24 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XXIII. DE LA MEDITACIÓN DE LA MUERTE.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.


«Muy presto será contigo este negocio; mira cómo te has de componer.»




El «contigo» importa. Hasta ahora se podía pensar en la muerte como una verdad conocida, incluso aceptada intelectualmente. Aquí deja de ser una idea. Algún día será mi muerte. Y ese día, que desconozco, pertenece ya a la verdad de mi existencia.

Kempis no busca satisfacer curiosidad alguna acerca de ese momento. Quiere que la certeza de morir ilumine el modo en que vivimos.

Por eso este capítulo continúa de manera natural el anterior. Allí había escrito: «aún tienes tiempo y ocasión». Ahora lleva esa afirmación hasta sus últimas consecuencias: el tiempo que todavía tenemos es precioso precisamente porque no sabemos cuánto durará.

La fragilidad de nuestra presencia

«Hoy es el hombre y mañana no parece.
En quitándolo de la vista, se va presto también de la memoria.»

Hay algo profundamente desnudo en estas palabras.

Kempis contempla la facilidad con que vivimos como si nuestra presencia en el mundo estuviera asegurada. Hacemos proyectos y nos preocupamos por aquello que nos rodea desde una secreta sensación de continuidad. Sabemos que vamos a morir, pero nuestro modo cotidiano de vivir puede comportarse como si esa certeza perteneciera siempre a un futuro remoto.

La meditación de la muerte rompe esa ilusión.

También rompe otra: la de nuestra importancia.

Llegará un momento en que ya no estaremos aquí. El mundo continuará. Incluso el recuerdo que los demás tengan de nosotros irá entrando lentamente en el silencio.

Kempis no dice esto para negar el valor de una vida. Quiere situarla ante aquello que puede darle su verdadero peso.

Entonces escribe:

«Así habías de conducirte en toda obra y pensamiento, como si hoy hubieses de morir.»

La muerte aparece como criterio para vivir.

Ante ella se vuelve más difícil conceder una importancia absoluta a lo que no la tiene. Y aquello que verdaderamente importa adquiere una urgencia nueva.

La muerte y la conciencia

Kempis continúa:

«Si tuvieses buena conciencia, no temerías mucho la muerte.
Mejor fuera evitar los pecados que huir de la muerte.»

Estas palabras permiten comprender qué clase de preparación tiene en mente.

La muerte corporal llegará de todos modos. La cuestión espiritual está en cómo nos encontrará.

Por eso Kempis vuelve hacia la conciencia.

El miedo a morir puede contener muchos elementos profundamente humanos. El cristiano tampoco queda privado de ellos por tener fe. Pero Kempis está mirando una dimensión más honda: la inquietud de encontrarse con Dios llevando una vida que uno mismo sabe que necesita conversión.

De ahí surge su pregunta:

«Si no estás dispuesto hoy, ¿cómo lo estarás mañana?»

El mañana es incierto.

Kempis quiere quitarle al mañana una función que solemos darle: convertirse en el lugar imaginario donde haremos finalmente aquello que hoy postergamos.

La conversión siempre tiene una fecha posible.

Hoy.

«¡Ojalá hubiéramos vivido un día bien!»

El comienzo del segundo apartado contiene una de las frases más bellas del capítulo:

«¿Qué aprovecha vivir mucho, cuando tan poco nos enmendamos?»

Y poco después:

«¡Ojalá hubiéramos vivido un día bien en este mundo!»

De pronto, la meditación sobre la muerte se convierte en una meditación sobre el valor de un solo día.

Kempis desconfía de la mera acumulación del tiempo. Vivir muchos años no garantiza que esos años nos hayan transformado.

Por eso observa:

«Muchos cuentan los años de su conversión, pero muchas veces es poco el fruto de la enmienda.»

Hay aquí una pregunta incómoda y fecunda.

El tiempo transcurrido desde que comenzamos a buscar a Dios puede medirse fácilmente. Mucho más difícil es reconocer qué ha sucedido dentro de nosotros durante ese tiempo.

La vida espiritual no se mide simplemente por antigüedad.

Kempis mira el fruto.

Y su deseo de haber «vivido un día bien» hace que la existencia cristiana vuelva a una escala sorprendentemente pequeña.

Un día.

Quizá hoy.

Tener la muerte delante de los ojos

Kempis llama bienaventurado a quien:

«tiene siempre la hora de la muerte delante de sus ojos y se dispone cada día a morir.»

Leído fuera de su horizonte espiritual, esto podría parecer una invitación a vivir obsesionado con la muerte.

El propio capítulo muestra otra cosa.

Tenerla delante de los ojos significa dejar que su certeza purifique nuestra manera de vivir.

Kempis no pide que imaginemos continuamente nuestra agonía. Pide que dejemos de vivir como si nuestra existencia temporal fuera definitiva.

Por eso la memoria de la muerte tiene una función ascética: devuelve proporción a las cosas.

Lo que parecía enorme puede volverse pequeño.

Y aquello que habíamos descuidado puede revelar de pronto su verdadera importancia.

Cómo quisiera que Dios me encontrara

Hay una frase que concentra quizá la espiritualidad de todo el capítulo:

«¡Qué bienaventurado y prudente es el que vive de tal modo, cual desea le halle Dios en la hora de la muerte!»

La muerte aparece aquí bajo una luz distinta.

Dios me encontrará.

