27 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO II . CAPÍTULO I. DE LA CONVERSIÓN INTERIOR.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.

 

«Dice el Señor: El reino de Dios dentro de vosotros está.»





El paso del Libro I al Libro II tiene algo de umbral. Kempis ha terminado el primer libro diciendo: «Vela sobre ti; despiértate a ti». 

Ahora parece tomar al discípulo de la mano y conducirlo todavía más adentro. El título mismo anuncia ese movimiento: conversión interior.

Y las primeras palabras sitúan inmediatamente el lugar hacia el que quiere conducirnos. La vida espiritual empieza a ser contemplada desde dentro.

No se trata simplemente de apartarse de las cosas exteriores. Kempis quiere llegar al lugar donde el hombre se encuentra con Dios y donde Cristo puede hacer su morada.

Por eso continúa:

«Conviértete a Dios de todo corazón, y deja ese miserable mundo, y hallará tu alma reposo.»

La conversión de la que habla es una orientación del corazón entero.

Volverse hacia Dios.


Una morada para Jesucristo

Kempis escribe:

«Si preparas digna morada interiormente a Jesucristo, vendrá a ti, y te mostrará su consolación.»

La imagen es bellísima.

El interior del hombre puede convertirse en morada de Cristo.

Y Kempis añade:

«Toda su gloria y hermosura está en lo interior, y allí se está complaciendo.»

Hay aquí un cambio importante respecto de muchos consejos del Libro I. Kempis ya no mira principalmente aquello que debe corregirse en la conducta. Quiere entrar en el espacio secreto donde ocurre la relación con Cristo.

Por eso habla de una «continua visitación» y llega a utilizar una expresión de enorme intimidad:

«con él habla dulcemente, tiene agradable consolación, mucha paz y admirable familiaridad.»

Familiaridad.

Cristo deja de aparecer solamente como Maestro al que hay que seguir. Kempis comienza a hablar de una intimidad en la que Cristo visita, habla y habita.

El hombre interior es aquel que aprende a reconocer esa presencia.


«Prepara tu corazón a este Esposo»

Entonces el lenguaje se vuelve nupcial:

«Ea, pues, alma fiel, prepara tu corazón a este Esposo para que quiera venirse a ti, y hablar contigo.»

Kempis introduce inmediatamente las palabras de Jesús:

«Si alguno me ama, guardará mi palabra, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada.»

La alusión es a Jn 14,23.

Y aquí la imagen de la morada adquiere una profundidad todavía mayor. Ya no se trata solamente del alma buscando a Dios. Es Dios quien quiere venir al hombre.

La interioridad cristiana, tal como Kempis la presenta, está habitada.

Hay Alguien que viene.

Por eso la conversión interior requiere espacio:

«Da, pues, lugar a Cristo».

Tal vez pocas frases expresen con tanta sencillez el comienzo del Libro II.

Dar lugar a Cristo.

Hay cosas que ocupan interiormente demasiado espacio. Preocupaciones que se vuelven absolutas, dependencias afectivas que terminan reclamando aquello que ninguna criatura puede darnos, voces exteriores que continúan hablando dentro de nosotros mucho después de haberse callado.

Kempis quiere despejar ese espacio para Cristo.


«Si a Cristo tuvieres»

Y entonces escribe una de las frases centrales del capítulo:

«Si a Cristo tuvieres, estarás rico, y te bastará.»

No dice que dejaremos de necesitar a los demás. El propio cristianismo reconoce el carácter profundamente relacional de la persona humana.

Kempis está hablando de algo más hondo.

Ninguna persona puede convertirse en fundamento último de nuestra existencia.

Porque:

«los hombres se mudan fácilmente, y desfallecen en breve; pero Jesucristo permanece para siempre, y está firme hasta el fin.»

La experiencia humana conoce dolorosamente esta fragilidad. Las relaciones cambian. Algunas personas se alejan. Otras mueren. Incluso quienes nos aman profundamente tienen límites.

Kempis no quiere que esto nos vuelva desconfiados.

Quiere que nuestro corazón descubra dónde puede apoyarse absolutamente.

En Cristo.


Íntimamente unido con Cristo

El tema de la peregrinación, que había aparecido al final del Libro I, regresa ahora:

«No tienes aquí domicilio permanente: dondequiera que estuvieres, serás extraño y peregrino».

Pero esta vez Kempis agrega algo decisivo:

«y no tendrás nunca reposo, si no estuvieres íntimamente unido con Cristo.»

La expresión merece ser leída despacio:

«íntimamente unido con Cristo».

Aquí está el núcleo de la conversión interior.

El reposo que busca Kempis nace de esa unión.

Podemos cambiar muchas circunstancias exteriores esperando encontrar finalmente el lugar donde nada nos perturbe. Pero si el corazón lleva consigo su propia dispersión, también la llevará al nuevo lugar.

Kempis dirige la búsqueda hacia dentro porque allí quiere que encontremos a Cristo.


Habitar en las llagas

Pero, ¿qué ocurre cuando esa interioridad parece inaccesible?

Kempis da una respuesta extraordinariamente concreta:

«Si no sabes contemplar las cosas altas y celestiales, descansa en la pasión de Cristo y habita gustosamente en sus grandes llagas.»

Es uno de los pasajes más hondos del capítulo.

No todos pueden alcanzar grandes estados contemplativos. Kempis no hace de ellos una condición.

Si no puedes elevarte, mira al Crucificado.

Si las «cosas altas» quedan lejos, las heridas de Jesús están abiertas.

