Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio, este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.
«Mira el fin en todas las cosas, y de qué suerte estarás delante de aquel juez justísimo, al cual no hay cosa encubierta».
Venimos de un capítulo en el que Kempis nos hacía mirar la muerte. Ahora da un paso más. La muerte conduce al hombre ante Dios y, por eso, la pregunta ya no es solamente cómo terminará nuestra vida, sino qué verdad quedará al descubierto cuando comparezcamos ante Él.
Es uno de los capítulos más severos del Libro I. Su lenguaje sobre el juicio y el infierno puede resultar estremecedor. Kempis quiere que lo sea. Sería infiel suavizarlo hasta quitarle esa fuerza. Pero también sería incompleto detenernos solamente en sus imágenes de castigo, porque el propio capítulo termina llevándonos hacia otro lugar: el amor de Dios. El capítulo anterior había colocado la muerte delante de nuestros ojos. Ahora Kempis coloca delante de ellos el juicio.
Delante del «juez justísimo»
El capítulo anterior había colocado la muerte delante de nuestros ojos. Ahora Kempis coloca delante de ellos el juicio.
La muerte muestra que nuestra vida tiene un término. El juicio revela que esa vida tiene también una verdad ante Dios.
Kempis contempla a Dios como «juez justísimo». Ante Él desaparece la posibilidad de sostener una apariencia distinta de aquello que verdaderamente somos.
«No hay cosa encubierta», dice.
Hay algo profundamente serio en esta afirmación, pero también algo que puede llegar a ser liberador. Ante Dios ya no hay personaje que representar. Nuestra historia está enteramente abierta ante su mirada.
Kempis quiere que vivamos ahora a la luz de esa verdad futura.
El tiempo en que todavía podemos volver
Inmediatamente aparece una palabra fundamental:
«Ahora tu trabajo es fructuoso, tu llanto aceptable, tus gemidos se oyen, tu dolor es satisfactorio y justificativo.»
Otra vez, ahora.
Kempis no habla del juicio para llevar al hombre a la desesperación. Habla del juicio mientras todavía existe tiempo para la conversión.
Eso cambia profundamente la perspectiva.
Todavía podemos volvernos hacia Dios.
El pecado reconocido puede convertirse en arrepentimiento. La conciencia puede despertar. La vida puede tomar otra dirección.
La severidad del juicio aparece así dentro de una llamada a la conversión.
Mientras vivimos, la historia permanece abierta a la gracia.
«Grande y saludable purgatorio»
Kempis utiliza después una expresión llamativa:
«Aquí tiene grande y saludable purgatorio el hombre sufrido».
La palabra purgatorio tiene aquí un sentido que conviene percibir con cuidado. Kempis está pensando en la purificación que ya puede acontecer durante la vida presente.
La paciencia ante aquello que hiere nuestro amor propio puede convertirse en lugar de transformación interior cuando se vive delante de Dios.
Por eso escribe:
«Mejor es purgar ahora los pecados y cortar los vicios que dejar el purgarlos para lo venidero.»
Kempis no está invitando a buscar sufrimientos artificialmente. Su horizonte ascético mira las dificultades inevitables de la vida como ocasiones en las que el corazón puede ser purificado.
Hay una intuición cristiana profunda detrás de su lenguaje severo: Dios puede comenzar ahora su obra de purificación en nosotros.
La conversión no pertenece únicamente al momento en que reconocemos el pecado. Necesita alcanzar también aquello que el pecado ha ido formando dentro de nosotros.
Las imágenes del castigo
El texto entra entonces en su zona más dura.
Kempis describe las penas futuras mediante imágenes físicas intensas y establece una correspondencia entre el pecado y su castigo.
No conviene transformar esas imágenes en una descripción literal de la geografía del más allá. Kempis escribe dentro de una sensibilidad espiritual medieval que busca hacer perceptible la gravedad del pecado mediante imágenes capaces de sacudir al lector.
Pero tampoco conviene vaciarlas de contenido.
Lo que Kempis quiere preservar es algo central en la fe cristiana: nuestras decisiones tienen consecuencias eternas.
El pecado importa.
La libertad importa.
La relación con Dios importa.
El juicio significa que nuestra historia personal no desemboca en la indiferencia.
Dios toma en serio nuestra libertad porque toma en serio nuestro amor.
Cuando la verdad invierta las apariencias
Después de las imágenes de castigo, el capítulo cambia de movimiento.
Kempis contempla el día en que muchas de las valoraciones de este mundo aparecerán bajo una luz distinta:
«Entonces se verá que el verdadero sabio en este mundo, fue aquel que aprendió a ser necio y menospreciado por Cristo.»
El «entonces» se vuelve insistente en el texto original.
Kempis imagina el juicio como el momento en que la verdad de las cosas quedará finalmente manifestada.
Aquello que parecía fracaso puede revelarse fidelidad.
Lo que parecía insignificante puede aparecer lleno de valor ante Dios.
La lógica del juicio desenmascara la mirada puramente mundana sobre la existencia.
Por eso Kempis puede contemplar al pobre y humilde con confianza.
El juicio de Dios no reproduce simplemente los juicios humanos.
Dios ve lo que nosotros no vemos.
