21 octubre 2026

LA IMITACIÓN DE CRISTO. TOMAS DE KEMPIS. LIBRO I . CAPÍTULO XX. DEL AMOR A LA SOLEDAD Y AL SILENCIO.

Podés encontrar aquí todos los COMENTARIOS A LA IMITACIÓN DE CRISTO DE TOMÁS DE KEMPIS, y acompañar, desde el inicio,  este recorrido cotidiano por una de las grandes obras de la espiritualidad cristiana.


«Busca tiempo a propósito para estar contigo y piensa a menudo en los beneficios de Dios.»

Hay una delicadeza particular en esta primera invitación.

Estar contigo.

Antes de hablar de grandes experiencias espirituales, Kempis pide algo mucho más elemental: recuperar la capacidad de habitar la propia interioridad.

Podemos pasar buena parte de nuestra vida fuera de nosotros mismos. La atención queda continuamente reclamada por lo que ocurre alrededor y llega un momento en que el silencio empieza incluso a resultarnos extraño.

Kempis invita a regresar. Pero ese regreso hacia uno mismo no termina en uno mismo.

Dice inmediatamente: «piensa a menudo en los beneficios de Dios».

Entrar dentro es descubrir que allí también hay memoria.

La memoria de aquello que Dios ha hecho.

Entonces la soledad cristiana comienza a distinguirse de un simple aislamiento. El hombre entra dentro de sí para encontrarse bajo la mirada de Dios.



Lo que ocupa y lo que toca el corazón

Kempis aconseja:

«Deja las cosas curiosas: lee tales materias, que te den más compunción que ocupación.»

La palabra «curiosas» tiene aquí un sentido espiritual preciso. Se refiere a aquello que despierta nuestro interés y ocupa la mente sin conducir necesariamente hacia una vida más profunda.

Podemos saber muchas cosas y, sin embargo, vivir lejos de nuestro propio corazón.

Kempis propone otra relación con la lectura.

Busca aquello que produzca «compunción».

La compunción, que desarrollará extensamente en el capítulo siguiente, es ese toque interior por el cual la persona toma conciencia de su verdad delante de Dios. Tiene algo de dolor, pero es un dolor atravesado por la gracia. El corazón reconoce su distancia respecto del Señor y comienza a desear volver hacia Él.

Por eso Kempis distingue implícitamente entre una lectura que solamente llena la mente y una lectura capaz de descender al corazón.

No todo lo interesante alimenta.

Y no todo lo que informa transforma.


El ruido que nos dispersa

Kempis continúa:

«Si te apartares de conversaciones superfluas y de andar ocioso y de oír noticias y murmuraciones, hallarás tiempo suficiente y a propósito para entregarte a santas meditaciones.»

Hay algo sorprendentemente actual en esta frase.

Kempis escribe siglos antes de nuestra saturación contemporánea de información y, sin embargo, conoce perfectamente la inquietud que produce el deseo permanente de saber qué ocurre fuera.

El problema espiritual no está simplemente en la existencia de noticias.

Está en aquello que sucede dentro de nosotros cuando sentimos que necesitamos recibir continuamente algo desde fuera.

El corazón pierde profundidad cuando nunca encuentra silencio suficiente para escuchar lo que ya lleva dentro.

Entonces aparece una paradoja.

Decimos que no tenemos tiempo para recogernos, pero Kempis sospecha que parte de ese tiempo se ha dispersado.

Por eso su propuesta no consiste primeramente en añadir otra actividad religiosa.

Consiste en recuperar espacio.


Apartarse con Jesús

Después escribe:

«Por esto, al que quiere llegar a las cosas interiores y espirituales le conviene apartarse con Jesús de la gente.»

Estas palabras son esenciales para comprender el capítulo.

Kempis no dice simplemente «apartarse».

Dice «apartarse con Jesús».

La soledad tiene compañía.

Los Evangelios muestran repetidamente a Jesús retirándose para orar. Después de jornadas atravesadas por encuentros y necesidades humanas, busca el silencio ante el Padre.

El retiro cristiano participa de ese movimiento.

No expresa desprecio por las personas.

Es una forma de recuperar la fuente desde la cual podremos volver a ellas con un corazón menos disperso.

También Jesús vuelve de la soledad.

Regresa a los discípulos.

Regresa a la multitud.

Regresa al camino.

La soledad verdadera no seca la caridad.

La purifica.


Aprender a callar

Kempis escribe:

«Más fácil cosa es callar siempre que hablar sin errar.»

