26 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XXV. DE LA FERVOROSA ENMIENDA DE TODA NUESTRA VIDA.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.


 

«Vela con mucha diligencia en el servicio de Dios, y piensa de ordinario a que viniste».



Kempis llega al final del Libro I volviendo sobre una palabra que ha aparecido muchas veces a lo largo de estas páginas: fervor.

Pero después de veinticuatro capítulos sabemos mejor qué significa para él. El fervor del que habla no depende de sentirse espiritualmente entusiasmado. Tiene que ver con una vida que ha descubierto hacia dónde quiere dirigirse y procura responder a esa llamada con seriedad.

Antes de preguntarnos cuánto hemos avanzado, Kempis nos hace recordar para qué comenzamos.

Hay momentos en que la vida espiritual necesita precisamente eso. Volver a la primera intención. Recuperar aquello que quizá quedó cubierto por el cansancio del camino.

Kempis habla originalmente al religioso que ha dejado el mundo para entregarse a Dios. Pero dentro de ese contexto preciso hay una pregunta capaz de alcanzar a cualquier vida cristiana: ¿para qué estoy viviendo delante de Dios?


Fervor y esperanza

Kempis escribe:

«Corre, pues, con fervor a la perfección».

La expresión puede sonar desmesurada si entendemos la perfección como impecabilidad. En el lenguaje espiritual cristiano, la perfección señala la madurez de la caridad, esa progresiva configuración de toda la persona con Cristo.

Por eso Kempis puede unir inmediatamente el esfuerzo con la esperanza:

«Ten firme esperanza que alcanzarás victoria».

Y añade una advertencia:

«mas no conviene tener seguridad, porque no aflojes ni te ensoberbezcas.»

Hay una tensión muy fina entre ambas expresiones.

Esperanza, sí. Seguridad de sí mismo, no.

La esperanza cristiana descansa en Dios. La presunción empieza cuando el hombre se considera ya asegurado por sus propias fuerzas.

Kempis quiere una confianza que siga siendo humilde.


«¡Si supiese que había de perseverar!»

Entonces aparece una pequeña escena que constituye, a mi entender, el corazón de todo el capítulo.

Kempis habla de alguien que vive:

«lleno de congoja luchando entre el temor y la esperanza».

Ese hombre entra en una iglesia y se postra delante del altar. Hay una pregunta que lo atormenta:

«¡Oh! ¡Si supiese que había de perseverar!»

Es una pregunta profundamente humana.

Quisiera conocer de antemano el desenlace de su camino. Saber que llegará hasta el final. Tener alguna certeza sobre sí mismo que elimine la posibilidad de fracasar.

Y entonces escucha interiormente:

«¿Qué harías si eso supieses?
Haz ahora lo que entonces quisieras hacer, y estarás seguro.»

La respuesta es extraordinaria.

El hombre pregunta por el futuro.

Dios lo devuelve al presente.

Quiere saber si perseverará mañana y recibe como respuesta aquello que puede hacer hoy.

Kempis cuenta entonces que:

«se ofreció a la divina voluntad, y cesó su congojosa turbación».

No recibió conocimiento del futuro.

Recibió algo mejor: una manera de vivir el presente.

La paz llegó cuando dejó de querer poseer anticipadamente su propia historia y se entregó a la voluntad de Dios.


La gracia y el esfuerzo

Kempis conoce bien la resistencia interior que experimentamos cuando la conversión comienza a tocar lugares difíciles.

Dice que algunos se detienen ante «el espanto de la dificultad».

Pero inmediatamente afirma:

«Porque allí aprovecha el hombre más y alcanza mayor gracia, adonde más se vence, a sí mismo».

La frase tiene el tono ascético propio de la Imitación. Kempis habla de vencerse y mortificarse porque comprende que hay inclinaciones que necesitan ser contrariadas.

Pero fijémonos en una palabra:

gracia.

El esfuerzo humano aparece dentro de una obra que necesita de la gracia de Dios.

Kempis tampoco imagina que todos tengan idéntica capacidad. Lo reconoce expresamente:

«Pero no todos tienen igual ánimo para vencer y mortificarse.»

La vida espiritual no consiste entonces en compararse.

Cada uno tiene que descubrir dónde está siendo llamado a una respuesta más verdadera.

Y precisamente allí puede actuar la gracia.


Volver la mirada hacia uno mismo

Kempis aconseja aprovechar incluso aquello que observamos en los demás. Pero enseguida vuelve a su insistencia habitual:

«Así como tú miras a los otros, así los otros te miran a ti.»

Hay aquí una llamada a dejar de vivir como espectadores de la vida espiritual ajena.

El comportamiento de otro puede enseñarme algo, pero la pregunta termina regresando hacia mí.

¿Qué estoy haciendo yo con aquello que he recibido?

Este movimiento ha atravesado todo el Libro I. Kempis vuelve una y otra vez a retirar nuestra mirada de la curiosidad por los demás para introducirla en el propio corazón.

Y justo cuando el examen de uno mismo podría encerrarnos demasiado en nosotros, aparece el centro verdadero del capítulo.


«Propónte por modelo al Crucificado»

Kempis escribe:

«Acuérdate de la profesión que tomaste, y propónte por modelo al Crucificado.»

Aquí cambia todo.

El modelo de la vida cristiana no es una versión idealizada de nosotros mismos.

Es Cristo.

Más aún: Cristo crucificado.

Kempis continúa:

«Bien puedes avergonzarte mirando la vida de Jesucristo; porque aún no estudiaste a conformarte más con El, aunque ha muchos años que estás en el camino de Dios.»

La palabra decisiva es conformarte.

