17 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XVI. DE CÓMO SE HAN DE SUFRIR LOS DEFECTOS AJENOS.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio, este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.



 «Lo que no puede un hombre enmendar en sí ni en los otros, débelo sufrir con paciencia, hasta que Dios lo ordene de otro modo.»

Tomás de Kempis comienza este capítulo con una afirmación que toca una de las experiencias más
difíciles de la convivencia humana. Comienza reconociendo que existen defectos cuya corrección todavía no está a nuestro alcance. Algunos pertenecen a nuestra propia vida y otros aparecen en las personas con quienes convivimos.


La paciencia ante aquello que no podemos cambiar

Es particularmente significativo que mencione primero aquello que no podemos enmendar en nosotros mismos. Con frecuencia experimentamos la dificultad de cambiar ciertas disposiciones interiores. Podemos reconocerlas sinceramente y trabajar durante mucho tiempo para corregirlas. Sin embargo, descubrimos que la transformación personal es más lenta de lo que imaginábamos. Esta experiencia debería enseñarnos algo acerca de los demás. Si nosotros mismos necesitamos tiempo para crecer, ¿por qué esperamos que el otro alcance inmediatamente aquello que todavía le cuesta? Kempis nos introduce así en una comprensión más humilde de la condición humana. La paciencia comienza cuando aceptamos que la conversión tiene una historia.


«Hasta que Dios lo ordene de otro modo»

Hay una expresión particularmente importante en la frase inicial: hasta que Dios lo ordene de otro modo. Kempis reconoce que la transformación del hombre está profundamente vinculada con la acción de Dios. Podemos trabajar sinceramente por nuestra conversión, pero no somos capaces de producir por nosotros mismos toda la renovación interior que necesitamos. La gracia precede y acompaña nuestro esfuerzo. Esto adquiere una importancia especial cuando pensamos en los defectos ajenos. Podemos ayudar a una persona a reconocer una dificultad. Pero su respuesta interior pertenece a su propia libertad. El deseo de que alguien cambie puede ser legítimo y profundamente caritativo. Sin embargo, ese deseo necesita aprender a respetar el tiempo de la otra persona. La paciencia cristiana nace de una confianza en la providencia divina. Dios conoce la profundidad del corazón humano y sabe conducirlo de maneras que nosotros no siempre comprendemos. Kempis invita a reconocer ese límite sin abandonar la esperanza.


La dificultad también puede educarnos

Kempis añade que aquello que debemos soportar puede convertirse en ocasión de prueba para nuestra paciencia. Esta observación introduce una perspectiva que modifica nuestra manera de comprender las dificultades de convivencia. Cuando alguien nos contraría repetidamente, nuestra atención suele quedar concentrada en aquello que esa persona debería cambiar. Kempis propone descubrir qué puede estar ocurriendo también en nosotros. Quizá aquella dificultad esté poniendo de manifiesto una impaciencia que desconocíamos. La convivencia revela aspectos de nuestro corazón que difícilmente descubriríamos en soledad. La paciencia, considerada como virtud, supone una disposición estable para soportar las dificultades sin abandonar el bien que debemos realizar. Santo Tomás de Aquino explica que la paciencia preserva al hombre de dejarse vencer interiormente por la tristeza que provocan las adversidades. Esta virtud tiene una importancia particular en las relaciones humanas porque el amor debe aprender a atravesar las limitaciones reales de las personas. La caridad adquiere profundidad cuando encuentra una dificultad y continúa buscando el bien.


Cuando la corrección no produce el cambio esperado

Kempis introduce después una enseñanza muy concreta:

«Si alguno, amonestado una vez o dos, no se enmendare, no porfíes con él, sino recomiéndalo todo a Dios».

