Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio, este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.
«Conviene que aprendas, a quebrantarte en muchas cosas, si quieres tener paz y concordia con otros.»
Aprender a quebrantarse
La palabra «quebrantarte» puede resultarnos dura. Dentro del lenguaje ascético de Kempis expresa una renuncia a esa rigidez interior que pretende hacer prevalecer continuamente la propia voluntad.
El contexto es la vida monástica. Kempis conoce desde dentro una comunidad estable, donde las mismas personas comparten durante años una existencia cotidiana. Allí la caridad deja rápidamente de ser una idea hermosa y adquiere el rostro concreto de la convivencia. Por eso este capítulo sigue con naturalidad al anterior. Kempis acaba de decir que debemos aprender a soportar las flaquezas ajenas porque nosotros también tenemos defectos que otros deben soportar. Ahora muestra lo que eso exige cuando la convivencia se prolonga. La paz entre personas reales tiene un precio interior.
Algo de nuestra voluntad necesita aprender a ceder. No porque la voluntad sea mala, ni porque debamos aceptar cualquier cosa que otro pretenda imponernos. Kempis está hablando del apego a la voluntad propia que hace imposible la concordia cuando cada uno necesita que la realidad se acomode continuamente a él. Entonces «quebrantarse» adquiere otro sentido.
Es permitir que se rompa lentamente la dureza con la que defendemos nuestro pequeño territorio interior.
Vivir juntos sin queja
Kempis continúa:
«No es poco morar en los monasterios y congregaciones, y allí conversar sin quejas, y perseverar fielmente hasta la muerte.»
La frase contiene toda la experiencia monástica de su autor. Kempis no idealiza la comunidad. Precisamente porque la conoce, dice: «No es poco». Permanecer durante años junto a las mismas personas termina revelando lo que cada uno lleva dentro. Las diferencias que inicialmente parecían pequeñas adquieren otro peso cuando forman parte de la vida cotidiana. Y Kempis introduce algo muy significativo: «conversar sin quejas». Aquí «conversar» conserva un sentido más amplio que nuestro uso habitual. Se refiere al trato y a la convivencia, al modo concreto de vivir entre otros.
La queja aparece cuando la realidad deja de responder a lo que esperábamos. Puede convertirse entonces en una disposición interior permanente. El corazón comienza a interpretar la vida desde aquello que le molesta. Kempis comprende el peligro espiritual de esa disposición. La persona puede seguir exteriormente dentro de la comunidad y haberse retirado interiormente de ella. Por eso vincula la convivencia con la fidelidad. No basta compartir físicamente un lugar. Hay que aprender a entregarse dentro de él.
«Perseverar fielmente hasta la muerte»
En la misma frase aparece una expresión exigente:
«perseverar fielmente hasta la muerte.»
Kempis escribe desde una concepción de la vocación monástica marcada por la estabilidad. La comunidad recibida se convierte en lugar concreto de santificación. Esto permite ampliar prudentemente su intuición sin confundir nuestro comentario con su texto. La vida cristiana necesita alguna forma de fidelidad concreta. El amor puramente imaginado puede parecer siempre perfecto porque nunca encuentra resistencia. El amor vivido descubre que el otro posee una voluntad distinta de la nuestra y que la realidad muchas veces contradice nuestros deseos. Ahí la fidelidad adquiere cuerpo.
La perseverancia cristiana supone atravesar el tiempo dejando que la gracia transforme también aquello que aparece después del entusiasmo inicial. Kempis conoce muy bien esa experiencia. Por eso no presenta como extraordinaria una vida llena de fenómenos espirituales. Le impresiona algo mucho más sobrio: alguien que vive fielmente allí donde fue llamado.
Vivir como peregrino
Después escribe:
«Si quieres estar bien y aprovechar, mírate como desterrado y peregrino sobre la tierra.»