No está proponiendo un mutismo absoluto. Está reconociendo la enorme dificultad de gobernar la palabra.

Una vez pronunciada, la palabra ya ha salido de nosotros.

Puede consolar.

También puede herir.

Y muchas veces descubrimos demasiado tarde que hubiera sido mejor esperar.

El silencio crea un pequeño espacio entre aquello que sentimos y aquello que finalmente decimos.

Ese espacio puede convertirse en lugar de discernimiento.

El silencio no empobrece necesariamente la palabra.

Puede madurarla.

Quien aprende a callar comienza también a escuchar.

Y quizá solamente quien escucha profundamente puede llegar a decir una palabra verdaderamente necesaria.


La seguridad espiritual

Kempis cambia después ligeramente el tono:

«Nadie se alegra seguramente, sino quien tiene el testimonio de la buena conciencia.»

El silencio comienza a conducir hacia la conciencia.

Cuando desaparece parte del ruido exterior, algo interior se vuelve audible.

Por eso la soledad puede resultar incómoda.

No siempre encontramos paz inmediatamente.

A veces encontramos primero aquello que el ruido nos permitía evitar.

Kempis sabe que la verdadera seguridad espiritual no consiste en sentirnos fuertes.

De hecho, advierte contra el exceso de confianza en uno mismo.

Incluso una persona que ha avanzado mucho puede caer.

Por eso la conciencia necesita permanecer humilde delante de Dios.

La paz cristiana puede convivir con esa vigilancia.

No es miedo enfermizo.

Es conocimiento de nuestra fragilidad.


La tentación puede mantenernos humildes

Kempis llega a afirmar:

«es utilísimo a muchos que no les falten del todo tentaciones».

La frase puede sorprender.

La tentación en sí misma no es un bien que debamos buscar. Kempis está contemplando aquello que Dios puede permitir que suceda a través de ella.

La experiencia de nuestra vulnerabilidad puede destruir una falsa seguridad.

Cuando una persona comienza a pensar que ya está espiritualmente a salvo, corre un peligro mayor que aquel que reconoce humildemente que necesita la gracia.

La tentación puede recordarnos nuestra dependencia.

Nos muestra que todavía necesitamos pedir ayuda.

Entonces incluso aquello que nos incomoda puede convertirse, bajo la providencia de Dios, en ocasión de humildad.


La celda

Kempis escribe después una de las frases clásicas de la espiritualidad monástica:

«En la celda hallarás lo que perderás muchas veces por de fuera.»

La celda representa aquí mucho más que una habitación.

Es el lugar del recogimiento.

Allí desaparece buena parte de aquello que permite distraernos de nosotros mismos.

Kempis continúa:

«El retiro usado se hace dulce, y el poco usado causa hastío.»

Esta observación posee una gran finura psicológica.

También el silencio necesita ser aprendido.

Al principio puede resultar incómodo porque estamos habituados a recibir estímulos.

Cuando éstos desaparecen, sentimos una especie de vacío.

Kempis sabe que ese vacío no debe llenarse inmediatamente.

Si perseveramos, el retiro puede comenzar a adquirir otro sabor.

Lo que inicialmente parecía ausencia se convierte poco a poco en espacio.

Y ese espacio puede llenarse de Presencia.


Los secretos de las Escrituras

Entonces aparece una de las frases más hermosas del capítulo:

«En el silencio y sosiego aprovecha el alma devota y aprende los secretos de las Escrituras.»

Kempis une aquí silencio y Palabra.

La Escritura posee una profundidad que difícilmente se entrega a una lectura apresurada.

Hay palabras bíblicas que necesitan tiempo.

Podemos comprender su sentido lingüístico y, sin embargo, todavía no haber permitido que nos alcancen.

El silencio hace posible esa segunda escucha.

Una frase que hemos leído muchas veces puede comenzar inesperadamente a iluminarnos porque nuestra vida finalmente llegó al lugar desde el cual podía escucharla.

Kempis habla de «secretos».

No se refiere a conocimientos ocultos reservados a unos pocos.

Habla de esa profundidad de la Palabra que se abre cuando la persona deja de situarse solamente delante del texto y permite que el texto también se sitúe delante de ella.

Entonces ya no soy únicamente yo quien interroga la Escritura.

La Escritura empieza a interrogarme.


Más cerca de Dios

Kempis dice:

«el que se aparta de sus amigos y conocidos, estará más cerca de Dios y de sus santos ángeles.»

Leída aisladamente, esta frase podría parecer un desprecio de las relaciones humanas.

