«Vuelve los ojos hacia ti mismo y guárdate de juzgar las obras ajenas.»
Volver los ojos hacia uno mismo
Tomás de Kempis comienza este capítulo con una invitación que parece sencilla, pero que exige una profunda conversión interior:
«Pon los ojos en ti mismo y guárdate de juzgar las acciones ajenas.»
La mirada humana se dirige espontáneamente hacia el exterior. Advertimos lo que sucede a nuestro alrededor y elaboramos juicios acerca de aquello que vemos. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a considerar desde qué disposición interior estamos mirando.
Kempis conoce esta dificultad. Por eso invita a volver la atención hacia el propio corazón.
El juicio sobre los demás puede ocuparnos largamente sin producir ningún crecimiento espiritual. Incluso cuando advertimos correctamente un defecto ajeno, ese conocimiento no garantiza que nosotros hayamos avanzado en la virtud.
El examen interior, en cambio, nos coloca delante de una realidad sobre la cual podemos responder personalmente a la gracia. Aquí aparece una primera enseñanza: la conversión comienza cuando dejamos de utilizar la conducta ajena como distracción de nuestra propia vida espiritual. El discípulo que aprende a examinarse descubre lentamente que necesita mucho más de la misericordia divina de lo que imaginaba.
Y ese descubrimiento comienza a modificar su manera de mirar.
El amor propio y la deformación del juicio
Kempis continúa examinando la relación entre nuestros afectos y nuestra capacidad de juzgar. El amor propio puede alterar nuestra percepción de la realidad hasta hacernos confundir aquello que deseamos con aquello que es verdadero. Esta observación posee una notable profundidad antropológica. Nuestra inteligencia conoce, pero el ejercicio concreto de nuestro juicio puede quedar condicionado por la disposición de la voluntad y por los movimientos de nuestra sensibilidad. Santo Tomás de Aquino reconoce que las pasiones pueden influir sobre el juicio práctico. Cuando el apetito se encuentra intensamente inclinado hacia algo, la razón puede comenzar a considerar conveniente aquello que responde a esa inclinación. Por eso la rectitud del juicio moral requiere también una educación de los afectos. Kempis está señalando precisamente esa dificultad. Podemos creer que juzgamos desde la verdad cuando, en realidad, estamos defendiendo aquello que nos agrada. El problema se vuelve particularmente delicado porque muchas veces esa deformación ocurre sin que tengamos plena conciencia de ella. De ahí la importancia del examen interior. Quien desea conocer la verdad necesita aceptar que su propio corazón puede introducir obstáculos en el camino hacia ella.
La contradicción de nuestra sensualidad
Llegamos al centro espiritual del capítulo. Kempis escribe:
«Si fuese Dios siempre el fin puramente de nuestro deseo, no nos turbaría tan presto la contradicción de la sensualidad.»
Esta frase merece una lectura detenida. En primer lugar, Kempis habla del fin del deseo. El fin es aquello hacia lo cual se dirige la voluntad y por cuya causa actuamos. En la tradición teológica, el fin último proporciona orientación a toda la vida moral. Cuando Dios es amado sobre todas las cosas, los demás bienes encuentran su lugar dentro de ese amor. Pero Kempis introduce una palabra especialmente exigente: puramente. La pureza del deseo supone una progresiva liberación de aquellos intereses que se mezclan con nuestra búsqueda de Dios. Podemos desear sinceramente hacer su voluntad y experimentar, al mismo tiempo, una resistencia interior cuando esa voluntad contradice nuestras inclinaciones.
Aquí aparece la segunda expresión fundamental: la contradicción de nuestra sensualidad. En el lenguaje espiritual medieval, la sensualidad designa la dimensión sensible y apetitiva del ser humano. Su significado es considerablemente más amplio que el sentido predominantemente sexual que suele tener la palabra en el lenguaje contemporáneo. La sensibilidad humana experimenta atracción hacia aquello que le resulta agradable y rechazo ante lo que percibe como penoso. Esta disposición pertenece a nuestra naturaleza. El desorden aparece cuando sus movimientos dejan de estar suficientemente integrados bajo la dirección de la razón y de la voluntad orientada hacia Dios. Kempis observa que una contradicción exterior puede provocar una perturbación interior desproporcionada. ¿Por qué?