Aquí aparece una distinción espiritual importante. La corrección fraterna pertenece a la caridad. Cuando alguien necesita ser ayudado a reconocer una conducta equivocada, puede existir una verdadera responsabilidad de hablar. Jesús mismo enseña la corrección fraterna en Mt 18,15. Pero Kempis conoce también el peligro de convertir la corrección en una insistencia interminable. Podemos comenzar buscando sinceramente el bien de alguien y terminar atrapados en la necesidad de obtener una respuesta inmediata. Entonces nuestra intervención pierde libertad. La insistencia puede convertirse en una lucha de voluntades. Kempis propone encomendar la situación a Dios. Esto supone reconocer que la eficacia de una palabra no depende exclusivamente de nuestra capacidad para repetirla. Hay momentos en los que la caridad necesita expresarse mediante una espera confiada. Conviene precisar que esta paciencia no exige tolerar abusos ni renunciar a proteger a quien sufre un daño. La prudencia cristiana puede requerir establecer límites firmes. Kempis está tratando aquí la disposición interior con la que afrontamos los defectos ordinarios de la convivencia. Su enseñanza busca liberar el corazón de una pretensión excesiva de dominio sobre el otro.


La medida que utilizamos con los demás

Kempis formula entonces una pregunta especialmente penetrante:

«Si no puedes hacerte a ti cual deseas, ¿cómo quieres tener a otro a la medida de tu deseo?»

Aquí encontramos uno de los centros del capítulo.  La pregunta descubre una contradicción profundamente humana. Conocemos nuestras dificultades para cambiar y, sin embargo, podemos exigir al otro una transformación inmediata. Cuando se trata de nosotros mismos, comprendemos que existen procesos interiores que requieren tiempo. Cuando se trata de otra persona, esa comprensión puede desaparecer. Kempis nos invita a recuperar una medida común. El otro comparte nuestra misma condición humana. También él necesita misericordia. Esto no significa que todos los defectos sean igualmente graves ni que debamos renunciar a distinguir responsabilidades. Significa que la conciencia de nuestra propia fragilidad debería introducir humildad en nuestras exigencias.

Jesús había formulado el principio fundamental:

«Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos» (Mt 7,12).

Kempis aplica esta enseñanza al terreno concreto de la convivencia. Deseamos ser comprendidos cuando luchamos con nuestras debilidades. La caridad nos invita a ofrecer al prójimo esa misma comprensión.


La severidad que reservamos para los otros

El capítulo continúa mostrando que nuestra manera de exigir puede estar condicionada por el amor propio. Nos resulta más fácil aceptar una corrección cuando está dirigida a otra persona que cuando alcanza nuestra propia conducta. Esta observación prolonga el capítulo anterior sobre el juicio temerario. Allí Kempis había mostrado cómo el amor propio influye sobre nuestra percepción. Ahora descubre su influencia sobre la manera de tratar a los demás. La exigencia moral puede quedar deformada cuando utilizamos criterios diferentes según quién deba cumplirlos. En ese caso, la dificultad espiritual está dentro de nosotros. La caridad requiere una medida más justa.

San Pablo escribe:

«El amor es paciente, es servicial» (1 Cor 13,4).

La paciencia aparece como una de las primeras manifestaciones de la caridad porque amar verdaderamente exige recibir a una persona cuya transformación todavía está en camino. El amor cristiano reconoce el bien al que el otro está llamado y aprende a acompañarlo desde su situación presente.


Llevar mutuamente nuestras cargas

Kempis llega después a la enseñanza bíblica que sostiene todo el capítulo:

«Lleven los unos las cargas de los otros, y así cumplirán la ley de Cristo» (Gal 6,2).

Esta exhortación de san Pablo permite comprender la dimensión comunitaria de la paciencia. Cada persona llega a la convivencia llevando consigo una historia y una fragilidad que los demás no conocen completamente. La vida cristiana compartida supone aprender a recibir esa realidad. Hay algo profundamente evangélico en esta reciprocidad. Hoy puedo necesitar la paciencia de otro. Mañana quizá sea yo quien deba ejercitarla. La comunidad cristiana se construye precisamente entre personas que todavía necesitan conversión. Por eso la paciencia adquiere un sentido mucho más profundo que la simple tolerancia.

Llevar la carga del otro significa aceptar que su fragilidad también puede reclamar algo de mi amor.

En esta enseñanza se reconoce el corazón de la caridad cristiana. Cristo ha cargado con nuestra condición humana y nos ha amado cuando todavía éramos pecadores (cf. Rom 5,8). La paciencia entre hermanos participa de ese amor recibido.


La adversidad revela lo que somos

Kempis termina el capítulo con una observación de extraordinaria profundidad:

«Porque las ocasiones no hacen al hombre flaco, pero declaran lo que es.»

