Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio, este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.
«Si quieres aprovechar algo, consérvate en el temor de Dios».
La expresión «temor de Dios» puede resultar difícil si la escuchamos desde nuestra idea corriente del miedo.
Kempis se mueve dentro de una tradición bíblica mucho más profunda. El temor de Dios nace de reconocer ante quién estamos. La criatura descubre nuevamente la seriedad de su existencia cuando se sabe delante de Dios.
Por eso el capítulo se dirige inmediatamente hacia el corazón:
«Date a la compunción del corazón».
Un corazón que vuelve a sentir
Aquí aparece su palabra central.
Compunción.
Procede del latín compunctio, relacionado con compungere: punzar, atravesar.
La imagen es fuerte.
Algo atraviesa el corazón.
Aquello que permanecía endurecido comienza a sentir.
La compunción aparece cuando la verdad acerca de nosotros mismos deja de ser solamente algo que sabemos y comienza a tocarnos interiormente.
Puedo saber que he pecado.
Otra cosa ocurre cuando ese pecado me duele porque descubro que ha herido mi relación con Dios.
Allí comienza la compunción.
El dolor que despierta
Kempis escribe:
«La compunción causa muchos bienes, que la disolución suele perder en breve.»
Su lenguaje conserva la severidad de la tradición ascética en la que vive.
La «disolución» expresa aquí una vida interior que ha perdido vigilancia y se deja llevar por aquello que la dispersa.
La compunción realiza el movimiento contrario.
Recoge.
Devuelve al corazón la conciencia de aquello que realmente importa.
Por eso no debe confundirse con tristeza psicológica ni con desprecio de uno mismo.
La tristeza puede encerrarnos.
La compunción de la que habla Kempis nos coloca delante de Dios.
El corazón duele porque todavía ama.
Si Dios fuera completamente indiferente para mí, la distancia respecto de Él tampoco me dolería.
En este sentido, la compunción contiene ya una gracia.
La herida revela que todavía existe deseo de volver.
Cuando dejamos de ver nuestras propias heridas
Kempis continúa:
«Por la liviandad del corazón y por el descuido de nuestros defectos no sentimos los males de nuestra alma».
Hay aquí una observación espiritual muy penetrante.
El problema no consiste solamente en tener defectos.
Puede ocurrir algo más profundo: dejar de sentirlos.
Nos acostumbramos.
Una actitud que alguna vez inquietó nuestra conciencia puede terminar pareciéndonos normal.
Entonces el corazón pierde sensibilidad.
Kempis teme precisamente ese adormecimiento.
La compunción devuelve sensibilidad a la conciencia.
Nos permite reconocer nuevamente aquello que habíamos aprendido a justificar.
No para vivir obsesionados con nosotros mismos.
Para recuperar la verdad.
Una alegría que nace de la buena conciencia
En medio de un capítulo atravesado por el dolor aparece una frase que no debería pasar inadvertida:
«No hay verdadera libertad ni plácida alegría, sino con el temor de Dios con buena conciencia.»
Kempis está buscando alegría.
Pero la quiere verdadera.
La «plácida alegría» de la que habla tiene relación con una conciencia reconciliada.
Esto permite comprender mejor todo el capítulo.
La compunción no tiene como finalidad instalar al hombre en la tristeza.
Busca conducirlo hacia una conciencia verdadera delante de Dios.
Hay una paz particular en dejar de ocultarse.
Mientras justificamos constantemente nuestras faltas, necesitamos defender una imagen de nosotros mismos.
Cuando finalmente reconocemos la verdad, esa defensa puede caer.
Entonces el arrepentimiento, aunque duela, puede contener una libertad que la autojustificación nunca conoció.
Recogerse hacia dentro
Kempis llama bienaventurado a quien puede:
«recogerse a lo interior de la santa compunción».
El capítulo anterior había pedido cerrar la puerta y llamar al amado Jesús.
Ahora comprendemos mejor qué puede suceder cuando esa puerta se cierra.
En el silencio empezamos a escuchar también nuestra conciencia.
La interioridad cristiana no es siempre un lugar inmediatamente confortable.