La imagen del peregrino pertenece profundamente a la tradición bíblica. La Carta a los Hebreos habla de quienes reconocieron que eran «extranjeros y peregrinos sobre la tierra» (Heb 11,13). Kempis utiliza esa conciencia para relativizar nuestras pretensiones de instalación definitiva. El peregrino sabe que ninguna realidad temporal puede convertirse en su posesión absoluta. Incluso el monasterio, precisamente porque está ordenado hacia Dios, tampoco puede convertirse en un refugio donde el hombre construya una vida enteramente alrededor de su propia comodidad. El destino está más allá.
Esta conciencia puede dar una libertad particular frente a las pequeñas frustraciones de la convivencia. Muchas cosas que parecían enormes recuperan su verdadera proporción cuando son contempladas desde el destino último de la vida. Kempis llama a esto «aprovechar».
En su vocabulario espiritual, aprovechar significa avanzar realmente en el camino hacia Dios.
«Hacerte simple por Cristo»
Kempis añade:
«Conviene hacerte simple por Cristo, si quieres seguir la vida religiosa.»
La simplicidad que aparece aquí no significa ingenuidad ni falta de inteligencia. Kempis viene combatiendo desde los primeros capítulos una vida interior dispersa por la curiosidad y el amor propio. Hacerse simple por Cristo significa dejar de construir la existencia alrededor de innumerables pretensiones personales. El corazón se simplifica cuando comienza a tener un centro. Y para Kempis ese centro es Cristo. La vida religiosa pierde su verdad cuando se convierte solamente en una forma exterior. Por eso inmediatamente después introduce una distinción decisiva.
El hábito no hace al religioso
Kempis escribe:
«El hábito y la corona poco hacen; mas la mudanza de las costumbres y la entera mortificación de las pasiones hacen al hombre verdadero religioso.»
Aquí Kempis toca uno de los centros del capítulo. El hábito identifica exteriormente un estado de vida. La tonsura —a la que se refiere la «corona»— era también un signo visible de consagración.
Pero los signos exteriores no producen por sí mismos aquello que significan. Kempis lleva nuevamente la mirada hacia el interior. Habla de «mudanza de las costumbres». La vocación necesita alcanzar la manera concreta de vivir. Una consagración que no toca progresivamente el carácter corre el riesgo de quedarse en la superficie. Y aparece nuevamente el lenguaje ascético de la «mortificación de las pasiones». Kempis entiende por ella el trabajo espiritual mediante el cual los movimientos desordenados dejan de gobernar al hombre. No pretende destruir la afectividad humana.
Busca que el corazón adquiera libertad para orientarse hacia Dios. Por eso el verdadero religioso no queda definido, para Kempis, simplemente por aquello que lleva puesto. Su vida debe comenzar a mostrar interiormente aquello que exteriormente profesa.
Buscar a Dios
Entonces Kempis formula una afirmación radical:
«El que busca algo fuera de Dios y la salvación de su alma, no hallará sino tribulación y dolor.»
Hay que escuchar esta frase dentro de su contexto monástico. Alguien puede ingresar en una forma de vida religiosa llevando consigo expectativas que esa vida nunca podrá satisfacer. Si espera encontrar allí una existencia protegida de toda contradicción, tarde o temprano aparecerá la decepción. Porque las personas siguen siendo personas dentro de un monasterio. El capítulo anterior lo había dicho con toda claridad: «ninguno hay sin defecto». La comunidad no sustituye a Dios. Tampoco puede ofrecer una plenitud que solamente Él puede dar. Kempis devuelve así la vocación hacia su motivo originario. La vida monástica tiene sentido cuando conduce hacia Dios. Cuando se espera de ella aquello que pertenece solamente a Él, la misma comunidad puede terminar convirtiéndose en fuente de frustración.
Ser el menor
Kempis prosigue:
«No puede estar mucho tiempo en paz el que no procura ser el menor y el más sujeto de todos.»
La frase pertenece claramente a la espiritualidad monástica de su tiempo y debe conservarse tal como está.
Su raíz evangélica aparece en las palabras de Jesús:
«El que quiera ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35).