Porque nuestro deseo todavía se encuentra dividido. Queremos a Dios, pero conservamos una fuerte adhesión a nuestra propia satisfacción. Cuando algo contraría esa inclinación, experimentamos turbación. La frase de Kempis permite descubrir así una relación profunda entre el juicio temerario y la vida afectiva. La dificultad para juzgar rectamente puede proceder de un deseo que todavía necesita ser purificado. Esto explica por qué la solución propuesta por Kempis alcanza una profundidad mayor que la simple moderación de nuestras opiniones.
Está invitando a ordenar el corazón hacia Dios.
Lo que llevamos escondido
El capítulo continúa señalando que existen inclinaciones interiores cuya fuerza desconocemos. Podemos actuar movidos por una afección que permanece oculta incluso para nosotros mismos. La experiencia cotidiana confirma esta observación. Alguien puede considerar que ha aceptado serenamente una situación hasta que aparece una circunstancia que contradice sus expectativas. Entonces descubre una resistencia que ignoraba. Aquello que estaba escondido se manifiesta. La contradicción posee, en este sentido, un valor revelador. Hace visible la relación que mantenemos con nuestros propios deseos. Kempis comprende que el amor propio puede sobrevivir incluso dentro de acciones aparentemente buenas. Una obra realizada con intención religiosa puede encontrarse interiormente mezclada con la búsqueda de satisfacción personal. Por eso el capítulo XIV prolonga naturalmente la enseñanza del capítulo anterior sobre la caridad. La pureza de intención no se alcanza simplemente porque la obra exterior sea buena. Necesita una transformación del corazón. Y esa transformación requiere que permitamos a Dios mostrar aquello que todavía desconocemos de nosotros mismos.
La paz sometida a nuestros gustos
Kempis observa que algunas personas parecen vivir tranquilamente mientras las circunstancias responden a sus preferencias. Pero cuando algo sucede de manera diferente, aparece inmediatamente la tristeza o la alteración. Esta observación permite distinguir entre una tranquilidad condicionada por las circunstancias y la paz espiritual que procede de una voluntad progresivamente ordenada hacia Dios. La primera depende de que la realidad se acomode a nuestros deseos. La segunda puede sostenerse incluso cuando esos deseos encuentran resistencia. Aquí resuena la enseñanza de Jesús:
«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo» (Jn 14,27).
La paz de Cristo nace de su comunión filial con el Padre. En Getsemaní, Jesús experimenta verdaderamente la angustia ante la pasión. Su sensibilidad humana conoce el sufrimiento que se aproxima. Y, sin embargo, su voluntad humana se entrega libremente al Padre:
«Padre, si querés, alejá de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).
Esta escena permite comprender mejor la enseñanza de Kempis. La santidad no exige la desaparición de toda resistencia sensible. Cristo mismo experimentó una verdadera repugnancia natural ante el sufrimiento. La perfección de su obediencia se manifiesta en la entrega libre de su voluntad al Padre. Nuestra vida espiritual participa de ese camino mediante la gracia. La sensibilidad necesita ser educada e integrada progresivamente en el amor. Por eso la turbación puede convertirse en ocasión de conocimiento propio y de oración.
La dificultad de abandonar el propio parecer
Kempis dirige después su atención hacia las discordias que nacen de la diversidad de opiniones. La convivencia humana muestra cuánto nos cuesta aceptar que otra persona vea una cuestión de manera diferente. Esta dificultad se relaciona directamente con el amor propio del que viene hablando. Nuestra manera habitual de pensar puede llegar a resultarnos tan familiar que terminamos identificándola con la verdad misma. La costumbre fortalece esa adhesión. Con el tiempo, incluso podemos experimentar la modificación de nuestro parecer como una pérdida personal. Kempis reconoce la dificultad de abandonar una costumbre arraigada. La humildad adquiere aquí una dimensión intelectual. Quien busca sinceramente la verdad necesita conservar la disposición a ser corregido. Esto exige distinguir entre la firmeza que merece una verdad conocida y el apego desordenado a nuestra manera particular de comprenderla. La inteligencia humana posee una dignidad extraordinaria porque está ordenada a la verdad. Precisamente por eso debe conservarse abierta a una iluminación mayor.
El orgullo intelectual comienza cuando nuestra capacidad de conocer se transforma en una confianza excesiva en nosotros mismos.