Dentro del horizonte monástico del capítulo expresa el valor del retiro voluntario.

Kempis no niega la caridad fraterna. Los capítulos anteriores han insistido precisamente en ella.

Está defendiendo algo distinto: el corazón necesita momentos en que ninguna relación humana ocupe el espacio reservado al encuentro con Dios.

Incluso las relaciones buenas pueden convertirse en refugio cuando nos impiden quedarnos a solas delante del Señor.

Hay preguntas que solamente aparecen cuando nadie más está presente.

Hay heridas que únicamente escuchamos cuando dejamos de hablar.

Y hay una intimidad con Dios que necesita silencio para crecer.


«El mundo pasa»

Kempis recuerda la Primera Carta de Juan:

«El mundo pasa y sus deleites» (1 Jn 2,17).

La conciencia de la transitoriedad atraviesa toda la Imitación de Cristo.

Aquello que hoy reclama apasionadamente nuestra atención mañana puede haber desaparecido.

Kempis quiere que miremos esa fugacidad.

No para despreciar la creación.

Quiere liberarnos de exigir eternidad a aquello que pertenece al tiempo.

Cuando el corazón pretende saciarse completamente con lo transitorio, termina inevitablemente inquieto.

Por eso pregunta:

«¿Piensas, acaso, satisfacer tu apetito? Pues no lo alcanzarás.»

Siempre puede aparecer algo nuevo que mirar.

Pero ninguna acumulación de novedades responde a la sed más profunda del corazón.


Cerrar la puerta

El capítulo se acerca a su final con una invitación profundamente evangélica:

«Cierra tu puerta sobre ti, y llama a tu amado Jesús».

Es difícil no escuchar detrás de estas palabras el Sermón de la Montaña:

«Cuando ores, retírate a tu habitación, cerrá la puerta y orá a tu Padre que está en lo secreto» (Mt 6,6).

Pero Kempis añade algo propio y profundamente afectivo:

«llama a tu amado Jesús».

Después de tantas advertencias acerca del mundo y la dispersión, descubrimos nuevamente que el centro no era la renuncia.

Era el encuentro.

Cerramos una puerta para poder abrir otra.

Dejamos momentáneamente el ruido porque queremos escuchar una Presencia.

La soledad cristiana alcanza aquí su verdad más profunda.

No estamos huyendo hacia el vacío.

Estamos entrando al lugar del encuentro.


«Permanece con Él en tu aposento»

Y entonces Kempis escribe:

«permanece con El en tu aposento, que no hallarás en otro lugar tanta paz.»

No hace falta forzar esta frase hacia ninguna construcción teológica exterior al capítulo.

Kempis es muy concreto.

Está hablando del aposento.

Del retiro.

De Jesús.

Y de una paz que se descubre cuando el corazón deja por un momento de buscar fuera aquello que solamente puede recibir dentro, en la presencia de Dios.

Quizá ésta sea la imagen que conviene conservar de todo el capítulo.

Una puerta que se cierra.

El ruido queda afuera.

Dentro hay una persona que lentamente aprende a callar.

Y en ese silencio pronuncia un nombre:

Jesús.


Para permanecer hoy

Hoy quiero buscar un momento para estar conmigo delante de Dios.

No necesito convertirlo en algo extraordinario.

Quiero simplemente hacer silencio.

Quizá al principio aparezca inquietud.

No quiero huir inmediatamente de ella.

Kempis me invita a «estar contigo».

Quiero aprender a quedarme allí.

Tal vez descubra cuánto ruido llevo dentro.

Tal vez aparezcan pensamientos que durante el día consigo evitar.

También eso puedo ponerlo delante del Señor.

Quiero tomar en serio esta frase:

«Cierra tu puerta sobre ti, y llama a tu amado Jesús».

Hoy quiero cerrar por un momento alguna puerta.

Y cuando haya un poco de silencio, quiero pronunciar su nombre.

Sin explicar demasiado.

Sin buscar sentir algo especial.

Jesús.

Quizá la oración pueda comenzar simplemente así.


Simple oración

Jesús,

cierro por un momento
la puerta detrás de mí.

Todavía escucho dentro
algo del ruido
que traía conmigo.

Dejo que se aquiete.

En este pequeño silencio
quiero aprender a estar
delante de Vos.

No tengo que llenar
este momento de palabras.

Me alcanza tu nombre.

Jesús.

Que al pronunciarlo
mi corazón encuentre lentamente
el camino hacia su hondura.

Y allí, donde nadie me ve,
dejame descubrir
que ya me estabas esperando.

Amén.

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