Kempis comprende que buena parte de nuestros conflictos nace de la posición que creemos merecer. Cuando necesitamos ocupar determinado lugar ante los demás, cualquier situación que parezca disminuirnos puede perturbarnos profundamente. La humildad introduce otra libertad. Quien no necesita defender continuamente su importancia puede servir con mayor paz. No desaparece su dignidad. Precisamente porque su dignidad descansa finalmente en Dios, ya no necesita obtenerla de la posición que ocupa frente a los demás.
«Viniste a servir, no a mandar»
El último párrafo concentra la fuerza del capítulo:
«Viniste a servir, no a mandar.»
Kempis devuelve al religioso al sentido de su vocación. La comunidad no existe para satisfacer su voluntad. Ha venido a servir. Y aquí aparece inevitablemente Cristo. En la Última Cena, Jesús se arrodilla delante de sus discípulos y les lava los pies. Después dice:
«Yo les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13,15).
La autoridad de Cristo adopta la forma del servicio. Por eso la vida religiosa encuentra su verdad cuando comienza a adquirir esa forma. Kempis no está escribiendo una teoría sobre las estructuras comunitarias. Está examinando la disposición del corazón de quien ha decidido seguir a Cristo.
La pregunta que atraviesa silenciosamente el capítulo podría formularse así: ¿vine buscando que los demás se acomoden a mí o vine dispuesto a aprender a servir?
La respuesta no se da solamente una vez. La convivencia obliga a responderla nuevamente cada día.
El crisol
Kempis termina diciendo:
«Pues aquí se prueban los hombres, como el oro en el crisol (Sab 3, 6).»
La comunidad aparece finalmente como lugar de prueba. El crisol no crea el oro. El fuego permite que se manifieste su calidad y que sea purificado. Algo semejante ocurre en la convivencia. La vida junto a otros deja al descubierto zonas del corazón que podían permanecer ocultas mientras nadie contradijera nuestros deseos. Entonces la dificultad cotidiana adquiere una dimensión espiritual inesperada. Aquello que me incomoda puede mostrarme dónde todavía necesito crecer. La persona que contradice mi voluntad quizá esté revelando, sin saberlo, cuánto dependo de que las cosas sucedan a mi manera.
Kempis no necesita imaginar pruebas extraordinarias. Le basta la vida compartida. Allí se prueba la humildad que creíamos poseer. Allí la caridad deja de ser una palabra. Y allí el seguimiento de Cristo puede llegar hasta las zonas más ordinarias de nuestra personalidad. La vida monástica se convierte así en una escuela de verdad. No porque quienes viven juntos sean perfectos. Precisamente porque no lo son.
Para permanecer hoy
Hoy quiero recibir este capítulo aunque mi vida concreta no sea la de un monasterio. Hay una frase de Kempis que me alcanza personalmente:
«Viniste a servir, no a mandar.»
Quiero dejarla delante de Dios. Me pregunto qué ocurre en mí cuando los demás no hacen las cosas como yo esperaba. Quizá descubra cuánto necesito que la realidad se acomode a mi voluntad para conservar la paz. No quiero juzgarme por descubrirlo. Quiero reconocerlo. También pienso en aquellas personas con quienes comparto la vida de manera habitual. Es precisamente allí donde mi caridad deja de ser imaginaria. Quiero aprender a servirlas desde la realidad que tenemos delante. Y cuando alguna convivencia me resulte difícil, recordaré la imagen de Kempis:
«aquí se prueban los hombres, como el oro en el crisol».
Tal vez esa dificultad esté mostrando algo de mí que todavía necesita ser entregado a Dios. Hoy quiero pedir una gracia sencilla. Que mi deseo de seguir a Cristo llegue también a mi manera de convivir.
Simple oración
Señor Jesús,
Vos conocés cuánto me cuesta
cuando mi voluntad encuentra resistencia.
Entrá en esa dureza
que todavía defiendo
sin darme cuenta.
Enseñame a servir
desde el lugar concreto
en el que me pusiste.
Que la convivencia revele mi verdad
sin volverme amargo,
y que aquello que descubra de mí
pueda entregártelo con confianza.
Cuando busque ocupar un lugar,
recordame tus manos
lavando los pies de tus discípulos.
Quiero aprender de Vos
la humildad que hace posible
una caridad verdadera.
Amén.

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