Y allí utiliza un verbo particularmente intenso:

habita.

«habita gustosamente en sus grandes llagas.»

La pasión de Cristo se convierte en lugar interior.

El sufrimiento humano puede encontrar allí una cercanía que ninguna explicación proporciona.

Kempis continúa:

«Porque si te acoges devotamente a las llagas y preciosas heridas de Jesús, gran consuelo sentirás en la tribulación».

El consuelo nace de descubrir que Cristo ha entrado verdaderamente en la experiencia humana del dolor.

Las llagas dicen que Dios conoce desde dentro nuestra herida.


«Sufre con Cristo y por Cristo»

Kempis recuerda entonces al Cristo despreciado y abandonado.

Su lenguaje vuelve a hacerse exigente:

«Cristo quiso padecer y ser despreciado, y tú ¿te atreves a quejarte de alguna cosa?»

No conviene convertir esta frase en una prohibición cristiana del lamento. Jesús mismo conoció la angustia y expresó su dolor.

Kempis busca otra cosa: confrontar nuestra resistencia a cualquier adversidad con la vida del Crucificado.

Y concluye:

«Sufre con Cristo y por Cristo, si quieres reinar con Cristo.»

El sufrimiento aparece unido a una Persona.

Con Cristo.

Ese «con» cambia profundamente su sentido espiritual. Kempis no presenta el dolor como un bien buscado por sí mismo. Mira el sufrimiento inevitable desde la comunión con Jesús.


Entrar «en lo secreto de Jesús»

Más adelante aparece una expresión todavía más íntima:

«Si una vez entrases perfectamente en lo secreto de Jesús, y gustases un poco de su encendido amor».

Kempis habla de entrar en lo secreto de Jesús.

Ya no se trata únicamente de que Cristo habite en el interior del hombre. Ahora el hombre parece entrar en la interioridad misma de Cristo.

Y allí encuentra su «encendido amor».

La conversión interior alcanza entonces una profundidad nueva: el corazón humano comienza a mirar su propia existencia desde la cercanía de Jesús.

Por eso Kempis puede hablar del:

«amante de Jesús y de la verdad».

La interioridad que propone no consiste en analizarse continuamente.

Tiene un centro afectivo.

Amar a Jesús.


El hombre verdaderamente interior

Kempis describe después algo muy concreto:

«El que sabe andar dentro de sí, y tener en poco las cosas exteriores, no busca lugares, ni espera tiempos para darse a ejercicios devotos.»

Esta frase puede tocar muy de cerca nuestra experiencia.

A veces esperamos condiciones ideales para encontrarnos con Dios. Imaginamos que rezaríamos mejor si tuviéramos otro lugar, más silencio o una disposición interior distinta.

Kempis piensa en una interioridad capaz de recogerse en medio de la vida real:

«No le estorba el trabajo exterior, ni la ocupación necesaria a tiempos».

El hombre interior no necesita escapar permanentemente de lo cotidiano para encontrarse con Dios.

Lleva dentro de sí el lugar del encuentro.

La verdadera dispersión comienza cuando las cosas exteriores consiguen apoderarse del corazón.

Por eso Kempis observa:

«Tanto se estorba el hombre y se distrae, cuando atrae a sí las cosas de fuera.»

Hay cosas que están fuera de nosotros y deben quedarse allí.

No todo merece entrar en el corazón.


Volver al centro

El capítulo termina señalando aquello que más dificulta esta libertad:

«Nada mancilla ni embaraza tanto el corazón del hombre cuanto el amor desordenado de las criaturas.»

Kempis no condena el amor a las criaturas.

La palabra decisiva es desordenado.

El desorden comienza cuando esperamos de algo creado aquello que solamente Dios puede darnos. Entonces el corazón pierde su libertad y queda sujeto a lo que cambia.

Toda la conversión interior que Kempis propone puede comprenderse desde aquí.

El hombre vuelve hacia dentro para encontrar allí una morada.

Y esa morada tiene un huésped.

Cristo.

Por eso el Libro II comienza con una invitación que quizá podamos conservar como clave de todo lo que vendrá:

«Da, pues, lugar a Cristo».

No hace falta fabricar su presencia.

Hay que darle lugar.


Para permanecer hoy

Quiero entrar un poco más profundamente en mi propio corazón.

No para quedarme encerrado en mí mismo.

Quiero descubrir qué espacio estoy dejando realmente a Cristo.

Tal vez haya demasiadas voces dentro de mí. Algunas preocupaciones han ocupado un lugar mayor del que merecen y ciertas cosas exteriores siguen entrando hasta lo más íntimo.

Hoy quiero escuchar sencillamente:

«Da, pues, lugar a Cristo».

No necesito alcanzar ninguna experiencia extraordinaria.

Si me cuesta elevar el corazón, puedo acercarme a sus llagas.

Allí está Jesús.

Quiero descansar un momento en esa presencia y dejar que Él encuentre en mí una morada.


Simple oración

Jesús,

hay dentro de mí
un lugar
que sólo Vos conocés.

Entrá allí.

Donde mi corazón
se dispersa,

haceme volver
a tu presencia.

Cuando no sepa
elevarme hacia Vos,

dejame descansar
en tus heridas.

Que poco a poco
mi interior se vuelva
morada,

y en el silencio
aprenda esa familiaridad
de quien sabe
que estás cerca.

Dame lugar en Vos,

mientras yo aprendo
a darte lugar
en mí.

Amén.

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