La frase ilumina todo lo anterior. Una situación difícil puede revelar una debilidad que ya existía en nosotros. Mientras nadie contradice nuestra voluntad, quizá imaginemos que somos pacientes. Cuando aparece una verdadera contrariedad descubrimos la fragilidad de esa virtud. La circunstancia exterior ha permitido que algo interior se manifieste. Esto puede resultar incómodo. Pero también puede convertirse en una gracia. Porque aquello que reconocemos humildemente puede ser presentado a Dios para que lo transforme. La experiencia de nuestra impaciencia puede enseñarnos a comprender mejor la debilidad ajena. Y aquí aparece una de las paradojas más hermosas de la vida espiritual: precisamente aquello que nos cuesta soportar en otra persona puede ayudarnos a descubrir cuánto necesitamos nosotros mismos la misericordia divina.

La convivencia se convierte entonces en una escuela de conocimiento propio.


Aprender a amar a personas reales

El capítulo XVI posee una sabiduría especialmente necesaria para la vida cotidiana. Podemos imaginar fácilmente una convivencia en la que todos respondan a nuestras expectativas. Pero las relaciones humanas acontecen entre personas concretas. Cada una se encuentra en una etapa particular de su camino. Kempis nos recuerda que el amor cristiano debe aprender a desarrollarse dentro de esa realidad. La paciencia necesita apoyarse en la esperanza. Porque Dios continúa obrando en nosotros incluso cuando los cambios parecen demasiado lentos. También continúa obrando en aquellos cuya fragilidad nos cuesta comprender. La caridad nos permite confiar en esa acción sin pretender sustituirla. Quizá entonces comencemos a mirar de otra manera los defectos ajenos. Seguiremos reconociendo aquello que necesita corrección. Pero podremos hacerlo desde una humildad más profunda. La misma paciencia que deseamos recibir de Dios comenzará a encontrar un lugar en nuestra relación con los demás. Y comprenderemos que la santidad compartida se construye entre personas que todavía están aprendiendo a amar.


Para permanecer hoy

Hoy quiero detenerme ante una persona cuyos defectos me cuestan especialmente. Quizá llevo tiempo deseando que cambie. Tal vez ya he hablado con ella y me desalienta descubrir que ciertas dificultades continúan apareciendo. Quiero preguntarme qué sucede dentro de mí cuando esa situación se repite. ¿Hay algo que todavía necesito aprender acerca de mi propia paciencia? Recuerdo entonces la pregunta de Kempis:

«Si no puedes hacerte a ti cual deseas, ¿cómo quieres tener a otro a la medida de tu deseo?»

La dejo entrar lentamente. También yo conozco mis dificultades para cambiar. Sé cuánto necesito que Dios me acompañe con paciencia. Quiero aprender a ofrecer a los demás algo de esa misma comprensión. Hoy no voy a exigirme sentir espontáneamente una paciencia que todavía no poseo. Prefiero pedirla. Y si descubro que una corrección ya fue hecha y mi insistencia sólo aumenta la tensión, quiero aprender a confiar aquella situación a Dios. No conozco completamente el camino interior del otro. Tampoco conozco del todo el mío. Pero sé que ambos necesitamos la Gracia. Quiero recordar, especialmente, que la contrariedad puede mostrarme algo verdadero acerca de mi corazón. Si hoy descubro mi impaciencia, no quiero desanimarme.

Quiero dejar que ese descubrimiento se convierta en oración.


Simple oración

Señor Jesús,
Vos conocés mi fragilidad
y sabés cuánto me cuesta
recibir con paciencia
la debilidad de los demás.

Cuando me impaciente,
ayudame a recordar
la misericordia con que me tratás.

Hay cosas que quisiera cambiar
y todavía no puedo.

También hay personas
cuyo camino necesito aprender
a confiarte.

Que tu gracia ensanche mi corazón
hasta hacerlo capaz
de una paciencia más verdadera.

Y cuando la convivencia
deje al descubierto mi pobreza,
que encuentre allí
una nueva ocasión de acercarme a Vos.

Señor,
enseñame a amar
con la paciencia
con que Vos me amás.

Amén.



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