La sujeción a Jesucristo
El capítulo concluye con una afirmación que ilumina retrospectivamente todo su desarrollo:
«Si en tu razón e industria estribas más que en la virtud de la sujeción de Jesucristo, rara vez y tarde serás iluminado; porque quiere Dios que nos sujetemos a él perfectamente, y que trascendamos toda razón inflamados de su amor.»
Kempis llega aquí al fundamento de su enseñanza. La razón humana es un don de Dios. Su ejercicio pertenece a la dignidad de nuestra naturaleza y encuentra en la fe una elevación sobrenatural. La advertencia de Kempis se dirige contra la autosuficiencia de quien pretende apoyarse exclusivamente en sus propias capacidades. La iluminación espiritual requiere una disposición interior de obediencia a Cristo. Esto permite comprender el sentido de la expresión final: trascender toda razón inflamados por el amor divino. Kempis utiliza el lenguaje propio de la tradición contemplativa. El amor de Dios puede conducir al hombre hacia una comunión que supera la capacidad de sus conceptos, aunque jamás contradiga la verdad. La inteligencia continúa siendo necesaria, pero reconoce humildemente que Dios excede infinitamente cuanto ella puede comprender. La caridad introduce al creyente en una relación viva con Aquel a quien conoce por la fe. Por eso el capítulo termina hablando de amor. El juicio temerario había aparecido inicialmente como una dificultad en nuestra manera de mirar a los demás.
Ahora descubrimos su raíz espiritual más profunda. El corazón que se busca desordenadamente a sí mismo encuentra dificultades para recibir la verdad con libertad. La purificación del deseo permite que nuestra inteligencia se vuelva más dócil a Dios. Y esa docilidad abre el camino hacia una sabiduría que nace de la comunión con Cristo. El recorrido de Kempis alcanza así su verdadera unidad. Comienza invitándonos a volver los ojos hacia nosotros mismos y termina orientando enteramente nuestra mirada hacia Jesucristo. Entre ambos movimientos se desarrolla la conversión del corazón.
Para permanecer hoy
Hoy quiero detenerme especialmente en aquella frase de Kempis que habla de la contradicción de mi sensualidad. Me pregunto qué sucede dentro de mí cuando algo no responde a mis deseos. Tal vez descubra que una parte de mi tranquilidad depende demasiado de que las cosas ocurran como espero.
Quiero reconocer esa realidad delante de Dios. Sé que puedo buscarlo sinceramente y conservar todavía inclinaciones que necesitan ser purificadas. No quiero ocultarlas.
Me pregunto también si alguna vez mi manera de juzgar a otra persona estuvo condicionada por aquello que me agradaba o me contrariaba. Quizá mi juicio parecía razonable, pero mi corazón estaba menos libre de lo que imaginaba. Hoy quiero pedirle al Señor que me enseñe a conocerme con mayor verdad. No deseo desconfiar continuamente de mi inteligencia. Quiero aprender a utilizarla con humildad.
Y cuando encuentre resistencia a mi parecer, quisiera recordar que esa contradicción puede ayudarme a descubrir dónde está realmente puesto mi corazón.
Vuelvo entonces a la conclusión de Kempis. Necesito aprender la sujeción a Jesucristo. Quiero que su amor ilumine mi razón y purifique lentamente mi deseo. Porque todavía hay dentro de mí mucho amor propio que necesita ser transformado. Y solamente su gracia puede llevar esa transformación hasta el fondo.
Simple oración
Señor Jesús,
conocés el fondo de mi corazón
mejor que yo mismo.
A veces creo buscarte con pureza,
pero una contradicción inesperada
me muestra cuánto sigo aferrado
a mi propia voluntad.
Quisiera aprender a recibir esa verdad
sin temor y sin desaliento.
Que tu gracia alcance
aquello que todavía se resiste
a dejarse conducir por tu amor.
Cuando mi razón se encierre
en la seguridad de su propio juicio,
abrila humildemente
a la luz de tu sabiduría.
Y que mi corazón encuentre en Vos
aquella libertad
que todavía busca inútilmente
en la satisfacción de sus deseos.
Señor,
hacé que te ame cada día
con un corazón más verdadero.
Amén.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
¡Dejá aquí tu comentario!¡Muchas gracias!