Kempis ya no está mirando solamente el final biológico de la vida. Está mirando el encuentro.

La pregunta deja entonces de ser simplemente cuándo moriré.

Se vuelve mucho más interior:

¿cómo deseo que Dios me encuentre?

Kempis responde desde su propio horizonte ascético y religioso. Habla de una vida que ha aprendido a desprenderse y a soportar la adversidad «por amor de nuestro Señor Jesucristo».

Ese final es decisivo.

La preparación cristiana para morir está orientada hacia Jesucristo.

El tiempo precioso

Más adelante Kempis escribe:

«Ahora es el tiempo muy precioso; ahora son los días de salud; ahora es el tiempo aceptable.»

Aquí su lenguaje adquiere una urgencia especial.

El presente es precioso porque todavía podemos responder.

Mientras vivimos, nuestra historia conserva una apertura que la muerte cerrará.

Por eso Kempis lamenta que ese tiempo pueda gastarse «sin aprovecharte».

La palabra ahora atraviesa el capítulo porque Kempis quiere devolvernos al único tiempo en el que podemos convertirnos.

El pasado ya ha ocurrido.

El futuro no nos pertenece todavía.

La libertad encuentra a Dios en el presente.

Y esto hace que incluso un día aparentemente ordinario pueda adquirir una densidad inmensa.

«Vivir con Cristo»

Kempis llega entonces a una expresión que permite descubrir el horizonte último de toda su meditación:

«Trata ahora de vivir de modo que en la hora de la muerte puedas más bien alegrarte que temer.»

Poco después escribe:

«Aprende ahora a morir al mundo, para que entonces comiences a vivir con Cristo.»

La expresión «morir al mundo» pertenece al lenguaje ascético de la Imitación. Kempis busca liberar el corazón de aquello que podría retenerlo cuando llegue el momento definitivo.

Pero lo decisivo está al final de la frase:

«vivir con Cristo».

La meditación cristiana de la muerte no termina en la muerte.

Termina en Cristo.

Por eso puede existir una alegría que atraviese incluso el temor natural ante el morir. La esperanza cristiana no necesita negar la oscuridad de ese tránsito. Puede atravesarla porque sabe hacia quién se dirige.

La muerte que no avisa

Kempis se vuelve particularmente severo cuando recuerda que la muerte puede llegar de improviso. Su texto presenta crudamente distintas formas de morir. No hace falta prolongar esas imágenes para captar lo que quiere decir.

La muerte no está obligada a concedernos un período de preparación.

Esto explica la insistencia de Kempis en el presente.

Prepararse para morir no consiste en esperar señales de que la muerte se aproxima.

Consiste en vivir de tal manera que su llegada no encuentre una existencia espiritualmente aplazada.

Así entendida, la memoria de la muerte puede convertirse en una forma intensa de gratitud por la vida.

Todavía puedo amar.

Todavía puedo volver a Dios.

Todavía hay tiempo.

Huésped y peregrino

Hacia el final Kempis escribe:

«Ahora que tienes tiempo, atesora riquezas inmortales.»

Y después:

«Trátate como huésped y peregrino sobre la tierra».

La imagen del peregrino lleva el capítulo hacia su verdadera conclusión.

El peregrino vive realmente el camino, pero sabe que su destino está más allá.

Por eso Kempis añade:

«Guarda tu corazón libre y levantado a Dios, porque aquí no tienes domicilio permanente.»

Estas palabras contienen algo más profundo que un simple desprecio de lo temporal.

Hablan de pertenencia.

El corazón humano no encuentra aquí su morada definitiva.

La muerte, contemplada desde la fe, revela entonces nuestra condición de caminantes.

Y Kempis termina su capítulo dirigiendo la mirada hacia aquello que espera al peregrino:

«A El dirige tus oraciones y gemidos cada día con lágrimas, porque merezca tu espíritu, después de la muerte, pasar dichosamente al descanso del Señor.
Amén.»

Es significativo que después de hablar con tanta crudeza sobre la muerte, la última imagen sea ésta:

el descanso del Señor.

Todo el capítulo estaba caminando hacia allí.

La muerte ha perdido finalmente el centro.

En el centro queda Dios.

Para permanecer hoy

Hoy quiero recibir mi vida como tiempo concedido.

No sé cuánto durará y no necesito saberlo. Quiero aprender a reconocer su valor mientras todavía está en mis manos.

La pregunta de Kempis llega hasta mí: si Dios me encontrara hoy, ¿cómo desearía ser encontrado?

Quiero dejar que esa pregunta entre despacio.

Quizá haya algo que sigo aplazando. Tal vez mi conversión tenga todavía alguna puerta que conozco bien y ante la cual continúo esperando un mañana más favorable.

Hoy quiero acercarme a esa puerta.

No desde el miedo a morir.

Desde la conciencia de que estoy vivo.

Todavía puedo volver mi corazón hacia Dios.

Y este día, precisamente éste, puede ser un día bien vivido.

Simple oración

Señor,

algún día
mi tiempo llegará
a su última orilla.

Hasta entonces
quiero recibir cada día
como venido de tus manos.

Cuando mi camino
alcance su término,

que encuentre en Vos
la morada hacia la que
mi corazón caminaba.

Y al cerrar los ojos
a todo cuanto conocí aquí,

que despierte finalmente
en el descanso
de tu presencia.

Amén.

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