después, con una sinceridad casi dolorosa, la inconstancia humana:
«Hoy confiesas tus pecados, y mañana vuelves a cometer lo confesado.»
Es difícil no reconocerse alguna vez en esa frase.
Hay pecados que confesamos sinceramente y que, sin embargo, vuelven.
Entonces puede aparecer una de las tentaciones más peligrosas: pensar que nuestra conversión anterior fue falsa.
Kempis interpreta la repetición desde la fragilidad:
«somos tan flacos y tan mudables.»
La confesión sincera no convierte mágicamente a una persona en alguien incapaz de volver a caer.
El arrepentimiento puede haber sido verdadero y nuestra debilidad continuar siendo real.
Precisamente por eso necesitamos gracia.
La experiencia repetida de nuestra fragilidad puede humillarnos en el mejor sentido de la palabra: nos devuelve a la verdad.
Nos impide construir nuestra esperanza sobre una imagen idealizada de nosotros mismos.
Lo ganado «por Gracia»
Kempis escribe una frase breve que conviene mirar con atención:
«Presto se pierde por descuido lo que con mucho trabajo dificultosamente se ganó por gracia.»
Se ganó por Gracia.
La expresión reúne dos dimensiones que Kempis nunca quiere separar.
Hay trabajo real.
Pero hay Gracia.
El crecimiento espiritual exige nuestra respuesta y, al mismo tiempo, sigue siendo don.
Por eso el descuido resulta serio. Podemos dejar de cooperar con aquello que hemos recibido.
La gracia no vuelve innecesaria nuestra libertad.
La despierta.
Esperar la misericordia
Un poco antes Kempis había escrito:
«nos importa tener paciencia y esperar la misericordia de Dios».
Esta frase es, para mí, el corazón teológico del capítulo.
Kempis ha hablado de pecado y fatiga con enorme crudeza. Sin embargo, cuando contempla qué puede hacer el hombre dentro de esa condición, aparece la espera de la misericordia.
La miseria humana no tiene la última palabra.
Y aquí la misma cercanía lingüística entre miseria y misericordia puede ayudarnos contemplativamente, aunque no debamos convertirla en una etimología teológica.
El hombre descubre su pobreza y precisamente allí aprende a esperar de Otro aquello que no puede darse a sí mismo.
La paciencia cristiana nace en ese lugar.
Todavía no somos lo que estamos llamados a ser.
Todavía caemos.
Todavía cargamos con nuestra fragilidad.
Y Dios todavía está obrando.
Como dóciles novicios
El capítulo termina con una imagen humilde.
Kempis dice que quizá necesitaríamos ser instruidos nuevamente:
«como dóciles novicios en las buenas costumbres».
Después de años de camino espiritual, uno puede descubrir que necesita volver a aprender.
No es necesariamente un fracaso.
Hay una humildad preciosa en aceptar nuevamente la condición de discípulo.
El novicio todavía escucha.
Todavía se deja enseñar.
Todavía sabe que no ha llegado.
Kempis termina entonces donde había comenzado.
El hombre que reconoce su miseria deja de fingir autosuficiencia.
Puede volver a ser discípulo.
Y mientras pueda aprender, todavía existe aquello que Kempis había dicho unas líneas antes:
«aún tienes tiempo y ocasión».
Para permanecer hoy
Hoy quiero escuchar esas palabras como dirigidas personalmente a mí:
«aún tienes tiempo y ocasión».
No quiero convertir mi fragilidad en una sentencia definitiva sobre mí mismo.
Hay cosas que todavía necesito aprender.
También hay faltas que quizá he confesado más de una vez y que siguen mostrando cuánto necesito de la gracia.
Quiero mirarlas con verdad.
Pero quiero mirarlas delante de Dios.
Kempis me pregunta:
«¿Por qué quieres dilatar tu propósito?»
No necesito esperar otra etapa de mi vida para responder.
Este momento existe.
Y Dios está en él.
Hoy quiero volver a comenzar desde aquello que realmente soy, sin imaginar una versión de mí mismo que todavía no existe.
Soy discípulo.
Todavía necesito aprender.
Todavía necesito misericordia.
Y quizá reconocerlo sea ya una manera de levantarme.
Simple oración
Señor,
conocés la fragilidad
que tantas veces vuelve
a aparecer en mí.
A veces me cansa
encontrarme nuevamente
delante de las mismas heridas.
Pero todavía hay tiempo.
Tu misericordia
me alcanza también aquí.
Enseñame otra vez
como se enseña
a quien todavía quiere aprender.
Que mi pobreza
no cierre el camino
hacia Vos.
Tomá este momento.
Es lo único
que verdaderamente tengo.
Y desde aquí, Señor,
ayudame a comenzar.
Amén.

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