Y aquello que ahora permanece oculto llegará a manifestarse ante Él.
Una conciencia que podrá alegrarse
Entre las afirmaciones de Kempis aparece una especialmente hermosa:
«Entonces alegrará más la pura y buena conciencia, que toda la docta filosofía.»
No desprecia aquí el conocimiento como tal. La Imitación viene insistiendo desde sus primeros capítulos en que el conocimiento que no transforma la vida puede dejarnos espiritualmente intactos.
En el momento de la verdad, la cuestión decisiva será qué ha sucedido en el corazón.
Una buena conciencia tiene entonces un valor que ninguna apariencia puede sustituir.
Esta frase nos devuelve al capítulo anterior, donde Kempis había escrito que quien tuviera buena conciencia no temería tanto la muerte.
Ahora comprendemos por qué.
La buena conciencia puede presentarse delante de Dios sin necesidad de ocultarse.
El temor como comienzo
Hacia el final, Kempis plantea con enorme crudeza la posibilidad del infierno. Y entonces aparece una distinción espiritual muy importante.
Escribe:
«Bueno es no obstante que si el amor no nos desvía de lo malo, por lo menos el temor del infierno nos refrene.»
Kempis reconoce aquí que el temor puede tener una función.
Una persona quizá todavía no ha llegado a evitar el pecado porque ama profundamente a Dios. Sin embargo, el temor de perderse puede detenerla.
Ese temor puede ser imperfecto, pero Kempis no lo considera inútil.
La tradición católica conoce bien esta diferencia. El temor puede iniciar un movimiento de conversión que todavía necesita madurar.
Pero Kempis no termina ahí.
Antes ha escrito una frase que ilumina todo el capítulo.
«Los que aman a Dios de todo corazón»
Después de tantas imágenes severas, Kempis dice:
«Porque los que aman a Dios de todo corazón, no temen la muerte, ni el tormento, ni el juicio, ni el infierno; pues el amor perfecto tiene segura entrada para Dios.»
Aquí aparece el punto hacia el que estaba caminando toda la meditación.
El amor.
Kempis ha comenzado ante el juez y termina ante Dios amado.
Esto permite comprender correctamente el temor que recorre el capítulo.
El temor puede despertarnos cuando todavía estamos dormidos espiritualmente. Pero la madurez de la vida cristiana se dirige hacia el amor.
Kempis mismo lo dice: «el amor perfecto tiene segura entrada para Dios».
Hay aquí un eco profundo de la Primera carta de Juan: «el amor perfecto expulsa el temor» (1 Jn 4,18).
El cristiano no está llamado a pasar toda su vida aterrorizado ante Dios.
Está llamado a amarlo.
Y cuanto más verdadero sea ese amor, más profundamente deseará una vida reconciliada con Él.
Entonces el juicio deja de ser solamente la aparición de nuestras obras ante Dios.
Se convierte también en la hora en que quedará definitivamente revelada la verdad de nuestro amor.
La seriedad de ser amados
Quizá aquí podamos descubrir algo que atraviesa silenciosamente todo el capítulo.
El juicio existe porque nuestra vida importa.
Si nuestras decisiones fueran irrelevantes, tampoco habría nada que juzgar.
La existencia humana posee una dignidad tan grande ante Dios que aquello que hacemos con nuestra libertad tiene peso eterno.
Kempis expresa esa verdad con la severidad propia de su época y de su espiritualidad.
Pero al final nos conduce hacia una pregunta mucho más íntima que el simple miedo al castigo:
¿amo verdaderamente a Dios?
Porque allí donde ese amor comienza a ocupar el corazón, el juicio puede ser contemplado desde otra luz.
Seguiremos necesitando misericordia.
Seguiremos llegando ante Dios con una historia que necesita ser salvada.
Pero llegaremos hacia Aquel a quien hemos aprendido a amar.
Y entonces cobra toda su fuerza la frase con la que Kempis atraviesa la oscuridad de este capítulo:
«el amor perfecto tiene segura entrada para Dios».
Para permanecer hoy
Hoy quiero colocarme por un momento delante de Dios sin esconderme.
Él conoce aquello que yo conozco de mí y también aquello que todavía no alcanzo a ver.
No quiero vivir esa mirada solamente desde el miedo.
Quiero preguntarme qué lugar ocupa el amor en mi relación con Él.
Tal vez todavía haya en mí temores que necesiten purificarse. Puedo entregárselos.
Quiero aprender a vivir de manera que el encuentro definitivo con Dios sea el cumplimiento de una relación que ya comenzó aquí.
Hoy todavía tengo tiempo.
Todavía puedo dejar que su gracia transforme mi corazón.
Y quiero pedir que mi obediencia nazca cada vez más del amor.
Simple oración
Señor,
algún día
estaré enteramente
delante de Vos.
Tu mirada conocerá
la verdad de mi vida
hasta su última hondura.
Que esa verdad
encuentre mi corazón
abierto a tu misericordia.
Mientras todavía hay tiempo,
dejá que tu gracia
me transforme.
Y cuando llegue la hora
de presentarme ante Vos,
que el temor haya aprendido
a descansar en el amor,
y mi corazón
reconozca finalmente
a Aquel que buscó.
Amén.

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