Toda la enmienda de la que habla el título encuentra aquí su verdadera forma.

La conversión cristiana consiste en que Cristo vaya tomando forma en nosotros.

Por eso Kempis afirma algo todavía más radical:

«El religioso que se ejercita intensa y devotamente en la santísima vida y pasión del Señor, halla allí todo lo útil y necesario cumplidamente para sí; y no hay necesidad que busque cosa mejor fuera de Jesús.»

Y finalmente exclama:

«¡Oh! ¡Si viniese a nuestro corazón Jesús crucificado, cuán presto y cumplidamente seríamos enseñados.»

Después de tantas exhortaciones ascéticas, Kempis llega a Jesús.

La vida espiritual encuentra aquí su centro.

Cristo no es solamente quien indica el camino.

Su vida misma se convierte en la forma de nuestra vida.


Cuando Dios llega a ser suficiente

Más adelante aparece una de las afirmaciones más contemplativas del capítulo:

«Cuando el hombre llega al punto de no buscar su consuelo en ninguna criatura, entonces comienza a gustar de Dios perfectamente».

La expresión es exigente y debe leerse dentro del horizonte ascético de Kempis. No implica que el afecto humano o el consuelo recibido de otra persona sean malos.

Kempis está hablando de algo más radical: dónde descansa finalmente el corazón.

La criatura no puede ocupar el lugar de Dios.

Cuando dejamos de exigirle que sostenga aquello que solamente Dios puede sostener, también nuestra relación con ella puede volverse más libre.

Entonces Kempis escribe:

«pónese entera y fielmente en Dios, el cual le es todo en todas las cosas».

El fervor comienza a mostrarse ahora bajo otra luz.

Ya no parece agitación espiritual.

Es un corazón que ha encontrado su centro.


«El tiempo perdido jamás vuelve»

Hacia el final reaparece el tema de los capítulos anteriores:

«Acuérdate siempre del fin, y que el tiempo perdido jamás vuelve.»

Después de haber meditado sobre la muerte y el juicio, esta frase tiene ahora otro peso.

Kempis quiere que el tiempo se convierta en respuesta.

Por eso añade:

«Te alegrarás siempre a la noche, si gastares, bien el día.»

Hay una espiritualidad entera escondida en esa frase sencilla.

Llegar a la noche y poder entregar a Dios el día vivido.

No porque todo haya salido perfectamente.

Porque ese día no fue vivido en el abandono de uno mismo.


«Vela sobre ti»

Las últimas palabras del Libro I son:

«Vela sobre ti; despiértate a ti; y sea de los otros lo que fuere, no te descuides de ti.»

Kempis termina donde tantas veces nos había llevado.

Al propio corazón.

Pero después de todo el camino recorrido, ese regreso hacia uno mismo ya no puede entenderse como ensimismamiento.

Mirarse a uno mismo significa cuidar la respuesta que estamos dando a Dios.

Y el último renglón condensa la dureza ascética característica de Kempis:

«Tanto aprovecharás, cuanto más fuerza te hicieres. Amén.»

No conviene aislar esta frase de todo lo que la precede. El mismo Kempis acaba de decir que el trabajo se vuelve más ligero «por la gracia de Dios».

Su espiritualidad exige esfuerzo porque toma en serio la libertad humana.

Pero el esfuerzo cristiano ocurre dentro de la gracia.

La última palabra teológica no puede ser la fuerza que el hombre se hace a sí mismo.

Es Dios quien llama, sostiene y lleva a cumplimiento la obra que su gracia ha comenzado.


Al terminar el Libro I

Llegados aquí, se comprende mejor el título de esta primera parte de la Imitación de Cristo: Avisos útiles para la vida espiritual.

Kempis ha ido despojando al discípulo de muchas ilusiones acerca de sí mismo para colocarlo cada vez con mayor verdad delante de Dios.

Y al final no nos entrega una técnica espiritual.

Nos entrega una Persona:

«propónte por modelo al Crucificado».

Quizá ésa sea la mejor puerta para pasar al Libro II.

Después de aprender a vigilar la propia vida, habrá que entrar todavía más profundamente en ella.

El próximo libro llevará precisamente este título:

De la conversión interior.


Para permanecer hoy

Al terminar este primer libro quiero volver a preguntarme para qué comencé.

Puede haber pasado tiempo desde aquel momento en que sentí con mayor claridad el deseo de vivir para Dios. Algunas cosas cambiaron desde entonces y otras todavía necesitan ser transformadas.

No quiero medir mi camino solamente por los años.

Quiero mirar a Cristo.

La pregunta de aquel hombre inquieto también podría ser la mía: ¿perseveraré?

No conozco la respuesta.

Pero hoy puedo escuchar:

«Haz ahora lo que entonces quisieras hacer».

Eso me basta.

No necesito poseer mi futuro.

Quiero ofrecerle a Dios este día y volver a poner delante de mis ojos al Crucificado.

Él conoce el camino que todavía me queda.

Yo sólo necesito entregarle el paso que puedo dar ahora.


Simple oración

Jesús,

al terminar este camino
vuelvo mis ojos hacia Vos.

He buscado tantas veces
seguridad sobre mí mismo,

cuando bastaba
entregarme a tus manos.

No conozco
lo que vendrá.

Hoy estoy aquí.

Que tu gracia
alcance mi libertad
y la vuelva hacia Vos.

Cuando el fervor se apague,
dejame mirar nuevamente
al Crucificado.

Allí quiero aprender
la forma de mi vida.

Y cuando vuelva a preguntarme
si llegaré hasta el final,

haceme escuchar en lo profundo:

haz ahora
lo que quisieras haber hecho
entonces.

Amén.

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