A veces entramos esperando paz y encontramos primero aquello que necesita reconciliación.
Pero también eso forma parte del encuentro con Dios.
Porque Él no nos espera solamente en aquello que tenemos resuelto.
Nos espera precisamente allí donde necesitamos su misericordia.
«Una costumbre vence a otra costumbre»
Kempis escribe:
«Pelea como varón: una costumbre vence a otra costumbre.»
La frase contiene una intuición espiritual de enorme realismo.
Nuestra vida va tomando forma mediante aquello que repetimos.
El bien también necesita encarnarse en hábitos.
Kempis no espera que una costumbre arraigada desaparezca simplemente porque un día comprendimos que era dañina.
Hace falta ir formando otra manera de vivir.
Aquí la gracia no elimina el trabajo paciente de la libertad.
La conversión llega a los actos concretos y, poco a poco, comienza a modificar nuestra manera habitual de responder.
Hay algo esperanzador en esto.
Una costumbre puede parecernos tan arraigada que lleguemos a confundirla con nuestra identidad.
Kempis no lo hace.
Una costumbre puede ser combatida.
Aquello que repetimos puede cambiar.
Y con el tiempo puede nacer otra forma de vivir.
Mirarse primero a sí mismo
Después encontramos una frase muy característica de la Imitación:
«Mira siempre primero por ti, y amonéstate a ti mismo más especialmente que a todos cuantos quieres bien.»
Kempis devuelve nuevamente la mirada hacia el propio corazón.
Es mucho más fácil reconocer lo que necesita cambiar en otro.
La compunción invierte esa dirección.
Antes de ocuparme de corregir la vida ajena, entro en la mía.
Esto no significa indiferencia frente al hermano.
Significa que la corrección cristiana necesita nacer de alguien que también se sabe necesitado de conversión.
Cuando una persona ha llorado sus propias faltas, suele mirar las faltas ajenas de otra manera.
La verdad sobre uno mismo puede hacer más misericordiosa la mirada.
Cuando no llegan las consolaciones
Kempis reconoce después que las consolaciones divinas pueden faltar.
Su interpretación es exigente:
«Pero de no tener o gustar rara vez las cosas divinas, nosotros tenemos la culpa; porque no buscamos la compunción, ni desechamos del todo lo vano y exterior.»
Conviene respetar el texto sin convertir esta afirmación en una regla absoluta para toda experiencia espiritual.
Kempis está exhortando al religioso tibio al que se dirige y quiere mostrarle cómo la dispersión puede volverlo insensible a Dios.
Desde una comprensión más amplia de la tradición espiritual católica sabemos también que puede existir sequedad sin culpa personal. Los grandes maestros de la vida espiritual conocen momentos en los que Dios permite que desaparezca el consuelo precisamente dentro de un camino de purificación.
Pero ése no es el problema que Kempis está tratando aquí.
Él pregunta algo más inmediato:
¿cómo vamos a percibir las cosas de Dios si nuestro corazón está continuamente ocupado en lo exterior?
La pregunta conserva toda su fuerza.
«Materia de justo dolor»
Kempis llega entonces al núcleo más austero del capítulo:
«Materia de justo dolor y entrañable contrición son nuestros pecados y vicios».
La contrición cristiana nace ante el pecado reconocido como pecado.
No es disgusto porque no alcanzamos la imagen ideal que habíamos construido de nosotros mismos.
Eso todavía podría ser orgullo herido.
La contrición mira a Dios.
Me duele aquello que ha dañado mi comunión con Él.
Y precisamente porque mira a Dios, puede conducir hacia el perdón.
San Pablo distingue una tristeza que lleva a la conversión de otra que termina encerrando al hombre en la muerte (2 Co 7,10).
La compunción pertenece a la primera.
Es dolor que vuelve.
Es una herida orientada hacia la misericordia.
Pensar en la muerte
Hacia el final, Kempis introduce la memoria de la muerte:
«Si continuamente pensases más en tu muerte que en vivir largo tiempo, no hay duda que te enmendarías con mayor fervor.»
La tradición cristiana ha utilizado frecuentemente la memoria mortis como ejercicio espiritual.
Su finalidad no consiste en vivir obsesionados con el final.
La muerte revela la seriedad del presente.
Hay decisiones que parecen poder postergarse indefinidamente mientras imaginamos que disponemos de un tiempo ilimitado.
Recordar que nuestra vida es finita devuelve peso al hoy.
Kempis quiere que esa conciencia despierte el fervor.
Si supiera que mi tiempo es breve, quizá dejaría de aplazar algunas reconciliaciones interiores.
La memoria de la muerte puede entonces convertirse en memoria de la vida.
Me recuerda que este día es real.
Y que no vuelve.
El infierno y el purgatorio
Kempis menciona también:
«las penas futuras del infierno, o del purgatorio».
No conviene suavizar su texto ni retirarle aquello que pertenece claramente a su horizonte cristiano medieval.
Para Kempis, la vida presente está orientada hacia un destino eterno y nuestras decisiones tienen verdadera gravedad.
El juicio de Dios forma parte de esa seriedad.
Pero incluso aquí la finalidad pastoral del capítulo sigue siendo la conversión.
Kempis quiere romper la frialdad espiritual.
Quiere que el hombre deje de vivir como si sus decisiones fueran indiferentes.
La eternidad confiere peso al presente.
Pedir el don de las lágrimas
El capítulo termina de una manera significativa.
Después de exhortar largamente, Kempis reconoce que la verdadera contrición debe ser pedida:
«Ruega, pues, con humildad al Señor que te dé espíritu de contrición».
Esto es decisivo.
No podemos fabricar la compunción.
Podemos disponernos.
Podemos entrar en silencio.
Podemos examinar nuestra conciencia.
Pero ese momento en que la verdad atraviesa verdaderamente el corazón pertenece también al misterio de la gracia.
Por eso Kempis termina orando:
«Dame, Señor, a comer el pan de lágrimas, y a beber en abundancia el agua de mis lloros.»
Las lágrimas poseen una larga historia en la espiritualidad cristiana.
Los Padres hablaron del don de lágrimas.
No se trata necesariamente del llanto físico.
Hay personas profundamente arrepentidas que nunca lloran.
La imagen expresa un corazón que ha dejado de ser indiferente.
Un corazón que vuelve a sentir delante de Dios.
Y quizá ése sea el centro más profundo de este capítulo.
Kempis no quiere simplemente que estemos tristes.
Quiere que el corazón vuelva a estar vivo.
Para permanecer hoy
Hoy quiero preguntarme si hay algo a lo que me he acostumbrado demasiado.
Tal vez existe alguna actitud que antes inquietaba mi conciencia y que ahora justifico con facilidad.
No quiero buscar culpas artificiales.
Quiero verdad.
Por eso hago mía la petición de Kempis:
«Ruega, pues, con humildad al Señor que te dé espíritu de contrición».
Quiero pedir la gracia de sentir como herida aquello que realmente me aparta de Dios.
No para castigarme interiormente.
Quiero poder volver.
También quiero recordar que la compunción no termina en mí.
Si descubro mi pecado, hay Alguien hacia quien puedo dirigirme.
Cristo no me muestra la herida para abandonarme dentro de ella.
La misericordia hace posible mirarla.
Hoy puedo entrar un momento en silencio y preguntarle:
Señor, ¿qué hay en mí que ya no estoy viendo?
Después quiero callar.
Quizá la respuesta no llegue inmediatamente.
Pero puedo dejar abierta la pregunta delante de Dios.
Simple oración
Señor,
hay lugares de mi corazón
que conozco demasiado poco.
Entrá con tu luz
allí donde me acostumbré
a no mirar.
Si algo en mí se ha endurecido,
tocá nuevamente ese lugar.
Dame una conciencia despierta
capaz de reconocer mi pecado
sin huir de tu mirada.
Que el dolor de haberte herido
abra dentro de mí
el camino del regreso.
Y cuando no encuentre lágrimas,
recibí igualmente mi pobreza.
Vos conocés aquello
que todavía no sé decir.
Hacé de mi corazón
un corazón vivo
delante de Vos.
Amén.

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